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Authors: Isaac Asimov

Tags: #Ciencia Ficción

El fin de la eternidad

 

Andrew Harlan ha cometido un crimen, pero su acto no es un simple delito. La ley que ha quebrantado es la más importante de todas para un Ejecutor: la ley que impide que miles de años de historia sean borrados y reescritos de forma irreversible por la guerra, la muerte y la decadencia. Ni siquiera la Eternidad, la organización a la que pertenece, puede detenerle.

Isaac Asimov

El fin de la eternidad

ePUB v2.0

Batera
19.05.11

Título original: The End of Eternity

Traducción de Fritz Sengespeck

© 1955, Isaac Asimov

© 2004, Random House Mondadori, S. A.

© Fritz Sengespeck por la traducción
Traducción cedida para esta edición por Ediciones Martínez Roca, S. A.

 

ISBN: 84-9793-353-2
Depósito legal: B. 26.569 - 2004

A Horace L. Gold

1
El Ejecutor

A
ndrew Harlan entró en la cabina. Sus lados perfectamente esféricos se ajustaban dentro de un tubo vertical formado por barras metálicas muy espaciadas, cuyos extremos parecían fundirse en el vacío, a unos dos metros sobre la cabeza de Harlan. Éste situó los mandos y tiró poco a poco de la palanca de arranque.

La cabina no se movió.

Harlan tampoco se lo había propuesto. Sabía que no iba a haber movimiento, ni arriba ni abajo, a derecha o izquierda, ni adelante o atrás. En cambio, los huecos entre las barras se llenaban de una opacidad grisácea, sólida al tacto pero inmaterial, sin embargo. Al mismo tiempo sintió aquella ligera opresión en el estómago, la leve sensación de náusea (tal vez psicosomática), que le decía que todo cuanto contenía la cabina, incluyéndole a él, estaba siendo lanzado al hipertiempo a través de la Eternidad.

Había entrado en la cabina en el Siglo 575, la Base Temporal donde fue destinado dos años antes. En aquel entonces, el 575 era el hipertiempo más distante que había visitado nunca. Ahora se desplazaba hacia el hipertiempo del Siglo 2456.

En circunstancias normales le habría intimidado un poco la perspectiva de aquel viaje. Su Siglo natal estaba en el lejano hipotiempo, en el Siglo 95, para ser exactos. El 95 era un Siglo muy restrictivo en el empleo de la energía atómica, aficionado a lo rústico, gran consumidor de madera natural para sus construcciones, gran exportador de licores a los cercanos isotiempos e importador de semillas forrajeras. Aunque Harlan no había regresado al 95.° desde que empezó su formación especial como Aprendiz a los quince años, experimentaba siempre aquella sensación de nostalgia cuando se alejaba de «su» Siglo. En el 2456.° estaría a casi doscientos cuarenta milenios del día de su nacimiento, y eso era mucho, incluso para un empedernido Eterno.

Tal habría sido su estado de ánimo en circunstancias normales.

Pero en aquel momento. Harlan no podía pensar otra cosa sino que los documentos le pesaban en el bolsillo, y que su plan le pesaba en la conciencia. Estaba algo asustado, algo tenso, algo confuso.

Fueron sus manos, como si estuviesen dotadas de voluntad propia, las que detuvieron la cabina en el Siglo previsto y en la forma prevista.

Era extraño que un Ejecutor estuviera tenso o nervioso. Como dijo en cierta ocasión el Instructor Yarrow:

«Ante todo, el Ejecutor debe ser impasible. El Cambio de Realidad a programar puede afectar la vida de cincuenta mil millones de seres, o más. Un millón o más pueden quedar afectados de tal modo que deberá considerárseles como individuos nuevos. Dadas estas condiciones, un temperamento emotivo sería un serio inconveniente para el Ejecutor».

Harlan meneó la cabeza casi salvajemente, para aventar el recuerdo de las secas palabras de su maestro. En aquellos días no podía suponer que él mismo reunía las peculiares condiciones exigidas. Sin embargo, ahora le embargaba la emoción. No por cincuenta mil millones de seres, ¡qué le importaban a él cincuenta mil millones!

