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Authors: Mario Conde

Tags: #Ensayo

El Sistema

Tras un polémico proceso posterior a la intervención de Banesto por parte del Banco de España que incluyó la encarcelación del autor, Mario Conde escribió El Sistema, un compendio de reflexiones que explican la etapa más polémica de la reciente historia económica de España y aporta claves, en su día difusas y cada vez más evidentes, sobre los entresijos de un sistema que rige los destinos de la sociedad.

Han pasado más de quince años desde su publicación, y el libro no ha caído en el olvido. Muchos son los que con el paso del tiempo sienten un ligero escalofrío al comprobar que sus predicciones se cumplen.

El Sistema, mi experiencia del poder, es ya todo un clásico de referencia de la literatura político-económica.

Mario Conde

El Sistema

Mi experiencia del Poder

ePUB v1.1

ePUByrm
2011.11.01

El Sistema

Mario Conde

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal)

© del diseño de la portada, Pedro Viejo, Departamento de Diseño, División Editorial del Grupo Planeta

© Mario Conde, 1994

© Ediciones Planeta Madrid, S. A., 1994

Ediciones Martínez Roca es un sello editorial de Ediciones Planeta Madrid, S.A.

Paseo de Recoletos, 4, 28001 Madrid (España)

www.planetadelibros.com

Primera edición en libro electrónico (epub): abril de 2011

ISBN: 978-84-270-3771-7 (epub)

PREÁMBULO A LA PRESENTE EDICIÓN

El Sistema
fue mi primer libro publicado. Lo concebí a lo largo de varios años. Todo empezó, creo, cuando me enfrenté a una de las decisiones más importantes de mi vida: vender la empresa española Antibióticos, S. A., a la multinacional italiana Montedison. Allí comencé a darme cuenta en primera persona de cómo funcionan algunas cosas del poder, que trascienden, desde luego, las fronteras físicas —si las hay— y jurídicas —que se consideran su esencia— de lo que todavía son al día de hoy Estados nacionales. Preludiando
El Sistema
, que diría en un
excursus
literario.

Pero mi experiencia propiamente dicha se inicia con fuerza nada despreciable desde el mismo instante en el que pretendimos llegar al Consejo de Administración de Banesto, aquel viejo, caduco, supuestamente elegante y en cualquier caso atractivo banco. En los primeros compases de esa sinfonía que acabaría conmigo en prisión, y no para un rato sino que me albergaría, de un modo u otro, por el nada despreciable lapso de quince años, en esos primeros movimientos orquestales —decía— me inicié en el misterio de que existe algo más bien difuso, aparentemente desestructurado pero terriblemente efectivo, que conforma un conjunto ordenado, un mecanismo —podríamos decir— al que cabe atribuir sin blasfemia el apelativo de «Sistema». En el fondo se trataba de un modo especial de ejercer el poder. Ni más ni menos, claro.

Antes de disponer de semejantes experiencias, si alguien se refería al Sistema, yo automáticamente, por aquello del patrón de pensamiento, imaginaría que hablaba del modelo constitucional en su conjunto, porque no suponía que entre la definición normativa de una ley constitucional y la realidad diaria se interpondría un mecanismo que matizaría el ejercicio de los derechos y libertades hasta dotarlos de una textura, de una sustancia que me resultaban diferentes de las que parecían desprenderse del modelo conceptual teórico propio del texto constitucional.

Solo a título de ejemplo relato una anécdota de esas que impulsan hacia la categoría. Nosotros, Abelló y yo, vendimos nuestras acciones de Antibióticos, S. A., a los italianos en una negociación que la prensa divulgó como la operación privada más importante de España en aquel entonces. Cada uno ganó su dinero, que cumplió con los atributos de ser declarado, los impuestos pagados y el etcétera correspondiente. Por tanto, ningún problema en el origen de esos fondos. No todo el mundo —creo— puede tener un dinero ganado con semejantes dosis de publicidad que desvelaron su genética de modo implacable. Pensamos en invertir una parte sustancial de los dineros en Banesto, cosa discutible quizás en el plano de la rentabilidad de las inversiones, pero impecable en las decisiones propias de una economía de mercado, y en el ámbito más doméstico de hacer con lo tuyo legítimamente ganado lo que consideres más conveniente. Seguía siendo normal pretender sentarse en el Consejo de una empresa, bancaria o industrial, en la que habías situado, con mayor o menor prudencia, un montón de dinero que significaba una parte enjundiosa del beneficio obtenido en aquella importante operación. Así —pensaba— deben funcionar las cosas, al menos conforme al esquema constitucional.

Pues no exactamente. En aquel día descubrí de modo inapelable que algo especial funciona en los circuitos del poder. Un hombre, Mariano Rubio, un cargo, gobernador del Banco de España, se interpusieron en esos designios tan simples, al menos en apariencia, para decirnos que al poder no convenía esa decisión nuestra, que esperáramos a que se concluyera el modelo que ellos, el poder, habían diseñado para el futuro de Banesto y que luego, una vez concluido, ya hablaríamos de esos propósitos que le comentábamos con cierta ingenuidad.

