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Authors: Frank McCourt

Tags: #Biografía, drama

El profesor (3 page)

Pero, hombre, si hay que hacerlo, lo haremos. Nos sentaremos en esas clases que no tienen nada que ver con nuestras vidas. Trabajaremos en nuestros talleres, donde aprendemos lo que es el mundo real, e intentaremos ser amables con los profesores y salir de aquí al cabo de cuatro años.

Ya están aquí. La puerta da un golpe contra la repisa de la pizarra, levanta una nube de polvo de tiza. Entrar en un aula es toda una operación. ¿No podrían entrar tranquilamente en el aula, dar los buenos días y sentarse? Oh, no. Tienen que darse empujones y codazos. Uno dice «eh» con tono de amenaza humorística, y otro le replica «eh». Se insultan mutuamente, no prestan atención al timbre que anuncia el principio de la clase, tardan lo suyo en sentarse. «Qué bien, nena, mira, ahí hay un profesor nuevo, y los profesores nuevos no saben una mierda. ¿Qué? ¿El timbre? ¿Profesor? Un tipo nuevo. ¿Quién es? ¿Qué mas da?» Hablan con amigos desde el otro extremo del aula, se repantigan en pupitres demasiado pequeños para ellos, estiran las piernas, se ríen si hacen tropezar a alguien. Miran por la ventana, a la bandera estadounidense que está por encima de mi cabeza o a los retratos que pegó a las paredes la señorita Mudd, ya jubilada, retratos de Emerson, Thoreau, Whitman, Emily Dickinson y (¿cómo habrá venido a parar aquí?) de Ernest Hemingway. Es la portada de la revista
Life,
y esa foto está por todas partes. Graban sus iniciales con cortaplumas en los pupitres, declaraciones de amor con corazones y flechas junto a las tallas hechas hace mucho tiempo por sus padres y sus hermanos. Algunos pupitres viejos están tallados tan profundamente que puedes verte las rodillas por los agujeros donde había corazones y nombres. Las parejas se sientan juntas, cogidas de la mano, susurran y se miran a los ojos mientras tres chicos, apoyados en los armarios del fondo, cantan
doo-wop,
bajo, barítono y agudos, hombre, chascan los dedos, dicen al mundo que no son más que adolescentes enamorados.

Entran en el aula a empujones cinco veces al día. Cinco clases, de treinta a treinta y cinco en cada clase. ¿Adolescentes? En Irlanda los veíamos en las películas norteamericanas, tristes, malhumorados, paseándose en coches, y nos preguntábamos por qué estaban tristes y malhumorados. Tenían comida, ropa y dinero, y aun así seguían hablando mal a sus padres. En Irlanda no había adolescentes, al menos en mi mundo. Eras niño. Ibas a la escuela hasta los catorce años. Si hablabas mal a tus padres, te daban tal sopapo en la jeta que te mandaban al otro lado de la habitación. Te hacías mayor, empezabas a trabajar de obrero, te casabas, te bebías tu pinta los viernes por la noche, esa misma noche te tirabas a tu mujer y la tenías preñada constantemente. A los pocos años emigrabas a Inglaterra para trabajar en la construcción o para alistarte en las fuerzas de Su Majestad y luchar por el Imperio.

El problema del bocadillo empezó cuando un chico llamado Petey dijo en voz alta:

—¿Alguien quiere un bocadillo de mortadela?

—¿Estás de broma? Tu madre debe de odiarte si te da bocadillos así.

Petey arrojó su bolsa de bocadillo de papel marrón al que lo había criticado, Andy, y toda la clase lo aclamó. Pelea, pelea, decían. Pelea, pelea. La bolsa aterrizó en el suelo, entre la pizarra y el pupitre de Andy, en la primera fila.

Salí de detrás de mi mesa y proferí el primer sonido de mi carrera profesional como enseñante: «Eh». Después de cuatro años de estudios superiores en la Universidad de Nueva York, lo único que se me ocurría decir era «eh».

