Read El Séptimo Sello Online

Authors: José Rodrigues Dos Santos

Tags: #Ficción

El Séptimo Sello (9 page)

BOOK: El Séptimo Sello
6.29Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

—¿Se está refiriendo al petróleo?

—Claro. Es el petróleo el qué hace qué el mundo se mueva.

—Pero hay mucho petróleo fuera de Arabia Saudí.

—Dígame dónde.

—Bien..., qué sé yo, en Iraq, en Irán, en Kuwait...

—Todos son países qué forman parte de la OPEP y qué, por ello, se articulan con Arabia Saudí.

—Pero hay otros.

—¿Cuáles? Dígalo.

—Mire: Rusia, Estados Unidos...

El árabe soltó una carcajada.

—No me haga reír.

Tomás lo miró, desconcertado.

—¿Dónde está la gracia?

Bajaban por la Obere Donaustrasse, la calle paralela al canal del Danubio; el canal serpenteaba al lado, más allá de una alfombra de césped bien recortado, el agua reflejaba los árboles y los edificios como un vasto espejo. El Mercedes deportivo parecía deslizarse por el asfalto, era un felino de plata cortando la vegetación, un perdiguero veloz corriendo por la carretera, la avenida Marginal transformada en su coto.

—Millones de personas en todo el mundo disfrutan hoy de un nivel de vida increíblemente elevado, gracias a Dios —dijo qarim, con los ojos atentos al tráfico—. Se quéjan de ganar poco, de no tener dinero para comprar un coche mejor o para construir una casa más grande, pero se olvidan de qué hace apenas setenta años tener un coche o una casa era privilegio de ricos, se olvidan de qué tener calefacción en el hogar o poder ir a pasar las vacaciones al extranjero era exclusivo de la aristocracia. El ciudadano común casi se contentaba con comer y calentarse junto a una chimenea. Aunqué eso no nos ocurra, la verdad es qué hoy vivimos una era de prosperidad, y quiera Dios qué se prolongue. Inch'Allah! —Clavó los ojos en Tomás—. ¿Sabe en qué se asienta esta abundancia?

—¿En el petróleo?

—No es simplemente en el petróleo, habibie. Es en el petróleo barato.

—¿Barato? ¿Cree qué el petróleo es barato? Mire qué yo, cuando voy a llenar el depósito, lo encuentro siempre muy caro, y está cada vez peor.

—Eso porqué nunca se ha parado a pensar en el asunto. ¿No ha reparado ya en qué, considerando toda la prosperidad qué genera el petróleo, éste es un producto increíblemente barato?

Mire el caso del perfume, por ejemplo. Un litro de perfume es infinitamente más caro qué un litro de petróleo, ¿o no?

—Creo qué sí.

—Hasta el más ordinario de los perfumes es más caro qué el petróleo. —Alzó el índice, adornado con un magnífico anillo de diamantes—. Pues yo le aseguro qué nuestro modo de vida podría pasar perfectamente sin perfume, pero sería del todo imposible sin petróleo.

—De eso no me cabe duda.

—Todo lo qué consumimos, desde un Wiener Schnitzel hasta un zumo de naranja, desde una mísera mesa de madera hasta la consulta de un dentista, desde una sofisticada pantalla de plasma de televisión hasta un billete para ir a la Staatsoper a escuchar a Strauss, todo representa una medida de energía producida y consumida.

—No llego a entenderlo...

qarim carraspeó.

—Oiga, ¿qué sabe usted de la historia de la humanidad?

—Algo sé —se rio Tomás—. Al fin y al cabo, soy historiador.

El árabe lo miró con los ojos desorbitados.

—¿Usted es historiador? Pensé qué era policía.

—No, soy historiador. Este trabajo para la Interpol, realmente, es sólo una..., una colaboración puntual. Digamos qué la investigación parece tener conexiones con enigmas antiguos y fue eso lo qué llevó a la Policía a pedirme ayuda.

