Las ardillas de Central Park están tristes los lunes (10 page)

BOOK: Las ardillas de Central Park están tristes los lunes
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—Pero si no te he hecho nada,
luv
.

—Ya lo sé...

—Pero aun así te doy miedo... Porque voy mal vestida...

Los ojos azules tenían aspecto de divertirse. Sacó un poco de tabaco de otra caja de metal oculta bajo su brazo y se puso a liar un cigarrillo.

—¿Fumas,
luv
?

Lamía el papel de fumar sin quitarle los ojos de encima.

Sus ojos eran azules, pero estaban como gastados. Eran como ojos de segunda mano, ojos que habían vivido demasiado.

—¿Estás enamorado,
luv
?

Enrojeció.

—Eres mayor. Ya tienes edad para tener novia... ¿Cómo se llama?

—...

—¿Tu mamá la conoce?

—Ya no está.

—¿Se ha ido?

—Está muerta.

¡Ya está! Lo había dicho. Era la primera vez. Tuvo ganas de gritar a pleno pulmón. Lo había dicho.


I’m sorry, luv...

—No se preocupe, usted no podía saberlo.

—¿Se puso muy enferma?

—No...

—¡Ah! Murió en un accidente...

—Sí, en cierto modo...

—¿No quieres hablar de ello?

—Ahora no...

—Vendrás a verme otro día, quizás...

—Ella también tenía los ojos azules...

—¿Era una persona triste o feliz?

—No lo sé...

—Ah..., no lo sabes.

—Diría que más bien triste, creo...

Hurgó en sus bolsillos para ver si tenía más dinero. Encontró otra moneda de cincuenta peniques y se la ofreció. Ella la rechazó:

—No,
luv
, quédatela... Me ha gustado mucho hablar contigo.

—Pero ¿qué va a comer usted?

—No te preocupes,
luv
.

—Bueno, pues ¡adiós!

—Adiós,
luv
...

Se fue. Caminando recto, erguido. Quería parecer más alto a toda costa. Bueno, no había jugado a su estúpido juego, no se había despedido para siempre de ella al dejarla, sólo le había dicho adiós, pero sobre todo no quería que creyese que iba a volver a hablar con ella todos los días. Faltaría más. Vale, había hablado con ella, pero no había dicho gran cosa. Sólo que su madre estaba muerta. Pero es cierto que era la primera vez que hablaba de ello, y sintió ganas de llorar y se dijo que no era nada vergonzoso llorar porque su madre estaba muerta. Era incluso un motivo muy bueno.

Y, como sentía la mirada de la anciana a su espalda, se volvió y le hizo una seña con la mano. Debe de tener un nombre, se dijo, justo antes de subir al autobús. Pasó delante del conductor sin mostrar su bono de transporte y éste le llamó la atención. Pidió disculpas.

El conductor no estaba para bromas.

Pero es que al poner el pie en el autobús, tuvo miedo de no volver a verla nunca más.

* * *

Zoé tiró la cartera sobre la cama y encendió el ordenador.

Dos mensajes. De Gaétan.

Du Guesclin vino a tumbarse a sus pies. Ella le cogió la cabeza, le rascó entre los ojos, le rascó mientras canturreaba, sí, ya sé, negrito, feote, ya sé que me has echado de menos, pero mira, Gaétan me ha escrito y no puedo ocuparme de ti en exclusiva... ¿No ha vuelto mamá? ¡No tardará, no te preocupes!

Du Guesclin escuchaba con los ojos cerrados la cantinela de Zoé y se dejaba hacer balanceando la cabeza, y después, cuando ella terminó, se tumbó a los pies de la mesa y estiró las patas como si hubiese hecho ejercicio suficiente para el resto del día.

Zoé se quitó el abrigo, la bufanda, pasó las piernas por encima del cuerpo de Du Guesclin y se instaló ante el ordenador. Leer los mensajes. Lentamente. Con todo el tiempo del mundo. Era su cita de amor cuando volvía del instituto.

Gaétan vivía en Rouen desde que empezaron las clases. En una casita en Mont-Saint-Aignan que sus abuelos habían puesto a disposición de su madre. Se había matriculado en segundo en un colegio privado. No tenía amigos. No iba a tomar café al salir de clase. No formaba parte de ninguna pandilla. No iba a fiestas. No se había creado una página de Facebook. Tuvo que cambiar de apellido.

