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Authors: José Milla y Vidaurre

La hija del Adelantado

BOOK: La hija del Adelantado
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La hija del Adelantado es una novela histórica de la autoría del escritor guatemalteco José Milla y Vidaurre, considerado como el iniciador de la narrativa de su país.

Publicada en 1866 bajo el seudónimo Salomé Jil, la trama se desarrolla en la época de la Colonia, en el siglo XVI, en la antigua capital del reino de Guatemala, cuando el Adelantado, quien no era otro sino el conquistador de esas tierras, Pedro de Alvarado, regresa a Guatemala, ya que por mandato de Su Majestad sería el nuevo gobernador. Llegó a la ciudad con su esposa e hija, que tienen una participación importante en el argumento del libro. Doña Beatriz de la Cueva, esposa del adelantado, su hija mestiza Leonor, princesa de Xicotencal, por quien, evidentemente, recibiese el título el libro. Esta historia está llena de engaños, desencantos, desamores por pasiones nunca correspondidas, con asesinatos, combates de capa y espada, así como muertes inexplicables; todo propio del romanticismo del XIX y de la propensión de la época decimonónica, literariamente historicista por antonomasia. Aparece don Pedro de Portocarrero, valiente guerrero y amigo fiel de de Alvarado, así también es la otra parte de la hija de éste, quien le corresponde en secreto. Este amor es declarado por estos dos amantes, dadas las situaciones que se van presentado. Pedro Portocarrero es el amor no correspondido de la viuda de Cava, doña Agustina Córdoba, quien tuvo amoríos con él antes de ser la esposa del capitán Cava. Celosa en su afán por recuperar sus afectos, usa artimañas y brebajes con la ayuda de "el herbolario", un personaje activo en toda la novela con ambiciones personales y pasionales: es el personaje que engaña, miente, roba, secuestra; antagonista, autor de los acontecimientos más siniestros.

José Milla concluye la novela con la tragedia natural de la capital del reino, en un desenlace de cambios súbitos, ya que toda la historia va entrelazándose entre los hechos históricos ocurridos hasta llegar a la tragedia, que quedó inscrita como motivo del traslado de la segunda ciudad de Guatemala, por el lahar que descendió sobre la incipiente población desde el volcán de Agua. En el siglo anterior, el poeta jesuita Rafael Landívar versificaba esa catástrofe en hexámetros escritos en latín, coincidentemente (Rusticatio mexicana, 1781). Sentimentalismo pesimista, a la vez que gran obra de la literatura colonialista en la Hispanoamérica del siglo XIX, la novela "La hija del Adelantado" congrega descripciones de costumbres, retratos de personajes históricos, un amor dramático con visos de patetismo y además, ha sido una de las inmersiones más efectivas, sin duda, de la literatura guatemalteca en la Colonia, todavía más que vigente en la realidad semicolonial en la que Milla vivió y que se prolongó, en Guatemala, por todo el siglo XIX y hasta inicios del XX.

José Milla y Vidaurre

(Salomé Gil)

La hija del Adelantado

ePUB v1.2

Piolín.39
30.04.12

Advertencia

Al escribir esta novelita, ha sido mi objeto principal dar a conocer algunos personajes y ciertos acontecimientos históricos, de los cuales no tiene sino muy escasa noticia la generalidad de los lectores a quienes están destinadas estas líneas. Me he sujetado a la verdad, hasta donde lo ha permitido la necesidad de dar algún interés dramático a la novela; procurando conciliar los hechos que efectivamente tuvieron lugar, con los que he debido añadir para adornar una obra de imaginación.

En nuestras antiguas crónicas apenas se encuentran delineados los caracteres de los personajes y referidos los acontecimientos más someros. Respetando unos y otros cuanto ha sido posible, he dejado correr la pluma libremente en todo aquello que no podía envolver anacronismos (que considero imperdonables, aun en obras de esta clase), y en lo que no fuese directamente opuesto a la verdad histórica. Así, los personajes que figuran en esta relación existieron todos realmente; pero el carácter y los hechos que se atribuyen a algunos de ellos, corresponden a la parte novelesca de la obra. Las fechas están citadas con la posible escrupulosidad. Por no hacer demasiado difuso el escrito, o distraer la atención del lector con notas, no he citado los pasajes de nuestras antiguas crónicas impresas o inéditas, que podrían servir para probar la exactitud de muchos de los sucesos referidos.

Si estas desaliñadas páginas sirvieren para llamar la atención de los lectores hacia los documentos en que puede estudiarse con provecho la historia del país, en la época interesante que siguió a la conquista, y si ellas son aceptadas con la misma benévola indulgencia con que lo han sido otras producciones literarias del autor anteriormente publicadas, quedarán satisfechas sus aspiraciones.

