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Authors: Frank McCourt

Tags: #Biografía, drama

El profesor (7 page)

Me gustaba cómo decía «indubitablemente», era la primera vez que oía usar esa palabra aparte de en las novelas victorianas. Me prometí que cuando fuera profesor también la usaría. Tenía un sonido importante que haría que la gente se incorporara en sus asientos y me prestara atención.

Me parecía estupendo poder ponerse allí de pie, subido a esa pequeña tarima con tu estrado y tu mesa y pasarte una hora hablando mientras todos los que tienes delante toman apuntes, y si tenías un mínimo de buen aspecto o de personalidad, las chicas irían raudas a verte después en tu despacho o en cualquier otra parte. Eso pensaba yo entonces.

El catedrático dijo que había realizado un estudio informal de la conducta de los adolescentes en los institutos, y que si éramos unos profesores observadores y sensibles podríamos advertir determinados fenómenos antes de que la clase finalizara. Advertiríamos que la temperatura de los adolescentes se elevaba, que la sangre circulaba aprisa y que había adrenalina suficiente para impulsar un acorazado. Sonreía, y se notaba lo satisfecho que estaba de sus ideas. Nosotros le devolvíamos la sonrisa porque los catedráticos ostentan el poder. Decía que los profesores deben observar cómo se presentan los estudiantes. Decía: «Muchísimo, muchísimo, les digo, depende de cómo entran en un aula. Observen sus entradas. Entran a zancadas, pavoneándose, arrastrando los pies, chocando unos con otros, bromeando, presumiendo. Ustedes, personalmente, pueden entrar en un aula sin darle mayor importancia, pero para un adolescente puede serlo todo. Entrar en un aula es pasar de un entorno a otro, y eso, para el adolescente, puede ser traumático. Puede haber dragones, horrores cotidianos, todo un alfabeto de horrores diarios, desde el acné hasta el herpes zóster».

Yo apenas comprendía de qué hablaba el catedrático, pero estaba muy impresionado. Jamás había creído que entrar en un aula tuviera tanto misterio. Había creído que enseñar consistía simplemente en transmitir a los alumnos lo que sabías, y después examinarlos y ponerles notas. Ahora estaba aprendiendo lo complicada que podía ser la vida de un profesor, y yo admiraba a aquel catedrático porque lo sabía todo al respecto.

El estudiante que se sentaba a mi lado en la clase del catedrático susurró: «Este tipo sólo dice chorradas. No ha dado clase en su vida a alumnos de secundaria». El estudiante se apellidaba Seymour. Llevaba puesto un
yarmulke
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en la cabeza, por lo que no era de extrañar que dijera cosas profundas de vez en cuando, o también era posible que quisiera lucirse ante la muchacha pelirroja que se sentaba delante de él. Cuando volvía la cabeza para celebrar con una sonrisa los comentarios de Seymour, se veía que era preciosa. A mí también me habría gustado lucirme, pero rara vez sabía qué decir, mientras que Seymour tenía opiniones sobre todo. La pelirroja dijo a Seymour que, si tenía opiniones tan fuertes, debía expresarlas en voz alta.

—Diablos, no —dijo Seymour—. Iría de culo.

Ella le sonrió, y cuando me sonrió a mí me pareció que salía flotando de mi asiento. Dijo que se llamaba June, y acto seguido levantó la mano para que se fijara en ella el catedrático.

—¿Sí?

—Señor catedrático, ¿de cuántas clases de secundaria ha sido usted profesor?

——Ah, he observado docenas de clases a lo largo de los años.

—Pero ¿ha llegado usted a impartir clases en un instituto?

—¿Cómo se llama usted, señorita?

—June Somers.

—¿No acabo de decirle que he observado y supervisado a docenas de profesores en prácticas?

—Mi padre es profesor de secundaria, señor catedrático, y dice que nadie sabe nada de lo que es enseñar en un instituto hasta que lo ha hecho en persona.

El catedrático dijo que no sabía adónde quería ir a parar. Que estaba haciendo perder tiempo a la clase, y que, si quería proseguir el debate, podía pedir hora a su secretaria para verle en su despacho.

Ella se puso de pie y se echó la bolsa al hombro. No, no pensaba pedir hora para verle, y no entendía el motivo por el que él no se podía limitar a responder a su pregunta sobre su experiencia como profesor.

—Ya basta, señorita Somers.

La muchacha se volvió y miró a Seymour, me echó una mirada de refilón a mí y se dirigió a la puerta. El catedrático la miraba fijamente, y dejó caer la tiza que tenía en la mano. Cuando la recogió, ella ya se había marchado.

¿Qué haría ahora con la señorita June Somers?

Nada. Dijo que ya casi había terminado la hora, que nos vería la semana siguiente, recogió su maletín y se marchó. Seymour dijo que June Somers la había jodido soberanamente. Soberanamente. Dijo:

—Te diré una cosa: no te enfrentes a los catedráticos. No puedes ganar. Nunca.

A la semana siguiente dijo:

—¿Has visto eso? ¡Jesús!