«Ya ni siquiera sé cómo me llamo. Te juro que cuando pasan lista tardo un rato en darme cuenta de que Mangeain-Dupuy soy yo».

Zoé acabó preguntándose si había sido buena idea que cambiase de apellido. Porque, vale, era verdad que los periódicos habían hablado mucho de su padre pero, después, al cabo de una semana, habían pasado a otra historia, igual de aterradora.

Sus abuelos habían insistido. Gaétan se había convertido en un Mangeain-Dupuy. El apellido de la banca familiar.

Zoé no relacionaba a Gaétan con el asesino de su tía Iris. Gaétan era Gaétan, su novio que le hinchaba el corazón como un globo. Cada noche, escribía en su diario: «Bailo bajo el sol, canto bajo el sol, la vida es bella como un plato de tallarines».

Había pegado una foto de Gaétan al pie de la lámpara, al lado del ordenador, y leía sus correos mientras la miraba de reojo. Izquierda-derecha, izquierda-derecha. Como una especie de dibujo animado.

A veces tenía la impresión de que Gaétan estaba triste, y a veces de que estaba contento. A veces sonreía.

Abrió el primer correo.

«Zoé, hay un tío en la cama de mamá. Acabo de llegar del instituto, son las cinco, ¡y ella está en la cama con un tío! Ha oído ruido en la entrada y ha gritado "no estoy sola". Me pone enfermo. Me he quedado abajo como un idiota. Domitille nunca está en casa. Me pregunto a qué demonios se dedica, y Charles-Henri se pasa las horas trabajando. Nunca he visto a ese tío, sólo sus asquerosas zapatillas en la entrada y su cazadora de cuero en el sofá. Y la casa apesta a colillas. No puedo más. ¡Estoy deseando largarme!».

Ése era el primer mensaje. Un poco más tarde había enviado otro:

«No me gusta. Sé de antemano que no me va a gustar. Es calvo, lleva gafas, vale, de acuerdo, es alto y no va mal vestido y es amable pero, de todas formas, no me gusta. Me preocupa mamá, todo es horrible y ella me echa broncas del tipo "¡no tengo que justificarme contigo!". ¡Claro que sí! ¡Claro que tiene que justificarse! Estoy muy enfadado con ella. ¡Ni que fuera una chavala de quince años! ¿Sabes dónde ha encontrado al Calvo? ¡¡¡En el MEETIC!!! Es cinco años menor que ella, por lo menos. Le odio. No me lo puedo creer, te lo juro, ¡no me lo puedo creer!».

Zoé suspiró ruidosamente. ¡Jolines!, se dijo, Isabelle Man geain-Dupuy se acuesta con un calvo que ha conocido en Meetic. Debieron de enchufarle un cerebro nuevo al cambiarle el apellido.

Zoé recordó a la madre de Gaétan: frágil, enclenque, una sombra que tiritaba en camisón, corría tras sus hijos para darles un beso y después se paraba de pronto como si hubiese olvidado para qué corría, y soltaba a menudo comentarios incoherentes del tipo eres una niña muy guapa, ¿te gustan los quesitos?

Sí que había cambiado. Debía de ser porque había dejado de tomar tranquilizantes. ¡Pero de ahí a ligar con tíos en el Meetic! Había chicas en su clase que decían que estaba muy bien. No pierdes el tiempo en largas conversaciones, yo te gusto, tú me gustas, y nos metemos en la cama bebiendo cubatas. Seguramente lo decían para presumir, pero a ella le aterrorizaría la idea de meterse en la cama con un tío al que ni siquiera conocía. Gaétan y ella no lo habían hecho todavía. Esperaban.

Dormía con el jersey viejo que él le había regalado. Pero ya no olía a nada. Por mucho que hundiese la nariz en cada punto, lo retorciese, lo frotase o lo despellejase, no olía a nada de nada. Cuando Gaétan volviese a París, lo recargaría.

