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Authors: Frank McCourt

Tags: #Biografía, drama

El profesor (5 page)

Mis problemas no habían terminado, por causa de mi padre. Podría creerse que los chicos dejarían de atormentarme con mi acento de Limerick perfecto a los cuatro años de edad, pero no, empiezan a remedar el acento de Irlanda del Norte de mi padre y a decir que es un protestante de alguna especie, y ahora tengo que defenderlo a él, y de nuevo tengo que presentarme en casa ante mi madre con la camisa llena de sangre, y mi madre chilla que si tiene que lavar esta camisa una vez más se le hará pedazos entre las manos, seguro. Lo peor fue cuando no pudo tener seca la camisa a la mañana siguiente y yo tuve que ponérmela húmeda para ir a la escuela. Cuando volví a casa tenía la nariz taponada y todo el cuerpo me temblaba, húmedo de nuevo, esta vez de sudor. Mi madre se puso fuera de sí y me lloró encima por haber sido mala conmigo y por haberme mandado a la escuela con esa camisa húmeda que cada vez estaba más roja por las peleas. Me acostó y me sepultó bajo un montón de abrigos viejos y bajo la manta de su propia cama, hasta que dejé de temblar y me fui quedando dormido, oyéndola hablar en el piso de abajo con mi padre, diciendo que había sido un día aciago aquel en que se habían marchado de Brooklyn para venirse a que atormentasen a los niños en los patios de las escuelas de Limerick.

Al cabo de dos días volví a la escuela con la camisa, que ahora tenía un color rosado pálido. Los chicos dijeron que el rosa era un color para nenazas, y me preguntaron si era una niña.

Billy Campbell plantó cara al más grande.

—Dejad en paz al yanqui —dijo.

—Ah —dijo el chico grande—. Y ¿quién me va a obligar?

—Yo —dijo Billy, y el chico grande se marchó a jugar al otro lado del patio.

Billy entendía mi problema porque su padre era de Dublín, y a veces los chicos se burlaban hasta de eso.

Yo contaba historias de Billy porque tenía la clase de valor que yo admiraba. Hasta que uno de mis alumnos del McKee levantó la mano y dijo que admirar a Billy estaba muy bien, pero ¿acaso no había plantado cara yo a todo un grupo por mi acento norteamericano, y no debía admirarme a mí mismo? Dije que no, que no había hecho más que lo que tenía que hacer, en vista de que en aquella escuela irlandesa todos me hostigaban y provocaban, pero ese chico de quince años del McKee insistió:

—Tiene que reconocerse el mérito, no demasiado porque eso sería presumir.

Yo dije que de acuerdo, que me reconocería el mérito de haber presentado pelea, aunque no era tan valiente como Billy, que no peleaba por sí mismo, sino por los demás. Aunque no me debía nada, me defendió, y ésa era una clase de valor que yo esperaba tener algún día.

Mis alumnos me preguntan por mi familia, y a mí me vienen a la cabeza fragmentos de mi pasado. Me doy cuenta de que estoy, descubriendo cosas sobre mí mismo, y cuento esta historia como se la contaba mi madre a una vecina:

«Yo iba empujando el cochecito llevando a Malachy, que era un chiquillo de apenas dos años. Frank iba andando a mi lado. En la calle O'Connell, ante la tienda de Todd, un automóvil negro, largo, se detuvo junto a la acera y se apeó de él una mujer rica, muy arreglada con pieles y joyas. Bueno, pues miró dentro del cochecito y me ofreció allí mismo comprarme a Malachy. Figúrese la impresión que me hizo aquello, que una mujer quisiera comprarme a Malachy, con su cabello rubio dorado, sus mofletes rosados, sus dientecitos blancos y preciosos, como perlas. Estaba encantador allí en el cochecito, y yo sabía que si me separaba de él se me partiría el corazón. Además, ¿qué diría mi marido si yo volviera a casa y le dijera que había vendido al niño? De manera que dije a la mujer que no, y puso una cara tan triste que me dio lástima.»