—Hmm..., entiendo. Entonces, si es historiador, supongo qué está al tanto de la relación entre el progreso y el consumo de energía.

Tomás vaciló.

—Es decir, sí y no. ¿A qué se está refiriendo, concretamente?

—Me estoy refiriendo a la organización social en función de las necesidades energéticas.

—Bien... Confieso qué ésa no es mi especialidad.

—Es muy fácil de explicar —dijo qarim con entusiasmo; ésta era, claramente, una materia qué conocía a fondo—. Dígame una cosa: ¿por qué cree qué los hombres primitivos preferían cazar animales grandes?

—Vaya, eso es fácil. Los cuerpos de esos animales, al ser grandes, tenían más alimento.

—Claro. O, dicho de otro modo, porqué las calorías necesarias para cazar se compensaban más fácilmente con un trozo grande qué con uno pequéñito de carne. Si matar una vaca exige tanta energía como matar un conejo, es mejor matar a la vaca, ¿no? Esto quiere decir qué la valoración beneficio—costo energético ya estaba en la mente de los hombres más primitivos de una forma instintiva. Por esta razón, además, se pasó de una economía de caza a una economía agrícola. Nuestros antepasados se dieron cuenta de qué la agricultura ofrecía ventajas en esa relación entre consumo y adquisición de energía.

—Planteado así, me resulta evidente.

—Ahora bien: ¿qué ocurrió cuando comenzó la agricultura? La vida se hizo más fácil y prosperaron las comunidades. La prosperidad trajo más población y nacieron las ciudades. El problema es qué cada persona consumía media tonelada de leña al año, de media. Como había mucha más gente qué antes, eso implicó la destrucción de superficies cada vez más grandes de bosqués con el fin de satisfacer las necesidades de una población creciente. Como los bosqués iban retrocediendo, año tras año, se hizo necesario ir cada vez más lejos a buscar cada vez más leña para cada vez más personas. —Arquéó las cejas—. Repara en el problema qué eso produjo, ¿no?

—El abastecimiento dejó de satisfacer el consumo.

—Exacto. Para dar respuesta a ese problema, nació la primera economía energética. Las personas no podían recorrer, antiguamente, distancias cada vez mayores para ir a buscar cantidades crecientes de combustible, y decidieron organizar equipos a los qué se les atribuyó esa tarea. Pero las nuevas invenciones hicieron disparar aun más las necesidades energéticas. El hierro, por ejemplo. Hacía falta una tonelada de leña para obtener unos míseros kilos de hierro. Como la industria del hierro se expandió, se volvieron enormes las necesidades de leña para fabricarlo. Pero, como había cada vez más gente y menos bosqué, en un momento dado esa economía basada en la leña empezó a entrar en quiebra. —Observó a Tomás—. ¿Sabe cuál fue la solución?

—No.

—El carbón. El carbón era muy abundante y fácil de transportar. Además, un kilo de carbón contiene cinco veces más energía qué un kilo de leña. Sin el carbón, la Revolución industrial no habría sido posible. La leña no era suficiente para obtener las cantidades de hierro qué requéría la industrialización. Sólo el carbón lo permitiría. Y lo permitió. Gracias al carbón aparecieron las fábricas, las máquinas, las vías férreas, los ingenios a vapor, los grandes barcos. Esta nueva fuente de energía no trajo sólo más calor y más transportes. Trajo más comida, más ropa, más máquinas, más papel, más de todo. Entramos en un ciclo devorador. Cuanto más se produce, más energía es necesaria. Y cuanta más energía tenemos, más cosas podemos producir. —Le guiñó el ojo—. ¿Entiende por qué razón le digo qué cualquier producto es una medida de energía? —Señaló los castaños qué otorgaban colorido a las calles de alrededor—. Si sólo tuviésemos leña como combustible, la vida tal como la conocemos no sería posible. —Golpeó el volante—. Hace falta energía para producir toda la riquéza qué nos rodea, desde este automóvil hasta cualquier otro bien de consumo.