Contestó a Gaétan. Le dijo que le entendía, que no era agradable saber que su madre se acuesta con un calvo de Meetic, que no era el único que tenía problemas porque, en su clase, había una chica que tenía dos madres y que las dos querían ir a las reuniones de padres, y que la chica, que se llamaba Noémie, le había dicho a Zoé que no quería que todo el colegio supiera que tenía dos madres. Se lo había dicho a Zoé en secreto, porque sabía que Zoé lo había pasado mal con su padre. Ambas habían prometido que, cuando fuesen unas viejas de cuarenta años, brindarían con vino rosado felicitándose por no ser como sus padres. Por haber conseguido aguantar.

«Pero es cierto que tener dos madres es bastante incómodo —escribió Zoé—, como eso tuyo de la cazadora y las zapatillas del Calvo. Eso me recuerda que esta tarde, cuando volvía de clase, he visto a los nuevos propietarios que se están instalando en tu antiguo piso. Es extraño ver gente en tu casa...».

Nunca la habían invitado a casa de Gaétan. Sus padres tenían prohibido a sus hijos que recibiesen amigos. Ellos se veían en el trastero de Paul Merson. Allí se habían besado por primera vez.

Cuando había visto a los de la mudanza en el piso de Gaétan, metió la cabeza y descubrió a dos señores, uno que debía de rondar los treinta y cinco y otro más viejo. Estaban discutiendo sobre la colocación de los muebles. No parecían estar de acuerdo y el tono iba subiendo. Pero si dijimos que ésa era nuestra habitación, decía el más joven, ¡así que ponemos nuestra cama ahí y no se hable más!

¡Nuestra cama! Dormían en la misma cama.

«... ¿sabes quién va a vivir en tu casa? Una pareja de homos. Un viejo y otro menos viejo... Yves Léger y Manuel López. Es lo que pone en el portero automático. Han vuelto a pintarlo todo, y a cambiarlo todo, el más viejo hablaba de su despacho, el más joven de su sala de gimnasia. ¿A qué crees que se dedicarán? ¿Quieres que hagamos apuestas?».

Sobre todo quería que él pensase en otra cosa, para que dejara de preocuparse.

«... y también han vendido el piso de los Van den Brock. A una pareja perfectamente digna. El señor y la señora Boisson. Podrían llamarse Poisson,
[14]
tienen ojos de bacalao congelado. Tienen dos hijos que vienen de visita los domingos. Dos cerebritos, me lo ha dicho Iphigénie, los dos con carrera. ¡Y hay que ver cómo abre la boca Iphigénie cuando lo dice! Dos cerebritos, con sus gafitas, sus camisas abrochadas con un jersey de cuello de pico encima y el pelo repeinado. Vestidos siempre igual. Con un paraguas colgado del brazo. Suben las escaleras levantando mucho las rodillas. Parecen Hernández y Fernández. Nunca cogen el ascensor. El padre tiene un aire severo, su boca es una cremallera; y la madre, ¡parece que no se haya tirado un pedo en la vida! ¿Recuerdas cuando la señora Van den Brock ponía sus arias de ópera y se oía la música en toda la escalera? Pues bien, eso se acabó, esto va a estar más tranquilo ¡a menos que los dos homos sean bailarines de tango!».

Si no le arrancaba una sonrisa con esa galería de retratos, se retiraría de la literatura. Le encantaba anotar los pequeños detalles de la vida. Como a Victor Hugo. Le gustaba mucho Victor Hugo. Y Alexandre Dumas. «¡Ja, ja!, dijo en brasileño, lengua que no conocía». Esa frase le hacía morirse de risa. Se la había contado a Gaétan, pero él no se había reído.

Se sintió decepcionada.

Puso
When the rain begins to fall
, subió el volumen a tope y bailó como cada vez que quería olvidar o celebrar algo. Se contoneaba, hacía las dos voces y terminaba bañada en sudor, desaliñada, y las medias le picaban de lo mucho que había sudado. Se daba golpecitos con el elástico mientras cantaba a voz en grito
You’ve got to have a dream to just hold on
y enviaba besitos a Gaétan. Gaétan era su
rainbow in the sky, the sunshine in her life
!
And I will catch you if you fall...

Terminó el correo con una cita en el Messenger y preguntándole cuándo vendría a París. Podría instalarse en su casa sin problemas. Y así su madre podría retozar tranquilamente con el Calvo. Se arrepintió de haber escrito eso y lo borró. Firmó: «Tu novia».