Cuando fui mayor y oí contar a mi madre esa historia por centésima vez, le dije que debería haber vendido a Malachy, y que así habríamos tocado a más comida los demás. Ella dijo: «Bueno, le dije si te quería a ti, pero a la mujer no le interesaste para nada».

Las chicas de la clase dijeron:

—Ay, jo, señor McCourt, su madre no debería haberle hecho eso. La gente no debería ofrecer vender a sus hijos. Usted no es tan feo. Los chicos de la clase dijeron:

—Bueno, no es lo que se dice un Clark Gable... Es broma, señor McCourt.

Mea culpa.

Cuando tenía seis años, el maestro, en Irlanda, me dijo que era un niño malo. «Eres un niño muy malo.» Dijo que todos los niños de la clase eran niños muy malos. Nos recordó que estaba utilizando la palabra «muy», que era una palabra que sólo utilizaba en ocasiones muy especiales como la presente. Si nosotros utilizábamos alguna vez esa palabra al responder a una pregunta o al escribir una redacción, nos arrancaría el cuero cabelludo. En esta ocasión estaba permitida. Así de malos éramos. Jamás había visto una cuadrilla como aquélla, y se preguntaba de qué servía enseñar a pilletes y
amadauns
[1]
. Teníamos las cabezas llenas de porquerías norteamericanas del cine Lyric. Debíamos bajar esas cabezas, darnos golpes de pecho y decir
Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa.
Yo creí que aquello significaba «lo siento», hasta que él escribió en la pizarra
«Mea culpa.
Soy culpable». Dijo que habíamos nacido con el Pecado Original, que se suponía debía lavarse con las aguas del bautismo. Dijo que estaba claro que con nosotros no habían servido de nada ríos enteros de aguas bautismales. Bastaba con echar una mirada a nuestros ojillos huidizos para tener la prueba de nuestra maldad.

Él estaba allí para prepararnos para nuestra Primera Confesión y nuestra Primera Comunión, para salvar nuestras almas desdeñables. Nos enseñó a hacer Examen de Conciencia. Debíamos mirar dentro de nosotros, otear el paisaje de nuestras almas. Habíamos nacido con el Pecado Original, que era una cosa fea y cenagosa que maculaba la blancura cegadora de nuestras almas. El bautismo les había devuelto su perfección blanca. Pero ahora éramos mayores y estaban los pecados: llagas, heridas, abscesos. Debíamos sacarlos, retorciéndose, palpitantes, putrefactos, a la luz gloriosa de Dios. El Examen de Conciencia, niños, seguido del
mea
culpa.
Un purgante poderoso, niños. Os deja más limpios que una dosis de sales purgantes.

Todos los días practicábamos el Examen de Conciencia y confesábamos nuestros pecados, a él y a toda la clase. El maestro no decía nada, se quedaba sentado tras su mesa, asentía con la cabeza, acariciaba la delgada vara de la que se servía para mantenernos en estado de gracia. Confesábamos los siete pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia, pereza. Apuntaba a uno con la vara y decía: «Madigan, confiésanos cómo cometiste el Pecado Capital de la envidia».

Nuestro Pecado Capital favorito para confesarlo era la gula, y cuando el maestro apuntó con la vara a Paddy Clohessy y le dijo: «Clohessy, la gula», Paddy describió una comida de ensueño: cabeza de cerdo con patatas y repollo y mostaza, gaseosa a discreción para bajarla, seguida de helado y galletas y té con mucha leche y azúcar y, si querías, podías reposar un poco y servirte más de lo mismo sin que tu apetito molestara en absoluto a tu madre, pues había suficiente para todos y para dar y regalar. El maestro dijo: «Clohessy, eres un poeta del paladar».

Ninguno sabíamos qué quería decir «paladar», hasta que tres fuimos a la vuelta de la esquina a ver si la bibliotecaria del Andrew Carnegie nos dejaba mirar el diccionario grande que estaba cerca de su escritorio.

