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Authors: Daniel Glattauer

Tags: #Romántico

Contra el viento del norte (3 page)

BOOK: Contra el viento del norte
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Durante semanas hice todo lo posible y un poco más. (Será mejor que esos detalles también te los ahorre.) Ella realmente estuvo a punto de darme y de darnos una última oportunidad: Navidad en París. Mi intención —ríete si quieres, Emmi— era hacerle allí una propuesta de matrimonio. ¡Qué imbécil! Antes de que nos fuéramos, quiso esperar a que volviera el «español» para decirle la verdad sobre mí y sobre París. Se lo debía, dijo. Yo tenía un mal presentimiento, qué digo un mal presentimiento, se me atragantaba un Airbus español cuando pensaba en Marlene y en ese piloto. Eso fue el 19 de diciembre.

Por la tarde recibí un e-mail, ni siquiera una llamada, un catastrófico e-mail suyo que decía: «Leo, es imposible, no puedo, París no sería más que una nueva mentira. Perdóname, por favor». O algo por el estilo. (No, algo por el estilo no, ponía eso textualmente.) Le contesté en el acto: «Marlene, quiero casarme contigo. Estoy completamente decidido. Quiero estar siempre a tu lado. Ahora sé que puedo. Somos tal para cual. Confía en mí una última vez. Hablemos de todo en París. Di que sí a París, por favor». Luego esperé su respuesta. Una hora, dos horas, tres horas. Entretanto hablaba cada veinte minutos con su buzón de voz sordomudo, releía viejas cartas de amor guardadas en el ordenador, miraba nuestras fotos de amor digitales, todas ellas tomadas durante nuestros incontables viajes de reconciliación. Y después volvía a clavar los ojos en la pantalla como un poseído. De ese breve y cruel sonido que avisa cuando llega un mensaje nuevo, de ese irrisorio sobrecito de la barra de tareas, dependía mi vida con Marlene: desde mi punto de vista de entonces, mi futuro.

Me fijé como plazo máximo para sufrir las nueve de la noche. Si a esa hora Marlene aún no había dado señales de vida, París y, por ende, la que tal vez sería nuestra última oportunidad se habrían extinguido. Eran las 20.57. De repente: un sonido, un sobrecito (una descarga de corriente, un ataque al corazón), un mensaje. Cierro los ojos unos segundos, reúno los miserables despojos de mi pensamiento positivo, me concentro en el mensaje anhelado, en la respuesta afirmativa de Marlene, en París de a dos, en una vida para siempre con ella. Abro los ojos, abro el mensaje. ¿Y qué leo?: «Feliz Navidad y un próspero año nuevo les desea Emmi Rothner».

Eso es todo sobre mi «grave psicosis con los correos colectivos y los saludos navideños».

Buenas noches,

Leo

Dos horas después

Re:

Querido Leo:

Es una historia maravillosa. Sobre todo me entusiasmó el final. Casi estoy orgullosa de haber intervenido de un modo tan decisivo. Espero que te des cuenta de que le has desvelado algo extraordinario de ti a tu «personaje virtual», a tu «irreal retrato robot»: auténtica «vida privada de Leo, el psicólogo del lenguaje». Hoy estoy demasiado cansada para decir algo coherente al respecto. Pero mañana recibirás un buen análisis, si me lo permites. De esos con 1), 2), 3), etc.

Que duermas bien y que sueñes algo sensato. Es decir, te aconsejaría que no sueñes con Marlene.

Emmi

Al día siguiente

Asunto: Marlene

Buenos días, Leo.

¿Puedo ser un poco más dura contigo?

1) Tú eres de esos hombres que sólo pueden interesarse por una mujer al principio y al final: cuando quieren conquistarla y poco antes de perderla definitivamente. El tiempo intermedio —también llamado convivencia— te resulta demasiado aburrido o demasiado agotador, o ambas cosas, ¿verdad?

2) Si bien (esta vez) sigues soltero de milagro, con tal de sacar a un piloto español de la cama de tu casi ex, no tendrías reparo en llevar a una mujer al altar. Eso demuestra que tu respeto por los votos conyugales es más bien escaso, ¿verdad?

3) Has estado casado alguna vez, ¿verdad?

