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Authors: David Liss

Tags: #Intriga, Histórico

La conjura

BOOK: La conjura
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En esta novela, David Liss nos traslada a las brumas londinenses, en pleno siglo
XVIII
, para seguir las andanzas de un peculiar ex-boxeador y caza-recompensas acusado injustamente de haber cometido un asesinato, que se convertirá, a lo largo de la trama, en un improvisado detective con imaginativos recursos.

Conforme avance en su investigación, comenzará a emerger el turbio mundo portuario del Londres de la época, la corrupción política y la sed de poder. Un magistral relato de intriga histórica que atrapa al lector desde el comienzo.

David Liss

La conjura

ePUB v1.0

Sarah
03.09.12

Título original:
A Spectacle of Corruption

David Liss, 2004 ©

Traducción: © 2005, Encarna Quijada Vargas

Ilustraciones de la portada:

Londres
, de Jan Grifier

Tom Jones
, © Bridgeman Art Library

© Mary Evans Picture Library

Editor original: Sarah (v1.0)

ePub base v2.0

N
OTA
H
ISTÓRICA

Mientras escribía esta novela me tomé considerables molestias para tratar de reproducir con claridad los términos relevantes y las cuestiones que preocupaban a la política británica de principios del siglo
XVIII
, pero ofrezco la siguiente información para aquellos lectores que deseen una rápida panorámica o un contexto histórico.

Sucesos significativos que precedieron

a las elecciones generales de 1722

1642 a 1649
En Inglaterra se libraban guerras intestinas entre los realistas, que apoyaban a Carlos I, y los parlamentarios, que se rebelaron contra las tendencias católicas del rey y buscaban instaurar un gobierno basado en ideales radicales protestantes.
1649
El rey Carlos I fue ejecutado.
1649 a 1660
Durante el período entre reinos, Oliver Cromwell y posteriormente su hijo, Richard, dirigieron la nación junto con el Parlamento.
1660
Restauración de la monarquía. El ejército apoyó el regreso del hijo de Carlos I, Carlos II. El nuevo rey era un protestante declarado, pero se sospechaba que tenía inclinaciones católicas.
1685
A la muerte de Carlos II, subió al trono su hermano Jacobo II, abiertamente católico. Jacobo tenía dos hijas protestantes de un matrimonio anterior, pero ahora estaba casado con María de Módena, que era católica.
1688
María de Módena dio a luz a un hijo, también llamado Jacobo. El Parlamento, temiendo el inicio de una nueva dinastía católica, invitó a Guillermo de Orange, marido de María, la hija mayor del rey, a tomar la corona junto con su mujer. Jacobo II huyó y el Parlamento declaró que había abdicado.
1702
Ana, la hija menor de Jacobo II, se convirtió en reina.
1714
De acuerdo con el Acta de Sucesión del Parlamento, a la muerte de Ana la corona pasó al elector de Hanover, primo lejano de Ana, que era alemán, y asumió el nombre de Jorge I.
1715
Primer levantamiento significativo de los jacobitas, liderados por Jacobo Eduardo Estuardo, hijo de Jacobo II y conocido como el Pretendiente.
1720
La South Sea Company se desmoronó y provocó la primera caída del mercado de valores en Inglaterra. Como resultado de la avaricia de las empresas y la complicidad del Parlamento, el país se hundió en una profunda depresión económica. La simpatía hacia los jacobitas fue en aumento.
1722
Se celebraron las primeras elecciones generales desde que Jorge I subió al trono, y la opinión general era que fueron un referéndum sobre el reinado de aquel.

Términos políticos clave

Tories
Los tories eran uno de los grupos políticos clave. Se los asociaba con las viejas fortunas, la propiedad de tierras, una Iglesia fuerte y una monarquía poderosa. Se oponían vigorosamente a los cambios legales que favorecían a los ingleses protestantes, y sobre todo a
Whigs
Los whigs, el segundo partido importante, se asociaban a los nuevos ricos que carecían de tierras, el mercado de valores, el protestantismo inconformista, la disociación del poder de la Iglesia y un poder parlamentario superior al poder real.
Jacobitas
Aquellos que consideraban que la corona debía volver al depuesto Jacobo II —y posteriormente a sus herederos— recibían el nombre de jacobitas. Los jacobitas con frecuencia pasaban por tories, y era común la sospecha de que los tories tenían simpatías por los jacobitas. Escocia e Irlanda eran importantes centros de apoyo a los jacobitas.
Pretendientes
Al depuesto Jacobo II —y posteriormente a sus herederos— se los conocía como pretendientes. En esta novela el Pretendiente es Jacobo Eduardo Estuardo, el futuro Jacobo III, hijo de Jacobo II. También se le conocía como el Caballero de San Jorge.
Derecho a voto
Al lector moderno quizá le resulte complicado entender quién tenía derecho a voto y quién no en la Gran Bretaña del siglo
XVIII
. Los distritos electorales estaban compuestos por dos unidades: burgos y condados. Para votar en uno de los condados, una persona necesitaba unos ingresos anuales de sus propiedades equivalentes a cuarenta chelines o más (cantidad que parecía considerable cuando la ley se aprobó, trescientos años antes de los sucesos narrados en la novela). Las condiciones en que se celebraban las elecciones variaban según los burgos. En algunos casos el derecho a voto era amplio, en cambio en otros solo un pequeño grupo de hombres se reunían en privado y votaban entre ellos. En las comunidades rurales normalmente se esperaba que los granjeros votaran lo que les indicaban sus señores.
1

Desde la publicación del primer volumen de mis memorias me he convertido en objeto de una notoriedad mayor de la que jamás he tenido o hubiera podido esperar. No puedo quejarme, pues un hombre que elige exponerse al ojo público no tiene razón para lamentarse por dichas atenciones. Al contrario, debe estar agradecido si el público decide lanzar su mirada veleidosa en su dirección, como demuestran los incontables volúmenes que languidecen perdidos en el olvido.

