Especies en peligro de extinción

 

El vuelo 815 de Oceanic Airlines se ha estrellado en medio del océano Pacífico y tiene muy pocas probabilidades de ser rescatado. Sus 48 supervivientes luchan por subsistir y encontrar una forma de salir adelante en una isla misteriosa y extraña que no les pone las cosas fáciles. A la búsqueda de comida y agua y un lugar donde refugiarse se une la presencia de peligrosos animales en la selva y el hecho de que no están solos en la isla...

Además, el aislamiento y el verse rodeados de extraños en esa isla fuerza a cada pasajero a enfrentarse a sus demonios interiores.

Faith Harrington es una bióloga y luchadora por el medio ambiente que subió al avión huyendo de su pasado y que se verá obligada a enfrentarse a él cuando despierte en medio del caos del accidente.

Los peligros de la isla la harán recordar su pasado y le darán la oportunidad de empezar de nuevo o de fracasar en el intento, si la isla no acaba antes con ella.

La historia de uno de los pasajeros anónimos de la serie de televisión de Perdidos, que tiene lugar en los primeros dos días de su odisea.

Las novelas de Perdidos están situadas por completo dentro de la continuidad de la serie de TV y transcurren dentro de la isla, aportando detalles e información sobre los personajes y la trama que tiene en vilo a los telespectadores desde que se comenzara a emitir la serie hace ya más de un año.

Cathy Hapka

Especies en peligro de extinción

ePUB v3.0

Johan
08.07.12

Título original:
Endangered Species

Cathy Hapka, Noviembre 2005.

Editor original: Johan (v1.0 a v3.0)

Corrección de erratas: Johan

ePub base v3.0

—1—

Faith sentía los ojos pesados, como si le hubieran pegado los párpados mientras dormía. Recuperó la consciencia poco a poco, yaciendo completamente inmóvil, manteniendo los ojos cerrados, frustrada por la fugaz sensación de que había pasado algo terrible. ¿Por qué nunca podía recordar sus sueños? Se apartaban de su lado en cuanto abría los ojos, manteniéndose fuera de su alcance, donde no podía recuperarlos, dejando atrás un estado de ánimo o un recuerdo confuso... Por mucho que intentara recapturar los detalles del sueño, permanecían perdidos para siempre.

Fue consciente de que algo puntiagudo le pinchaba la espalda, y desplazó el peso del cuerpo. En vez de oír el crujido de los viejos muelles de su colchón oyó bajo ella un suave crujido de hojas y ramas.

Abrió los ojos. Lo primero que vio fue un fogonazo de plumas de colores —verde, rojo, azul turquesa, marrón brillante— reflejando la luz del sol y el zumbante aletear de un ave en vuelo.

El corazón le dio un vuelco. ¿Seguía soñando? ¿O de verdad había visto...?

Un grito de terror le traspasó los tímpanos antes de que pudiera terminar de formular esa idea. Una fracción de segundo después oyó el inconfundible sonido del dolor —gritos, chillidos, voces roncas pidiendo ayuda con desesperación— junto a otros sonidos que no reconoció. La mente se le quedó en blanco durante un desorientador momento, negándose a aceptar toda la información confusa que le comunicaban los sentidos.

¿Dónde estaba?

Entonces se acordó: ¡el avión! Se estremeció ante los recuerdos: las fuertes turbulencias, el chillido de los motores forcejeando por detener el repentino descenso, la máscara de oxígeno cayendo ante su cara desde el techo como un tentáculo de plástico, la mareante sensación del aire descendiendo debajo de ella una y otra vez mientras el avión se precipitaba a tierra, proyectando su estómago hacia la garganta como si se encontrara en la montaña rusa más aterradora del mundo.

Después todo se oscureció. ¿Y ahora qué?

