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Authors: Patrick Senécal

Tags: #Terror

El umbral

BOOK: El umbral
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Thomas Roy, multimediático y admirador escritor de Quebec, aparece en su casa catatónico y horriblemente mutilado. Mientras la Policía investiga el suceso, Roy permanece bajo observación en un hospital de Montreal. Al principio, Paul Lacasse, el psiquiatra que trata al escritor, no da demasiada importancia al caso. Sin embargo, el descubrimiento de ciertos hechos inquietantes le obliga a reconsiderar poco a poco su opinión.

Pronto, vacilarán todas las certezas del doctor Lacasse, tanto las personales como las profesionales. Porque, más allá del drama de Roy, algo aterrador se manifiesta lentamente, algo inimaginable y de consecuencias monstruosas…

Patrick Senécal

El umbral

ePUB v1.0

NitoStrad
26.04.13

Título original:
Sur le Seuil

Autor: Patrick Senécal

Fecha de publicación del original: agosto 2003

Traducción: Amelia Ros García

Editor original: NitoStrad (v1.0)

ePub base v2.0

A Julie

hermana pequeña y gran amiga

PRIMERO, la noche.

Luego empiezas a vislumbrar las figuras. Nubes y sombras. La luna, llena y amarilla, destila una luz pálida. Delante de ti, se yergue una masa oscura e imponente.

Es una iglesia.

Caminas hacia ella. Cuanto más te acercas, mejor la distingues. Se trata de una vieja iglesia, bastante sencilla. Está construida con piedras grises y tiene un campanario alto, muy alto, que se pierde entre las nubes concentradas sobre este lugar sagrado.

No, no es eso, no es una concentración de nubes. Te das cuenta de que el templo está rodeado de niebla, una niebla negra, más negra que esta noche infame. Sientes algo muy extraño y desagradable. No es miedo, es una especie de pesadez angustiosa.

Sabes que no deberías dirigirte hacia esta iglesia, lo sabes muy bien. Te lo repites constantemente, pero cada vez te acercas más.

Llegas a la puerta de entrada y te detienes.

El silencio es casi total. Un rumor flota en el aire cargado de bruma. Un rumor inquietante, una amalgama de llantos y gritos, gemidos y lamentos.

No quieres entrar. Tu malestar aumenta. Sabes que hay algo perverso en esta iglesia, en esta niebla. Sabes que en este momento se manifiesta lo más terrible, lo más antiguo y lo más secreto de la experiencia humana.

Sientes el Mal.

PRIMERA PARTE

El caso Roy

Capítulo 1

A
HORA se podía afirmar con certeza que había matado a once niños.

Es lo que decía la radio esta mañana. El día anterior, eran nueve, pero habían muerto dos más en el hospital. Un niño y una niña, ambos de ocho años. De hecho, las once víctimas tenían la misma edad porque participaban en las mismas colonias urbanas. Había veintiún niños en la acera de la calle Sherbrooke, bajo la mirada protectora de dos monitores, cuando el policía llegó.

Esta imagen del policía se impone con crueldad en mi mente y me subleva. Porque esto es lo más terrible: no se trataba de un tipo cualquiera, sino de un agente de policía. Un protector de la población. El que debería haber intervenido para impedir la matanza… Me imagino al agente saliendo del vehículo, mirando a los felices chiquillos ponerse en fila delante de la entrada del jardín botánico… Algunos seguramente le saludaron con la mano.

A continuación, los disparos.

Los testigos —hubo varios; el cruce de Pie-IX y Sherbrooke no es un sitio desierto— debieron de buscar durante un buen rato el lugar de donde provenían las detonaciones. Aunque divisaban al policía empuñando el arma, posiblemente pensaron que también intentaba localizar al tirador loco.

Al final, cuando vieron que los niños se desplomaban uno a uno, cuando se dieron cuenta de que el agente no se movía y que apuntaba precisamente con su revólver a los críos, los cuales huían en todas direcciones…, entonces sí, lo comprendieron. Comprendieron lo inadmisible.

