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Authors: Paul Sussman

Tags: #Aventura, intriga

El guardián de los arcanos (3 page)

BOOK: El guardián de los arcanos
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—¡No, no, no! —gritó el hombre de la chaqueta—. Que la lleven allí. —Señaló al otro lado del edificio, donde un camino de nieve virgen se internaba entre los árboles. Era una especie de pista forestal—. ¡Y que vayan con cuidado!

Los prisioneros se miraron entre sí, para comunicarse en silencio su miedo y agotamiento; se situaron uno en cada esquina y dos en el centro y luego se agacharon y levantaron de nuevo la caja, gruñendo a causa del esfuerzo.

—Esto tiene mala pinta —murmuró el comunista—. Esto tiene muy mala pinta.

Se adentraron en el bosque y se hundieron en la nieve hasta los tobillos. Los guardias y el hombre de la chaqueta los siguieron, aunque Yitzhak no se atrevió a mirar atrás por temor a perder el equilibrio. Delante de él, el rabino tosía con violencia.

—Deje que cargue con un poco del peso —susurró Yitzhak—. Soy fuerte. A mí no me cuesta.

—Eres un mentiroso, Yitzhak —dijo el viejo con voz ronca—. Y muy malo.

—¡Silencio! —gritó uno de los guardias desde atrás—. No habléis.

Siguieron avanzando a duras penas entre gruñidos, con la piel abrasada por el frío. El camino, que al principio ascendía suavemente siguiendo un pliegue del terreno, se volvió más abrupto mientras serpenteaba entre los árboles y la nieve era cada vez más profunda. En un tramo muy empinado, el homosexual perdió pie y se tambaleó, de modo que la caja se deslizó hacia delante y se estrelló contra el tronco de un árbol. La esquina superior izquierda se astilló.

—¡Idiota! —gritó el hombre de la chaqueta de cuero—. ¡Levantadle!

Los guardias pusieron al hombre en pie y le obligaron a apoyar la caja sobre sus hombros.

—Mi zapato —suplicó, al tiempo que indicaba la bota izquierda, que se había soltado y estaba medio enterrada en la nieve. Los guardias rieron, dieron una patada a la bota y les ordenaron que continuaran.

—Que Dios le ayude —susurró el rabino—. Que Dios ayude al pobre muchacho.

Continuaron la ascensión, entre jadeos y gruñidos. Cada paso que daban parecía arrebatarles un poco más de vida, hasta que al fin, en un momento en que Yitzhak pensaba que iba a derrumbarse y morir, el camino se aplanó y dejó atrás los árboles para entrar en lo que parecía una cantera abandonada, excavada en la ladera de la colina. En ese instante las nubes se abrieron y revelaron una gigantesca montaña que se alzaba ante ellos; muy lejos, a la derecha, había un pequeño edificio encaramado en el borde de un risco. La visión duró apenas unos segundos y volvió a desaparecer tras una espesa cortina de niebla, con tal rapidez que Yitzhak se preguntó si lo habría imaginado a causa del agotamiento y la desesperación.

—Allí —gritó el hombre de la chaqueta de cuero—. ¡Al interior de la mina!

Al fondo de la cantera se elevaba una pared vertical, en el centro de la cual se abría una puerta, ancha y negra, como una boca gritando. Se encaminaron hacia ella dando tumbos; dejaron atrás montones de rocas cubiertos de nieve y escoria, un torno roto, un carro volcado con una sola rueda, oxidada, y avanzaron con cautela por el terreno irregular. Cuando llegaron a la abertura, Yitzhak reparó en las palabras
GLÜCK AUF
grabadas toscamente en la roca sobre el dintel; al lado, garabateada con pintura blanca, de un tamaño aproximado de medio pulgar, la leyenda
SWl6
.

—¡Adentro! ¡Llevadla dentro!

