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Authors: Camilla Läckberg

Las hijas del frío

 

La alegría de Erica y Patrik por el nacimiento de su hija es inmensa, pero deben enfrentarse a unos problemas nuevos para ellos; la pequeña llora mucho, Erica sufre una depresión posparto y Patrik está constantemente cansado. Erica encuentra entonces apoyo en Charlotte, madre de Sara, una niña de siete años que sufre el síndrome de deficiencia de atención cuando, de repente, se produce un drama totalmente inesperado. Un pescador encuentra el cadáver de la pequeña Sara, ahogada en el mar. Las autoridades piensan que se trata de un accidente, pero la autopsia revela que la pequeña fue ahogada en una bañera antes de ser arrojada al mar, y que alguien le hizo tragar cenizas.

Camilla Läckberg

Las hijas del frío

ePUB v1.2

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16.01.12

Para Ulle,

la mayor felicidad posible

Prólogo

La pesca de la langosta no era lo que había sido en otro tiempo. Antiguamente, los que trabajaban duro para capturar el marisco negro eran pescadores profesionales. Ahora, en cambio, eran los veraneantes quienes, durante una semana, pescaban langostas para satisfacción propia y exclusiva. Y tampoco acataban las normas. Él había visto de todo a lo largo de los años. Cómo sacaban discretamente un cepillo con el que retirar las huevas de las hembras y hacerlas parecer legales, cómo vaciaban las cubetas ajenas e incluso buceadores que se sumergían para coger con sus propias manos las langostas de las cubetas de los demás. A veces se preguntaba adonde iría a parar todo cuando ni entre los pescadores de langosta quedaba el menor atisbo de honor. En una ocasión, al menos, le dejaron una botella de coñac en la cubeta cuando la sacó vacía, en lugar de con cualquiera sabe cuántas langostas que habrían desaparecido de su interior. Aquel ladrón, por lo menos, dio muestras de algo de honradez o, en su defecto, de sentido del humor.

Frans Bengtsson suspiró profundamente mientras revisaba las cubetas, pero se animó al ver que en la primera ya había dos magníficos ejemplares. Tenía buen ojo para saber dónde encontrarlas y conocía algunos lugares privilegiados donde podía llenar sus tinas con la misma buena pesca año tras año.

Después de haber llenado tres cubetas, tenía ya una cantidad considerable del codiciado marisco. Él no comprendía exactamente por qué tenía un precio tan escandaloso. No porque no le gustase, pero, si le daban a elegir, él prefería cenar arenque. No sólo estaba más rico, sino que, además, tenía un precio más razonable. Pero el dinero que sacaba pescando langosta era un extra que le venía muy bien añadir a la pensión en aquella época del año.

La última cubeta pesaba bastante y apoyó el pie contra la falca del barco para aumentar la estabilidad a la hora de sacarla. Poco a poco, fue notando cómo subía y esperaba que no hubiese sufrido ningún daño. Miró por la borda de su vieja barca para ver en qué estado aparecía. Pero no fue la cubeta lo primero que vio. Una blanca mano hendió las inquietas aguas y, por un instante, le pareció que señalaba al cielo.

Su primer impulso fue soltar la cuerda que sostenía en la mano y dejar que, fuese lo que fuese aquello que descansaba bajo la superficie del agua, volviese a desaparecer en las profundidades junto con la cubeta llena de langostas. Sin embargo, enseguida le pudo la experiencia y empezó a tirar otra vez de la cuerda que estaba atada a la cubeta. Su cuerpo conservaba aún gran parte de su vigor de antaño, y no le vino mal, pues se vio obligado a tirar con todas sus fuerzas para subir su macabro hallazgo por la borda. Cuando el cadáver pálido, exánime y empapado cayó de golpe sobre la cubierta, perdió el aplomo. Había sacado del agua el cuerpo sin vida de una menor, una niña, con los largos cabellos adheridos al rostro y los labios tan violáceos como los ojos, que ahora se clavaban invidentes en el cielo.

Frans Bengtsson se asomó por la borda y vomitó.