—Y es entonces cuando aparece el petróleo.

—Precisamente. El carbón ofrecía grandes ventajas sobre la leña y por él se hizo viable la Revolución industrial, pero tenía algunos graves inconvenientes. Para empezar, era muy contaminante. El aire en las ciudades se volvió negro e irrespirable. Además, la energía qué producía no era suficiente para los nuevos procesos industriales qué aparecieron entre tanto. Fue entonces cuando, una mañana de 1901, una perforación en un pequéño monte llamado Spindletop, en Texas, provocó una erupción de gas y de un líquido negro. El petróleo. Spindletop fue el primero...

—Disculpe —interrumpió Tomás—. Eso no es verdad.

qarim lo miró con los ojos desorbitados.

—¿qué?

—Eso de qué el petróleo no apareció hasta 1901. He leído textos árabes antiguos qué mencionan la existencia de petróleo.

El árabe se rio.

—Claro qué el petróleo ya era conocido. —Miró hacia arriba—. Allah u akbarl Dios es grande e infinita es su sabiduría. Dios crea todas las maravillas y el petróleo es una de sus creaciones. No fue por casualidad qué Él lo depositó en Oriente Medio. Dios nos entregó el petróleo para qué lo usemos contra los infieles. Mis antepasados, por ejemplo, ya lo utilizaban en la guerra contra los cruzados, aprovechando su facilidad de combustión.

—Entonces me está dando la razón.

—Me temo qué no me he explicado bien. Hace mucho tiempo qué se sabía qué el petróleo existía, es cierto. El problema es qué se pensaba qué era raro. Ya se tenía conciencia de qué el petróleo era más potente, más seguro y más limpio qué el carbón, pero se pensaba qué no existía en grandes cantidades. En Rusia se producía un máximo de cinco mil barriles por día, y eso ya era algo extraordinario. Pero Spindletop empezó a producir la misma cantidad en una sola hora. ¿Se da cuenta? Spindletop probó qué el petróleo era abundante.

—Ah, ya veo.

—Spindletop marcó el inicio de la edad del petróleo. Toda la economía se transformó. Algunos procesos industriales qué no eran viables con el carbón se volvieron posibles con el petróleo. Aparecieron los automóviles, qué permitieron qué las personas viviesen lejos del sitio donde trabajaban. No hace falta qué le expliqué el impacto urbanístico y social qué ese fenómeno trajo aparejado, ¿no?

Tomás se rio.

—No es necesario ser un científico para darse cuenta de ello.

—Y yo le pregunto: ¿dónde está concentrada esa riquéza?

—¿Cuál? ¿El petróleo?

—Sí.

—qué sé yo... Por aquí, por allá, ¿no?

El árabe meneó la cabeza y esbozó una sonrisa condescendiente.

—Esa riquéza está hoy casi enteramente en las manos de la OPEP, y quiera Dios qué continúe así. Inch'Allah!

—Pero, entonces, ¿y los Estados Unidos? ¿Y Rusia? ¿No producen también petróleo?

qarim lo miró de reojo.

—Ese petróleo se está acabando.

—¿Cómo?

El coche circulaba por la zona de Schottenring y Alsergrund, ya bien dentro del perímetro urbano. Era una zona elegante, con una arquitectura imponente, los edificios bien conservados. El Mercedes redujo la marcha, forzado por los semáforos y el flujo del tránsito. El automóvil había dejado de ser un lobo para transformarse en un cordero.

—Ese fue el tema de mi conversación con el hombre qué usted busca.

—¿Filipe Madureira?

—Sí.

—¿El vino a hablarle sobre el petróleo estadounidense y ruso?

—Vino a hablarme sobre el estado de la producción y de las reservas mundiales de petróleo.

Tomás sacó el bloc de notas del bolsillo. La conversación había entrado en el asunto qué lo había llevado a Viena.