4) Te imagino como si te estuviese viendo: compadeciéndote de ti mismo, leyendo cartas de amor y mirando viejas fotografías, en lugar de hacer algo que pudiera sugerir a una mujer la idea de que en ti podría entrever un atisbo de amor o el vago deseo de algo duradero.

5) Y luego MI mensaje crucial se lanza a tu bandeja de entrada, que gobierna el ser y el no ser. Parece como si en el más ideal de los momentos yo hubiese expresado por fin lo que Marlene debía de tener en la punta de la lengua desde hacía años: ¡HEMOS TERMINADO, LEO, PORQUE NUNCA HABÍAMOS EMPEZADO! O con otras palabras, más rebuscadas, más poéticas, más expresivas: «Feliz Navidad y un próspero año nuevo, les desea Emmi Rothner».

6) Entonces, querido Leo, tienes un gesto impresionante. Le contestas a Marlene. La felicitas por su decisión. Dices: ¡TIENES RAZÓN, MARLENE, HEMOS TERMINADO PORQUE NUNCA HABÍAMOS EMPEZADO! O con otras palabras, más rebuscadas, más enérgicas, más fuertes: «Querida Emmi Rothner: Aunque casi no nos conozcamos de nada, le agradezco su cordial y originalísimo correo colectivo. Sepa que adoro los correos masivos dirigidos a una masa de la que no formo parte. Atte., Leo Leike». Eres un perdedor asombrosamente bueno, noble y refinado, querido Leo.

7) Ahora, mi pregunta clave: ¿sigues queriendo que te escriba mensajes?

Que tengas una buena mañana de lunes,

Emmi

Dos horas después

Fw:

¡Que aproveche, Emmi!

Respecto a 1): No tengo la culpa de recordarte a un hombre que por lo visto —con elegancia, según lo has descrito en el punto 1—, te decepcionó. ¡Haz el favor de no creer que me conoces más de lo que puedes conocerme! (No puedes conocerme en absoluto.)

Respecto a 2): En cuanto a mi último recurso de la promesa de matrimonio, no puedo hacer nada más que llamarme «imbécil» a mí mismo. Pero la Emmi sarcástico —mojigata que calza un 37 me suelta un sermón a favor de los votos matrimoniales—, probablemente apretando los párpados y echando espumarajos por la boca.

Respecto a 3): Lo siento, nunca he estado casado. ¿Y tú? Varias veces, ¿verdad?

Respecto a 4): Ahí está de nuevo el hombre del punto 1 a quien te recuerdo, el hombre que prefiere leer cartas de amor superadas por la realidad antes que demostrarte un amor duradero. Es más, puede que haya habido varios de esos hombres en tu vida.

Respecto a 5): Sí, en el mismo instante en que llegaron tus saludos navideños sentí que había perdido a Marlene.

Respecto a 6): En aquel momento te respondí para olvidar mi fracaso, Emmi. Y hasta ahora he considerado mi conversación contigo como una parte de mi terapia de superación de Marlene.

Respecto a 7): ¡Oh, claro que sí, no dejes de escribirme! Desahógate de toda tu frustración con los hombres. Da rienda suelta a tu egolatría, tu cinismo y tu malicia. Si luego te sientes mejor, mi dirección de correo electrónico habrá cumplido con su cometido. De lo contrario, permítete (tú o tu madre) una suscripción a
Like
y date de baja de Leike.

Que tengas una buena tarde de lunes,

Leo

11 minutos después

Re:

¡Madre mía! Te he ofendido. No era mi intención. Pensaba que lo resistirías. Te he pedido demasiado. Haré penitencia.

Buenas noches,

Emmi

P. D.: Respecto al punto 3, me he casado una sola vez.

¡Y sigo casada!

Capítulo 2

Una semana después

Asunto D. P.

Qué día de perros, ¿verdad? Saludos afectuosos,

E.

Tres minutos después

Fw:

1) Lluvia, 2) nieve, 3) aguanieve.

Un cordial saludo,

Leo

Dos minutos después

Re:

¿Sigues ofendido?

50 segundos después

Fw:

Nunca lo he estado.

30 segundos después

Re:

¿O es que no te gusta hablar con mujeres casadas?

