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Authors: Paul Sussman

Tags: #Aventura, intriga

El guardián de los arcanos (4 page)

BOOK: El guardián de los arcanos
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—No sé por qué no se compra un móvil —gruñó Mohammed Sariya, el ayudante de Jalifa, que se alejó de un grupo de paramédicos y salió a su encuentro—. Nos ha costado más de una hora localizarle.

—Durante ese tiempo he tenido el placer de visitar dos de las tumbas más interesantes del Wadi Biban el-Muluk —repuso Jalifa—. Una excelente razón para no tenerlo. Además, los móviles producen cáncer. —Sacó los cigarrillos y encendió uno—. ¿Qué tenemos?

Sariya meneó la cabeza de manera exagerada.

—Un cadáver —dijo—. Varón. Caucásico. Se llama Jansen. Piet Jansen.

Buscó en el bolsillo de la chaqueta y extrajo una bolsa de plástico que contenía un gastado billetero de piel, el cual entregó a Jalifa.

—Nacionalidad egipcia —dijo—, aunque nadie lo diría por el nombre. Era propietario de un hotel en Gezira. El Menna-Ra.

—¿Junto al lago? Sí, lo conozco.

Jalifa sacó la cartera de la bolsa y examinó su contenido. Se fijó en el carnet de identidad egipcio.

—Nacido en 1925. ¿Estás seguro de que no murió de viejo?

—Sí, a juzgar por el estado del cuerpo —contestó Sariya.

El detective extrajo una tarjeta de crédito del Banco Egipcio y un fajo de billetes de veinte libras egipcias. En un bolsillo lateral encontró la tarjeta de miembro de la Sociedad Egipcia de Horticultura, y detrás, una foto arrugada en blanco y negro de un enorme perro lobo de aspecto feroz. En el dorso había escrito a lápiz «Arminius, 1930», aunque era casi ilegible. Lo miró un momento, pues el nombre le sonaba, aunque era incapaz de identificarlo. Puso la tarjeta en su sitio, devolvió el billetero a la bolsa y miró a su ayudante.

—¿Has informado a la familia?

—No tiene parientes vivos —dijo Sariya—. Nos hemos puesto en contacto con el hotel.

—¿Era suyo el Mercedes?

Sariya asintió.

—Encontramos las llaves en su bolsillo.

Sacó otra bolsa, la cual contenía un llavero de proporciones gigantescas.

—Lo hemos registrado. Dentro no había nada especial.

Se acercaron al Mercedes y miraron a través de la ventanilla. El interior (tapizado con piel agrietada, salpicadero de nogal pulido, ambientador colgado del retrovisor) estaba vacío, salvo un
al-Abram
de dos días antes en el asiento del acompañante y, en el suelo de la parte de atrás, una cámara Nikkon que parecía cara.

—¿Quién lo encontró? —preguntó Jalifa.

—Una chica francesa. Estaba tomando fotos entre las ruinas y topó con el cuerpo por casualidad. —Sariya abrió su libreta y la examinó—. Claudia Champollion —leyó, con un esfuerzo por intentar pronunciar las vocales poco familiares—. Veintinueve años. Arqueóloga. Se aloja allí.

Movió la cabeza en dirección al complejo arbolado que había más abajo, rodeado por un muro de ladrillos de barro. La sede de la misión francesa arqueológica en Tebas.

—Supongo que no tendrá ninguna relación con Champollion, ¿verdad? —dijo Jalifa.

—¿Ummm?

—Jean-François Champollion.

Sariya le miró desconcertado.

—El hombre que descifró los jeroglíficos. —Jalifa suspiró con fingida exasperación—. Dios Todopoderoso, Mohammed, ¿no sabes nada de la historia de este país?

Su ayudante se encogió de hombros.

—Era muy atractiva, eso sí que lo sé. Grandes... Ya sabe... —Hizo un gesto con las manos—. Firmes.

Jalifa meneó la cabeza y dio una calada al cigarrillo.