Volví a decirlo. «Eh.»

No me hicieron caso. Estaban ocupados azuzando la pelea que serviría para matar el tiempo y para evitar que yo impartiera la clase que hubiera tenido pensado impartir. Me acerqué a Petey y dije mi primera frase como profesor: «Dejad de tirar bocadillos». Petey y los demás dieron muestras de sorpresa. Este profesor, un profesor nuevo, acaba de detener una buena pelea. Se supone que los nuevos profesores no deben meterse en lo que no les importa, o que deben llamar al director o a un bedel, que tardan siglos en venir. Lo que significa que, mientras se les espera, se puede tener una buena pelea. Además, ¿qué se puede hacer con un profesor que te dice que dejes de tirar bocadillos cuando ya has tirado el bocadillo?

Benny dijo en voz alta desde el fondo del aula:

—Oiga, profe, ya ha tirao el bocata. ¿Para qué le dice ahora que no tire el bocata? El bocata ya está en el suelo.

La clase rió. No hay en el mundo cosa más tonta que un profesor que te dice que no hagas una cosa cuando ya la has hecho. Un chico se cubrió la boca con la mano y dijo «estúpido», y yo supe que lo decía por mí. Me dieron ganas de derribarlo de un golpe, pero aquello habría sido el fin de mi carrera docente. Además, la mano con que se cubría la boca era enorme, y el pupitre le venía pequeño.

Alguien dijo:

—Eh, Benny, ¿es que eres abogado o algo así? Y la clase volvió a reírse.

—Eso, eso —dijeron, y se pusieron a esperar mi reacción. ¿Qué hará este profesor nuevo?

Los profesores de pedagogía de la Universidad de Nueva York nunca hablaban en sus lecciones de cómo resolver las situaciones de bocadillos voladores. Hablaban de teorías y filosofías de la educación, de imperativos morales y éticos, de la necesidad de dirigirse a todo el niño, de la gestalt, nada menos, las necesidades percibidas del niño, pero nunca de los momentos críticos en el aula.

¿Debo decir: «Eh, Petey, ven aquí y recoge este bocadillo, o te vas a enterar»? ¿Debo recogerlo yo mismo y tirarlo a la papelera, para mostrar mi desprecio hacia las personas que tiran bocadillos mientras millones de personas se mueren de hambre en todo el mundo?

Era preciso que reconocieran que ahí mandaba yo, que era un tipo duro, que no estaba dispuesto a aguantar sus chorradas.

El bocadillo, envuelto en papel de estraza, estaba casi fuera de la bolsa, y el aroma me indicó que ahí había algo más que mortadela. Lo recogí y lo saqué de su envoltorio. No era un bocadillo corriente, de esos en que se mete sin más el embutido entre dos rebanadas de insípido pan blanco norteamericano. Aquél era un pan grueso y moreno, cocido en Brooklyn por una madre italiana, un pan lo bastante firme para sostener lonchas de una rica mortadela, guarnecida con lonchas de tomate, cebolla y pimientos, bañada en aceite de oliva y sazonada con un aderezo delicioso.

Me comí el bocadillo.

Ése fue mi primer acto de gestión del aula. Mi boca llena de bocadillo concitó la atención de la clase. Me miraron pasmados, treinta y cuatro chicos y chicas, de dieciséis años de edad media. Vi la admiración reflejada en sus ojos: era la primera vez en su vida que un profesor recogía un bocadillo del suelo y se lo comía delante de todo el mundo. El hombre del bocadillo. Cuando yo era niño, en Irlanda, admirábamos a un profesor que todos los días pelaba una manzana y se la comía, y premiaba a los niños buenos entregándoles la peladura. Estos chicos miraban cómo me resbalaba el aceite por la barbilla y me goteaba en la corbata de dos dólares de los almacenes Klein-on-the-square.

—Oiga, profesor, se ha comido mi bocadillo —dijo Petey.