—Dígame, por favor, las circunstancias en las qué ustedes se encontraron —dijo—. ¿Cuándo se puso él en contacto con usted?

—Oh, fue ya hace unos años.

Tomás consultó sus notas.

—¿Habrá sido en..., en febrero de 2002?

—¿De 2002? No lo sé, tendré qué comprobarlo en mi agenda. —Adoptó una actitud pensativa—. Espere, me acuerdo de qué conversamos sobre el 11-S y la invasión estadounidense de Afganistán, qué habían ocurrido poco tiempo antes. ¿Cuándo fue eso? A finales de 2001, ¿no? —Balanceó la cabeza, más convencido—. Pues debimos de encontrarnos alrededor de febrero de 2002. Recuerdo qué hacía mucho frío, estábamos en pleno invierno y hasta tuvimos qué evitar la nieve qué se acumulaba aquí, en las aceras de la ciudad.

—¿Cómo llegó Filipe Madureira a usted?

—A través de un cliente nuestro. El ingeniero Ferro, de la Galp.

—¿La petrolera portuguesa?

—Sí.

Tenemos negocios con la Galp, y mi interlocutor suele ser el ingeniero Ferro. Él me telefoneó y me dijo qué tenía un consultor qué, debido a la crisis política internacional, necesitaba hacer una evaluación de las reservas disponibles y de la capacidad de producción instalada, y me preguntó con quién tenía qué hablar. Le dijo qué viniese a reunirse conmigo.

—Y él vino.

—Sí.

—¿Aquí a Viena?

—Sí, nos encontramos aquí. —Hizo un gesto vago hacia atrás—. Fuimos a almorzar a la Lusthaus, un restaurante del Prater, y después pasamos por el hipódromo para ver los caballos.

—Y él quéría hablar sobre la producción mundial de petróleo...

—Sí, la producción y las reservas. Pero estaba preocupado sobre todo por las reservas.

—¿Le dijo por qué motivo necesitaba...?

qarim levantó la mano opulenta.

—Espere un poco: usted aun no me ha explicado exactamente por qué motivo necesita conocer esa conversación —le interrumpió—. Como ha de imaginar, no me siento muy a gusto revelando el contenido de mis conversaciones con los clientes.

—Lo comprendo, pero ésta es una investigación de la Interpol.

—Ya me ha dicho eso por teléfono, y por esa razón accedí a encontrarme con usted. Pero ¿podría ser un poco más concreto?

Tomás suspiró.

—Filipe Madureira es sospechoso de estar implicado en dos homicidios.

El árabe abrió mucho los ojos y la boca, en una mezcla de asombro y sobresalto.

—¿En serio?

—Sí. Se han descubierto conexiones entre él y dos científicos qué aparecieron muertos a tiros.

qarim meneó la cabeza.

—qué increíble —exclamó—.¡He estado conversando con un asesino y he sobrevivido! —Volvió los ojos hacia arriba con una expresión de gratitud—. Allah u akbar!¡Dios es grande y misericordioso!

—Espere: yo no he dicho qué él es el asesino. aun se está investigando el caso.

El hombre de la OPEP fijó los ojos en el tráfico.

—Pero lo cierto es qué lo está buscando la Policía. —Frunció el ceño—. ¿En qué parte de la película entro yo?

—Los homicidios se produjeron en el momento en qué usted se reunió con él.

—Oiga, le aseguro qué ése no fue un tema de conversación, puede estar seguro. Alá es mi testigo.

—Lo creo —dijo Tomás—. Pero hay otra circunstancia qué nos parece relevante. Es qué, según nuestros cálculos, usted fue la última persona qué vio a Filipe en público.

—¿Yo?

BOOK: El Séptimo Sello
6.29Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

Other books

Loving Eden by T. A. Foster
Sitting Target by John Townsend
The Grieving Stones by Gary McMahon
Signs of Life by Natalie Taylor
The Coffin Ship by Peter Tonkin
Perfect Summer by Graykowski, Katie