En fin… Es una manera de hablar. En realidad, no podemos comprender esta clase de cosas. Mientras conduzco mi coche, en este martes, 13 de mayo de 1996, y escucho esta historia terrible que la radio cuenta por enésima vez, caigo en la tentación de plantearme la clásica pregunta: ¿qué empuja a la gente a realizar tales actos?

Pero desecho esta cuestión. En mis casi veinticinco años de psiquiatra, nunca he encontrado la respuesta, ni siquiera después de haber tratado algunos casos abyectos, como el de un hombre que descuartizaba a sus víctimas antes de violarlas o el de una mujer que habían encontrado en su casa comiéndose tranquilamente a sus hijos. Ni siquiera después de haber estudiado de cerca a estos individuos, he avanzado un milímetro. La gente los llama «monstruos». Como psiquiatra, no puedo calificarlos de ese modo, pero no es por falta de ganas…

Lo más desconcertante es que estos «individuos peligrosos» (llamémoslos así) con frecuencia parecen cualquier cosa menos monstruos. Apostaría a que ese tal Archambeault (es el apellido del policía loco, un patronímico bastante común) llevaba una vida tranquila y desempeñaba su trabajo desde hacía varios años con un sentido ejemplar de la disciplina. Se ha dicho incluso que es padre de dos niños y que su mujer, en este momento, se vuelve loca intentando comprender lo que ha podido pasar por la cabeza de su marido. Además, en los próximos días, los periódicos no se privarán de darnos este tipo de detalles. También nos preguntarán a los psiquiatras lo que pensamos sobre este tema. Y nosotros llegaremos a la siguiente conclusión: psicosis. De un día para otro. Así es. La víspera, era un padre amante de sus dos hijos. Al día siguiente, mató a once niños en plena calle. Es perfectamente posible. Sin duda, descubriremos que el asesino tenía problemas financieros, amorosos o de cualquier otro tipo. Pero ¿es suficiente?, ¿esto explica el horror de su gesto? Por supuesto que no.

Por esta razón, dejé el Instituto Léno hace cuatro años y pedí el traslado. No podía tratar a más «individuos peligrosos». Es cierto que en el Instituto Léno no hay sólo casos de este tipo, pero de éstos, hay muchos. Además, después de la historia de Jocelyn Boisvert, me resultaba imposible continuar allí. Tengo cincuenta y dos años y deseo terminar mi carrera profesional con tranquilidad. Aquí, en el Hospital Sainte-Croix, estoy mejor. Mis pequeños esquizofrénicos y mis amables PMD (psicóticos maníaco-depresivos) son menos inquietantes. Cuando tienen problemas, los internamos unos días o unas semanas, los atiborramos de medicamentos y los mantenemos bajo control; luego, si se encuentran mejor, vuelven a su casa o con su familia de acogida. Así, pueden funcionar durante meses, antes de volver a vernos. No los comprendemos, nunca los curaremos de verdad, pero al menos son inofensivos, o casi.

Esto no impide que a veces me aburra. No de los horrores de este mundo (el horror nunca me producirá hastío) ni de la locura humana, sino de mi trabajo. Estoy harto de esta carrera que estoy condenado a perder paciente tras paciente. Al principio, la entendía como un desafío, pero luego llegó la frustración; después, la cólera, y al final, al cabo de unos años, la depre. El hecho de trabajar ahora con casos más sencillos no me satisface tanto. Quizás es menos complicado, pero el fracaso siempre está ahí. Conseguir calmar una crisis de esquizofrenia y enviar al paciente a la calle con una medicación más fuerte para mí no es ningún éxito. Dentro de tres años, cuando me jubile, apenas sabré del ser humano un poco más que cuando entré en la universidad, hace un siglo. Esta constatación basta para que pierda todo el interés por mi trabajo, algo que me sucede desde hace varios años, mucho antes de dejar el Léno.

Por triste que sea esta decepción, sin embargo, es tranquilizadora. Aunque esté aburrido, aunque no crea en lo que hago, al menos he dejado de hacerme preguntas.