Obedecieron, doblaron rodillas y espaldas para que la caja no chocara con el bajo techo. Un guardia sacó una linterna y la apuntó a la oscuridad; la luz reveló un largo corredor que se adentraba en la ladera, sostenido a intervalos regulares por puntales de madera. Raíles de hierro corrían por el suelo de piedra, las paredes eran ásperas e irregulares, cortadas en la roca gris desnuda, con gruesas venas de cristal rosa anaranjado que estallaban en la piedra como rayos en un cielo oscuro. Había herramientas diseminadas por el suelo (una lámpara de aceite oxidada, una cabeza de hacha, un viejo cubo de hojalata), que daban al lugar una siniestra apariencia de abandono.

Avanzaron unos cincuenta metros, hasta el punto donde se bifurcaban los raíles: una vía seguía recta y la otra se desviaba a la derecha, hasta entrar en otro túnel que corría perpendicular al pozo principal y contra cuyas paredes se alineaban pilas de cajas. Había una carreta cerca de la entrada, sobre la que les ordenaron que depositaran su carga.

—Ya está —dijo una voz en la oscuridad, a su espalda—. Fuera. ¡Que salgan!

Volvieron sobre sus pasos, con la respiración entrecortada, aliviados de que su odisea hubiera terminado. Un judío sostenía al homosexual, cuyo pie descalzo se había teñido de negro. Oyeron una conversación sostenida en voz baja a su espalda, y después salieron los guardias. El hombre de la chaqueta de cuero se quedó en el interior de la mina.

—Id hacia allí —ordenó un guardia cuando salieron al aire libre—. Paraos junto a ese montón de rocas.

Obedecieron y dieron media vuelta. Los guardias les apuntaron con sus fusiles.

—Oy vey
—susurró Yitzhak cuando comprendió lo que iba a pasar—. Oh, Dios.

Los guardias rieron y el sonido de los disparos rompió el silencio invernal.

P
RIMERA
P
ARTE
El presente
1

Valle de los Reyes, Luxor, Egipto

—¿Volveremos pronto a casa, papá? Ponen
Alim al-Simsin
en la tele.

El inspector Yusuf Ezz el-Din Jalifa aplastó el cigarrillo y suspiró. Miró a su hijo Ali, que estaba a su lado hurgándose la nariz. El policía, un hombre delgado y nervudo, de pómulos pronunciados, pelo cepillado con pulcritud y grandes ojos brillantes, proyectaba un aura de serena fuerza teñida de humor: un hombre serio al que le gusta reír.

—No tienes cada día la suerte de conseguir una visita privada al yacimiento arqueológico más importante de Egipto, Ali —le reprendió.

—Pero ya había venido con el colegio —gruñó su hijo—. Dos veces. La señora Wadud nos lo enseñó todo.

—Apuesto a que no os enseñó la tumba de Ramsés II que hemos visto hoy, además de Yuya y Tjuyu —dijo Jalifa.

—En esa no había nada —protestó Ali—. Sólo montones de murciélagos y vendas viejas.

—Ha sido una suerte que nos dejaran entrar —insistió su padre—. No se ha abierto al público desde que fue descubierta, en 1905. Para tu información, esas viejas vendas eran las que envolvían a la momia, tal como las dejaron los ladrones de tumbas en tiempos antiguos, después de arrancarlas de los cuerpos.

El niño levantó la vista, sin sacarse el dedo de la nariz, con un brillo de interés en los ojos.

—¿Por qué lo hicieron?

—Bien —explicó Jalifa—, cuando los sacerdotes envolvían las momias, metían joyas y amuletos preciosos entre los vendajes, y los ladrones intentaban apoderarse de ellos.

El rostro del niño se iluminó.

—¿Y también les sacaban los ojos?

—No, que yo sepa. —Jalifa sonrió—. Aunque a veces les rompían un dedo o una mano. Justo lo que voy a hacer contigo si no dejas de meterte el dedo en la nariz.

Agarró la muñeca de su hijo y fingió que iba a romperle los dedos. Ali se revolvió y luchó riendo a carcajadas.

—¡Soy más fuerte que tú, papá! —gritó.

—No lo creo —dijo Jalifa, al tiempo que agarraba al niño por la cintura y lo ponía cabeza abajo—. No creo que seas ni la mitad de fuerte.