«¿Para qué queréis saber lo que es el paladar?», dijo, y cuando respondimos que Paddy Clohessy era un poeta de eso, ella consultó la palabra y dijo que nuestro profesor debía de estar perdiendo el juicio. Paddy se puso terco. Le preguntó qué era el paladar, y cuando ella dijo que era el centro de las sensaciones del gusto, pareció encantado de sí mismo y se puso a hacer ruido chascando la lengua. Incluso siguió haciéndolo por la calle, hasta que Billy Campbell le pidió que lo dejara, porque le estaba dando hambre.

Confesábamos haber quebrantado los Diez Mandamientos. Si decías que habías cometido adulterio o deseado la mujer del prójimo, el maestro sabía que no sabías de qué estabas hablando, «no te des tanto pisto, niño», y pasaba al penitente siguiente.

Después de la Primera Comunión seguíamos haciendo Examen de Conciencia para el sacramento siguiente, la Confirmación. El cura decía que el Examen de Conciencia y la confesión nos salvarían del infierno. Se llamaba padre White, y a nosotros nos interesaba porque un chico contó que no había querido ser cura. Su madre le había obligado a seguir la carrera eclesiástica. Nosotros dudábamos de la palabra de ese chico, pero él decía que conocía a una de las criadas de la residencia de los curas, y que ésta había contado que el padre White se emborrachaba a la hora de la cena y contaba a los demás curas que su único sueño había sido hacerse mayor para ser conductor del autobús que iba de Limerick a Galway y viceversa, pero que su madre no se lo había consentido. Era raro que te examinara una persona que se había hecho cura porque su madre le había obligado. Yo me preguntaba si tendría en la cabeza el sueño del autobús cuando estaba ante el altar oficiando misa. También era raro pensar que un cura se emborrachaba, porque todo el mundo sabe que se supone que no deben hacerlo. Yo solía mirar los autobuses que pasaban e imaginármelo allí arriba, sonriente, sin que lo estrangulara ningún alzacuellos.

Cuando adquieres la costumbre de hacer examen de conciencia, resulta difícil dejarla, sobre todo si eres un chico católico irlandés. Si haces cosas malas, miras dentro de tu alma y ves allí los pecados, supurantes. Todas las cosas son pecado o no son pecado, y esa idea puedes llevarla en la cabeza el resto de tu vida. Luego, cuando vas creciendo y te vas distanciando de la iglesia, el
mea culpa
es un leve susurro en tu pasado. Sigue allí, pero ahora eres mayor y no te asustas con tanta facilidad.

Cuando te encuentras en estado de gracia, el alma es una superficie pura, de un blanco cegador, pero tus pecados producen unos abscesos que supuran y apestan. Intentas salvarte con el
mea culpa,
las únicas palabras latinas que significan algo para ti o para Dios.

Si ahora pudiera viajar a mis veintisiete años, a mi primer año de profesor, me invitaría a mí mismo a un bistec, a una patata asada, a una pinta de cerveza negra. Me hablaría seriamente.

—Por Dios, chico, ve más erguido. Echa para atrás esos hombros escuálidos y miserables. Deja de hablar entre dientes. Habla fuerte. Deja de menospreciarte a ti mismo. Ya se encargará de ello el resto del mundo con mucho gusto. Estás comenzando tu carrera profesional en la enseñanza, y no es una vida fácil. Yo lo sé. Pasé por ello. Más te valdría estar de policía. Al menos tendrías una pistola o una porra para defenderte. Un profesor sólo tiene su boca. Si no aprendes a apreciarlo, te retorcerás en un rincón del infierno.

