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Authors: Donna Leon

Tags: #Intriga

Amigos en las altas esferas (30 page)

Contarini cerró la cartera y se puso en pie.

—Ahora, sí es posible, me gustaría hablar con mi cliente.

—Desde luego —dijo Brunetti extendiendo la mano hacia el teléfono.

Los tres permanecieron en silencio hasta que Pucetti llamó a la puerta.

—Agente Pucetti —dijo Brunetti, agradecido al observar que el joven agente jadeaba por haber subido la escalera corriendo en respuesta a su llamada—, acompañe al
avvocato
Contarini a la sala siete, para que hable con su cliente, por favor.

Pucetti gruñó un saludo. Contarini se levantó y miró interrogativamente a la
signorina
Dolfin, que denegó con un movimiento de la cabeza y permaneció sentada. El abogado dijo unas frases de cortesía y salió del despacho con la sonrisa fija en los labios.

Brunetti, que se había levantado para despedir a Contarini, se sentó y miró a la
signorina
Dolfin. No dijo nada.

Pasaron varios minutos hasta que, finalmente, ella dijo, con voz perfectamente natural.

—No podrán hacerle nada. El Estado lo protege.

Brunetti estaba decidido a guardar silencio. Sentía curiosidad por ver cómo respondía ella a aquella táctica. Él no hacía nada, no movía los objetos de encima de la mesa ni juntaba las manos. Sólo la miraba con expresión neutra.

Al fin ella preguntó:

—¿Qué van a hacer?

—Acaba usted de decirlo,
signorina
—concedió él.

Siguieron sentados como dos estatuas sepulcrales, hasta que ella no pudo resistir más:

—No me refería a eso. —Desvió la mirada hacia la ventana y volvió a fijarla en Brunetti—: No a mi hermano. Quiero saber qué van a hacerle a él. —Por primera vez, Brunetti vio emoción en su cara.

Brunetti no tenía intención de jugar con ella, por lo que no fingió confusión.

—¿Habla de Dal Carlo? —preguntó, omitiendo todo tratamiento.

Brunetti sopesó todos los factores, sin olvidar el de lo que podía ocurrirle a su propio apartamento si en el Ufficio Cataste se imponía la legalidad rigurosa.

—Pienso echarlo a los lobos —dijo Brunetti con fruición.

Ella abrió mucho los ojos con asombro.

—¿Qué quiere decir?

—Le mandaré la Guardia di Finanza. Estarán encantados de ver sus estados de cuentas, los apartamentos que posee, las inversiones de su esposa… —dijo esta palabra con énfasis—. Y una vez ellos empiecen a preguntar y a ofrecer inmunidad a todo el que le haya ofrecido un soborno, le va a caer encima una avalancha que lo sepultará.

—Perderá el puesto —dijo ella.

—Lo perderá todo —rectificó Brunetti, obligándose a esbozar una sonrisita helada.

Ella, consternada por tanto encono, lo miraba boquiabierta.

—¿Quiere oír más? —preguntó él, fuera de sí al comprender que, por más que le hicieran a Dal Carlo, ni a ella ni a su hermano podrían tocarlos. Los Volpato seguirían siendo los buitres de
campo
San Luca y toda posibilidad de encontrar al responsable de la muerte de Marco se había perdido por las mentiras en letra impresa que habían librado de todo peligro al hijo de Patta.

Consciente de que ella no tenía responsabilidad alguna por eso último, pero deseoso de hacérselo pagar de todos modos, Brunetti prosiguió:

—Los periódicos harán sus deducciones: La muerte de Rossi, un sospechoso con señales de la mordedura de la muchacha asesinada, indultado por incapacidad mental y la posible implicación de la secretaria de Dal Carlo, una mujer madura, una
zitella
—recalcó, sorprendiéndose a sí mismo por la violencia del desdén que puso en la palabra «soltera»—.
Una zitella nobile
—prácticamente escupió la última palabra—, locamente enamorada de su jefe, un hombre más joven y casado —subrayó los adjetivos bochornosos— que casualmente tiene un hermano que ha sido declarado mentalmente incapacitado y que, por consiguiente, podría ser el sospechoso de la muerte de Rossi. —Se interrumpió mientras ella echaba el cuerpo hacia atrás, horrorizada—. Y deducirán que Dal Carlo estaba involucrado en los asesinatos, y nunca quedará libre de sospecha. Y usted —dijo señalándola con el índice—, usted le habrá hecho eso. Ése será el último servicio que preste al
ingeniere
Dal Carlo.

—Usted no puede hacer eso —dijo ella con una voz que se alzó, descontrolada.

—Yo no haré nada,
signorina
—dijo él, estupefacto por el placer que le causaba decir esas cosas—. Eso lo dirán los periódicos. O lo insinuarán, pero no importa de dónde salga la información, puede estar segura de que la gente que la lea la creerá y sacará sus conclusiones. Y lo que más les gustará será eso de la
zitella nobile
entrada en años, loca por un hombre más joven. —Se inclinó sobre la mesa y casi gritó—: Y pedirán más.

Ella movió la cabeza negativamente, con la boca abierta. Si la hubiera abofeteado, lo hubiera soportado mejor.

—Pero no pueden hacer eso. Soy una Dolfin.

Brunetti, asombrado, no pudo por menos de echarse a reír. Apoyó la cabeza en el respaldo del sillón y se permitió el desahogo de una carcajada súbita y brutal.

—Ya sé, ya sé —dijo, controlando la voz con dificultad entre accesos de hilaridad—. Usted es una Dolfin, y los Dolfin no hacen las cosas por dinero.

Ella se puso en pie, con una cara tan roja y atormentada que lo serenó instantáneamente. Asiendo el bolso con dedos agarrotados, dijo:

—Yo lo hice por amor.

—Pues que Dios la asista —dijo Brunetti alargando la mano hacia el teléfono.

Autor
[*]

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