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Authors: José Manuel García Marín

Tags: #Histórico

La escalera del agua

BOOK: La escalera del agua
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Ángel es un muchacho que malvive en una mísera alquería de Las Hurdes, dedicado a las labores del campo y sin más ambición que lograr comer cada día. No sabe que su familia y sus vecinos guardan un secreto, pero su abuelo se encargará de desvelárselo cuando, según la tradición, llegue el momento: son descendientes de moriscos, expulsados de Granada en el siglo XVI, desterrados del reino de Toledo en el XVII y refugiados en ese remoto paraje para huir de la persecución.

Ese hecho marcará la existencia de Ángel, así como un desgraciado suceso que le obligará a escapar de su aldea y a rehacer su vida en Toledo, al amparo de unos padres franciscanos que le darán cariño y educación y harán de él un hombre admirable. Una novela que habla de la huella del pasado, de la superación, del amor y de dos ciudades mágicas, Toledo y Granada: fascinantes y eternas.

José Manuel García Marín

La escalera del agua

ePUB v1.0

Crubiera
10.10.12

Título original:
La escalera del agua

José Manuel García Marín, 2008.

Editor original: Crubiera (v1.0)

ePub base v2.0

Las chozas del fin del mundo

Siglo XX

Capítulo I

El sol enciende los pétreos cirios, pomposamente elevados sobre la única nave de la iglesia del monasterio. Revela así su destino frustrado de catafalco de reyes, libre de las entrañas y del hedor de sus cuerpos que, clavados como saetas en el corazón del sur, llevan siglos ofendiendo las tierras sometidas a su rapiña, en una postrera burla permanente.

Aún es demasiado temprano para que los rayos calienten las fauces abiertas de las gárgolas, cuyas sombras oblicuas hendirán los arcos conopiales de la planta más alta del bellísimo claustro. San Juan de los Reyes, gris, se mantiene en la penumbra. El Tajo ya se desperezó de estrellas, pero Toledo sueña todavía.

La noche ha sido un largo forcejeo con los recuerdos. He tenido que atravesarlos, despojarme de ellos para, desde la distancia, ordenar los vestigios de la memoria, desenredar la madeja de evocaciones que, a esta edad, confunden los sentimientos. El mismo procedimiento que seguí con esta ciudad hace ahora un año: salir de su núcleo laberíntico para mejor sumergirme en ella, cruzar el río que, de puro amor, la abraza y, por pasión, casi la estrangula. Desde la ventana veo la roca Tarpeya, la vieja judería y, a mi izquierda, el puente de San Martín, por donde Isabel de Castilla y Fernando de Aragón tenían dispuesto que su propio cortejo fúnebre traspasara la muralla, ascendiese la cuesta y accediera a la iglesia por la puerta suroeste. El templo está orientado a conciencia, de tal manera que esa puerta que mira al puente, acechante, como deseosa de engullirlos, esperase su llegada. Hoy, como Granada les da sepultura, está sellada por mejor callar una boca abierta de lúgubre esperanza.

También mi crimen fue sellado, involuntariamente preservado por los frailes, dentro de los muros de ese monasterio. Él me acogió durante la adolescencia y me enderezó la vida, que yo creía extraviada para siempre a pesar de mi corta edad. Éste no es sino un caso más de cómo un homicidio queda impune por las circunstancias y no por un plan concienzudamente trazado, ¡tantos han debido de ocurrir en los hechos de la humanidad!, ¡y el hombre, tan soberbio, cree no habérsele escapado ninguno! Quizá quien lea estas páginas piense que yo mismo me estoy descubriendo y que, por ese motivo, la justicia caerá sobre mí; pero no será así, el delito prescribió por el tiempo. Además, ¿se interesó alguien en investigar el cadáver de un hombre tan miserablemente pobre como lo era yo? Estoy seguro de que nadie se entretendría en eso, únicamente en enterrarlo y acabar cuanto antes una jornada desagradable. Podría afectarme revelarlo por cómo influiría en la gente que me conoce, pero me queda escasamente una semana para morir. Sé que no resistiré la operación que me espera. Estoy débil en exceso, me ahoga la insuficiencia cardíaca, a la que añado la fatiga de toda la noche en vela; pero no importa, ha sido necesaria para decidirme a relatar mi historia. Mejor dicho, la crónica de mi familia, que es, a su vez, parte de la historia de miles de legítimos hijos de este sufrido pueblo, expulsados hace siglos. Arrancados de las casas que los cobijaron en la infancia, de sus haciendas, producto del trabajo de años o legado de sus mayores, fueron condenados al destierro mientras les era entregado todo a otros que podían demostrar sangre de cristianos viejos. No, no soy judío. Soy un auténtico morisco.

