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Authors: Donna Leon

Tags: #Intriga

Amigos en las altas esferas (2 page)

De lo que allí veía Brunetti dedujo que el apartamento inmediatamente inferior al suyo había sido restaurado por última vez en 1977, cuando se habían mudado a él sus actuales propietarios. Por última vez, oficialmente, porque ellos habían cenado en casa de los Calista, disfrutando del amplio panorama que se dominaba desde los ventanales de la sala de estar, cuando las ventanas que se indicaban en el plano eran más bien pequeñas, y sólo cuatro, no seis. Tampoco vio en el plano el aseo para invitados situado a la izquierda del recibidor de los Calista. Le hubiera gustado saber cómo se las habían ingeniado, pero estaba claro que no era Rossi la persona más indicada a quien preguntar. Cuanto menos supiera el Ufficio Catasto de las reformas del interior del edificio, tanto mejor para sus vecinos.

Lanzando a Rossi una rápida mirada, preguntó:

—Estos datos parecen muy antiguos. ¿Tiene idea de cuántos años tiene el edificio?

Rossi negó con la cabeza.

—Exactamente, no. Pero, por la situación y número de ventanas de la planta baja, diría que la estructura original no data de antes de finales del siglo XV. —Reflexionó un momento y añadió—: Y me parece que el último piso se agregó a principios del XIX.

Brunetti levantó la mirada de los planos, con gesto de sorpresa.

—No. Es mucho más reciente. Fue después de la guerra. —En vista de que Rossi no contestaba, puntualizó—: La segunda guerra mundial. —Como el otro siguiera mudo, Brunetti preguntó—: ¿No le parece?

Tras una breve vacilación, Rossi dijo:

—Yo me refería al último piso.

—Yo también —dijo Brunetti secamente; le irritaba que aquel funcionario de una oficina que tramitaba permisos de obras no comprendiera algo tan simple. Suavizando el tono, prosiguió—: Cuando lo compré, me dijeron que esta planta había sido agregada después de la última guerra, no en el siglo XIX.

En lugar de contestar, Rossi señaló con un movimiento de la cabeza los papeles que Brunetti aún tenía en la mano:

—Quizá debería mirar más detenidamente la última página,
signor
Brunetti.

Desconcertado, Brunetti volvió a mirar los últimos párrafos, pero sólo vio la descripción de los dos apartamentos inferiores.

—No sé qué quiere que mire,
signor
Rossi —dijo levantando la cabeza y quitándose las gafas—. Esto se refiere a los apartamentos de abajo, no a éste. Este piso no se menciona en absoluto. —Dio la vuelta a la hoja, para ver si había algo escrito en el reverso, pero estaba en blanco.

—Por eso estoy aquí —dijo Rossi, irguiendo el cuerpo más todavía. Luego se inclinó y dejó la cartera en el suelo, a su izquierda, conservando la carpeta en las rodillas.

—¿Sí? —dijo Brunetti inclinándose hacia adelante para devolverle la otra carpeta.

Rossi la tomó, abrió la carpeta mayor, volvió a introducir en ella la más pequeña y la cerró.

—Siento decirle que existen ciertas dudas acerca del estatus oficial de su apartamento.

—¿El «estatus oficial» —repitió Brunetti, dirigiendo la mirada a la sólida pared situada a la izquierda de Rossi y al no menos sólido techo—. Me parece que no sé a qué se refiere.

—Existen dudas acerca del apartamento —dijo Rossi con una sonrisa que a Brunetti le pareció un poco nerviosa, pero, antes de que pudiera volver a pedir aclaraciones, Rossi prosiguió—: Es decir, en el Ufficio Catasto no hay papeles que indiquen que se concediera permiso de construcción para este piso, que se aprobara el proyecto ni que… —aquí volvió a sonreír—, ni que se construyera. —Carraspeó y añadió—: Según nuestros datos, el piso de abajo es el último.

Al principio Brunetti pensó que Rossi bromeaba, pero al verlo dejar de sonreír, comprendió que hablaba en serio.

—Todos los planos están en los documentos que nos dieron cuando lo compramos —dijo Brunetti.

—¿Podría enseñármelos?

—Desde luego —dijo Brunetti poniéndose en pie. Sin excusarse, fue al despacho de Paola y se quedó un momento mirando los libros que cubrían tres de las paredes. Luego alargó la mano hacia el estante superior y sacó un gran sobre marrón que llevó a la otra habitación. En la puerta, se paró a abrir el sobre y sacó la carpeta gris que habían recibido, hacía casi veinte años, del notario que legalizó la venta. Se acercó a Rossi y le dio la carpeta.

Rossi la abrió y empezó a leer, resiguiendo lentamente cada línea con el dedo. Volvió la página y leyó la siguiente hasta el final. De su garganta escapó un «hum» ahogado, pero no dijo nada. Cuando hubo leído toda la carpeta, la cerró y la conservó sobre las rodillas.

—¿Son éstos todos los papeles que tiene?

—Sí, sólo ésos.