Sé que lo que digo es terrible. Un buen psiquiatra no tiene derecho a pensar de este modo, soy consciente de ello. Pero es que no me siento un buen psiquiatra. ¡Ni siquiera un psiquiatra a secas!

De manera que me preparaba para terminar mi carrera profesional con la certeza del fracaso cuando, aquella mañana, Thomas Roy apareció en mi vida.

Y lo trastocó todo. No me refiero sólo a que me devolvió la esperanza en la psiquiatría. Es mucho más complejo.

Thomas Roy me obligó a mantenerme en el umbral.

Salgo del ascensor y me dirijo hacia el ala de psiquiatría mientras repaso sin entusiasmo los pacientes que debo ver hoy. En recepción, justo delante de la puerta de acceso a la unidad, Jeanne Marcoux charla con la recepcionista, café en mano, resplandeciente a pesar de sus ojos aún soñolientos. Es la única mañana de la semana que coincidimos en el hospital y, cada martes, ella me espera (siempre llega antes que yo) para que empecemos nuestra jornada juntos.

—¿La doctora Marcoux la está molestando, Jacqueline?

—En absoluto, doctor Lacasse. Me explicaba las alegrías de la maternidad y confieso que me dan ganas…

Observo burlón el vientre hinchado de Jeanne.

—No hay nada más pesado que una futura mamá, ¿verdad?

Jeanne me lanza una mirada cómplice, sonriente.

—Dentro de dos meses, no incordiaré a nadie, ¡lo prometo!

Nos damos un apretón de manos cariñoso. Cuando nos encontramos fuera, nos besamos en las mejillas, pero entre los muros de esta noble institución hay una ética que debemos respetar. Lo que resulta un fastidio, porque Jeanne Marcoux es más que una compañera, es una amiga. Trabajamos juntos desde hace un año y, a pesar de la diferencia de edad (ella tiene treinta y un años), nos hemos hecho amigos enseguida, sin ninguna intención oculta. Jeanne posee aún el celo y la pasión de los principiantes: cree que puede salvar el mundo, como en las películas. Desde luego, no seré yo quien la desilusione. Pronto lo estará. Además, es tan grato ver su pasión…

Nos volvemos hacia la puerta sobre la que está escrito: SECCIÓN DE PSIQUIATRÍA. SÓLO PERSONAL AUTORIZADO.

—¿Una mañana dura? —me pregunta ella.

—Tengo que ver a siete pacientes. Parece que Simoneau ha pasado una mala semana. Sigue dando la tabarra a las enfermeras con sus historias de agentes secretos que lo buscan.

Entramos y nos encontramos con este decorado habitual: el centro del ala lo forma una gran estancia circular que, entre nosotros, llamamos Núcleo. Personalmente, siempre me ha parecido que el ala se parece más a un pulpo, con sus cuatro pasillos que se abren como una estrella. Tres de los tentáculos encierran las cuarenta camas disponibles, mientras que en el cuarto se sitúan el comedor, la sala de descanso, el taller de ergoterapia y la enfermería. El punto convergente de estos corredores-tentáculos lo constituye el despacho de la enfermera jefe, que también resultaría una hermosa cabeza de pulpo. Sin embargo, mi sentido de la metáfora no gustó a los empleados y todos rechazaron la alegoría de plano. Jeanne y yo cruzamos el «Núcleo» cuando distingo a Simone Chagnon, una de nuestras pacientes, una PMD que nos visita con regularidad desde hace unos diez años.

—Buenos días, señora Chagnon —la saluda Jeanne—. ¿Se encuentra bien esta mañana?

La señora Chagnon es paciente de Louis Levasseur, el tercer psiquiatra del departamento (con quien no coincido casi nunca porque él viene los lunes y los miércoles), pero ella sabe quiénes somos Jeanne y yo. Los pacientes que nos visitan con frecuencia acaban por conocernos a todos. Es el caso de la señora Chagnon, que asiente despacio, con una ligera sonrisa.

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