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Authors: Carlos Sisí

Tags: #terror, #Fantástico

Hades Nebula

 

Tras sobrevivir a la devastadora pandemia que ha asolado el mundo y con la esperanza de ahondar en el misterio del Necrosum, el pequeño grupo de supervivientes de Carranque llega finalmente a la Alhambra de Granada, donde el aparato militar ha instalado uno de los últimos bastiones de resistencia de la Humanidad. Sin embargo, una vez allí descubrirán que las cosas no son cómo les habían prometido y los protagonistas deberán afrontar una realidad aún peor que todo lo que habían conocido hasta entonces.

El autor se sirve de los muertos vivientes para describir situaciones de extrema dureza y dramatismo, explorando la complejidad del ser humano cuando se encuentra cara a cara con el terror en un mundo manifiestamente hostil, y lanzando al lector, en definitiva, a una montaña rusa de sensaciones que desemboca en la conclusión final.

Carlos Sisí

Hades Nebula

Los Caminantes - 3

ePUB v1.0

OZN
20.10.11

Los caminantes: Hades Nebula

Carlos Sisí

© del diseño de la portada, Departamento de Diseño / División Editorial del Grupo Planeta

© de la imagen de la portada, Alejandro Colucci, 2011

© Carlos Sisí, 2011

© Editorial Planeta, S. A., 2011

Av. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)

www.planetadelibros.com

Primera edición en libro electrónico (epub): octubre de 2011

ISBN: 978-84-450-7867-9 (epub)

Conversión a libro electrónico: Newcomlab, S. L. L.

www.newcomlab.com

A la familia, porque no existe nada mejor,

y a ti, lector, que me has acompañado en este viaje.

Gracias

Hades Nebula

El término hades en la teología cristiana (y en el Nuevo Testamento escrito en griego) es paralelo al hebreo sheol (אול: «tumba» o «pozo de suciedad»), y se refiere a la Morada de los Muertos. En cuanto a la palabra nebula, toma su etimología del latín, nebula («nube pequeña», «niebla»), similar al griego ?ef???, «nube», y al alemán Nebel, «niebla».

Hades Nebula: la Niebla del Infierno. Alhambra Del árabe, al hamra, que significa «rojo».

Alhambra

Del árabe, al hamra, que significa «rojo».

1. EL HOMBRE ABANDONADO

No estaba muy seguro de cómo había llegado a esa situación, pero el hombre se debatía entre la vida y la muerte. Estaba acostumbrado a esas lides, desde luego, pero esta vez había sido arrastrado hacia el fondo del mar por una miríada de manos que le agarraban por todas partes. Le cogían de la ropa, tiraban en todas direcciones, apretaban... y sus dedos huesudos eran como tenacillas, provocándole una dolorosa sensación de quemazón.

Intentar zafarse había sido inútil. Descubrió además que le era imposible saber si la superficie quedaba arriba o abajo, y sus pulmones reclamaban ya aire fresco con vehemencia. De tanto en cuando, la sombra opaca y terrible de alguno de aquellos rostros contrahechos aparecía en su campo de visión. La luz que llegaba desde la superficie era mortecina, y el agua turbia por añadidura, pero aun así suficiente para distinguir sus bocas terribles y sus manos trocadas en garras espeluznantes.

La sensación de ahogo, que se acentuaba por segundos, le hizo entrar en un estado de pánico histérico; se agitó con una violencia desmedida, moviendo brazos y piernas con toda la fuerza de que era capaz, y de alguna forma milagrosa, se sintió otra vez libre: le habían soltado. Aún podía percibir los volúmenes de las figuras que tenía alrededor, debatiéndose inútilmente y agarrándose unos a otros, pero en cuanto a él se trataba, sentía que nada le retenía por fin.

Todo su cuerpo clamaba con desesperación un poco de aire, pero ahora que había recuperado su libertad, la sensación de pánico había remitido. Comprendió entonces que si intentaba subir a la superficie, volverían a atraparle, y esta vez sin remedio; volverían a empujarle hacia el fondo, abrazándose a su cuerpo como repugnantes lapas, y sabía demasiado bien que a él apenas le quedaban unos pocos segundos. Intentó entonces alejarse, al menos un poco, moviendo brazos y piernas con sorprendente rapidez. Hacia dónde se dirigía, sin embargo, no lo sabía. Desconocía también si la barca de la que había sido arrebatado estaba en esa dirección, pero no había tiempo para nada más.

Después de lo que pareció una eternidad, vislumbró los reflejos del sol en el agua, y se dirigió hacia allí. Ya no importaba si había muertos a la deriva, tenía que subir, o acabaría flotando en aquellas aguas pútridas, con los ojos en blanco, para siempre. Sin quererlo, aspiró una bocanada de agua; su cuerpo empezaba a traicionarle. Creyó que se colapsaría. Se dobló por la mitad, y en la negrura brumosa que le rodeaba, pensó que era el final. Pensó también en sus amigos, en José, y en Susana, y cuando un flujo inesperado de imágenes de su infancia inundaron su cabeza como un torrente, irrumpió en la superficie.

Emergió como un ave fénix, con la boca abierta de par en par, hambriento de aire. Tosió violentamente, y expulsó el agua que había respirado. El pecho le ardía, pero la sensación de poder respirar de nuevo era embriagadora. Percibía los últimos rayos de sol, que anunciaban ya el ocaso inminente, a través de sus párpados cerrados, y el hombre se olvidó de los muertos por unos instantes, se embebió de vida y dio varias largas bocanadas antes de abrir los ojos.

