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Authors: Clive Barker

Tags: #Terror

Libros de Sangre Vol. 4

 

Obra ganadora del World Fantasy Award. Autor ganador de los premios British Fantasy, World Horror Grandmaster, Living Legends e Imaginaire.

“El trabajo de Barker hace que parezca que los demás llevamos dormidos los últimos diez años” Stephen King

Los relatos reunidos en esta recopilación han conmocionado a los lectores más veteranos de libros de terror, porque no repiten ninguno de los tópicos del género y cada historia abre las compuertas a una forma inédita de espanto. Este es el cuarto volumen de la serie, e incluye títulos imprescindibles como En persona, Los niños de Babel, La vida de la Muerte o La última ilusión, entre otras narraciones, que helarán la sangre a quien tenga el valor de aventurarse por las páginas de esta obra.

Los Libros de Sangre son un compendio de oscuras visiones que se adentran en los sueños que se deslizan en secreto por nuestro subconsciente, aguardando para salir a la luz. Capaz de adentrarse tanto en lo inimaginable como en lo indescriptible, Clive Barker revive nuestras pesadillas más profundas y siniestras, creando visiones a la vez estremecedoras, conmovedoras y terroríficas.

Clive Barker

Libros de Sangre

Volumen 4

ePUB v2.0

Creepy
07.07.12

Título original:
Books of Blood IV

Clive Barker, 1985.

Traducción: María Pilar San Román

Editor original: Creepy

ePub base v2.0

Para Dave

En persona

Cuando Cleveland Smith regresó a su celda tras la entrevista con el responsable de la galería, su nuevo compañero de litera ya se había instalado y estaba mirando la luz del sol plagada de motas de polvo que entraba por la ventana de cristal reforzado. Era un espectáculo fugaz; cada tarde, durante menos de media hora (si las nubes lo permitían), el sol se colaba entre el muro y el edificio de oficinas y se arrastraba por el costado del ala B, y ya no volvía a dejarse ver hasta el día siguiente.

—¿Eres Tait? —le preguntó Cleve.

El prisionero apartó la mirada del sol. Mayflower había dicho que el nuevo tenía veintidós años, pero Tait aparentaba cinco años menos. Tenía la misma cara que un perro extraviado. Un perro feo, además; un perro al que sus dueños habían abandonado porque se habían cansado de él. Con los ojos demasiado abiertos, la boca demasiado blanda, los brazos demasiado delgados: una víctima nata. Cleve estaba enfadado porque le habían endosado al chico. Tait era un estorbo, y a él no le sobraban las energías como para que pudiera dedicarse a proteger al chaval, a pesar de la arenga de Mayflower sobre que tenía que ofrecerle una mano amiga.

—Sí —contestó el perro—. William.

—¿Te llaman William?

—No. Me llaman Billy.

—Billy.

Cleve le saludó con la cabeza y entró en la celda. El régimen en la prisión de Pentonville no era demasiado estricto; las celdas permanecían abiertas dos horas durante la mañana, y con bastante frecuencia, otras dos por la tarde, lo que permitía a los reclusos disfrutar de una cierta libertad de movimientos. No obstante, ese sistema también tenía sus inconvenientes, y ese era el motivo de la charla que había tenido con Mayflower.

—Me han pedido que te diera algunos consejos.

—Vaya —dijo el chico.

—¿Has cumplido condena anteriormente?

—No.

—¿Ni siquiera has estado en un reformatorio? Billy apartó la mirada.

—Estuve, pero poco tiempo.

—Así que ya sabes cómo son las cosas. Sabes que eres carne fácil.

—Claro.

—Al parecer, me han designado voluntario —le dijo Cleve de mala gana— para evitar que sufras cualquier daño.

Billy clavó en Cleve sus ojos, de un azul lechoso, como si el sol siguiera estando en ellos.

—No te molestes. No me debes nada —le dijo.