—Si el trabajo de la policía consistiera en desnudar a mujeres con la mirada, Mohammed, ya serías jefe del cuerpo. ¿Conseguiste una declaración de la chica?

Sariya alzó su libreta para indicar que sí.

—¿Y?

—Nada. No vio ni oyó nada. Simplemente encontró el cuerpo, regresó al complejo y llamó al ciento veintidós.

Jalifa terminó el Cleopatra y lo aplastó en el suelo con el tacón de su zapato.

—Supongo que deberíamos echarle un vistazo. ¿Has avisado a Anwar?

—Cuando termine su trabajo burocrático vendrá. Dijo que no permitiéramos que el cadáver se fuera de paseo.

El detective chasqueó la lengua en señal de desaprobación, acostumbrado al desagradable sentido del humor de Anwar, y los dos atravesaron el yacimiento aplastando los fragmentos de cerámica que sembraban la superficie del desierto como galletas desechadas. A su derecha vieron unos niños sentados sobre una montaña de escombros. Uno sujetaba una pelota de fútbol mientras observaba las hileras de policías que peinaban el desierto en busca de pistas. El sol se estaba poniendo tras las cúpulas en forma de huevo del monasterio de Deir el-Muharab, y su luz viraba de un amarillo pálido a un naranja intenso. Remates de muros de adobe asomaban en la arena por doquier, como criaturas primigenias que emergieran de las profundidades del desierto. Por lo demás, nada indicaba que estuvieran cruzando lo que había sido uno de los palacios más espléndidos del antiguo Egipto.

—Cuesta creer que esto fuera un palacio, ¿verdad? —Jalifa suspiró mientras levantaba un fragmento de cerámica con rastros de pintura azul claro—. En su momento, Amenhotep III gobernó la mitad del mundo conocido. Y ahora...

Dio vueltas al fragmento entre los dedos y frotó el pigmento con el pulgar. Sariya no dijo nada, sólo hizo un gesto cortante con la mano para indicar que debían desviarse a la derecha.

—Allí —dijo—. Al otro lado de ese muro.

Cruzaron un tramo de pavimento de adoquines de barro, agrietado y roto, y atravesaron lo que había sido una puerta enorme, reducida ahora a dos montañas de cascotes con un peldaño de piedra caliza entre ambas. Al otro lado había un policía acuclillado a la sombra de un muro y, unos metros más allá, una gruesa sábana de lona con un bulto en forma de cadáver debajo. Sariya se adelantó, aferró una punta de la sábana y la levantó.

—Allahu akbar!
—exclamó Jalifa—. ¡Dios Todopoderoso!

Delante de él yacía un hombre muy viejo, de cuerpo frágil y demacrado, la piel cetrina, arrugada y sembrada de manchas de la edad. Estaba tendido de bruces, con un brazo debajo del cuerpo y el otro extendido a un lado. Llevaba un traje de safari caqui, y su cabeza, calva salvo unos mechones de pelo entre amarillo y blanco, estaba echada hacia atrás y un tanto inclinada, como un nadador que tomara aire antes de hundir la cara en el agua, una postura anormal causada por la varilla de hierro oxidado que surgía del suelo y le atravesaba el ojo izquierdo. Tenía las mejillas, los labios y la barbilla salpicados de sangre seca, y un corte poco profundo en un lado de la cabeza, justo encima de la oreja derecha.

Jalifa examinó el cuerpo, reparó en el polvo que cubría ropas y manos, el pequeño desgarrón en la rodilla de los pantalones, la herida de la cabeza sucia de arena y polvo; después se acuclilló y movió con suavidad la varilla de hierro, en el punto donde surgía de la arena. Estaba clavada con firmeza en el suelo.

—¿De una tienda de campaña? —preguntó Sariya, inseguro.

Jalifa meneó la cabeza.

—Parte de una mira taquimétrica. Debieron de dejársela en una excavación. A juzgar por su aspecto, lleva años aquí.