Se encontraban en el Valle de los Reyes, cerca de la entrada de la tumba de Ramsés VI. Atardecía, y la muchedumbre de turistas que habían invadido el valle durante casi todo el día había desaparecido, de manera que el valle estaba siniestramente vacío. Cerca, un grupo de obreros se dedicaba a sacar escombros de una zanja de excavación, mientras canturreaban sin afinar y tiraban pedazos de piedra caliza en cubos de goma. Más abajo del valle, un grupo de turistas estaba entrando en la tumba de Ramsés IX. Por lo demás, el valle se hallaría desierto si no fuera por algunos policías encargados de la protección de los turistas, Ahmed el basurero y, en las pendientes que dominaban el valle, acuclillados en la escasa sombra que podían encontrar, un vendedor de postales y otro de refrescos, a la espera de atraer a algún cliente tardío.

—Te diré lo que vamos a hacer. —Jalifa bajó a su hijo y le alborotó el pelo—. Echaremos un rápido vistazo a Amenhotep III y daremos por terminado el día. ¿Qué te parece? Sería una grosería irnos ahora, después de que Said se ha tomado tantas molestias para encontrar la llave.

En aquel momento se oyó un grito desde la oficina del inspector, situada a unos cincuenta metros, y una figura alta y desgarbada corrió hacia ellos.

—¡La tengo! —gritó la figura, al tiempo que agitaba una llave—. Estaba colgada en otro gancho.

Said Ibn Bassat (a quien todos llamaban Pelirrojo por el color de su pelo) era un viejo amigo de Jalifa. Se habían conocido años antes, en la Universidad de El Cairo, donde ambos estudiaban historia antigua. Problemas económicos habían obligado a Jalifa a abandonar sus estudios e ingresar en la policía. Said, por su parte, había terminado el curso, después se licenció con sobresaliente y encontró un empleo en el Servicio de Antigüedades, donde había ascendido al cargo de subdirector del Valle de los Reyes. Aunque nunca lo había reconocido, era la vida que Jalifa habría elegido si la necesidad no le hubiera empujado en otra dirección. Amaba el pasado antiguo y habría hecho cualquier cosa por poder dedicar su tiempo a trabajar con sus restos. No guardaba el menor rencor a su amigo, por supuesto. Además, Pelirrojo no tenía familia como él, algo a lo que no habría renunciado ni por todos los monumentos de Egipto.

Los tres empezaron a ascender por el valle. Dejaron atrás las tumbas de Ramsés III y Horemheb, antes de desviarse a la derecha y seguir un sendero que conducía a la puerta de la tumba de Amenhotep II, situada al pie de una escalinata y protegida con una pesada puerta de hierro. Pelirrojo empezó a forcejear con el candado.

—¿Cuánto tiempo estará cerrada? —preguntó Jalifa.

—Otro mes o así. La restauración está casi terminada.

Ali pasó entre ellos de puntillas y miró a través de una reja la oscuridad que se extendía al otro lado.

—¿Hay algún tesoro?

—Me temo que no —respondió Pelirrojo. Apartó al niño y abrió la puerta—. Lo saquearon todo en los tiempos antiguos.

Accionó un interruptor y se encendieron las luces, que iluminaron un largo y empinado pasillo excavado en la roca. En las paredes y el techo aún se veían las señales de antiguos cinceles. Ali las miró.

—¿Sabéis lo que habría hecho de ser rey de Egipto? —gritó, y su voz resonó en los confines de la tumba—. Habría hecho construir una cámara secreta para esconder mi tesoro, y otra habitación con algunos tesoros para engañar a los ladrones. Como el hombre del que me hablaste, papá. El horrible Orangután.

—Hor-anj-amun —le corrigió Jalifa, sonriente.

—Sí, eso, y pondría trampas explosivas para sorprender a los ladrones. Y después los metería en la cárcel.

—Qué suerte tendrían —comentó Pelirrojo entre risas—. El castigo habitual reservado a los ladrones de tumbas en el antiguo Egipto era cortarles la nariz y enviarlos a las minas de sal de Libia. Eso, o empalarlos.