—Tienes más razón que un santo. Pero parece ser que tengo una responsabilidad social —repuso Cleve con amargura—, que eres tú.

Cleve ya había cumplido dos meses de su condena por tráfico de marihuana en la que era su tercera visita a la cárcel de Pentonville. A sus treinta años, estaba lejos de estar acabado. Era robusto y tenía un rostro delgado y distinguido; a diez metros y con el traje que se ponía para ir al juzgado, podría haber pasado por uno de los abogados. Si uno se acercaba más, se podía percibir la cicatriz que tenía en el cuello, producto de un ataque de un adicto sin blanca, y una cierta precaución en su manera de andar, como si cada vez que daba un paso, estuviera intentando mantener abiertas las puertas para una retirada rápida.

«Todavía eres joven y estás a tiempo de cambiar», le había dicho el último juez. Cleve no había expresado su desacuerdo en voz alta, pero sabía en lo más profundo de su ser que, igual que un leopardo no puede alterar sus manchas, él también había nacido así y no iba a poder cambiar. La vida delictiva era cómoda; el trabajo no. Mientras no le demostraran lo contrario, él seguiría haciendo lo que mejor se le daba, y asumiría las consecuencias si lo pillaban. Cumplir condena no era algo tan desagradable, siempre que mantuvieras la actitud apropiada. El rancho era comestible y la compañía selecta; y le bastaba con tener algo con lo que mantener ocupada su mente para sentirse suficientemente satisfecho. Esos días estaba leyendo sobre el pecado. Eso sí que era un buen tema. En el pasado, había oído muchas explicaciones de cómo había surgido el pecado en el mundo, expuestas por supervisores de libertad condicional, abogados y sacerdotes. Teorías sociológicas, teológicas e ideológicas. Algunas se merecían unos pocos minutos de reflexión. La mayoría eran tan absurdas (se está en pecado desde el momento de la concepción; el pecado es la causa de que los hombres perdieran su estado original) que Cleve se les reía en la cara a sus defensores. Todas acababan cayéndose por su propio peso.

Sin embargo, era un buen hueso que roer. Necesitaba un problema con el que llenar los días; y también las noches, ya que cuando estaba en prisión no dormía bien. Y no era su sentimiento de culpabilidad lo que le impedía conciliar el sueño, sino el de los demás. Después de todo, él no era más que un traficante de marihuana, que vendía a quienes se lo pedían: un engranaje insignificante en la maquinaria consumista; no había nada por lo que debiera sentirse culpable. Pero en la cárcel había otros, y al parecer muchos otros, cuyos sueños no eran tan benévolos y cuyas noches no eran tan tranquilas. Gritaban, se lamentaban; maldecían a los jueces terrenales y a los celestiales. El alboroto era tal que podía haber despertado a los muertos.

—¿Siempre es así? —le preguntó Billy a Cleve cuando llevaba allí alrededor de una semana.

Un recluso recién llegado estaba armando un buen alboroto en su galería: tan pronto lloraba como profería obscenidades.

—Sí. La mayor parte del tiempo —le contestó Cleve—. Algunos necesitan gritar un poco. Evita que se les atrofie el cerebro.

—No es tu caso —señaló la áspera voz proveniente de la litera inferior—. Tú lees tus libros y no te metes en líos. Te he estado observando. A ti no te molesta, ¿verdad?

—Puedo soportarlo —repuso Cleve—. No tengo una mujer que venga aquí todas las semanas y me recuerde lo que me estoy perdiendo.

—¿Ya habías estado antes en la cárcel?

—Dos veces.

El muchacho vaciló un instante antes de continuar:

—Supongo que sabes cómo desenvolverte en este lugar, ¿verdad?

—Bueno, no es que esté escribiendo un manual, pero a estas alturas ya me he hecho una composición general. —Le parecía extraño que el muchacho hubiera hecho ese comentario—. ¿Por qué?

—Curiosidad, nada más —contestó Billy.

