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Authors: Giovanni Papini

Tags: #Otros

El libro negro

 

El genio inagotable del gran escritor italiano Giovanni Papini, que con su sola presencia llena casi medio siglo de la literatura europea, nos ofrece, con
El libro negro
, una muestra insuperable de su prodigioso talento, que sabe armonizar la más desenfrenada sátira con un lirismo conmovedor; el humor más hiriente con el diagnóstico exacto de los males de nuestra época.

El libro negro
es un desfile de personajes verídicos (Mólotov, Picasso, Wright, Dalí, Hitler, Valéry, Huxley, Marconi, Lorca, Vóronov) y de otros totalmente imaginarios: su trama es la exposición de problemas políticos, morales, sociales, psicológicos y teológicos, desarrollados con la perspicacia y la hondura del autor de la
Historia de Cristo
y de
El Diablo
. Papini, en su Advertencia preliminar, justifica el título de su obra, que guarda cierta relación con las páginas de
Gog
: «Le puse ese título, elegido exclusivamente por mí, porque las hojas del nuevo diario corresponden casi todas a una de las edades más negras de la historia humana, o sea a los años de la última guerra y del período postbélico».

El libro negro
es una obra que se lee con verdadera pasión, que subyuga desde el principio, y que no es posible abandonar hasta que no hemos finalizado este maravilloso viaje a través del tiempo y del espacio.

Giovanni Papini

El libro negro

ePUB v1.0

chungalitos
21.07.12

Título original:
Il libro nero

Giovanni Papini, 1951.

Editor original: chungalitos (v1.0)

ePub base v2.0

ADVERTENCIA

Hace un año me llegó para antes de Navidad una carta firmada por Gog. Procedía de un puerto de Escocia y decía así:

Querido amigo:

El que le escribe no es un fantasma, sino aquel extraño nómada enfermo de los nervios, siempre enfermo y siempre nómada, a quien conoció usted hace ya veinte años en una casa de salud escondida entre los árboles.

Hace muchos años leí en la edición norteamericana la selección que usted hiciera de las cartas por mí remitidas. Juzgo que la selección fue bastante buena, y he de confesar que en esas viejas páginas volví a hallar gustosamente una lejana imagen de mí mismo, así como también el recuerdo vivo de algunos seres humanos a los que conociera en tiempos pasados. Su libro hizo que me dedicara otra vez a escribir el diario, labor abandonada por las recaídas en mi malestar habitual.

Continué recorriendo la tierra sin meta ni objetivo, tal como antes lo hacía, tomado nota, sin mayor orden, de lo que veía y oía en mis caprichosas y desvariadas peregrinaciones. Le ruego me haga saber si le agradará leer esta segunda parte de mi diario. También de ella podrá hacer el uso que le agrade, traduciendo y publicando lo que juzgue mejor. Escriba o telegrafíe a la dirección abajo indicada.

Sinceramente, de Ud. Atto. y S. S.

Gog

Telegrafié en seguida al New Parthenon, la casa de campo del excéntrico multimillonario, haciéndole saber que me agradaría muchísimo recibir y leer lo que tan cortésmente me brindaba. No obtuve respuesta ninguna, pero al cabo de tres meses y desde un puerto de Méjico, me llegó un voluminoso paquete lleno de hojas escritas a máquina. Lo leí todo con suma atención y curiosidad y, al igual que la vez primera, hice una especie de antología de aquel original y abundante diario.

Esa selección es la que ofrezco ahora a los innumerables lectores de Gog esparcidos en todos los Países del mundo, y la titulo:
El libro negro
.

II

Le puse ese título, elegido exclusivamente por mí, porque las hojas del nuevo diario corresponden casi todas a una de las edades más negras de la historia humana, o sea, a los años de la última guerra y del período postbélico. Haré notar que prescindí de algunos fragmentos que me parecieron demasiado escandalosos y dolorosos. Hay en la naturaleza de míster Gog, junto a una morbosa avidez intelectual, un no sé qué de sádico, y de esta su crueldad, aunque más no sea teórica y platónica, quedan trazas incluso en las páginas por mí traducidas.