Era solo por una persona. Sólo una.

Al notar que la cabina se había detenido interrumpió sus divagaciones para recobrar la mentalidad fría e impersonal que cuadraba a un Ejecutor, y salió del aparato.

La cabina que dejaba, desde luego, no era la misma donde había entrado, en el sentido de que no estaba compuesta de los mismos átomos. Aquello no le preocupaba más que a cualquier otro Eterno. El centrarse en la «mística» de la Traslación Temporal, dejando de lado el mero hecho de su existencia, constituía la meta de todo Aprendiz tan pronto como era admitido a la Eternidad.

Se detuvo un instante frente a la cortina infinitamente delgada de No-Espacio y No-Tiempo que le separaba en un sentido de la Eternidad y en otro del Tiempo normal.

Aquella Sección de Eternidad sería del todo nueva para él. Conocía sus peculiaridades a grandes rasgos por haberlas estudiado en el «Manual de todas las Épocas». Sin embargo, la experiencia directa nunca dejaba de ser un choque para el que convenía estar preparado.

Ajustó los mandos, operación sencilla cuando se trataba de pasar a la Eternidad, pero muy complicada para ingresar en el Tiempo normal, una traslación mucho menos frecuente. Atravesó la cortina y al instante quedó cegado por un aluvión de reflejos. Levantó instintivamente una mano para cubrirse los ojos.

Un individuo le esperaba. Harlan, deslumbrado, apenas conseguía distinguirlo.

—Soy el Sociólogo Kantor Voy —dijo el hombre a Harlan—. Supongo que usted es el Ejecutor Harlan.

Harlan asintió.

—¡Santo Cronos! ¿No podría moderar esa decoración?

Voy miró a su alrededor y dijo con indulgencia:

—¿Se refiere a las películas moleculares?

—En efecto —dijo Harlan—. El «Manual» ya las menciona, pero no dice nada de esta orgía de reflejos.

Tenía bastante motivo para enojarse, pensó Harlan. En el Siglo 2456 predominaba la materia, lo mismo que en casi todos los Siglos; cabía esperar una compatibilidad fundamental entre ellos. No presentaba la absoluta confusión (para alguien nacido en una época de predominio material) de los remolinos energéticos del 300.° o de los campos dinámicos del 600.°. En el Siglo 2456, para descanso de los Eternos que lo visitaran, la materia era empleada para todo, desde un clavo hasta un edificio.

Desde luego, existían distintas clases de material. A un miembro de un Siglo con predominio de la energía tal vez le pasaran desapercibidas. Para él, todas las materias serían variaciones sobre un mismo tema basto, pesado y bárbaro. Pero Harlan, educado en un medio de formas materiales, reconocía diferencias entre la madera, los metales (con distinción entre ligeros y pesados), los plásticos, la sílice, el hormigón, el cuero, y así sucesivamente.

Pero ¡una materia compuesta enteramente de espejos!

Tal fue su primera impresión del 2456.°. Todas las superficies reflejaban y emitían luz. En todo aparecía la ilusión del pulimento perfecto, debido a la presencia de una película reflectante. Y en la infinita repetición de su propia imagen, de la del Sociólogo Voy y de cuanto les rodeaba, Harlan no veía más que confusión. ¡Una confusión absurda y vertiginosa!

—Lo siento —dijo Voy—. Es una costumbre de este Siglo y la Sección competente estima que conviene adoptar en lo posible las costumbres locales. Pronto se acostumbrará a ello.

Voy anduvo rápidamente sobre las huellas de otro Voy, su reflejo invertido en el suelo. Alargó una mano y puso a cero un indicador capilar que se desplazaba sobre una escala en espiral.

Los reflejos desaparecieron y la iluminación adoptó una intensidad soportable. A Harlan le pareció que su mundo regresaba a la normalidad.

—Acompáñeme, por favor —dijo Voy.