Estaba pulsando «Enviar» cuando oyó el ruido de la puerta de entrada. Su madre estaba de vuelta.

Du Guesclin se levantó de un salto y se lanzó sobre Joséphine, que tuvo que apoyarse en la pared para mantener el equilibrio. Zoé se echó a reír.

—¡Hay que ver lo que te quiere ese perro! ¿Qué tal, mamaíta?

—Estoy hasta las narices de pasarme el día en la biblioteca, ¡ya no tengo edad para eso! Y te voy a decir una cosa: estoy hasta las narices del siglo doce.

—Pero ¿sigues pensando en presentarte al HDI? —preguntó Zoé, preocupada.

—¡Claro! ¡No seas tonta! ¿Has visto? ¡Hay gente nueva en el cuarto!

—Sí. Una pareja de gays.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Eché un vistazo al piso ¡y sólo tienen una cama!

—¡Dos gays en el piso de Lefloc-Pignel! ¡Qué ironías tiene la vida!

—¿Quieres que te haga pasta con salmón esta noche?

—Encantada. Estoy muerta...

—Voy a buscar la receta en mi cuaderno negro...

—¿No te la sabes de memoria?

—Sí. Pero me gusta releerla para estar segura de que no me olvido de nada... ¿Qué sería de mí si lo perdiese? Le tengo cariño a ese cuaderno, mamá, ¡toda mi vida está dentro!

Joséphine sonrió y pensó pero si tu vida no ha hecho más que empezar, amor mío.

Zoé no se limitaba a copiar recetas de cocina en su cuaderno, anotaba escrupulosamente quién se las había dado y en qué circunstancias. También anotaba la mayoría de sus pensamientos y la evolución de su estado de ánimo. Eso le ayudaba a sentirse mejor cuando estaba triste.

Había cosas de las que sólo hablaba con su cuaderno.

«Mamá cree que puede salir de ésta sola porque ya lo ha hecho antes, pero fue porque se vio obligada a ello. Pero necesita alguien a su lado. Es demasiado frágil. No ha tenido una vida fácil... La vida le ha golpeado demasiado el alma. Aunque yo no lo sé todo, eso lo sé. Y debo absorber la infelicidad para quitársela... No soy responsable únicamente de mi vida. Si dejo a mamá sola, está acabada».

Era un cuaderno negro y grueso. En la portada había pegado fotos de su padre, de su madre, de Hortense, de Gaétan, de su amiga Emma, del perro Du Guesclin, había añadido viñetas, pegatinas, perlas, trozos de mica, había dibujado un sol, una luna sonriente, había pegado un trozo del Mont-Blanc recortado de una postal, y otro de una isla tropical, con palmeras y cangrejos.

En la receta «tallarines con salmón» había anotado: «Me la ha pasado Giuseppe, un amigo de mamá. Investiga la Edad Media, como mamá. Canta
Funiculi funicula
poniendo los ojos casi en blanco. No sé cómo se las arregla para que sólo se le vea el blanco de los ojos. También hace juegos de magia. Habla muy bien francés. Dice que le hubiese gustado tener una hija como yo, porque él sólo tiene hijos. Me parece que está enamorado de mamá, pero mamá dice que no. Desde que empezaron las clases viene a cenar a casa cuando está en París. Me dio la receta una noche después de comer endivias gratinadas, para agradecerme lo buenas que estaban. Dijo que era un secreto de familia, que se la había dado su madre, Giuseppina. Quiere decir Joséphine en italiano y, cuando lo dijo, se quedó mirando a mamá. Es un hombre muy seductor, lleva camisas con sus iniciales y jerséis de cachemira de todos los colores. Tiene unos ojos de un gris azulado muy bonitos. Es italiano, pero eso se nota enseguida, salta a la vista. Es muy escrupuloso con el tiempo de cocción de la pasta; hay que removerla sin parar para que no se pegue y no hay que olvidar poner aceite de oliva y sal gorda en el agua de cocción. No dice "aceite" sino "
olio, amore
". La primera vez que quise hacer la receta, se me cayó el salmón al suelo y Du Guesclin se lo comió de un bocado. ¡Menudo cabreo pillé!».

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