Debo aclarar, para asombro de la historia oficial, que mis ascendientes, originarios de Talavera de la Reina, no salieron nunca de la Península, aunque sí abandonaron su pueblo natal. La inmensa mayoría fue obligada a salir por puertos de mar, pero ellos se adelantaron y partieron hacia Portugal, adonde no llegaron. Ésa es la causa de que yo viniera al mundo, el 4 de abril de 1942, en uno de los extremos más occidentales de Las Hurdes, en una alquería llamada El Gasco, el poblado que fundaron al establecerse allí, en 1610, junto con otras cuatro familias moriscas.

Las condiciones en las que se vivía en la minúscula aldea, muy semejantes a las padecidas trescientos años atrás, eran infrahumanas; mas para nosotros, que no conocíamos otra cosa, aquel pedregal en el que se levantaban las chozas de piedra, era nuestra tierra, el hogar. Sin embargo, el número de familias había aumentado en siete más, a finales del siglo XIX, a pesar, o quizá por ello, del aislamiento en el que se encontraba la alquería. Al principio —contaba mi abuelo—, hubo reticencias por parte de los nativos, que desconfiaban de los recién llegados, pero éstos ni hacían preguntas ni estaban dispuestos tampoco a contestarlas y sí a amoldarse a la situación, a las costumbres y a la autoridad inapelable del «consejo de hombres», a la cabeza del cual había un anciano descendiente de las primeras familias.

Las diferencias sociales eran inexistentes. Como mucho, alguno podía gozar de la mínima ventaja de un par de cabras más, pero estábamos igualados por abajo en la penuria, tanto en higiene como en ropa, enseres o alimentos, lo que favorecía una atmósfera malsana, provocadora de innumerables enfermedades. La desnutrición, común a todos, resultaba en cuerpos famélicos, de poco más de metro y medio de estatura en los hombres y aún menos en las mujeres. A estos graves problemas, capitaneados por el hambre, había que sumar la endogamia, que allanaba el camino al cretinismo y lo hacía harto frecuente, hasta el punto de representar un obstáculo más para el desarrollo de la comunidad que, cuando menos, se estancaba, habida cuenta del lastre que supone que una respetable proporción de miembros padezca las consiguientes enfermedades mentales y, en lugar de verse aumentada en dos brazos, éstos necesiten y sigan necesitando a lo largo de su existencia el auxilio de los hermanos; pero el miedo atávico a la relación con el exterior, los propios impedimentos del terreno para comunicarse —tan serios que al conjunto de los más aislados, como La Fragosa, Martilandrán y El Gasco, se le llamó «Las Hurdes Negras»— y las circunstancias, nada envidiables, favorecían los enlaces entre vecinos, en realidad ya parientes. ¿Quién, de fuera, querría emparejarse con uno de los habitantes, para compartir hambruna e infortunio? ¿Quién, de buen grado, aceptaría unirse al abandono de aquel purgatorio de almas desamparadas?

Por fortuna, en nuestra casa no experimentamos este mal, pero no pudimos eludir los restantes derivados de la pobreza, pues ya se sabe que a ésta solamente acude la abundancia de desgracias, que era de lo único que andábamos cebados, como bien lo manifestaba el desmedrado aspecto que exhibíamos y que nos igualaba a los convecinos. Asimismo, el bocio que, por ser endémico en la zona, no era extraño que aquejara a más de un componente de cada familia, nos había respetado, salvo al abuelo Anastasio, que era viudo y vivía con nosotros, pues mi abuela Restituta había muerto en el parto de su único hijo: mi padre. Los padres de mi madre hacía mucho que disfrutaban de mejor vida. De forma que, por la noche, nos hacinábamos siete personas, aparte de las cabras, que nunca fueron más de seis, y el borrico, que ocupaban abajo una pequeña cuadra. Desde allí, junto a la puerta de entrada, unas piedras planas de pizarra se amontonaban en codo para componer la corta escalera que subía a la otra habitación, donde dormíamos. Mis padres sobre un camastro que no se separaba más de diez centímetros del suelo, colocado bajo el ventanuco, y que tenía por jergón helechos y otras hierbas. El abuelo y los cuatro hermanos, de los cuales yo era el menor, dentro de la misma estancia, pero introducidos en un hueco en alto, a medio metro, que más parecía un nicho común. El colchón, también de helechos, era colectivo y cuando éstos se pudrían, se usaban de abono y eran sustituidos por otros frescos.