A mí no me pareció bien que una persona que llevaba puesto un
yarmulke
dijera Jesús de esa manera. ¿Qué le parecería a él si Yavé o el Altísimo fuera una maldición y yo se la soltara a él? Pero no dije nada, temiendo que se riera de mí.

—Están saliendo —dijo—. Los vi en un café de la calle Macdougal, como dos tortolitos, tomando café, cogidos de la mano y mirándose a los ojos. Dita sea. Supongo que tuvo una charlita con él en su despacho y pasaron a más.

Se me quedó la boca seca. Yo había pensado que algún día me toparía con June y sería capaz de decirle algo e iríamos juntos a ver una película. Yo elegiría alguna extranjera con subtítulos, para demostrarle lo sofisticado que era, y ella me admiraría y dejaría que la besara en la oscuridad, perdiéndonos una docena de subtítulos y el hilo de la trama. Pero eso no importaría, porque tendríamos mucho de qué hablar en un restaurante italiano acogedor con velas cuya luz vacilante levantaría destellos en su cabellera pelirroja, y quién sabe a qué conduciría aquello, porque mis sueños no llegaban a más. Pero ¿quién me había creído que era? ¿Cómo había osado pensar que ella se dignaría mirarme siquiera?

Me puse a rondar por los cafés de la calle Macdougal, con la esperanza de que ella me viera y me sonriera. Yo le devolvería la sonrisa y me tomaría mi café con tanta tranquilidad que se quedaría impresionada y volvería a mirarme. Me encargaría de que se fijara en la tapa del libro que llevaría yo, algo de Nietzsche o de Schopenhauer, y ella se preguntaría por qué estaba perdiendo el tiempo con el catedrático pudiendo estar con aquel irlandés tan sensible que estaba inmerso en la filosofía alemana. Se disculparía y, al dirigirse al tocador de señoras, dejaría caer en mi mesa un papelito con su número de teléfono.

Y eso fue lo que hizo el día que la vi en el Café Figaro. Cuando se levantó de la mesa, el catedrático la siguió con la vista con tal aire de posesión y orgullo que me dieron ganas de tumbarlo de un puñetazo. Entonces me echó una mirada y comprendí que ni siquiera me había reconocido como alumno de su clase.

Pidió la cuenta, y mientras la camarera estaba de pie ante su mesa, tapándole la vista, June pudo dejar caer en mi mesa el papelito. Esperé a que se hubieran marchado. «Frank, llámame mañana.» El número de teléfono estaba escrito con pintalabios.

Dios. Se había fijado en mí, en un trabajador de los muelles que se abría camino torpemente hacia una carrera profesional en la enseñanza, y el catedrático era, Jesús, un catedrático. Pero ella había sabido mi nombre. Se me iba la cabeza de felicidad. Allí estaba mi nombre, en una servilleta de papel escrita con un pintalabios que había tocado sus labios, y yo supe que conservaría ese papel para siempre. Me enterrarían con él.

La llamé, y ella me preguntó si sabía algún sito donde pudiésemos tomar algo tranquilamente.

—En el bar de Chumley.

—De acuerdo.

¿Qué haría yo? ¿Cómo me sentaría? ¿Qué diría? Me estaba tomando una copa con la muchacha más hermosa de Manhattan, que probablemente dormía todas las noches con aquel catedrático. Imaginármela con él era mi calvario. Los hombres que estaban en el bar de Chumley me miraban y me envidiaban, y yo sabía lo que pensaban. «¿Qué hará ese sujeto miserable con esa chica tan bonita, con ese bombón, con esa preciosidad?» Sí, podía ser que yo fuera su hermano o su primo. No: hasta aquello era poco probable. No era lo bastante guapo ni para ser su primo tercero o cuarto.

Ella pidió una copa.

—Norm está fuera —dijo—. Da clase en Vermont dos días por semana. Supongo que el bocazas de Seymour te lo ha contado todo.

—No.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

—Me..., me invitaste tú.

—¿Qué concepto tienes de ti mismo?

—¿Qué?

—Es una pregunta sencilla. ¿Qué concepto tienes de ti mismo?

—No sé. Yo...

Puso cara de desaprobación.

Llamas cuando te dicen que llames. Apareces cuando te dicen que aparezcas, y no sabes qué concepto tienes de ti mismo. En nombre del cielo, di una cosa buena sobre ti mismo. Adelante.

Sentí que la sangre me subía a la cara. Tenía que decir algo, de lo contrario ella podía levantarse y marcharse.

—Un jefe de muelle de carga del puerto dijo una vez que yo era un irlandesito duro.

—Ay, bueno. Con ese comentario y diez centavos ya tienes para un viaje en metro de hasta dos estaciones. Eres un alma perdida. Eso se ve con facilidad. A Norm le gustan las almas perdidas.

Me saltaron las palabras de la boca.

—Me da igual lo que le guste a Norm.

Ay, Dios. Se va a levantar y se va a marchar. No. Se rió con tantas ganas que estuvo a punto de atragantarse con el vino. A partir de entonces, todo fue distinto. Me sonrió, y yo sonreí y seguí sonriendo. No cabía en mí de felicidad.