—¿No tiene planos? ¿Ni permiso de obra?

Brunetti movió la cabeza negativamente.

—No; no recuerdo haberlos visto. Éstos son los únicos papeles que nos dieron en el acto de la compra. Y no creo haber vuelto a mirarlos desde entonces.

—¿Dice que estudió usted Derecho,
signor
Brunetti? —preguntó Rossi al cabo de un momento.

—En efecto.

—¿Ejerce la carrera?

—No —respondió Brunetti sin más explicaciones.

—Si la ejerciera ahora o la hubiera ejercido en el momento en que firmó estos papeles, hubiera observado sin duda, en la página tres de la escritura, el párrafo que estipula que adquiere usted el apartamento en el estado, tanto legal como físico, en el que se hallaba el día en que la propiedad pasó a usted.

—Creo que es fórmula corriente en una escritura de compraventa —dijo Brunetti evocando el vago recuerdo de una de sus clases de Derecho Civil, y confiando en que fuera realmente corriente.

—Es corriente en lo del estado físico, desde luego, pero no en el legal. Y tampoco lo es la frase siguiente —dijo Rossi volviendo a abrir la carpeta y buscando hasta encontrar el pasaje—. «A falta del
condono edilizio,
el comprador se compromete a obtenerlo oportunamente y por el presente absuelve a los vendedores de cualesquiera responsabilidades o consecuencias que pudieran derivarse, en lo que concierne al estado legal del apartamento, de la no obtención de tal
condono.»
—Rossi levantó la mirada y Brunetti creyó ver en sus ojos una profunda tristeza al pensar que una persona pudiera firmar algo así.

Brunetti no recordaba aquella frase en particular. En realidad, en aquel momento los dos estaban tan deseosos de comprar el apartamento que él había hecho todo lo que el notario le dijo que hiciera y firmó todo lo que le dijo que firmara.

Rossi miró la primera página del contrato en la que figuraba el nombre del notario.

—¿Eligió usted a este notario? —preguntó.

Brunetti ni siquiera recordaba el nombre y tuvo que mirarlo.

—No. Lo sugirió el vendedor. ¿Por qué?

—Por nada —dijo Rossi con excesiva rapidez.

—¿Por qué? ¿Sabe algo de él?

—Tengo entendido que ya no ejerce —dijo Rossi en voz baja.

Finalmente, impaciente por las preguntas de Rossi, Brunetti inquirió:

—Me gustaría saber qué significa todo esto,
signor
Rossi. ¿Existe alguna duda sobre la propiedad de este apartamento?

Rossi volvió a esbozar su sonrisa nerviosa.

—Me parece que es algo más serio que eso,
signor
Brunetti.

A Brunetti no se le ocurría qué podía ser más serio que eso.

—¿De qué se trata, pues?

—Mucho me temo que este apartamento no existe.

Capítulo 2

—¿Qué? —gritó Brunetti sin poder contenerse. Percibía la indignación de su voz, pero no trató de modificar el tono—. ¿Qué quiere decir con eso de que este apartamento no existe?

Rossi echó el cuerpo hacia atrás, como para distanciarse de la órbita de la ira de Brunetti. Por su expresión, parecía desconcertado porque una persona reaccionara con tanta vehemencia a su negación de la existencia de una realidad tangible. Cuando vio que Brunetti no tenía intenciones violentas, se relajó mínimamente, arregló los papeles que tenía en las rodillas y dijo:

—Quiero decir,
signor
Brunetti, que no existe para nosotros.

—¿Y qué significa, para ustedes?

—Significa que no hay constancia de él en nuestros archivos. Ni petición de permiso de obra, ni planos, ni aprobación de la obra realizada. En resumen, no existen pruebas documentales de que este apartamento haya sido construido. —Adelantándose a la respuesta de Brunetti y poniendo la mano encima de la carpeta, agregó—: Y, desgraciadamente, no puede usted facilitarnos ninguna.

Brunetti recordó un caso que le había contado Paola de un escritor inglés que, discutiendo con un filósofo que mantenía que la realidad no existe, dio un puntapié a una piedra y dijo al filósofo: «¡Toma realidad!» Pero centró su pensamiento en cuestiones más inmediatas. Su conocimiento del funcionamiento de otras oficinas municipales era vago, pero no creía que esa clase de información se guardara en el Ufficio Catasto, donde, que él supiera, sólo había documentos relacionados con la propiedad.

—¿Es normal que su oficina se interese en esto?

—No lo era en el pasado —respondió Rossi con una tímida sonrisa, como si aprobara que Brunetti estuviera lo bastante bien informado como para hacer semejante pregunta—. Pero, a consecuencia de una nueva disposición, se ha encargado a nuestra oficina la creación de un archivo informatizado completo de todos los apartamentos de la ciudad que hayan sido declarados monumentos históricos por la Comisión de Bellas Artes. Este edificio es uno de ellos. De este modo, en una oficina, la nuestra, se centralizarán copias de toda la documentación de cada apartamento de la lista. Con el tiempo, este sistema centralizado permitirá un enorme ahorro de tiempo.