Faith se incorporó, una piedra de bordes afilados le cortó la carne blanda de la palma de la mano. Ignoró el dolor y se puso en pie tambaleándose. Sentía todo el cuerpo dolorido, inestable y sin coordinación. Igual que la mente, ya puestos. Sentirse tan torpe le producía una sensación cercana al vértigo, como si todo su ser se tambalease al borde del pánico.

Estaba sola en una selva, en un claro salpicado por motas de luz de sol. Lianas llenas de hojas ascendían entre los esbeltos troncos de desconocidos árboles tropicales. Las palmeras se alzaban hacia el cielo, y sus copas se mecían por una suave brisa que cortaba el aire húmedo. El olor dulzón de las flores atrajo su mirada hacia un racimo de capullos tropicales, una pincelada de brillante color que resaltaba entre tanto verdor.

La escena era hermosa, casi demasiado, como salida de un cuadro pintado en tonos antinaturalmente chillones, o un sueño tan vivido que resulta evidente que no puede ser real ni estando sumido en él. Los gritos y el agudo chirrido mecánico que supuso sería el motor del avión estaban lo bastante amortiguados por el follaje como para sonar distorsionados e irreales.

Se apoyó en el tronco de un árbol cercano buscando sostenerse sobre las temblorosas piernas y respiró hondo. A veces, cuando conseguía acordarse de respirar —aspirar, exhalar, aspirar, exhalar— , podía adelantarse a los ataques de pánico antes de que se apoderasen de ella.

Obligó a sus pulmones a respirar hondo una y otra vez, intentado calmarse. Captó un borrón de movimiento por el rabillo del ojo. Volvió la cabeza para ver una serpiente verde esmeralda de medio metro de largo reptando por una rama a solo unos centímetros de su cara. Su lengua bífida entraba y salía mientras la miraba con sus reptilescas pupilas elípticas.

Morelia viridis,
pensó, identificando a la serpiente cuyo cuerpo sinuoso se desplazaba con gracia por la rama.

El ver la serpiente hizo que se sintiera de pronto más calmada, más confiada, como cuando se ve una cara conocida en una habitación llena de personas desconocidas. La serpiente desapareció en un racimo de hojas al final de la rama, y Faith volvió a respirar hondo, intentando pensar qué hacer a continuación.

Sintió un dolor pulsante en la pierna y se la miró. Tenía su mejor falda rasgada hasta media costura, la blusa de seda falsa manchada de barro y suciedad, y no llevaba zapatos. Tenía los brazos arañados y el dolor que sentía era debido a un corte muy feo en la espinilla izquierda. Aparte de eso, parecía estar en buenas condiciones pese a las circunstancias.

Asombroso,
pensó, mirando al parche de cielo azul visible entre las frondas. ¿Había hecho el piloto un aterrizaje de emergencia en esa selva? Si era así, ¿cómo es que había acabado allí, sola?

Pensar le resultaba extrañamente difícil y pronto renunció a obtener respuesta a su pregunta. Miró en dirección a la fuente de la mayoría de los sonidos. El corazón se le aceleró al oír la voz de una mujer chillando de terror. Como siempre que oía o veía a alguien en apuros, su primer instinto fue echar a correr hacia delante para hacer todo lo que estuviera en su mano para ayudar.

Aun así, se quedó inmóvil durante un largo instante, apoyada en el tronco del árbol. Su mente parecía moverse tan torpemente como una serpiente recién despertada de su letargo invernal. Una parte de su ser reconoció la sensación que solía atenazarla en los momentos más tensos de su vida. Su hermana solía llamarlos los momentos "si tan sólo" de Faith.
Si tan sólo
no estuviera pasando esto.
Si tan sólo
pudiera hacer retroceder el tiempo y hacer que las cosas fueran de otro modo.
Si tan sólo...

En algún lugar en la distancia, un pájaro lanzó un grito agudo y ese sonido la sacó de su estupor. No tenía tiempo para uno de esos momentos. Nunca le habían hecho bien; de hecho, solían empeorar las cosas. Si había aprendido alguna cosa de valor en su viaje a Australia, era justamente eso.