Se incorporó, agitó la mano para alejar las moscas que ya habían empezado a zumbar alrededor del cadáver y caminó unos metros, hasta un lugar en que la arena estaba removida. Distinguió al menos tres pares diferentes de pisadas, pertenecientes tal vez a los policías que habían peinado la zona, o tal vez no. Se acuclilló de nuevo, extrajo el pañuelo del bolsillo y recogió un fragmento afilado de pedernal manchado de sangre.

—Parece que alguien le golpeó en la cabeza —dijo Sariya—. Después, cayó sobre la varilla. O le empujaron.

Jalifa dio vueltas a la piedra en la mano y examinó las manchas rojizas.

—Es raro que el atacante dejara una cartera llena de dinero en su bolsillo —dijo—. Y las llaves del coche.

—Tal vez le interrumpieron —aventuró Sariya—. O quizá el móvil no fuera el robo.

Antes de que Jalifa pudiera darle su opinión, se oyó un grito al otro lado del campo. A doscientos metros de distancia, un policía se hallaba de pie sobre una loma arenosa y agitaba los brazos.

—Parece que ha encontrado algo —dijo Sariya.

Jalifa dejó la piedra tal como la había encontrado y los dos se encaminaron hacia el hombre. Cuando llegaron, había descendido de la loma y se encontraba de pie junto a una parte del muro derruido, a lo largo de cuya base, sobre el agrietado revoque de barro, había pintada una hilera de lotos azules, descoloridos pero todavía visibles. En el centro de la hilera había un hueco, como si hubieran quitado un trozo de yeso. Cerca, en el suelo, había una mochila de lona, un martillo y un cincel, y un bastón negro con puño de plata. Sariya se acuclilló al lado de la mochila y la abrió.

—Vaya, vaya, vaya —dijo, al tiempo que extraía un ladrillo con yeso pintado—. Alguien ha sido travieso.

Entregó el ladrillo a Jalifa. El detective no le estaba mirando. Se había agachado y cogido el bastón; estaba examinando el puño, a cuyo alrededor había grabada una cenefa de rosas en miniatura, intercaladas con el signo del
anj.

—¿Señor?

Jalifa no contestó.

—¿Señor? —repitió Sariya, en voz más alta.

—Lo siento, Mohammed.

El detective dejó a un lado el bastón y se volvió hacia su ayudante.

—¿Qué has descubierto?

Sariya le entregó el ladrillo de barro. Jalifa lo sostuvo frente a él y examinó los dibujos. Al mismo tiempo, su vista no cesaba de volver hacia el bastón, con el ceño fruncido como si intentara recordar algo.

—¿Qué? —preguntó Sariya.

—No, nada. Nada. Una extraña coincidencia, nada más.

Meneó la cabeza y sonrió. No obstante, había aparecido una sombra de inquietud en sus ojos, como el débil eco de una preocupación más profunda. A la derecha, un cuervo de gran tamaño se posó sobre el muro y los miró, mientras agitaba las alas y graznaba de manera estentórea.

2

Tel Aviv, Israel

Tras ponerse el uniforme de policía, el joven atravesó con paso rígido Independence Park, en dirección al enorme rectángulo de cemento del hotel Hilton. Familias y parejas jóvenes paseaban al aire fresco de la noche, charlando y riendo, pero no se fijó en ellos, sino que mantuvo la vista clavada en el edificio, con la frente perlada de sudor, mientras sus labios se movían al murmurar oraciones inaudibles.

Llegó a la entrada del hotel y se internó en el vestíbulo, donde un par de guardias de seguridad le dirigieron una mirada superficial y, al reparar en su uniforme, desviaron la vista. Alzó una mano temblorosa para secarse el sudor de la frente y después, como una prolongación del mismo movimiento, la introdujo en la chaqueta y tiró del primer cable para armar el explosivo. Terror, odio, náuseas, nerviosismo... Todo eso sintió. No obstante, envolviendo todo lo demás, como la capa externa de una muñeca rusa, había una euforia sin igual, una dicha infinita que flotaba en el mismo borde de su conciencia como una llama. Venganza, gloria, paraíso y una eternidad en brazos de las hermosas huríes.