Extendió la mano sobre la mesa y la puso sobre la mía, y el corazón me saltó en el pecho como una fiera enloquecida.

—Vámonos —dijo.

Caminamos hasta su apartamento, en la calle Barrow. Ya dentro, se volvió hacia mí y me besó. Trazó un círculo con la cabeza, de modo que su lengua se desplazó en mi boca en el sentido de las agujas del reloj, y pensé: «Señor, yo no soy digno. ¿Por qué no me habló de esto Dios antes de que tuviera veintiséis años?».

Me dijo que era un gañán sanote, y que evidentemente estaba muy necesitado de afecto. No me gustó que me llamara gañán (Dios, ¿acaso no había leído libros, todo lo que habían escrito E Laurie Long, P. G. Wodehouse, Mark Twain, E Philips Oppenheim, Edgar Wallace y el bueno de Dickens?), y me pareció que lo que estábamos haciendo entonces era algo más que una muestra de afecto. No dije nada, porque no tenía experiencia en actividades de ese tipo. Me preguntó si me gustaba el rape americano y yo le dije que no lo sabía porque nunca había oído hablar de él. Ella dijo que todo dependía de cómo se guisara. Su secreto eran las chalotas. Dijo que no le gustan a todo el mundo pero que a ella le daban buen resultado.

—Es un pescado blanco, delicado, que como mejor se guisa es con un buen vino blanco. No con un vino corriente de guisar; con uno bueno. Norm preparó pescado una vez pero lo echó a perder, usó un vino peleón de California que dejó el pescado como un zapato viejo. El buenazo de él sabía de literatura y de sus clases, pero nada de vino ni pescado.

Es extraño estar con una mujer que te toma la cara entre las manos y te dice que tengas fe en ti mismo. Dijo:

—Mi padre vino de Liverpool, y se mató con la bebida porque tenía miedo del mundo. Decía que le habría gustado ser católico para poder ingresar en un monasterio y no tener que volver a ver nunca a un ser humano, y era mi madre la que intentaba animarle a decir cosas buenas sobre sí mismo. Él no era capaz de decirlas, de modo que bebía y se murió. ¿Tú bebes?

—No mucho.

—Ten cuidado. Eres irlandés.

—Tu padre no era irlandés.

—No, pero pudo haberlo sido. En Liverpool todo el mundo es irlandés. Vamos a guisar ese rape.

Me dio un kimono.

—No importa. Cámbiate en el dormitorio. Si a un samurai le sirve, le servirá a un irlandesito duro que no es tan duro.

Ella se puso una bata plateada que parecía tener vida propia. En un momento dado se le ceñía, y acto seguido le colgaba de un modo que la dejaba moverse libremente por dentro. A mí me gustaba más cuando se le ceñía, y aquello me mantenía despierto dentro de mi kimono.

Me preguntó si me gustaba el vino blanco y yo dije que sí, pues iba aprendiendo que sí era la mejor respuesta para todas las preguntas, al menos para las de June. Dije que sí al rape y a los espárragos y a las dos velas encendidas en la mesa. Dije que sí al modo en que levantó su copa de vino y la acercó a la mía hasta que se tocaron e hicieron tin. Le dije que ésa era la cena más deliciosa que había tomado en mi vida. Tuve ganas de añadir que me sentía en el cielo, pero aquello podía parecer forzado, y ella podía lanzarme una mirada rara de esas que echarían a perder toda la velada, y mi vida ulterior.

En las seis noches que siguieron a la del rape americano no se habló para nada de Norm, aunque en un jarrón de su dormitorio había doce rosas frescas con una tarjeta que ponía: «Con todo mi amor, Norm». Yo tomaba más vino para hacer acopio del valor necesario para preguntarle: «¿Cómo demonios eres capaz de estar acostada conmigo en esta cama, en presencia de las rosas frescas de Norm?», pero no llegué a preguntárselo. Como yo no podía permitirme rosas, le llevé unos claveles, que ella puso en un gran jarrón de vidrio junto a las rosas. No había comparación posible. Mis claveles parecían tan míseros junto a las rosas de Norm que le compré una docena de rosas con los últimos dólares que me quedaban. Ella las olió y dijo:

—Ay, qué bonitas son.

No supe qué decir a esto, porque yo no las había cultivado, sólo las había comprado. Las rosas de Norm en el jarrón de vidrio parecían marchitas y me alegré al pensar que mis rosas las sustituirían, pero lo que hizo ella entonces me produjo el dolor más grande que había sufrido mi corazón en toda mi vida.

Desde mi silla en la cocina vi lo que hizo en el dormitorio: tomaba mis rosas una a una y las colocaba delicadamente entre las de Norm y alrededor de ellas, retrocedía para contemplarlas, se servía de mis rosas frescas para sujetar las de Norm que se estaban quedando mustias, acariciaba las rosas, las de él y las mías, y sonreía como si cada manojo de rosas fuera tan bueno como el otro.

Ella debía de saber que yo la estaba mirando. Se volvió y me sonrió, mientras yo sufría, casi lloriqueaba, en la cocina.

—Son muy bonitas —volvió a decir.

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