Patrik jamás creyó que pudiera llegar a sentirse tan cansado. Todas aquellas fantasías sobre lo mucho que dormían los bebés habían quedado destrozadas en los dos últimos meses. Se pasó las manos por el corto cabello castaño, pero sólo logró empeorar su sensación de sueño. Y si él estaba cansado, no quería ni imaginar cómo debía de sentirse Erica. Al menos él no tenía que amamantarlo regularmente por las noches. Además, estaba realmente preocupado por ella. No recordaba haberla visto sonreír desde que llegaron del hospital y lucía unas marcadas ojeras. Al ver la desesperación en sus ojos por las mañanas, le costaba dejarlas a ella y a Maja, pero al mismo tiempo debía admitir que experimentaba un gran alivio al poder dirigirse a su conocido entorno adulto. Amaba a Maja sobre todas las cosas, pero tener un bebé en casa era como entrar en un mundo ajeno, extraño, con nuevas y constantes situaciones de estrés acechando a la vuelta de cada esquina. ¿Por qué no duerme? ¿Por qué llora? ¿Tiene calor? ¿Frío? ¿No le habían salido unos puntitos raros? Los delincuentes adultos eran, al menos, algo familiar, algo que sabía cómo manejar.

Clavó una mirada vacía en los documentos que tenía delante mientras intentaba retirar la telaraña del cerebro lo suficiente como para poder seguir trabajando. El timbre del teléfono lo hizo saltar de la silla y sonó hasta tres veces antes de que reaccionase y contestase.

—Patrik Hedström.

Diez minutos después, echó mano de la cazadora, que colgaba de una percha junto a la puerta, y se apresuró al despacho de Martin Molm:

—Un hombre que pescaba langostas ha sacado un cadáver.

—¿Dónde? —preguntó Martin visiblemente desconcertado

Tan dramática información vino a quebrantar el pacífico almuerzo del lunes en la comisaría de Tanumshede.

—A las afueras de Fjällbacka. Ha fondeado en el muelle de la plaza Ingrid Bergman. Tenemos que irnos ahora mismo. La ambulancia está en camino.

No tuvo que decírselo dos veces. Martin cogió la cazadora para protegerse del desapacible tiempo de octubre y acompañó a Patrik al coche. No tardaron en recorrer el trayecto hasta Fjällbacka. Martin se agarraba angustiado al asa del techo cada vez que el coche se tragaba el arcén en las curvas cerradas

—¿Será alguien que se ha ahogado por accidente? —preguntó Martin.

—¿Y cómo demonios voy a saberlo yo? —respondió Patrik, lamentando enseguida el tono desabrido de su respuesta—. Disculpa, es la falta de sueño.

—No pasa nada—dijo Martin. Teniendo en cuenta el aspecto extenuado de Patrik en las últimas semanas, no le costaba perdonarlo.

—Lo único que sabemos es que la encontraron hace una hora y que, según el tipo, no parecía llevar mucho tiempo en el agua, pero pronto lo veremos —explicó Patrik mientras bajaban Galarbacken en dirección al muelle donde estaba anclada la barca.

—¿La encontraron?

—Sí, es una niña, una menor.

—Joder —dijo Martin deseando haber seguido su primer impulso, el de quedarse en la cama con Pía en lugar de ir al trabajo.

Aparcaron junto al café Bryggan y se apresuraron a bajar hasta el bote. Por increíble que pudiera parecer, nadie se había enterado aún de lo sucedido, por lo que no hubo necesidad de espantar a los curiosos.

—Está tendida en la cubierta —dijo el hombre, que les había salido al encuentro en el muelle—. No he querido tocarla más de lo necesario.

Patrik reconoció enseguida la palidez del rostro del hombre. Era la misma que observaba en el suyo cada vez que se veía en la obligación de contemplar un cadáver.

—¿Dónde la sacó? —preguntó Patrik, postergando así la confrontación con el muerto unos segundos más. Ni siquiera la había mirado aún y ya sentía un desagradable cosquilleo en el estómago.

