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Authors: Kenneth Robeson

Tags: #Aventuras, Pulp

Asesinos en acción

BOOK: Asesinos en acción
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Clark «Doc» Savage Jr.
es un médico, cirujano, científico, aventurero, inventor, explorador, investigador, y, como se revela en
El tesoro Polar,
un músico. Un equipo de científicos reunidos por su padre, entrenaron su mente y cuerpo a las capacidades casi sobrehumanas desde el nacimiento, dándole una gran fuerza y resistencia, una memoria fotográfica, un dominio de las artes marciales y un vasto conocimiento de las ciencias. Es también un maestro del disfraz y un excelente imitador de voces.

Cinco individuos
forman el equipo que le acompaña en sus aventuras, expertos en áreas concretas: Andrew Blogget «Monk» Mayfair (químico), Theodore Marley «Ham» Brooks (abogado), John «Renny» Renwick (ingeniero), Thomas J. «Long Tom» Roberts (ingeniero electrónico) y William Harper «Johnny» Littlejohn (arqueólogo y geólogo).

En esta aventura,
el magnate maderero de Nueva Orleáns, Eric Danielsen, y su encantadora hija, Edna, sufren un atentado en el avión que los lleva a Nueva York, donde Eric espera encontrarse con su viejo amigo, Ham. Está metido en un lío tremebundo y sin duda la agilidad mental de Ham y su amistad con el prodigioso «hombre de bronce» le ayudarán en la vicisitud.

Kenneth Robeson

Asesinos en acción

Doc Savage 3

ePUB v1.0

Dirdam
22.05.12

Título original:
Quest of the Spider

Kenneth Robeson (Lester Dent), mayo de 1933

Traducción: Zoe Godoy, 1936

Ilustración de cubierta: Walter Baumhofer

Editorial: Molino, 1936, colección «Hombres audaces»

Editor original: Dirdam (v1.0
)

ePub base v2.0

Capítulo I

El enemigo ataca

Un cometa cruzó con ímpetu el nubloso cielo de estío. Pero un cometa de acero, obra del hombre, el correo aéreo entre Nueva Orleans y Nueva York.

De sus tres motores, fuente de energía, surgía y difundíase por el espacio un zumbido ronco, ininterrumpido, potente.

En su cámara de popa distraían sus ocios doce pasajeros. De entre ellos, unos hojeaban diarios o revistas; otros jugaban al
bridge.

No habrían estado más a sus anchas leyendo a la luz de la lámpara de sus respectivos hogares.

No parecían, sin embargo, tan tranquilos, dos de ellos, que se mantenían aparte. Sus rostros reflejaban la tensión de sus nervios. Sus ojos expresaban el temor.

Mas estaba claro que no motivaba, exclusivamente, su miedo al viaje en aeroplano.

Sus miradas escudriñaban, infatigables, el mar de nubes en que navegaba, como si aguardaran ver surgir, de súbito, entre ellas, una garra, una muerte espantosa e implacable como el Destino.

—Tranquilízate, Edna —murmuró uno de ellos—. Aquí estamos seguros.

Era un hombre cuya figura voluminosa se destacaba, prominente, el asiento de mimbre que ocupaba.

Sus manos eran toscas, nudosas; su cabello, rubio y áspero, canoso en las sienes y alborotado, en aquellos momentos, por el frotamiento incesante a que le sometían los dedos impacientes de su dueño, cuya preocupación era manifiesta.

Un artista de viva imaginación podía haberle tomado de modelo para un retrato del vikingo Eric el Rojo, famoso por sus buenos puños.

Y ved qué casualidad, su nombre era también Eric: Eric el Gordo, como le llamaban sus íntimos, presidente de la Compañía Maderera Danielsen y Haas, célebre en todo el sur de los Estados Unidos.

Todos los que intervenían en esta rama de la industria habían oído hablar de mister Danielsen —o Eric el Gordo— que, de simple trabajador de un aserradero, había subido al poder de la presidencia y adquirido un capital de unos cuantos millones.

—¡Oh, es todo un caballero! ¡Un aristócrata del dinero! —se decía de él—. Con todo, no tiene enemigos.

De haber contemplado entonces el rígido semblante y los músculos en tensión del millonario maderero, hubiera el vulgo variado de opinión.

Su aspecto era el de aquel que aguarda ser herido de un momento a otro, por una mano traidora.

—Procura dormir un poco, papá —sugirió la muchacha, a quien Eric había llamado Edna—. Te has pasado toda la noche en vela, revólver en mano. ¡Oh, no digas que no, porque te he visto!

Era notable la semejanza existente entre padre e hija. Esta poseía la misma expresión enérgica de mister Danielsen, sus celestes pupilas y rubios cabellos.

También había heredado de él una estatura aventajada. Pero era una belleza.

Una casa importante de películas le ofreció, en cierta ocasión, una pequeña fortuna si se dejaba filmar. Edna mató en flor sus ilusiones.

Su salario como vicepresidenta de la Compañía Maderera —repuso— excedía a aquel que se le ofrecía. El talento y la belleza no suelen ir unidos, mas Edna constituía una excepción a la regla.

Que era atractiva en extremo, lo demostraba el hecho de que, con la sola excepción de aquellos que iban con sus esposas, todos los pasajeros del aeroplano se habían colocado de manera que pudieran dirigirle furtivas miradas de vez en cuando.

Sólo un pasajero parecía indiferente a sus encantos y éste, ¡cosa singular!, pertenecía a ese tipo aniñado y empalagoso que importuna, con frecuencia, a las mujeres bonitas con su atención impertinente.