Procediendo igual que en el pasado, Gog se ha acercado a los hombres más célebres y representativos de nuestro tiempo y las conversaciones mantenidas son casi siempre sorprendentes y reveladoras. En este volumen podrán conocer los lectores, por ejemplo, el pensamiento de Mólotov y de Hitler, de Vóronov y de Ernest O. Lawrence, de Pablo Picasso y de Salvador Dalí, de Marconi y de Valéry, de Aldous Huxley y de Lin Yutang.

La mayor novedad de esta segunda parte del diario es, si no me equivoco, el descubrimiento de muchas obras de escritores famosos, hasta ahora desconocidas. Gog ha tenido siempre el placer, más aún, la manía de coleccionar. Nos dice que compró en Inglaterra una colección de autógrafos de Lord Everett, colección que sólo contenía trozos y esbozos de obras inéditas, y por su parte, el mismo Gog se ha esforzado por enriquecer esa preciosa colección con otras adquisiciones. Así, pues, los lectores hallarán aquí, por vez primera, noticias referentes a obras, ignoradas por completo hasta el presente, de Cervantes y de Goethe, de William Blake y de Robert Browning, de Stendhal y de Víctor Hugo, de Kierkegaard y de Miguel de Unamuno, de Leopardi y de Walt Whitman. Estas solas e inauditas revelaciones bastarían para que
El libro negro
fuera uno de los acontecimientos literarios más singulares de estos tiempos.

Además, e igual que en tiempos pasados, Gog ha encontrado en su camino seres humanos paradójicos y lunáticos, preconizadores de nuevas ciencias y nuevas teorías, a cerebrales maniáticos y locos sueltos, a cínicos delincuentes y visionarios. En su conjunto esos seres ofrecen un retrato fantástico y pavoroso, satírico y caricaturesco, pero más que nada, me parece, un retrato sintomático y profético de una época enferma y desesperada más que nunca. Esto que parece diversión, para los espíritus más vigilantes puede ser un saludable adoctrinamiento.

Esta selección hecha en la nueva cosecha de las experiencias de Gog, me parece mucho más sabrosa e importante que la realizada veinte años ha. Me agradaría que esta misma opinión fuera compartida, una vez llegados a la última página, por todos los lectores de
El libro negro
.

Giovanni Papini

Florencia, 5 de noviembre de 1951

Conversación 1
VISITA A ERNEST O. LAWRENCE

(O ACERCA DE LA BOMBA ATÓMICA)

Los Angeles, 2 de diciembre.

Han pasado ya bastantes meses desde la explosión de la bomba atómica en Hiroshima, y acabo de conversar con el ilustre físico al que se debe principalmente esa terrorífica invención.

No es nada fácil acercarse al Profesor Ernest Lawrence, porque los sabios atómicos, como los más famosos gángsters, son celosamente custodiados. Pero tenía un grandísimo deseo de conversar con el inventor del ciclotrón, con el descubridor, junto con Oppenheimer, del nuevo método que logró la escisión de los átomos y que permitió la fabricación de la flamígera bomba.

Después de varios intentos fracasados logré conversar con Lawrence. Más que nada, anhelaba conocer o adivinar si se había planteado el problema de la responsabilidad moral que implica el espantoso invento en el que participó con otras pocas personas. No perdí mi tiempo pidiéndole dilucidaciones científicas que él se habría negado a hacer y que por mi parte no hubiera sido capaz de comprender. En cambio, y con franqueza brutal, le pregunté:

—¿Qué experimenta usted, mister Lawrence, ante el pensamiento de los estragos debidos a su descubrimiento, y de los otros, quizá más vastos, que sobrevendrán en el futuro?