Una vez volvió a funcionarle la mente, resultó evidente lo que debía hacer: dirigirse al origen de esos alarmantes sonidos, descubrir lo que había pasado e intentar ayudar si podía. Dedujo la dirección de la que provenían la mayoría de los gritos y sonidos, abandonó el claro cubierto y se abrió paso entre la vegetación circundante.

Oyó detrás de ella el chasquido de una rama al quebrarse; sonó como un disparo. Faith giró sobre sus talones. Una mujer alta y delgada, con largos y ondulados cabellos color castaño, le daba la espalda parada a la moteada sombra de un gran árbol situado a pocos metros de ella. Vestía pantalones pardos y una camiseta abullonada de algodón blanco.

—Ah, hola —farfulló Faith.

La mujer la miró por encima del hombro, pareciendo tan sorprendida de encontrar a Faith como Faith de encontrarla a ella. Por un momento no respondió al saludo, y permaneció inmóvil donde estaba. Tenía el rostro manchado de suciedad y la frente salpicada de sudor. Parecía tener la misma edad de Faith, con pómulos elevados y ojos inteligentes.

—Hola —dijo por fin la desconocida, con voz algo temblorosa.

La mujer seguía dándole la espalda, y Faith notó que tenía los hombros extrañamente encogidos hacia delante. Se preguntó si estaría sujetándose un brazo roto contra el estómago o si tendría una herida en el torso.

—¿Necesita ayuda? ¿Está herida? —preguntó Faith preocupada.

—Estoy bien.

Faith dio un paso hacia ella, esperando todavía a que se volviera. Pero la mujer siguió dándole la espalda, mirándola con temor por encima del hombro. Normalmente Faith habría aceptado lo que implicaba ese gesto y se habría ido, pero no había nada normal en esa situación.

—¿Dónde están los demás? —preguntó, dando otro paso hacia la desconocida— El avión... ¿Ibas en el avión?

La segunda pregunta le resultó idiota nada más dejó sus labios. ¿De dónde si no podía haber salido la mujer?

Pero la desconocida no pareció darse cuenta.

—La playa —se limitó a responder, moviendo la cabeza hacia la derecha—. Los demás están en la playa.

Faith se volvió para mirar en esa dirección, captando por entre la pantalla de vegetación un atisbo de cielo abierto y un distante horizonte acuático.

—Gracias —dijo—, ¿No deberíamos...?

Su voz se perdió mientras se volvía. La mujer no estaba.

Pestañeó, preguntándose por un desconcertante momento si de verdad había visto a la misteriosa joven. ¿Por qué se había ido a la primera oportunidad? ¿Por qué había parecido tan reticente a volverse y mirar a Faith? ¿Qué había querido decir con esa mirada?

Decidió que igual encontraba en la playa mencionada por la mujer las respuestas a esas preguntas y a otras muchas, se volvió y corrió en la dirección indicada. Esquivó ramas de árbol, se agachó para evitar nubes de mosquitos y se abrió paso apartando vegetación que goteaba condensación. Avanzar no era fácil. Para cuando llegó al borde de la selva, iba empapada en sudor y tenía los pies destrozados y desgarrados por pisar piedras afiladas y demás.

Pero todo esto quedó olvidado al apartar la última rama cubierta de hojas y contemplar la escena que se abría ante ella.

Enormes trozos de metal estaban dispersos formando un amplio círculo en la extensa playa, aquí y allí se encontraban grandes pedazos del cuerpo del avión dispersos en melladas piezas, como arrancados por las manos de un gigante enfurecido. Varias de las piezas estaban en llamas, ardiendo con la mareante peste del combustible. La blanca arena estaba cubierta de restos hasta donde alcanzaba la vista. En la distancia se recortaba contra el cielo azul la enorme extensión de un ala destrozada. El humo y los vapores y el fuego cubrían la escena haciendo que a Faith le lloraran los ojos.

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