Alguien debería haberme dicho: «Oye, Mac, tu vida, Mac, treinta años de tu vida, Mac, va a ser instituto, instituto, instituto, chicos, chicos, chicos, ejercicios, ejercicios, ejercicios, leer y corregir, leer y corregir, montañas de ejercicios amontonándose en el instituto, en casa, días y noches leyendo cuentos, poesías, diarios, notas de suicidio, diatribas, disculpas, piezas de teatro, redacciones, incluso novelas, obra de miles (miles) de adolescentes de Nueva York a lo largo de los años, de algunos centenares de hombres y mujeres trabajadoras, y no tendrás tiempo para leer a Graham Greene ni a Dashiel Hammett, ni a Scott Fitzgerald, ni al bueno de P. G. Wodehouse, ni a tu autor principal, el señor Jonathan Swift. Te dejarás la vista leyendo a Joey y Sandra, a Tony y Michelle, pequeños tormentos y pasiones y éxtasis. Montañas de cosas de chicos, Mac. Si te abrieran la cabeza se encontrarían un millar de adolescentes trepándote por el cerebro. Cada mes de junio se gradúan, se hacen mayores, se ponen a trabajar y siguen adelante. Tendrán chicos, Mac, que vendrán a ti algún día para que les des clase de Lengua Inglesa, y tú te encontrarás ante un nuevo curso de Joeys y Sandras, de Tonys y Michelles, y te preguntarás: ¿es esto todo? ¿Ha de ser este tu mundo durante veinte, treinta años? Recuerda, si éste es tu mundo, entonces tú eres uno de ellos, un adolescente. Vives en dos mundos. Estás con ellos día va, día viene, y ni te figuras, Mac, el efecto que tiene esto sobre tu mente. Adolescente para siempre. Llegará junio y entonces, adiós, profesor, mucho gusto de haberlo conocido, mi hermana estará en su clase a partir de septiembre. Pero hay algo más, Mac. En toda aula está pasando siempre algo. Te mantienen alerta. Te mantienen fresco. Así no te harás viejo nunca, pero el peligro es que puedes quedarte con mente de adolescente para siempre. Es un verdadero problema, Mac. Te acostumbras a hablar a esos chicos a su nivel. Después, cuando vas a un bar a tomarte una cerveza, se te ha olvidado cómo hablar a tus amigos, y ellos se te quedan mirando. Se te quedan mirando como si acabaras de llegar de otro planeta, y tienen razón. Pasar un día tras otro en el aula supone estar en otro mundo, Mac».

—Entonces, profesor, ¿cómo vino usted a Estados Unidos, y todo eso?

Les hablo de mi llegada a Estados Unidos cuando tenía diecinueve años, de que yo no tenía nada ni llevaba nada encima, ni en la cabeza ni en la maleta, que pudiera haber dado a entender que al cabo de unos años me encontraría ante cinco clases al día de adolescentes neoyorquinos.

¿Profesor? Jamás había soñado que pudiera llegar tan alto en la vida.

A excepción del libro que iba en la maleta, todo lo que llevaba puesto y todo mi equipaje cuando desembarqué era de segunda mano. También era de segunda mano todo lo que llevaba en la cabeza: el catolicismo; la triste historia de Irlanda, una letanía de sufrimientos y martirios que me metieron a presión los curas, los maestros y los padres, que no tenían otras ideas mejores.

El traje marrón que llevaba puesto procedía de la casa de empeños de Parker
el Narizotas
, en la calle Parnell, en Limerick. Mi madre regateó con él. El Narizotas dijo:

—Ese traje le costará cuatro libras.

Y ella dijo:

—¿Es que me está tomando el pelo, señor Parker?

—No, no le estoy tomando el pelo —dijo él—. Ese traje lo llevó puesto un primo del conde de Dunraven en persona, y todo lo que se ha puesto la aristocracia tiene más valor.

Mi madre dijo que, por ella, como si se lo había puesto el conde en persona, ya que ni él ni su ralea habían hecho jamás ningún bien a Irlanda con sus castillos y sus criados, sin pensar nunca en los sufrimientos de su pueblo. Estaba dispuesta a ofrecerle tres libras, ni un penique más.

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