Brunetti, observando la sonrisa de satisfacción que tenía Rossi al decir eso, recordó que, dos semanas atrás,
Il
Gazzettino
había publicado un artículo en el que se anunciaba que, por falta de presupuesto, se había suspendido el dragado de los canales.

—¿Cuántos apartamentos son? —preguntó.

—Oh, no tenemos ni idea. Ésa es una de las razones por las que se efectúa esta investigación.

—¿Cuándo empezó la investigación? —preguntó Brunetti.

—Hace once meses —respondió Rossi rápidamente, y Brunetti comprendió que podría darle también la fecha exacta, si se la pedía.

—¿Y cuántos expedientes han reunido hasta ahora?

—Como algunos nos hemos ofrecido para trabajar los sábados, llevamos más de cien —dijo Rossi sin disimular el orgullo.

—¿Y cuántas personas trabajan en el proyecto?

Rossi se miró la mano derecha y contó con los dedos, empezando por el pulgar, a sus compañeros.

—Ocho, me parece.

—Ocho —repitió Brunetti. Desvió la atención de sus cálculos y preguntó—: ¿Qué significa todo eso? Para mí, en concreto.

La respuesta de Rossi no se hizo esperar.

—Cuando no tenemos los papeles de un apartamento, lo primero que hacemos es pedirlos al propietario, pero aquí no hay ningún papel de los que necesitamos. —Señalaba la delgada carpeta—. Todo lo que tiene usted es la escritura de compraventa, por lo que hay que suponer que no se le entregaron los datos que sobre la construcción pudieran tener los anteriores propietarios. —Antes de que Brunetti pudiera interrumpir, prosiguió—: Y eso significa que o bien se han extraviado, lo que supondría que han existido, o bien que no. Que no han existido, quiero decir. —Miró a Brunetti, que no dijo nada—. Si se han extraviado —continuó Rossi—, y puesto que dice usted que nunca los ha tenido, deben de haberse traspapelado en alguna de las oficinas municipales.

—¿Y qué harán ustedes para encontrarlos? —preguntó Brunetti.

—Ah, no es tan fácil —suspiró Rossi—. Nosotros no tenemos obligación de guardar copia de esos documentos. El Código Civil estipula claramente que ello es responsabilidad del dueño de la propiedad en cuestión. Si usted no dispone de su ejemplar, no puede alegar que nosotros hayamos extraviado el nuestro, si sabe usted a lo que me refiero —agregó con otra sonrisita—. Y nosotros no podemos emprender una búsqueda de esos papeles, porque no podemos destinar personal a una búsqueda que podría resultar inútil. —Al ver la expresión de Brunetti, explicó—: Porque podría darse el caso de que esos papeles no existieran, ¿comprende?

Brunetti se mordió el labio inferior y preguntó:

—¿Y si no se hubieran perdido sino que no hubieran existido?

Rossi bajó la mirada y se golpeó suavemente el reloj, ajustándolo a la muñeca.

—Eso,
signore,
significaría que ni se concedió el permiso ni se aprobó la obra.

—Lo cual es posible, ¿no? —preguntó Brunetti—. Se edificó mucho, después de la guerra.

—En efecto —dijo Rossi con la falsa modestia del que ha pasado su vida profesional tratando de estas cosas precisamente—. Pero la mayoría de aquellas obras, tanto si se trataba de pequeñas restauraciones como de grandes reformas, recibieron el
condono edilizio,
por lo que se hallan en situación legal, por lo menos, en lo que a nuestra oficina se refiere. En este caso, lo malo es que no hay
condono edilizio
—terminó diciendo con un amplio ademán que abarcaba las paredes, el suelo y el techo ilícitos.

—Si me permite repetir la pregunta,
signor
Rossi —dijo Brunetti imprimiendo forzada calma y olímpica ecuanimidad en su tono—, ¿qué significa eso para mí y mi apartamento en concreto?

—Lamento tener que decirle que no estoy autorizado para responder a eso,
signore
—dijo Rossi devolviendo la carpeta a Brunetti. Se inclinó a recoger la cartera. Con ella en la mano, se levantó—. Mis atribuciones se limitan a visitar a los propietarios y comprobar que obran en su poder los documentos que a nosotros nos faltan. —Su expresión se ensombreció, y Brunetti creyó ver auténtica decepción en ella—. Deploro que usted no los tenga.

Brunetti se puso en pie.

—¿Y qué ocurrirá ahora?

—Eso depende de la comisión del Ufficio Catasto —dijo Rossi empezando a ir hacia la puerta.

Brunetti se movió hacia la izquierda, sin acabar de cortarle el paso pero sí creando un obstáculo entre Rossi y la salida.

—Ha dicho que creen ustedes que el piso de abajo fue agregado en el siglo XIX. Si se hubiera construido más tarde, al mismo tiempo que éste, ¿cambiaría eso las cosas? —Pese a sus esfuerzos, Brunetti no podía disimular el acento de pueril esperanza de su voz.

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