Un minuto después

Fw:

¡Pues claro que sí! Sólo que en ocasiones me asombra que a las mujeres casadas les guste tanto conversar con hombres completamente desconocidos como yo.

40 segundos después

Re:

¿Es que tienes a varias en tu buzón? ¿Qué fracción de tu terapia de superación de Marlene soy en realidad?

50 segundos después

Fw:

Bien, Emmi, vuelves a estar en forma. Hace un momento te notaba un poco desganada, apocada y tímida.

Media hora después

Re:

Querido Leo:

En serio, tenía necesidad de decirte que siento sinceramente el mensaje de los siete puntos del lunes pasado. Lo he releído un par de veces y debo admitir que suena fatal cuando se lee en voz alta. El problema es que no puedes saber qué aspecto tengo cuando digo una cosa así. Si me vieras, no podrías enfadarte conmigo. (Vamos, eso imagino.) Créeme: estoy todo menos frustrada. En mi caso, las decepciones con los hombres se han mantenido dentro de los límites naturales. Es decir: hay hombres limitados, desde luego, pero yo he tenido suerte. Me va fantástico en eso. Mi cinismo es más deporte y juego que enfado y desquite.

Por lo demás, aprecio mucho que me hayas hablado de Marlene. (Lo que me hace pensar que en realidad no me has contado nada de ella. ¿Qué clase de mujer es/era? ¿Qué aspecto tiene? ¿Qué número calza? ¿Qué tipo de zapatos lleva?)

Una hora después

Fw:

Querida Emmi:

No te lo tomes a mal, pero no me apetece hablarte del gusto de Marlene en lo que a zapatos respecta. En la playa suele ir descalza, es todo lo que quiero contarte. No puedo seguir escribiendo, tengo visitas.

Que tengas un buen día, Leo

Tres días después

Asunto: Crisis

Querido Leo:

En realidad me había propuesto esperar a que el próximo mensaje me lo enviaras tú (y no escribirte yo). Aunque no haya estudiado psicología del lenguaje, ato cabos y asocio dos cosas: 1) te confesé entre líneas que no sólo estoy casada, sino incluso felizmente casada; 2) reaccionas con la respuesta más desanimada que me has enviado desde el muy prometedor inicio de nuestra relación virtual hace ya más de un año. Y luego dejas de escribir. ¿Es posible que haya dejado de interesarte? ¿Es posible que haya dejado de interesarte porque estoy comprometida? ¿Es posible que haya dejado de interesarte porque encima estoy «felizmente comprometida»? Si es así, al menos sé lo «bastante hombre» para decírmelo.

Recibe un cordial saludo,

Emmi

Al día siguiente

Sin asunto

¿SEÑOR LEO?

Al día siguiente

Sin asunto

¡¡¡EEEEEEEEEEEEEHHHHHHH, LEEEEEEEEEOOOOOOOOO!!!

Al día siguiente

Sin asunto

¡Cabrón!

Dos días después

Asunto: Amable correo de Emmi

¡Hola, Emmi!

No sabes qué sensación tan maravillosa es regresar de un agotador seminario en Bucarest —una ciudad no precisamente colmada de atractivos y más bien modesta en colores—, en lo que allí de manera perversa tienden a llamar también primavera (temporales de nieve, heladas, etc.), encender de inmediato el ordenador, abrir el buzón y, en una maraña de quinientos despiadados emisores de correos que van de lo superfluo a lo miserable, encontrar cuatro mensajes de la señora Rothner, una mujer tan valorada por su facilidad de palabra, su estilo y sus programas por puntos. Se alegra uno como un oso gris rumano en progresivo proceso de descongelación, porque por fin podrá leer unas cuantas frases amables, sensibles, divertidas, cariñosas. Abre eufórico el primer mensaje… ¿y con qué palabra tropiezan sus dos ojos al mismo tiempo?: CABRÓN. Pues muchas gracias por el recibimiento.

¡Ay, Emmi, Emmi! Ya has estado atando cabos otra vez. Lamento decepcionarte, pero no me molesta en absoluto que estés «felizmente comprometida». Nunca he tenido intención de conocerte mejor, mejor de lo que es posible por la correspondencia electrónica. Tampoco he querido saber nunca qué aspecto tienes. A partir de los textos que me escribes me formo mi propia imagen de ti. Me construyo mi propia Emmi Rothner. A grandes rasgos sigo imaginándote tal como te conocí al principio de nuestra relación, no importa si has estado tres veces trágicamente casada o cinco veces felizmente divorciada, si cada día vuelves a estar alegremente «libre» y los sábados por la noche licenciosamente soltera.