Gracias por elegirme, Alá. Gracias por permitir que sea el vehículo de tu venganza.

Cruzó el vestíbulo, atravesó unas puertas dobles y entró en una amplia sala muy bien iluminada donde se estaba celebrando el banquete de bodas. La música y las risas le envolvieron, y una niña corrió a preguntarle si quería bailar. Él se encogió de hombros y se abrió paso entre los invitados. Tuvo la impresión de que el mundo que le rodeaba se evaporaba como niebla de colores. Alguien le preguntó qué estaba haciendo allí, si había algún problema, pero siguió adelante, mascullando para sí, mientras pensaba en su anciano abuelo, en su primita asesinada por una bala israelí, en su propia vida, vacía, desesperada, asfixiada por la vergüenza y una ira impotente. De repente, se encontró al lado de los novios. Con un grito de frenesí y júbilo tiró del segundo cable, que desencadenó un remolino de calor, luz y metralla que le redujo a él, a los recién casados y a todos los que se hallaban en un radio de tres metros a poco más que vapor ensangrentado.

Casi en el mismo momento, se recibieron tres faxes en rapidísima sucesión, uno en las oficinas de Jerusalén del Congreso Mundial Judío, otro en la redacción del
Haaretz
, y un tercero en la policía de Tel Aviv. Todos fueron enviados mediante una red móvil, con lo cual fue imposible localizar su origen. Todos transmitieron el mismo mensaje: el atentado era obra de al-Mulatham y la Hermandad Palestina, y era una respuesta a la continuada ocupación sionista de la patria palestina; mientras persistiera dicha ocupación, todos los israelíes, de cualquier edad o sexo, se considerarían responsables de las atrocidades infligidas al pueblo palestino.

3

Luxor

Se quedaron en Malqata hasta casi las siete de la tarde, pero Anwar, el forense, aún no había llegado. En lugar de esperar más, Jalifa ordenó a un grupo de agentes que vigilaran el yacimiento y se fue a ver el hotel del fallecido en compañía de Sariya.

—Conociendo a Anwar, podríamos estar ahí hasta la medianoche —gruñó—. Aprovecharemos el tiempo.

El Menna-Ra ocupaba un lugar privilegiado en el corazón del pueblo de Gezira, una amplia acumulación de tiendas y casas destartaladas en la orilla oeste del río Nilo, frente al templo de Luxor. Se trataba de un edificio encalado de dos plantas, al que se accedía por un estrecho camino de tierra, flanqueado por un batiburrillo de viviendas de ladrillo de barro que se aferraban a él como afloraciones de hongos marrones. Jalifa y Sariya llegaron al anochecer. Los recibió una esbelta inglesa de mediana edad que hablaba árabe con fluidez, aunque con un fuerte acento, y que se presentó como Carla Shaw, la directora del hotel. Pidió que les sirvieran té y los acompañó a una terraza de grava situada en la parte posterior del edificio, donde se sentaron en sillas de mimbre bajo un dosel de fragantes hibiscos rojos. Un lago estrecho y largo se extendía de izquierda a derecha frente a ellos, negro y cenagoso, con aguas que ondulaban cuando pasaba algún banco de percas del Nilo. Las orillas erizadas de palmeras estaban atestadas de pontones cargados de botellas de agua de Baraka desechadas. Al otro lado, se atisbaba entre los árboles un anuncio de Viajes en Globo Hod Hod Suleiman pintado en la pared de una casa. Se oían ladridos de perros, la bocina de los taxis ocupados y, a lo lejos, el rítmico sonido de una bomba de riego.

—No me ha sorprendido —dijo la mujer. Dobló una pierna enfundada en tejanos sobre la otra y encendió un cigarrillo Merit—. No gozaba de buena salud. Cáncer, creo, aunque nunca hablaba de eso.

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