—En Porsholmen, en la parte sur. Se enganchó en la cuerda de la quinta cubeta que fui a sacar. De lo contrario, aún habríamos tardado mucho en ver a la pobre niña. Tal vez nunca, si las corrientes la hubiesen arrastrado mar adentro.

A Patrik no le sorprendió que el hombre conociese el comportamiento de un cadáver en el mar. Toda la gente mayor sabía perfectamente que los cuerpos primero se hundían, después, poco a poco, emergían a la superficie según se iban llenando de gases; y luego, tras otro espacio de tiempo, volvían a alojarse en las profundidades. Antes los pescadores corrían un alto riesgo de morir ahogados y seguramente Frans había participado alguna vez en la búsqueda de un compañero desafortunado.

Como para confirmarlo, el pescador comentó:

—No debe de llevar mucho tiempo en el agua, pues no había empezado a flotar aún.

Patrik asintió.

—Sí, ya lo dijo cuando llamó. En fin, será mejor que le echemos un vistazo.

Muy despacio, Martin y Patrik se dirigieron al borde del muelle, donde estaba fondeado el bote. No pudieron ver bien la cubierta hasta que no se acercaron del todo y sólo entonces les fue posible distinguir lo que allí había. La niña había caído boca abajo cuando el hombre la izó del agua, por lo que no se veía más que una maraña de pelo revuelto y mojado.

—Ya viene la ambulancia. Ellos le darán la vuelta.

Martin asintió levemente. Sus pecas y su cabello rojizo parecían varios tonos más intensos en contraste con la palidez de su semblante, y se notaba el esfuerzo que hacía por mantener a raya las náuseas.

La crudeza gris del tiempo, y el viento, que había empezado a arreciar bastante, contribuyeron a crear un ambiente espeluznante. Patrik saludó a los hombres de la ambulancia que, sin la menor premura, descargaron una camilla antes de dirigirse con ella adonde se encontraban los policías

—¿Un ahogamiento fortuito? —preguntó el primero de los chicos de la ambulancia señalando la barca con la cabeza.

—Bueno, eso parece —respondió Patrik—. Pero tendrá que decirlo el forense. Desde luego, no hay nada que vosotros podáis hacer por ella, salvo llevárosla de aquí.

—Sí, eso nos dijeron—respondió el joven—. Bien, pues vamos a subirla a la camilla.

Patrik asintió. Siempre había pensado que lo peor de aquel trabajo era que las víctimas fuesen niños, pero, desde que nació Maja, aquella desagradable sensación se había multiplicado por mil. Ahora se le partía el corazón ante la tarea que los aguardaba. Tan pronto como hubiesen identificado a la niña, se verían obligados a destrozar la vida de sus padres.

El hombre de la ambulancia había subido a la barca de un salto y se disponía a transportar el cadáver al muelle. El otro empezó a darle la vuelta con cuidado. El cabello mojado cayó sobre la cubierta como un abanico alrededor de su pálido rostro y los ojos parecían observar vidriosos los nubarrones grises que recorrían el cielo.

Al principio Patrik apartó la mirada, pero ahora la dirigía de mala gana hacia la niña. Una gélida mano le estrujó el corazón.

—¡No, mierda, no!

Martin lo miró consternado. Después cayó en la cuenta.

—Sabes quién es, ¿verdad?

Patrik asintió sin decir nada.

Capítulo 1

Strömstad, 1923

No se habría atrevido a decirlo en voz alta, pero a veces pensaba que era una suerte que su madre hubiese muerto cuando ella nació. De ese modo se quedó con su padre para ella sola y, por lo que había oído decir de su madre, no le habría sido tan fácil dominarla. Pero su padre no tenía fuerzas para negarle nada a su hija huérfana de madre. Una circunstancia de la que Agnes era perfectamente consciente y que utilizaba al máximo. Algunos parientes y amigos bienintencionados intentaron hacérselo ver a su padre, pero, aunque el hombre hacía esfuerzos moderados por decirle que no a su princesita, tarde o temprano ganaba la batalla su bello rostro de grandes ojos que tan fácilmente dejaban rodar lagrimones por sus mejillas. Llegado ese extremo, el corazón paterno solía ceder y la joven se salía con la suya.

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