Inapelable: la ley de un costado y los esbozos, los atisbos del Sistema de otro. La realidad descrita en libros y la vivida en conductas. No importa que, por eso de la ignorancia que en muchas ocasiones es madre de una mal llamada valentía, decidiéramos no seguir las admoniciones del señor gobernador, ni siquiera cuando telefónicamente aumentaron en volumen físico y ascendieron a la amenaza pura y dura. Tampoco cuando nos dimos cuenta del aparato propagandístico de aquel Sistema que provocó una opa hostil sobre Banesto, tomando como cabeza de turco al presidente del Banco de Bilbao de entonces, que finalmente acabó sacrificado en el tumulto. Ni siquiera cuando, superando todo lo imaginable, los telediarios de la cadena del Gobierno llegaron a decir en alta voz que a Banesto —léase nosotros— no le quedaba más remedio que rendirse con dignidad, porque el Gobierno se había decantado del lado del Bilbao y contra el Gobierno... Lo recuerdo bien. Las imágenes viven nítidas en mi memoria: aquella voz en
off
del redactor de economía de los telediarios de La Uno...

Desde entonces, un largo recorrido hasta el 28 de diciembre de 1993, día en el que tomaron la decisión de intervenir políticamente Banesto. Cada día se avanzan más datos y concreciones en torno a esa decisión. Luis María Anson, académico, escritor, periodista y uno de los hombres con más información en su memoria, lo explicó de modo preciso y contundente en la presentación en Madrid de mi libro
Memorias de un preso
(Editorial MR, coeditado por Editorial Séneca). Después de ese acto publicó un memorable artículo en El Cultural de
El Mundo
que circuló por los mentideros madrileños a tanta velocidad como estupor generaba. Quizás algo más que estupor, pero ahora interesa menos.

Y digo esto porque lo cierto y verdad es que todos los medios de comunicación social, sin excepción alguna, silenciaron las palabras de Anson, a pesar de la gigantesca carga de profundidad que implica asegurar en alta voz, y, como él mismo dijo, «desde la fila cero», que la decisión de intervenir Banesto fue un pacto de poder entre los líderes de los dos principales partidos políticos ante el miedo de un fantasmal gobierno de coalición nacional, que se dibujaba con trazos borrosos y gruesos en un horizonte de caída del PIB, desprestigio de los partidos, descenso de valoración de la clase política nacional y problemas internos de los líderes en sus propias organizaciones. Insisto en que la respuesta se vistió de profundo silencio. Claro que la elocuencia de ciertos silencios es de mayor calado que algunos gritos que sustituyen por volumen el contenido de razón. En ciertos silencios se percibe la fuerza de la argumentación enmudecida por el Sistema.

No tengo duda, y así lo explico en el libro, de que la intervención de Banesto, con independencia de otras consideraciones, fue un acto de Sistema. La plástica del funcionamiento de esa estructura de poder difícilmente podrá encontrar un expresionismo más cargado de trazos nítidos y colores precisos. Aquello se convirtió en un cuadro, en un retrato de Madrid-Poder nacido de la mano de un artista de la calidad insuperable de Antonio López. Ni un milímetro del lienzo se encontraba vacío de color y forma, de información precisa de cómo son en realidad, nos guste o disguste, las cosas del poder cuando se interpone el Sistema. Precisamente por ello me decidí a escribirlo. Porque quería relatarlo y que se entendiera. Claro que a quienes critican al Sistema el mecanismo depredador consiste en calificarlos de anti-Sistema, lo que conlleva una carga demoledora, porque suele equipararse a quienes pretenden una voladura incontrolada de todas las instituciones edificadas por la civilización occidental para situarnos en un terreno baldío en el que reine la más indómita violencia.

Nada más absurdo. Un sistema siempre existirá, como es obvio. De lo que se trata es de decir que el que teníamos nosotros, que sigue vigente aunque algo más descafeinado por el inevitable consumo de energías que su implantación diaria reclama, no era ni mucho menos perfecto sino claramente mejorable, y por mejora aquí debía entenderse un mayor respeto a los derechos y libertades, de manera que no fueran meros espectros constitucionales, sino instrumentos con los que convivir en el diario de nuestras vidas. Y la percepción de que ese Sistema transformaba las libertades reales en un producto fáctico alejado de la teorización constitucional era lo que me llevaba a pedir reformas. Insisto: reformas que mejoraran la calidad de vida en nuestro país.

Y podía escribirlo porque disponía de la experiencia. Porque de eso trata el libro: del poder. Dicen los sufís que solo sabe quien prueba, solo conoce el sabor del melón quien lo cata. Y la generalidad de los comentaristas sobre el poder tiene habilidad literaria, inteligencia narrativa, imaginación sobresaliente, pero experiencia de poder, ninguna o casi ninguna. Porque no han catado el melón. Así que sus testimonios son referenciales, y el mío de primera mano. Y eso es lo malo: que conozco de lo que hablo. Y quienes detentan poder no albergan duda de que lo que cuento es cierto de toda certeza. Así que ¿cómo evitar el despliegue social del relato? Estigmatizando al sujeto. Y ya sabemos que, puestos a estigmatizar, la cárcel es un remedio más efectivo incluso que el paracetamol para los primeros accesos febriles. Por ello mismo, en una extrapolación nada alucinógena, la cárcel, la prisión, era el destino lógico del autor de una obra literaria de ese porte. No tenía duda.

Me encontraba en Los Carrizos, la finca familiar de la Sierra Norte de Sevilla. Vibró el teléfono situado en la pequeña mesa auxiliar que Lourdes colocó a la derecha de la mesita que compramos a un anticuario serrano para destinarla a mi despacho. Me pareció que el sonido del aparato resultaba particularmente estridente aquella mañana. Estridente y antipático, por decirlo por derecho. Lo tomé entre las manos y lo acerqué al oído con cierto disgusto, porque rompía la serenidad placentera de unas horas dedicadas precisamente a escribir, a desnudarse envuelto en literatura. Al otro lado de la línea, una voz algo apagada para que el tono medido se convirtiera en estética de la prudencia; además, un acento inconfundible y un circunloquio expresivo inolvidable.

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