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Authors: Clifford D. Simak

Tags: #Ciencia ficción

Ciudad

 

Simak narra —desde el punto de vista perruno— los últimos años de la epopeya humana. Los hombres han desaparecido, pero los perros se reúnen en las noches de invierno y, rodeados de sus cachorros, cuentan sus historias. Hay ironía, ternura y melancolía en estas historias… El lector lee en ellas el obituario de su raza, y advierte al mismo tiempo que, para la mente de un ser capaz de crear otra civilización, los hombres son criaturas casi inimaginables…

Clifford D. Simak

Ciudad

ePUB v2.0

chungalitos
15.07.12

Título original:
City

Clifford D. Simak, 1952.

Traducción: José Valdivieso

Editor original: chungalitos (v1.0 a v2.0)

Corrección de erratas: JLGG

ePub base v2.0

En memoria de Scootie,

que fue Nathaniel

Prefacio del editor

É
STAS SON LAS HISTORIAS
que cuentan los perros, cuando las llamas arden vivamente y el viento sopla del norte. Entonces la familia se agrupa junto al hogar, y los cachorros escuchan en silencio, y cuando el cuento ha acabado hacen muchas preguntas.

—¡Qué es un hombre!

—¿Qué es una ciudad?

—¡Qué es una guerra!

No hay respuesta exacta para esas preguntas. Hay suposiciones y teorías y conjeturas, pero no hay respuestas.

En esos grupos familiares más de un narrador ha tenido que explicar que sólo se trata de un cuento, que no existen cosas tales como una ciudad o un hombre, que en los cuentos, que no pretenden más que entretener, no hay que buscar una verdad.

Explicaciones semejantes, que pueden servir para los cachorros, no son explicaciones. Aun en unos cuentos tan simples hay que buscar la verdad.

La leyenda, que consta de ocho cuentos, ha sido narrada durante siglos y siglos. Hasta donde puede saberse, no tuvo un comienzo definido, y el más minucioso de los estudios no podría explicar su desarrollo. Es indudable que en el curso de muchas narraciones la leyenda ha ido estilizándose, pero no hay modo de estudiar el proceso de esa estilización.

Que es antigua, y, como sostienen algunos escritores, quizás en parte de origen no perruno, se deduce de las abundantes incongruencias que salpican los cuentos; palabras y frases (y peor que todo, ideas) que no tienen actualmente ningún significado, y que quizá no lo han tenido nunca. A través de repetidas narraciones, estas palabras y frases han sido al fin aceptadas y, por el sentido del contexto, se les ha asignado un cierto valor arbitrario. Pero no es posible saber si estos valores se aproximan o no al sentido original.

Esta edición no intentará inmiscuirse en las discusiones técnicas sobre la existencia o no existencia del hombre, o el problema de la ciudad, o las varias teorías acerca de la guerra, o las otras muchas cuestiones que asaltan a quien busca en la leyenda un fundamento histórico u objetivo.

El propósito de esta edición es sólo el de dar el texto actual de la leyenda, completo e inexpurgado. Las notas que preceden a los capítulos señalan los puntos más importantes y discutibles, pero no pretenden sacar conclusiones. Aquellos que deseen una mayor comprensión de los cuentos, o de las diversas consideraciones que han inspirado, pueden recurrir a otros libros, escritos por perros más competentes que el presente editor.

El reciente hallazgo de varios fragmentos de lo que fue sin duda una obra bastante extensa, ha sido considerado argumento definitivo en pro de la atribución de al menos parte de la leyenda al mitológico (y discutido) hombre, y no a los perros. Pero hasta que pueda probarse que el hombre existió realmente, la opinión de que él fue el autor de estos fragmentos es de muy escaso valor.

Particularmente significativo, o perturbador (todo depende del punto de vista), es el hecho de que el título aparente de los fragmentos sea igual al de una de las historias que aquí presentamos. La palabra en sí, como es natural, no tiene ningún sentido.

La primera pregunta, por supuesto, es la de si alguna vez ha existido una criatura llamada hombre. Por el momento, ante la ausencia de pruebas positivas, lo más razonable es opinar que no; que el hombre, tal como se lo presenta en la leyenda, es obra de la imaginación folklórica. El hombre debe de haber aparecido en los primitivos días de la cultura perruna como un ser imaginario, un dios racial, invocado por los perros en los momentos de apuro, y al que recurrían cuando necesitaban ayuda.

Sin embargo, a pesar de estas mesuradas conclusiones, hay aún algunos que ven en el hombre un antiguo dios, un viajero procedente de alguna tierra mística o de otra dimensión, que vino a este mundo, se quedó entre nosotros, y nos ayudó y volvió al fin a su lugar de origen.

Hay aún otros que creen que el hombre y el perro pueden haberse desarrollado juntos, ayudándose mutuamente, completándose en el desenvolvimiento de una cultura, y que en un punto perdido en el tiempo tomaron distintos caminos.

El elemento más inquietante de estos cuentos (y los elementos inquietantes son muy numerosos) es la reverencia con que se trata a los hombres. Es difícil para el lector común aceptar esa reverencia como algo simplemente imaginario. Va más allá de esa adoración superficial que se rinde al dios de la tribu; uno nota, casi instintivamente, que esa reverencia debe hundir sus raíces en alguna creencia olvidada o rito prehistórico.

Hay por ahora pocas esperanzas, naturalmente, de que algunos de estos temas de controversia puedan ser solucionados.