Harlan le siguió por varios corredores que momentos antes, supuso, estallaban de luces y resplandores enloquecidos. Subieron por una rampa, y después de cruzar una antecámara, penetraron en un amplio despacho.

Durante el breve recorrido no vieron alma viviente. Harlan estaba tan acostumbrado a eso, le parecía tan normal, que le habría sorprendido y casi escandalizado distinguir alguna figura humana tratando de apartarse de su camino. Sin duda, la noticia de la llegada de un Ejecutor había corrido pronto. Hasta Voy se mantenía apartado de él, y cuando la mano de Harlan rozó casualmente el brazo del Sociólogo, éste se hizo a un lado con evidente sobresalto.

Harlan se sorprendió un poco al notar cierta amargura ante tal reacción. Se creía revestido de una coraza mucho más fuerte, más eficazmente insensible. Si estaba equivocado, si su armadura tenía puntos débiles, solo podía haber una causa:

 ¡Noys!

El sociólogo Kantor Voy se inclinó hacia el Ejecutor en un gesto que parecía bastante cordial, pero Harlan no podía dejar de notar que estaban sentados en los extremos opuestos de una mesa bastante larga.

Voy dijo:

—Me complace que nuestro pequeño problema haya interesado a un Ejecutor de su fama.

—Sí —dijo Harlan en el tono frío e impersonal que todos esperaban de él—. Presenta algunos aspectos interesantes.

Pensó si parecería lo bastante imparcial. A lo peor estaba dejando entrever sus verdaderos motivos, y su delito era delatado por las gotitas de sudor que acompañaban su frente.

Sacó de un bolsillo interior la transparencia con el resumen del Cambio de Realidad proyectado. Era el mismo texto enviado al Gran Consejo Pantemporal un mes antes. Gracias a sus relaciones con el Jefe Programador Twissell (el ilustre Twissell), no le fue difícil a Harlan hacerse con el proyecto.

Antes de desenrollar la lámina dejando que se extendiera sobre la superficie de la mesa donde quedaría retenida por un débil campo paramagnético, Harlan hizo una breve pausa.

La película molecular que cubría la mesa había sido opacada, pero no del todo. El movimiento de su brazo atrajo su mirada, y por un momento el reflejo de su propio rostro pareció contemplarle hoscamente desde la mesa. Tenía treinta y dos años, pero parecía más viejo. No necesitaba que nadie se lo dijera. Quizá su rostro alargado y las cejas negras sobre unos ojos aún más oscuros contribuyesen a darle la expresión severa y la fría mirada que todos los Eternos asimilaban a la caricatura de un Ejecutor. O quizás era solo su propia convicción de ser un Ejecutor.

En seguida extendió la transparencia sobre la mesa y volvió al asunto que le traía allí.

—Yo no soy Sociólogo, señor mío... 

Voy sonrió.

—Eso suena formidable. Cuando alguien empieza por manifestar su incompetencia en cualquier especialidad, generalmente anuncia que se dispone a formular una opinión categórica.

—No se trata de una opinión —dijo Harlan—. Sólo de una petición. Deseo que examine este resumen y me diga si no ha cometido usted un pequeño error en alguna parte.

Voy se puso serio inmediatamente.

—Espero que no.

Harlan dejó colgar un brazo sobre el respaldo, y la otra mano sobre las piernas. No era cuestión de tamborilear con los dedos sobre la mesa, ni de morderse los labios. No debía permitir que le traicionasen sus emociones.

Desde aquel instante que cambió toda la orientación de su vida, había estudiado con atención todos los proyectos de Cambios de Realidad que pasaban por la maquinaria administrativa del Gran Consejo Pantemporal.

Como Ejecutor adjunto al Jefe Programador Twissell podía hacerlo, saltándose un poco la ética profesional. Menos mal que Twissell estaba cada vez más entretenido con su propio y más importante proyecto. (Las aletas de la nariz de Harlan se dilataron. Ahora sabía algo acerca de la naturaleza de tal proyecto.)

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