Seré franco: reconozco que me ha sido muy gratificante la calidez con que los lectores han respondido a la narración de mis primeros años, pero también me sorprende que, por haber leído unas pocas líneas sobre mis pensamientos, ciertas personas se consideren poco menos que amigos íntimos y se tomen la libertad de opinar. Y, si bien no me disgusta que quien ha leído mis palabras con detenimiento desee hacer algunas observaciones, confieso que me confunde el número cada vez mayor de individuos que se creen con derecho a hablar impunemente sobre cualquier aspecto de mi vida sin tener en cuenta las buenas costumbres o el decoro.

Unos meses después de publicar mi primer y pequeño volumen, durante una cena con unas personas, estaba yo hablando de un criminal especialmente malvado al que pretendía llevar ante la justicia. Un joven galán al que no había visto en mi vida se volvió hacia mí y dijo que ese individuo debía andarse con ojo, no fuera que tuviese el mismo fin que Walter Yate. Y en ese momento me dedicó una sonrisa afectada, como si él y yo compartiéramos algún secreto.

Mi sorpresa fue tal que no dije nada. No había vuelto a pensar en Walter Yate desde hacía tiempo, ni sabía que su nombre siguiera siendo conocido después de tantos años. Pero según descubrí, aunque yo no había pensado más en aquel pobre tipo, otros sí lo habían hecho. No pasaron ni quince días cuando otro hombre, también desconocido, hizo un comentario sobre cierta dificultad que yo tenía y me aconsejó que manejara aquel asunto igual que hice con Walter Yate. Cuando dijo ese nombre me dirigió un gesto malicioso y un guiño, como si, por haber pronunciado aquella contraseña, él y yo estuviéramos unidos en alguna conspiración.

No me ofende que estos hombres hayan decidido referirse a incidentes de mi pasado. Sin embargo, me deja perplejo que se crean con derecho a hablar de algo que no entienden. No acierto a expresar el desconcierto que me produce que dichas personas, creyendo lo que creen sobre aquel suceso, me lo mencionen, y con algo más que una simple nota de humor. ¿Acaso va uno a un espectáculo de circo y se pone a bromear con los tigres sobre sus colmillos?

Por tanto, he decidido escribir otro volumen de memorias, aunque solo sea para rectificar la idea que se ha hecho la gente en relación a este capítulo de mi vida. No deseo volver a oír el nombre de Walter Yate en tono malicioso y confidencial. Este hombre, que yo sepa, no hizo nada para merecer que lo conviertan en objeto de risa. Así pues, debo decir, sincera y definitivamente, que no actué violentamente contra el señor Yate, y menos aún con el acto de violencia más definitivo, cosa que, según he descubierto, se ha convertido en la creencia popular. Es más, si se me permite sacar al público de otro error, no escapé al más terrible de los castigos por su asesinato gracias a la influencia de mis amigos en el gobierno. Ninguna de estas cosas es cierta. Nunca he sabido de la existencia de estos rumores porque nadie me los había comentado. Pero ahora que he publicado unas pocas líneas sobre mi vida parece que estoy en boca de todos. Dejadme pues que desvele los hechos sobre este incidente, aunque solo sea para que no se vuelva a hablar de ello.

Walter Yate murió, por un golpe que le asestaron en la cabeza con una barra de hierro, solo seis días antes de que se reuniera el Tribunal Supremo, así que, afortunadamente, cuando me arrestaron tuve poco tiempo para reflexionar sobre mi situación antes del juicio. Seré sincero: podía haber empleado el tiempo de forma más provechosa, pero en ningún momento pensé que me condenarían por un crimen que no había cometido… el asesinato de un hombre de quien apenas sabía nada. Tendría que habérseme ocurrido, pero no fue así.

Tan grande era mi confianza que hubo momentos en que ni siquiera escuché las palabras que se pronunciaban en mi propio juicio. No, yo me dediqué a observar a la chusma que se apiñaba en aquella sala de juicios al aire libre. Aquel día de febrero caía una lluvia fina, había niebla y hacía bastante frío, pero la muchedumbre estaba allí de todos modos, apretujándose en los bancos ásperos y astillados, encorvados bajo la lluvia para no perderse los procesos, que habían tenido cierta resonancia en los periódicos. Los espectadores, sentados, comían naranjas, manzanas, pastelillos de cordero, fumaban en sus pipas y tomaban rapé. Orinaban en unos orinales que había en las esquinas y arrojaban las conchas de las ostras a los pies del jurado. Murmuraban, reían y meneaban la cabeza como si todo aquello fuera un espectáculo de títeres montado para su entretenimiento.

Quizá hubiera debido complacerme ser objeto de semejante curiosidad para el público, pero la notoriedad no me resultaba gratificante. No sin la presencia de la mujer a quien más anhelaba mirar en los momentos de dificultad. Si tenían que condenarme, pensé (solo en mi imaginación, puesto que veía tantas posibilidades de que me condenaran como de que me nombraran alcalde), lo único que me importaba era que ella viniera y llorara a mis pies. Quería sentir sus besos y sus lágrimas en el rostro. Que sus manos, ásperas y bastas de tanto retorcérselas, tomaran las mías mientras suplicaba mi perdón, me rogaba que la escuchara y me juraba su amor cien veces. Esto, yo lo sabía, no eran más que fantasías de una mente sobreexcitada. Ella no asistiría al juicio, ni me visitaría antes de mi imaginaria ejecución. No podía.

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