Aquí están, pues, los cuentos, para que ustedes los lean a su gusto: sólo por placer o en busca de algún significado histórico u oculto. Nuestro mejor consejo al lector común: no los tomen muy en serio, pues la confusión más completa, si no la locura, acecha a lo largo del camino.

Notas al primer cuento

E
S INDUDABLE
que, de todos los cuentos, el primero es el que ofrece más dificultades para el lector casual. No sólo es irritante su vocabulario; hasta su lógica y sus ideas parecen, en una primera lectura, totalmente extrañas. Quizás se deba a que en esta narración y en la siguiente no aparece ningún perro; ni siquiera se lo menciona. Desde el párrafo inicial el lector se ve forzado a aceptar una situación que le es ajena, cuya solución depende de unos personajes igualmente ajenos Lo mismo habría que decir del cuento, pues, una vez concluida su lectura, el resto de la leyenda parece, por comparación, asunto cotidiano.

El concepto de ciudad envuelve la totalidad del cuento. Aunque no se entiende muy bien qué puede ser una ciudad o cómo pudo existir, se la concibe generalmente como un área de poca extensión donde cierto número de residentes encontraban albergue y medios de subsistencia. Las causas de la aparición de las ciudades están explicadas superficialmente en el texto, pero Bounce, que dedicó toda una vida al estudio de estas narraciones, sostiene que sólo se trata de una ingeniosa improvisación para apoyar un concepto imposible. La mayoría de los que han estudiado los cuentos opinan como Bounce que las razones dadas en la misma narración no están de acuerdo con la lógica, y algunos, Rover entre ellos, han sospechado que quizás se trata de una antigua sátira, hoy ya sin significado.

La mayor parte de las autoridades en economía y sociología juzgan que una organización tal como una ciudad es algo imposible, no sólo desde el punto de vista económico, sino también del sociológico y psicológico. Ninguna criatura de sistema nervioso bastante perfecto como para desarrollar una civilización, señalan, podría sobrevivir dentro de tan restringidos límites. El intento, afirman estas autoridades, conduciría a una neurosis general que en poco tiempo destruiría la misma civilización que había creado la ciudad.

Rover cree que en el primer cuento nos encontramos ante un mito en estado casi puro, y que, por lo tanto, ninguna situación ni afirmación pueden ser aceptadas como reales. En la totalidad del cuento privaría un simbolismo cuya clave se ignora. Asombra, sin embargo, que siendo el cuento de carácter esencialmente mítico, y nada más, los conceptos —piedras fundamentales del mito— no envuelvan toda la narración. Para el lector común poco hay aquí de contenido mítico. La historia es la más angular del grupo (ese montón de huesos pelados), sin ninguno de esos toques de finísimo sentimiento y elevados ideales que hay en el resto de la leyenda.

El lenguaje del cuento es particularmente desconcertante. Expresiones tales como la clásica «maldita sea» han preocupado a los entendidos en semántica durante muchos siglos, y aún hoy se sabe tan poco acerca del significado de ciertas palabras y frases como al iniciarse el estudio de la leyenda.

La terminología que concierne al hombre se ha aclarado, sin embargo, bastante. El plural de esta raza mítica es hombres; racialmente se los designa como seres humanos; las hembras son mujeres o esposas (dos términos entre los que algún día hubo quizá un fino matiz de diferenciación, pero que hoy deben ser entendidos como sinónimos); los cachorros son niños. Un cachorro macho es un niño. Un cachorro hembra, una niña.

Además del concepto de ciudad, hay otro que el lector no podrá conciliar con sus costumbres y que viola las mismas leyes del pensamiento: se trata de las ideas de guerra y asesinato. El asesinato es un proceso, casi siempre de carácter violento, en el que un ser vivo destruye a otro ser vivo. La guerra, parece, es un asesinato en masa ejecutado en una escala inconcebible.

Rover, en el estudio que dedicó a la leyenda, asegura que los cuentos son más antiguos de lo que generalmente se piensa, ya que conceptos como guerra y asesinato no pudieron nacer en una cultura como la nuestra y deben de haberse originado en una era de salvajismo de la que no existe documento alguno.

Tige, que tiene la opinión —casi única— de que los cuentos están basados en la historia real, y que los hombres existían en la época en que apareció el perro, cree que la primera narración describe el colapso de la cultura humana. Afirma además que este cuento, tal como ha llegado hasta nosotros, es sólo un fragmento de una obra mayor, una narración épica gigantesca que debía igualar o superar en tamaño a la totalidad de la leyenda. No parece posible, escribe, que un suceso tan importante como el derrumbamiento de una poderosa civilización mecánica haya sido condensado por los contemporáneos en un relato tan breve. Lo que aquí tenemos, dice Tige, es sólo uno de los muchos cuentos que narraban el suceso, y uno, quizá, de los menos importantes.

1
Ciudad

G
RAMP
S
TEVENS
estaba sentado en la silla de jardín, observando cómo trabajaba la segadora de césped, sintiendo cómo la suave y tibia luz del sol le calentaba los huesos. La segadora llegó al extremo del jardín, cloqueó para sí misma como una gallina satisfecha, dio media vuelta y se puso otra vez en camino. El saco que contenía las briznas aumentaba de tamaño.

De pronto la segadora se detuvo y ronroneó excitada. En uno de los costados se abrió un panel y surgió un brazo mecánico parecido a una grúa. Unos dedos de acero tantearon la hierba, alzaron en triunfo un pedrusco, lo dejaron caer en un recipiente, y desaparecieron otra vez en el interior de la máquina. La segadora gorgoteó, resopló, y se lanzó a su trabajo.

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