—¿Tienes alguna pregunta?

El chico tardó unos segundos en contestar, y luego le dijo:

—He oído que aquí… aquí se ahorcaba.

Lo último que se había esperado Cleve era que el chico saliera con eso. Aunque bueno, hacía ya varios días que había decidido que Billy Tait era un tipo extraño. Las furtivas miradas de reojo de esos ojos azul lechoso; la forma en que observaba fijamente la pared y la ventana, igual que un detective que busca pistas desesperada mente en la escena de un crimen.

—Creo que había un cobertizo donde se ahorcaba —le contestó Cleve.

De nuevo se hizo el silencio; y a continuación llegó otra pregunta, que el chico dejó caer con toda la indiferencia que fue capaz de reunir:

—¿Sigue en pie?

—¿El patíbulo? No lo sé. Aquí ya no se cuelga a la gente, Billy, ¿o es que no te lo han dicho? —No le llegó respuesta alguna desde la litera inferior—. Y de todas manera s , ¿a ti qué más te da?

—Es que soy algo curioso.

En eso Billy tenía razón: era una persona curiosa. Era tan raro, con sus miradas distraídas y su forma de ser solitaria, que la mayoría de los hombres se mantenían a distancia. Lowell fue el único que se interesó por él, y sus motivos para ello no dejaban lugar a dudas.

—¿Me prestas a tu chica esta tarde? —le preguntó a Cleve mientras esperaban en la cola del desayuno.

Billy, que lo había oído, no dijo nada. Cleve tampoco abrió la boca.

—¿Me oyes? Te he hecho una pregunta.

—Te he oído. Déjalo en paz.

—Hay que compartir —repuso Lowell—. Puedo hacerte algunos favores. Ya se nos ocurrirá algo.

—No está disponible.

—Bueno, ¿y qué tal si se lo pregunto a él? —dijo Lowell, sonriendo por entre su barba—. ¿Tú que dices, cariño?

Billy se volvió a mirar a Lowell.

—Digo que no, gracias.

—No, gracias —repitió Lowell, y lanzó a Cleve una segunda sonrisa, con bastante poca jovialidad—. Lo tienes bien amaestrado. ¿También ha aprendido a sentarse y a levantar las patitas?

—Lárgate, Lowell —le espetó Cleve—. No está disponible y no hay más que hablar.

—No puedes mantenerlo vigilado en todo momento —señaló Lowell—. Más tarde o más temprano tendrá que levantarse y andar por su cuenta. A menos que prefiera quedarse de rodillas.

La insinuación se ganó una risotada de Nayler, el compañero de celda de Lowell. Los dos eran hombres a los que Cleve hubiera evitado en una pelea de todos contra todos, pero puesto que sus dotes como fanfarrón estaban pulidas al máximo, echó mano de las mismas.

—Tú no quieres líos —le dijo a Lowell—, la barba solo te puede tapar un número limitado de cicatrices.

Lowell miró a Cleve, ya sin jovialidad alguna. Era evidente que no era capaz de distinguir entre la verdad y un farol, y era igualmente evidente que no estaba dispuesto a arriesgar su reputación.

—Ándate con cuidado —se limitó a decir.

No mencionaron el encuentro del desayuno hasta esa noche, cuando las luces ya habían sido apagadas. Fue Billy quien sacó a colación el tema.

—No deberías haberlo hecho —le dijo—. Lowell es un hijo de puta de cuidado. He oído lo que se cuenta de él.

—Quieres que te violen, ¿es eso?

—No —le respondió Billy al momento—. Claro que no. Tengo que estar en buenas condiciones físicas.

—Como Lowell te ponga las manos encima, no estarás en condiciones de nada.

Billy salió de la litera y se situó en mitad de la celda; en la penumbra, casi no se le veía.

—Supongo que quieres algo a cambio —le dijo.

Cleve volvió la cabeza sobre la almohada y miró la silueta borrosa que tenía a un metro de él.

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