Guiñó un ojo a Jalifa, y los dos hombres siguieron a Ali entre risitas. Apenas habían recorrido unos pocos metros cuando oyeron pasos presurosos a su espalda. Un hombre con chilaba apareció en la entrada de la tumba, casi sin aliento, una figura recortada en el rectángulo brillante del cielo de la tarde.

—¿Está aquí el inspector Jalifa? —preguntó, jadeante.

El detective miró a su amigo y después se acercó a la entrada.

—Soy yo.

—Ha de ir enseguida... al otro lado... Han encontrado... El hombre hizo una pausa, mientras intentaba recuperar el aliento.

—¿Qué? —preguntó Jalifa—. ¿Qué han encontrado?

El hombre le miró con ojos desorbitados.

—¡Un cadáver!

La voz de Ali llegó flotando hasta ellos.

—¡Qué guay! ¿Puedo ir yo también, papá?

Habían descubierto el cuerpo en Malqata, un yacimiento arqueológico situado en el extremo sur del macizo tebano, en otro tiempo palacio del faraón Amenhotep III, ahora una desolada extensión de ruinas azotadas por el viento que sólo visitaban los egiptólogos más empedernidos. Un polvoriento Daewoo de la policía esperaba a Jalifa ante la oficina del valle. Dejó a su hijo con Pelirrojo, que prometió acompañarle a casa, subió al asiento del pasajero y el coche se puso en marcha, mientras los gritos de protesta de Ali resonaban a su espalda.

—¡No quiero ir a casa, papá! ¡Quiero ver el cadáver!

Tardaron veinte minutos en llegar al yacimiento. El conductor de la policía, un joven hosco con pecas en la cara y dientes en mal estado, no dejó de pisar el acelerador mientras descendía serpenteando entre las colinas hasta la llanura del Nilo, y luego se desviaba al sur a lo largo del borde del macizo. Jalifa miraba por la ventanilla los campos de caña de azúcar y
molochia
, mientras fumaba un Cleopatra y oía en el baqueteado estéreo del coche, sin prestar mucha atención, un reportaje sobre la espiral de violencia entre israelíes y palestinos: otro atentado suicida, otra venganza israelí, más muerte y desdicha.

—Habrá guerra —dijo el chófer.

—Ya hay guerra. —Jalifa suspiró. Dio una última calada al cigarrillo y lo tiró por la ventanilla—. Desde hace cincuenta años.

El chófer cogió un paquete de chicles que había sobre el salpicadero, se metió dos en la boca y masticó vigorosamente.

—¿Cree que habrá paz alguna vez?

—No, tal como van las cosas. Cuidado con el carro.

El conductor esquivó un carro tirado por un asno, cargado con caña de azúcar, y frenó a continuación justo a tiempo de evitar una colisión frontal con un autocar de turistas.

—Que Alá me proteja —murmuró el detective, aferrado al salpicadero—. Que Alá tenga misericordia.

Dejaron atrás Deir el-Bahri, el Rammasseum y los restos dispersos del templo mortuorio de Merenptah, hasta llegar a un punto en el que la carretera se bifurcaba. Un ramal giraba hacia el este, en dirección al Nilo, y el otro al oeste, hacia el antiguo pueblo obrero de Deir el-Medina y el Valle de las Reinas. Siguieron recto y pasaron del pavimento liso a una pista polvorienta que los condujo hasta el gran templo de Medinet Habu y luego a una extensión ondulante de desierto salpicado de rocas, cuya superficie estaba cubierta de basura y manojos de espinos. Continuaron un par de kilómetros más, entre sacudidas y giros bruscos, pasando de vez en cuando ante las ruinas de antiguas paredes de ladrillo de barro, marrones e informes como chocolate fundido, antes de parar junto a cuatro coches de la policía y una ambulancia, aparcados al lado de una torre de telefonía oxidada; más allá vieron un quinto coche, un Mercedes azul cubierto de polvo, algo apartado. Jalifa bajó.

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