—Cállate —le dijo la clase—. ¿No ves que el profesor está comiendo?

Me chupé los dedos. Dije «ñam», hice una bola con la bolsa y el papel de estraza y la tiré a la papelera. La clase me aclamó. «Uau», dijeron, y «sí, nena», y «ti-í-í-í-o». «¿Habéis visto? Se come el bocadillo. Acierta en la papelera. Uau.»

¿De manera que esto es enseñar? Sí, uau, me sentí como un campeón. Me había comido el bocadillo y había acertado en la papelera. Me sentí capaz de hacer cualquier cosa con esa clase. Me parecía que los tenía en un puño. Eso estaba bien, sólo que no sabía qué hacer a continuación. Yo estaba allí para enseñar, y me preguntaba cómo pasar de una situación de bocadillo a la ortografía o la gramática o la estructura del párrafo o a cualquier cosa relacionada con la materia que se suponía que yo iba a enseñar, Lengua Inglesa.

Mis alumnos siguieron sonriendo hasta que vieron la cara del director enmarcada en la ventanilla de la puerta. Las cejas pobladas subidas hasta la mitad de la frente indicaban interrogación. Abrió la puerta y me invitó a salir con un gesto.

—¿Hablamos un momento, señor McCourt?

Petey susurró:

—Oiga, señor, no se preocupe por el bocadillo. Yo no lo quería, de todas maneras.

La clase dijo «eso, eso» dando a entender que estarían de mi parte si tenía problemas con el director: fue mi primera experiencia de la solidaridad entre profesor y alumno. Aunque tus alumnos estuvieran perdiendo el tiempo y protestando en el aula, en cuanto aparecía un director o cualquier otra persona de fuera había una unidad inmediata, un frente unido.

Cuando salí al pasillo, me dijo:

—Estoy seguro de que entiende, señor McCourt, que no causa buena impresión que los profesores se coman el almuerzo a las nueve de la mañana, en el aula y delante de estos chicos y chicas. ¿Su primera experiencia como profesor, y usted opta por empezarla comiéndose un bocadillo? ¿Le parece un acto adecuado, joven? Aquí no tenemos esa costumbre, da mala impresión a los niños. Lo entiende, ¿verdad? Piense los problemas que tendríamos si los profesores lo dejaran todo y empezaran a comerse sus almuerzos en clase, sobre todo por la mañana, cuando todavía es hora de desayunar. Demasiados problemas tenemos con los chicos que toman bocados a escondidas durante las clases de la mañana, atrayendo cucarachas y diversos roedores. Se han expulsado ardillas de estas aulas, y no le digo nada de las ratas. Si no estuviésemos atentos, estos chicos y algunos profesores, sus colegas, joven, convertirían la escuela en un gran comedor.

Me dieron ganas de decirle la verdad sobre el bocadillo y lo bien que había llevado la situación, pero podría haber supuesto el fin de mi trabajo de profesor. Quise decirle: «Mire usted, no era mi almuerzo. Era el bocadillo de un chico que se lo tiró a otro chico, y yo lo recogí porque soy nuevo aquí y pasó esto en mi clase y en las asignaturas de la universidad no nos enseñaron nada sobre bocadillos, lanzamiento y recuperación de. Sé que me comí el bocadillo, pero lo hice por desesperación, o para enseñar a la clase una lección sobre el derroche y mostrarles quién mandaba allí, o, joder, me lo comí porque tenía hambre. Prometo que no lo volveré a hacer, por miedo a perder este buen trabajo, aunque ha de reconocer usted que la clase estaba callada. Si ésa es la manera de ganarse la atención de los chicos de un instituto de formación profesional, debería usted encargar un montón de bocadillos de mortadela para las cuatro clases que todavía me quedan hoy por delante».

No dije nada.

El director dijo que había venido para ayudarme, porque, ja, ja, le había dado la impresión de que podía hacerme falta mucha ayuda.