Las chozas no disponían de agua corriente ni de retrete. Las necesidades se hacían en el campo, aun en medio de la lluvia o de la noche, en este caso armados con un palo o acompañados mientras éramos pequeños, por si las alimañas se atrevían a acercarse más de lo prudente. Los niños, por frío o por miedo, aguantábamos hasta el límite de nuestras fuerzas que, en ocasiones, no bastaban. Los cinco amanecíamos mojados, y cubierto de vergüenza el que, en su sitio, era delatado por el charco más grande, siempre uno de los dos menores: Gabriela, que no llegaban a tres los años que me llevaba, o yo, con más frecuencia. Hubo veces que ambos. Entonces no quedaba más remedio que soportar las protestas del abuelo y las burlas de los hermanos mayores: Anastasio, que se llamaba así por el abuelo, y José, por mi padre.

Cuando el dedo de la culpa me señalaba, mi hermana, en silencio, pues rara vez hablaba, me acariciaba la cara con sus manos, ya ásperas de ayudar a mi madre, y me enjugaba el llanto. En cambio, cuando la víctima era Gabriela, yo me sumaba a los demás, no sé si por inocencia o por pura crueldad, hasta que ella corría y desaparecía por los senderos del río, con aquellas piernecillas flacas como cañas, volándole la falda. Al cabo de unas horas volvía con una brazada de ramas finas para encender el fuego que hacía nuestra madre, Joaquina, en un ángulo en el suelo, frente al camastro; porque las chozas no tenían un sitio específico para guisar ni chimenea por donde escapara el humo, sino que éste se filtraba por las lajas de piedra. A mí me fascinaba ver crecer las llamas y me ponía a su lado, en cuclillas como ella, hasta que algún tufo me asfixiaba. Sólo había otra cosa allí dentro que despertara mi curiosidad infantil: las mandíbulas descarnadas de un lobo que mi padre había cazado en la sierra, colgadas de un pincho hincado entre la pizarra.

A mí, eso de matar a un lobo me parecía una hazaña que distinguía a mi padre y lo dotaba de un sello, poco menos que visible, de «hombre entre hombres». Otros de la aldea, en encuentros con el temible animal, habían conseguido ahuyentarlo a gritos y pedradas, que no es poco. Pero él lo había despachado de una certera cuchillada, con las fauces rabiosas junto a su cuello, que llegó a sentir el estuoso aliento. Así nos lo contaba, sentado en la piedra grande de la puerta de la choza, donde otras veces cosía mi madre para aprovechar la luz del día. Nosotros lo rodeábamos tirados en el suelo y, sobre todo yo, le hacíamos repetir la historia o las partes de ella que más excitaban nuestra imaginación.

Muchas veces se agregaban otros niños a escucharlo y acabábamos jugando a matar al lobo, que era el papel perpetuo de Isidoro. A él igual le daba, con tal de participar, aunque se escapara alguna que otra pedrada. Apenas se le entendían las cuatro palabras que pudo aprender, pero era vecino y se criaba entre nosotros, ¿qué importaba que no hablara? Aparecía retraído, esperando ser aceptado, pero a la menor señal se acercaba contento y reía con fuerza. Era un niño de risa eterna. Nunca supe si comprendió el juego o se limitaba a huir. Decían que estaba «alunado» porque la madre olvidó recoger sus ropas, puestas a secar, antes de que asomara la luna. De vez en cuando salía la pobre mujer y me decía a voces: «¡Ángel, un día le vais a dar una mala pedrada y me lo terminaréis de desgraciar!». Mi hermana lo miraba con tristeza, quizá consciente de que el caso del chiquillo era peor que el suyo.

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