Llevaba el cabello peinado hacia atrás, tan pegado y brillante, que su cabeza parecía la concha engrasada de una tortuga negra. La expresión de su rostro era poco agradable.

Un momento antes, el insípido desconocido había visitado el lavabo, situado en la parte posterior de la cámara, y, al pasar por delante de Eric y de su hija, había vuelto la cara.

—¡Hay algo extraño en la actitud de ese hombre!— había murmurado Eric el Gordo.

—Yo estaba pensando lo mismo, papá —replicó la hermosa Edna.

La cámara del aeroplano, sólo aislaba en parte los sonidos procedentes de su interior. De modo que, desde su asiento, oían hablar los pasajeros en el departamento del piloto, al ayudante de éste, que comunicaba por la radiotelefonía con la nave-aviso más próxima.

Le indicaba el estado general de la atmósfera en la región que atravesaban y se informaba, al propio tiempo, de los partes referentes al estado de aquella que iban a recorrer.

—Voy a verle la cara a ese gigoló del pelo planchado —gruñó de pronto mister Danielsen, sin quitar los ojos de encima al individuo en cuestión, que iba sentado delante de ellos.

Sacó del bolsillo posterior del pantalón un revólver descomunal y lo trasladó a uno de los bolsillos de la americana, con objeto de tenerlo más a mano, por si era necesario.

—No cometas ninguna imprudencia, papá —le aconsejó Edna.

Eric el Gordo trató de reír. Pero era tan grande la tensión de sus nervios, que su risa sonó a hueco.

—Tranquilízate —dijo—; no soy impulsivo hasta el extremo de disparar a quemarropa sobre la persona que me parezca sospechosa, aun cuando ésta fuera, en realidad, el Araña Gris o uno de sus hombres.

El nombre debía tener un terrible significado, porque su sola mención alteró la plácida expresión del semblante de Edna.

—¿Crees —inquirió, titubeando—, que nos servirá de algo nuestro viaje a Nueva York?

Eric el Gordo apretó los dientes.

—¡Estoy seguro de ello! —replicó en tono firme.

—Todavía ignoro el nombre del caballero a quien vamos a visitar —murmuró su hija.

—Al brigadier Teodoro Marley Brooks —la contraída faz de Eric perdió parte de su expresión atormentada, al añadir soñadoramente—: le conocí en Harvard, cuando cursaba mis estudios. Yo era entonces un haragán; Ham tenía una inteligencia viva y despierta. Mas no por ello me despreció.

—¿Ham es un apodo?

—Sí. Es muy posible que le bautizaran así durante la guerra. Siempre tuvo delirio por las aventuras. Incluso en sus tiempos de estudiante llevaba un bastón, inofensivo en apariencia, de caña negra, que, en realidad, era un estoque. Él le sacó de apuros en más de una ocasión. Siempre entablaba pendencias. Así y todo, no ha salido de la Universidad de Harvard un abogado tan excelente como él. En la campaña del 17 le concedieron el grado de brigadier, se dice que como recompensa de las muchas vidas que salvó… miles de vidas de nuestros soldados.

Edna Danielsen parecía dudar.

—¿Podrá ayudarnos por más buen abogado y pensador que sea? —insinuó—. El Araña Gris ha formado una vasta organización; sus hombres se cuentan por cientos, por millares. ¿Cómo puede luchar solo, un brigadier, contra todo un ejército? Es imposible. Ni aún cuando fuera un superhombre, conseguiría derrotarlo.

Una sonrisa burlona entreabrió los firmes labios de Eric el Gordo.

—Ham conoce a cierta persona extraordinaria. Por eso voy a verle —replicó.

Edna le miró con perpleja expresión.

—No comprendo…

—¡Doc Savage! —Un sentimiento de respeto hizo temblar la voz del maderero.

Mencionaba aquel nombre como el de Mussolini un italiano; como el nombre de Alá un religioso mahometano, o como el de Dios un sacerdote cristiano.

A juzgar por el acento empleado entonces por Danielsen era obvio que Doc Savage era un ser sobrenatural.

—¡Ham conoce a Doc Savage —dijo con orgullo—, por consiguiente, le pediremos que nos ayude a defendernos del Araña Gris!

Eric el Gordo creía, por lo visto, haber resuelto el problema con esta idea genial.

La hechicera Edna alzó las arqueadas cejas.

—Hablas de ese Doc como si fuera un personaje notable —murmuró—, y, sin embargo, jamás oí hablar de él.

—¿Jamás oíste hablar de Clark Savage, júnior?

—¡Ah! Pero, ¿es ese tu Doc? —exclamó Edna—. ¿El mismo que ha perfeccionado la nueva especie de un árbol que se desarrolla rápidamente? Con un crecimiento tan rápido jamás desaparecerán los bosques de la superficie de la tierra. Pero, ¿qué utilidad nos reportará semejante descubrimiento? ¡Nosotros no necesitamos bosques!

—No —dijo, sonriendo, Danielsen—. Mas Doc Savage es grande. Sus conocimientos se extienden más allá del campo de la Botánica; abarcan la Medicina, la Ingeniería, la Geología… Y, ¡qué sé yo cuántas ciencias más!

—Sus conocimientos de nada nos servirán —dijo Edna, cuya sola preocupación del momento era el origen de sus males—. Ni tú ni Doc, ni tu Ham pueden competir en astucia o maldad con el Araña Gris.

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