Capítulo I

NUSITADA
animación y extraordinario movimiento se advertían, al caer la tarde del día 15 de setiembre del año de gracia 1539, en la Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala. Personas de todas clases y condiciones iban y venían por calles y plazas, reuníanse en corrillos y agolpábanse, en mayor número, delante de un edificio grande, de dos pisos y de buena apariencia, que se levantaba en el extremo de la población más inmediato a la falda del Volcán de agua, a cuyo pie estaba situada la primitiva capital del Reino, en el mismo sitio en que hoy vemos el pobre y miserable villorrio llamado Ciudad-vieja. Ese edificio, cuyas ruinas se conservaban aún a fines del siglo XVII, según leemos en la obra inédita del cronista Fuentes y Guzmán, era el Palacio del Adelantado, Gobernador, Capitán General de estas provincias y fundador de la ciudad, Don Pedro de Alvarado. Abríanse las puertas y las ventanas de las habitaciones, limpiábanse tapices, alfombras y muebles; mayordomos, maestresalas y pajes daban apresuradamente la última mano al arreglo de aquella espléndida morada, que por algunos años había permanecido al cuidado poco diligente de criados subalternos. El pueblo seguía con interés y curiosidad aquellos preparativos, que confirmaban plenamente el rumor, esparcido pocos días antes de la próxima llegada del Adelantado.

Y era así, en efecto. Don Pedro había anunciado al Ayuntamiento su arribo a Puerto-Caballos, en carta de 4 de abril de aquel año; participando además a los Magníficos Señores del Concejo, su nuevo matrimonio. «Sabréis, dice, como vengo casado, y doña Beatriz está muy buena y trae veinte doncellas muy gentiles mujeres, hijas de caballeros y de muy buenos linajes. Bien creo que es mercadería que no me quedará en la tienda nada, pagándomelo bien, que de otra manera excusado es hablar en ello». El Adelantado había venido de España con una escolta de trescientos arcabuceros y otra mucha gente, en tres navíos grandes de su propiedad. Con todo aquel aparato de damas de honor, caballeros y soldados, se encaminaba a la ciudad que había fundado quince años antes, y que, merced al oro y la plata arrancados a los naturales, aparecía ya por aquel tiempo, si no muy abundante en población, aventajada en el lujo, hijo legítimo de la riqueza fácilmente adquirida.

En sesión celebrada por el Concejo en 25 de Mayo, se había leído otra carta del Adelantado, en la que proponía fuesen a avistarse con él un Alcalde y dos Regidores para haber de mostrarles los reales despachos que traía de la corte y arreglar algunos puntos conducentes al buen gobierno de la tierra. El Cabildo, pidido en dos bandos, favorable el uno y contrario el otro a don Pedro, decidió no acceder a aquella indicación, contestando al Adelantado no estar en obligación de salir al recibimiento; pero que manifestándose las reales provisiones, se conformaría con todo aquello que Su Majestad mandase. Los principales promotores de esa discordia eran el Veedor Gonzalo Ronquillo, el Tesorero Francisco de Castellanos, el Comendador Francisco de Zorrilla, Gonzalo de Ovalle y otros caballeros, que, a fuerza de intrigas, habían logrado crear cierta emulación y mala voluntad contra don Pedro, infundiendo en el ánimo pacífico y naturalmente bueno del Juez de residencia, Alonso de Maldonado, aspiraciones que no debían verse satisfechas. Los partidarios del Adelantado y el pueblo, que lo amaba por su denuedo, munificencia y porte noble y caballeresco, recibieron con júbilo la noticia inesperada de su aproximación a la capital, con el ostentoso séquito que antes hemos mencionado. Preparábanse, pues, a recibirlo con el honor y aplauso que merecía quien había sido recientemente colmado por el Rey, por su secretario Cobos y otros personajes de la corte, de favores y distinciones, justa recompensa de sus grandes y señalados servicios.

Pregoneros de los favores dispensados a su señor, de la gentileza de su esposa, del garbo de las damas que la acompañaban y del aparato con que se acercaba el Adelantado, habían sido ciertos mensajeros que don Pedro envió desde Puerto—Caballos, conductores de las cartas que escribía al Cabildo. Excitada así la pública curiosidad, no menos que la envidia de los émulos, poníanse en juego las intrigas para lograr que no se diese posesión del gobierno a Alvarado, cohonestando la desobediencia con la ambigüedad de la real cédula de nombramiento, que había circulado en copia. Los amigos del Adelantado, sin hacer cuenta de aquellos manejos, y como quien tuviese seguridad de que todo saldría a medida de su deseo, apresuraban, según hemos dicho, los preparativos del recibimiento. El pueblo adornaba espontáneamente las calles de la entrada, y reunido en corrillos, discurría sobre el grave acontecimiento que iba a verificarse. En un grupo que formaban varios caballeros delante de la puerta Palacio, un criado de Alvarado, llamado Pedro Rodríguez, el viejo, unos de los que había despachado el Gobernador desde la costa de Honduras con sus mensajes, respondía a persas preguntas que lo dirigían los curiosos.

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