Reconozco que se ganó toda su atención —dijo—. De acuerdo; pero pruebe a conseguirlo de una manera menos aparatosa. Pruebe a enseñar. Para eso está aquí, joven. Para enseñar. Ahora tiene que recuperar el terreno perdido. Eso es todo. Nada de comer en clase, ni profesores ni alumnos.

Yo dije «sí, señor», y él me invitó a entrar de nuevo en el aula con un gesto.

—¿Qué le ha dicho? —me preguntaron los alumnos.

—Me ha dicho que no debo almorzar en el aula a las nueve de la mañana.

—No estaba almorzando.

—Ya lo sé, pero me vio con el bocadillo y me dijo que no volviera a hacerlo.

—Hombre, eso es una injusticia.

—Le diré a mi madre que su bocadillo le ha gustado —dijo Petey—. Le diré que se ha metido usted en un buen lío por su bocadillo.

—Está bien, Petey, pero no le digas que lo tiraste.

—No, no. Me mataría. Es siciliana. Los de allí, de Sicilia, se acaloran mucho.

—Dile que era el bocadillo más rico que he comido en mi vida, Petey.

—Vale.

Mea culpa.

En vez de enseñar, les conté historias.

Lo que fuera, con tal de tenerlos callados y quietos en sus asientos.

Ellos creían que yo estaba enseñando.

Yo creía que estaba enseñando.

Estaba aprendiendo.

¿Y usted se consideraba profesor?

Yo no me consideraba nada. Era más que un profesor. Y menos. En el aula del instituto eres sargento instructor, rabino, paño de lágrimas, ordenancista, cantante, erudito de poca monta, administrativo, árbitro, payaso, consejero, controlador de vestuario, director de orquesta, apologista, filósofo, colaborador, bailarín de claqué, político, psicoterapeuta, bufón, guardia de tráfico, sacerdote, madre-padre-hermano-hermana-tío-tía, contable, crítico, psicólogo, el último asidero.

En el comedor de profesores, los veteranos me advertían:

—Hijo, no les cuentes nada de ti mismo. Son chicos, maldita sea. Tú eres el profesor. Tienes derecho a la intimidad. Ya conoces el juego, ¿no? Esos cabroncetes son diabólicos. No son, repito, no son tus aliados naturales. Cuando te dispones a enseñarles una lección de verdad sobre gramática o algo así, ellos se lo huelen y te salen al paso, muchacho. No los pierdas de vista. Esos chicos llevan años con esto, once o doce años, y ya les han encontrado las cosquillas a los profesores. Si piensas siquiera en la gramática o la ortografía, ellos se dan cuenta y levantan las manitas y adoptan esa expresión suya de interés y te preguntan qué juegos te gustaban de pequeño, o quién crees que va a ganar la condenada Serie Mundial. Ah, sí. Y tú caes en la trampa. Al cabo de un momento les estás soltando todo, y ellos se van a sus casas sin saber lo que es una oración gramatical ni de lejos, pero contando tu vida a sus padres. Tampoco es que les importe. Ellos saldrán adelante, pero ¿en qué situación quedas tú? No podrás recuperar nunca los pedazos de tu vida que se les quedan en las cabecitas. Es tu vida, hombre. Es lo único que tienes. No les cuentes nada.

El consejo cayó en saco roto. Yo aprendí por prueba y error, y pagué el precio. Tuve que encontrar mi propia manera de ser hombre y profesor, y precisamente con eso estuve luchando durante los treinta años que frecuenté las aulas de Nueva York. Mis alumnos no sabían que allí delante tenían a un hombre que huía de una crisálida de historia irlandesa y catolicismo, dejando por todas partes pedazos de esa crisálida. Mi vida me salvó la vida. En mi segundo día en el instituto McKee, un chico me hace una pregunta que me retrotrae al pasado, y que tiñe mi manera de enseñar durante los treinta años siguientes. Me envía de un empujón al pasado, a los materiales de mi vida.

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