Sin embargo, compruebo con pesar que la relación que mantienes conmigo por lo visto te agota. Además, hay algo que me sorprende: ¿por qué a una mujer felizmente casada, todo menos frustrada con los hombres, irónico graciosa, despreocupada, encantadora, segura de sí misma, a una mujer que calza un 37 —y tiene una edad indefinida— le interesa tanto discutir a fondo temas personales con un típico profesor desconocido, a veces gruñón, con problemas de pareja, tendencia a las crisis y poco sentido del humor? ¿Qué opina tu marido al respecto?

Dos horas después

Re:

Primero lo principal: Leo, el oso gris,
is back from Bucarest
. ¡Bienvenido! Perdona por lo de «cabrón», pero se caía por su propio peso. ¿Cómo iba yo a saber que tenía ante mí a un extraterrestre que no se decepciona al enterarse de que su fiel corresponsal, capaz de imponentes sarcasmos, está comprometida? ¿Cómo iba yo a saber que me enfrentaba con un hombre que prefiere «construir su propia Emmi Rothner» antes que conocer a la auténtica? Si me permites provocarte un poco a este respecto, ni en tus más audaces fantasías, querido psicólogo del lenguaje, puedes construir una Emmi que se compare con la auténtica Emmi Rothner.

¿Sientes que te provoco? ¿No? Me lo figuraba. Me temo que es más bien al revés: eres tú quien me provoca a mí, Leo. Tienes una manera poco ortodoxa pero sumamente efectiva de resultarme cada vez más interesante: quieres saber al mismo tiempo todo y nada de mí. Según tu estado de ánimo, muestras un «tremendo interés» o un desinterés casi patológico por mí, lo cual un día me altera y otro me estimula. De momento, me estimula. Lo reconozco. Pero tal vez no seas más que un lobo (rumano) solitario, reprimido, vagabundo, sombrío, que es incapaz de mirar a los ojos a una mujer, que tiene terror a los encuentros reales, que continuamente necesita crearse mundos imaginarios, porque no sabe desenvolverse en los entornos concretos, palpables, tangibles, reales. Quizá eres un típico acomplejado con las mujeres. ¡Ah…, cómo me gustaría preguntárselo a Marlene! ¿No tienes por casualidad su número de teléfono o el del piloto español? (Era una broma, no vuelvas a estar tres días ofendido, por favor.) No, Leo, sólo me estaba quedando contigo. Me caes bien. Es más: me caes muy bien. Mucho, mucho, mucho. Y me parece increíble que no quieras verme, lo cual no quiere decir que realmente debamos vernos. ¡Y tanto que no! Pero me encantaría saber qué aspecto tienes, por ejemplo. Eso aclararía muchas cosas. Me refiero a que aclararía por qué escribes como escribes, pues tendrías el aspecto de alguien que escribe como tú. Y me muero por saber qué aspecto tiene alguien que escribe como tú. Eso es lo que aclararía. Hablando de aclarar: la verdad es que no me apetece hablar aquí de mi marido. Habla tú de tus mujeres si quieres (si es que no existen sólo en el buzón electrónico). Yo puedo darte buenos consejos, se me da muy bien eso de ponerme en el lugar de las mujeres, de hecho, soy mujer. Pero mi marido… Bueno, te lo diré: tenemos una estupenda y armónica relación con dos niños (niños que él tuvo la amabilidad de aportar para evitarme los embarazos). En principio no hay secretos entre nosotros. Le conté que me escribo a menudo con un «simpático psicólogo del lenguaje» por correo electrónico. «¿Quieres conocerle?», me preguntó. «No», le contesté. A lo que él replicó: «¿Y entonces, qué?». «Nada», respondí. «Ya», dijo. Eso fue todo. Ni él quiso saber mas, ni yo quise decírselo. Y no quiero volver a hablar de mi marido, ¿vale?

BOOK: Contra el viento del norte
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