Los recuerdos se habían desvanecido tan misteriosamente como habían venido; ahora, el concepto de su realidad regresaba con toda su terrible dureza. Estaba en el puerto, sí, pero al menos parecía que había nadado lo suficiente como para alejarse de los muertos.

Sin embargo, estaba físicamente agotado. A duras penas podía mantenerse a flote. La imagen que tenía delante era, además, terriblemente difusa, como si le costara enfocar bien. Al fin y al cabo, había sometido a su cerebro a una prolongada falta de oxígeno, y los bordes de su campo de visión estaban ensombrecidos, como si hubiera sufrido una lipotimia. Aun con eso, creyó ver a sus amigos alejándose con la barca. Intentó llamarles, pero le sobrevino un nuevo acceso de tos que casi puso en peligro su flotabilidad. La mandíbula inferior le temblaba, y de repente sintió deseos de estar a cien mil años luz de allí. Tener el cuerpo sumergido en aquel caldo espeluznante lleno de muertos vivientes flotando y debatiéndose con grandes aspavientos le producía asco y auténtico pavor a la vez.

Miró alrededor, buscando algo a lo que poder asirse. Era un hombre fuerte, y bastante grande además; tanto, que sus amigos le llamaban Dozer, como en «bulldozer». Pero se sentía débil, y si no encontraba algo pronto, temía lo peor.

No había forma de que pudiera reunirse con sus amigos; un centenar de cabezas y brazos le separaban de ellos, y la barca parecía estar cada vez más lejos. Confuso, pestañeó, y el agua acumulada en sus pestañas resbaló por sus mejillas, como lágrimas amargas. Se alejaban, sí, pero ¿adónde iban? De pronto, un destello de dura comprensión atizó su castigado cerebro. Se alejaban porque llevaba demasiado tiempo debajo del agua. Demasiado tiempo, y demasiado lejos. No le buscarían más allá de la línea de
zombis
que les acosaban desde el agua. Sin duda le daban por muerto.

Gritó como pudo, pero su agónico grito no se diferenciaba mucho de los roncos bramidos de los muertos, ni conseguía imponer su voz a la de éstos.

Se iban. Se iban.

De pronto fue consciente de que una vez el estímulo visual de la barca desapareciera de la escena, todos aquellos espectros repararían en él. No sabían nadar, carecían de la coordinación psicomotriz necesaria, así que no supondrían una amenaza. Se limitaban a mantenerse a flote como podían, agitando los brazos desesperadamente, chapoteando con gestos violentos. Como si fueran gente ahogándose, luchando por sobrevivir.

Asqueado, Dozer miró hacia atrás. El muelle quedaba todavía a unos buenos cien metros, pero allí, el número de espectros era aún mayor. Formaban una hilera terrible y compacta, y los que estaban cerca del borde caían al agua, empujados por los que venían detrás. Intentar escapar por allí era del todo imposible.

Giró sobre sí mismo, buscando en la línea del horizonte. A lo lejos divisó los restos medio sumergidos del barco discoteca
Santísima Trinidad
, una impresionante carabela que participó en la batalla de Trafalgar y se empleaba ahora para celebrar eventos y comidas de empresa. Estaba partido por la mitad, y reacio todavía a hundirse, la proa y la popa asomaban formando una última uve de victoria. Los mástiles, visiblemente curvados, apuntaban hacia el cielo como las retorcidas ramas de algún árbol seco.

Se daba cuenta de que tendría que nadar trescientos o cuatrocientos metros, pero en aquella parte no se divisaba ningún muerto viviente, de modo que aunque estaba exhausto, comenzó a mover los brazos. Parecían pesar una tonelada, y aún peor, comenzaba a acusar el frío ahora que el sol empezaba a declinar y el efecto de la adrenalina se retiraba, pero de alguna manera avanzaba.

Se concentró en esa tarea, sin pensar en nada más. Una brazada y después otra. El objetivo no era recorrer cuatrocientos metros, sino desplazar el brazo con la fuerza suficiente para propiciar el avance. En algún momento del trayecto se deshizo de la pequeña mochila que llevaba a la espalda, porque le dificultaba el movimiento de los brazos. Todo cosas útiles: una linterna, mapas de las alcantarillas, un botiquín, munición adicional, pero que debían irse al fondo. Así, quince minutos más tarde, un Dozer al límite de sus fuerzas se topaba con una cuerda gruesa y de aspecto vetusto que colgaba del muelle. Se agarró a ella con manos temblorosas y los labios amoratados; todos los poros de su cuerpo estaban erizados como respuesta al frío intenso. Pero lo había conseguido, y esa sensación de triunfo brilló con cierta intensidad en su interior, proporcionándole renovados ánimos.

No ascendió inmediatamente, dejó que los brazos descansaran. Tenía la sensación de que los hubieran hinchado con aire y fueran más gruesos de lo normal. La ropa mojada por el agua era lo peor. La noche se acercaba con rapidez, oscureciendo el cielo por el oeste; el viento, que creaba pequeñas olas encrespadas en la superficie del mar, era frío y húmedo.

Por fin, sirviéndose de la cuerda y las muchas oquedades y salientes de la pared de hormigón, Dozer se encaramó hasta el muelle. Este último esfuerzo le costó toda la energía que le quedaba, y cuando llegó arriba, se dejó caer en el suelo, inerte como un fardo. Tenía heridas en las manos y las piernas, y los ojos le escocían. Bajo el pecho, oprimido por su propio peso, latía un corazón acelerado, y su respiración agitada arrancaba volutas de polvo del suelo. En la distancia, el rumor constante y terrible de los muertos llegaba hasta sus oídos, pero necesitaba descansar un poco más.

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