El mortífero profesor no se alteró lo más mínimo, me respondió con una calma angelical:

—Quiero suponer, mister Gog, que usted sabe, por lo menos de un modo general, qué es la ciencia y cómo ha sido siempre, al menos desde Tales en adelante, la pasión de los sabios. Éstos no se preocupan en lo más mínimo de las posibles consecuencias prácticas, sean útiles o nocivas, de sus investigaciones y de sus teorías. Tan sólo se proponen elaborar hipótesis y módulos capaces de dar una representación aproximada y una interpretación plausible del universo y de sus leyes. Los fundadores de la nueva Física nuclear: Rutherford, Niels Bohr y demás, no pensaban ni preveían que sus descubrimientos darían a los hombres, más adelante, la capacidad de fabricar una bomba capaz de aniquilar en pocos segundos a millares y millares de vidas. Tan sólo querían penetrar los secretos del átomo, de esa última parte de la materia que por espacio de tantos siglos había parecido ser indivisible, mostrándose refractaria a cualquier análisis. Resumiendo: querían conocer y no destruir. Yo mismo, con el ciclotrón, me proponía simplemente acelerar los movimientos de esas partes electrificadas, y esto para una finalidad exclusivamente experimental. Luego vinieron los militares, los políticos, quienes quisieron servirse de nuestros descubrimientos para uno de los objetivos máximos de las competencias mundiales: la abolición rápida y en masa de las vidas humanas.

»Ésta es la eterna tragedia del hombre: no puede menos que indagar, explorar, conocer, y casi siempre sus descubrimientos hacen sobrevenir catástrofes y muerte. La física nuclear es el acto más trágico de esta tragedia: por haber querido revelar los secretos del átomo el hombre tiene ahora en sus manos el medio para destruirse a sí mismo, para destruir la vida en todas sus formas, quizá para destruir al mismo planeta.

—Comprendo perfectamente —le respondí— pero a pesar de todo ello, ¿no experimentan alguna vez el escalofrío del remordimiento? ¿No estaría mejor renunciar al deseo del conocimiento a fin de ahorrar las vidas de los seres humanos?

—Le haré observar —replicó el profesor Lawrence con su voz tranquila— que la hecatombe de vidas humanas no debida a las enfermedades y a la vejez, es mucho mayor, en años de paz, que la debida a la bomba atómica. Ésta se cobra muchas víctimas en un minuto, mientras que las otras causas hacen muchísimo más, pero diseminadas y esparcidas tanto en el espacio como en el tiempo. Hagamos algunos números. Sume a todos los que mueren asesinados por sus semejantes con armas o con venenos, a los que se matan con sus propias manos, a los que son deshechos por los automóviles, a las víctimas de choques y siniestros ferroviarios, a los que arden en los aeroplanos incendiados, a los que se ahogan en los ríos o en los naufragios marítimos, a los obreros que son triturados por las máquinas, a los mineros que se asfixian sepultados en las minas, a los que son ahorcados o fusilados por sus delitos, a los que son alcanzados por los tiros de la policía en los movimientos o motines y a los que son barridos por las ametralladoras, a los que mueren carbonizados en los incendios y explosiones, a los que fallecen de golpe en los certámenes de boxeo o en las carreras de automóviles, a los fulminados por la corriente eléctrica y a los alcanzados por los tóxicos en los experimentos científicos. Y tenga en cuenta que dejo a un lado a las víctimas de los terremotos, de las erupciones volcánicas, de los rayos, de los deslizamientos de tierra y de los aludes. Cuente tan sólo los seres humanos que mueren por causas estrictamente humanas, y verá que cada año y en todo el mundo alcanzan a varios millones, que son muchísimos más que los muertos por la condenada bomba atómica. Pero, como esos pobres cadáveres se hallan diseminados en todos los países, y son segados por muerte no natural y violenta en distintos días y meses, entonces, únicamente los estudiosos de la estadística llegan a tener conocimiento de los pavorosos totales; por eso es que el hombre común se conmueve y excita ante el episodio de Hiroshima, y no piensa en esas otras calamidades, mucho mayores, que acontecen todos los días y en toda la superficie de la tierra. La compasión no alcanza a ser homeopática, sino que es suscitada únicamente por el exterminio simultáneo y en masa.

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