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Authors: Andrés Vidal

Tags: #Narrativa, #Historica

El sueño de la ciudad (43 page)

BOOK: El sueño de la ciudad
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Ante la ocurrencia algunos rieron y otros respondieron ofendidos:

—¡Eso lo harían los franceses!

—Señores… —El teniente de alcalde Cambrils i Pou llegó junto al grupo interrumpiendo la conversación.

Todos los caballeros se separaron un instante del militar para saludar al político con deferencia. El conde de Güell fue el primero en devolver su atención al capitán y continuar con sus preguntas. Quería saber en qué punto se encontraba ahora el conflicto bélico que asolaba Europa entera.

—Los ingleses emboscaron a los alemanes en la batalla del banco Dogger, en el mar del Norte. El almirante Von Ingenohl quiso aprovechar que los cruceros británicos habían partido hacia el oeste para atacar y destruir algunas unidades ligeras. Ordenó al almirante Franz von Hipper salir el pasado día 24 de enero hacia el Dogger Bank. Sin embargo, los británicos los estaban esperando…

—Y los derrotaron —añadió Güell.

—Bueno, detuvieron su avance —aseguró el militar cabeceando.

Ferran, que se había mantenido callado todo ese tiempo, alzó su copa en dirección al político, sonriendo y haciendo caso omiso a la información sobre la guerra.

—Bonito acto, señor Cambrils.

—Gracias, pero no sólo ha sido obra mía. Todas sus familias han colaborado —respondió cortés dirigiéndose a los demás oyentes. Vestido con su frac y corbatín y con el pelo engomado por detrás de las orejas, Andreu Cambrils i Pou se mostraba agradable y conversador. Un momento después su rostro se volvió algo más duro para dirigirse únicamente a Ferran—: Me gustaría hablar contigo, si eres tan amable.

Se llevó al joyero a un aparte. Entretanto, los demás hombres retomaron las anécdotas del militar Álvarez.

—Ya he informado a Bragado de lo que te voy a comentar ahora. Por cierto, está allí al fondo, junto a su esposa. Ella sí que está en la organización de la subasta, ha colaborado muchísimo…

¿Era aquélla la manera que tenía el político de reprocharle que no se había implicado tanto como debiera en ese acto? Las demás familias no habían contado con los Jufresa para ninguna actividad y la culpa de todo la tenía su hermana Laura. Ferran iba a disculparse cuando el político habló de nuevo:

—Pero no es de la subasta de lo que quiero hablar contigo, Ferran.

—¿De qué se trata, pues? —El joven inclinó la cabeza; comenzaba a inquietarse.

Andreu Cambrils i Pou carraspeó antes de continuar con su discurso. Debía de ser un asunto difícil de comunicar, pues si de algo estaba bien servido el político era del don de la palabra.

—Es acerca de las obras del Campo del Arpa. Parece que van algo más lentas de lo que esperábamos.

—¿Cómo de lentas? ¿Qué quiere decir eso?

—Este año no será posible construir por esa zona. Los vecinos están organizándose para hacer de las quejas algo oficial. No hace todavía un año que se creó la Mancomunidad y se pretende evitar cualquier escándalo que pueda ponerla en peligro. Ya tenemos suficiente con las protestas de los obreros. El ayuntamiento por ahora prefiere no forzar las cosas, así que ha optado por hacerlo todo con más calma.

—Pero hemos invertido mucho… Muchos esfuerzos en ese proyecto.

Ferran comenzaba a acalorarse a pesar del viento fresco. Había perdido demasiado con la celulosa hundida en el mar del Norte. Tras aquel incidente, no había sido posible retomar las negociaciones con los alemanes para recuperar gastos, ya que los británicos habían impuesto un bloqueo de abastecimiento e interceptaban también cualquier barco que atravesara el canal de la Mancha y el mar Mediterráneo.

—Ya lo sé, Ferran, yo soy el primer interesado en que esto salga bien. No te preocupes, nada ha cambiado. Sólo tardará un poco más de lo que preveíamos.

—De acuerdo —respondió el joyero alisándose las solapas del traje y respirando hondo—. Cuento entonces con que a lo largo del año que viene llegará el Ensanche a esa zona —resolvió a fin de forzar la situación a su favor.

—Probablemente —indicó Andreu Cambrils i Pou.

El alcalde Boladeres i Romà se aproximó a ellos y reclamó la atención de Cambrils sin preocuparse de interrumpir la conversación. A pesar de que Ferran ni siquiera se había percatado, la exhibición del piloto acababa de finalizar y estaba a punto de comenzar la subasta. El joven apretó la mandíbula frustrado y se despidió de ellos, que le ignoraron. Con la mirada abarcaba el ancho espacio que se extendía ante sus ojos. También él debía asistir a la carpa que habían dispuesto y presenciar la venta de su collar, un nuevo intento para acallar los rumores sobre las pérdidas que experimentaba la familia. Ferran estaba haciendo todo lo posible para que la crisis provocada por los Antich pasara rápida y silenciosa y les permitiera continuar con el siguiente capítulo de su larga vida empresarial. No se lo estaban poniendo nada fácil. Invertía mucho en demostrar que las pérdidas no eran tales, pero parecía que cuanto más lo pretendía, más crecía la mancha. El asunto del Campo del Arpa era un nuevo imprevisto que no podía permitirse aceptar. Tomó la decisión de hablar con Navarro el lunes por la mañana y hallar una salida para que la balanza volviera a estar de su lado lo antes posible.

Frente a él pasó Laura, que caminaba rápido sujetándose los pliegues del vestido y respirando sofocada.

—No hace falta que corras, hermana. La subasta empezará aunque tú no estés.

—Olvídame —le dijo, y continuó su recorrido.

Laura no quería perder el tiempo con su hermano. En el último mes la familia había dejado de culparla; incluso su madre había vuelto a hablar con ella después de largas semanas de reproches. Todos menos Ferran, que se mantenía resentido y ceñudo. Laura había aceptado las consecuencias de sus decisiones, asumiendo las críticas pero defendiéndose también de los ataques más ofensivos. Mientras tanto, seguía viéndose con Dimas a escondidas para no agravar la situación. Por el momento, lo más razonable era que nadie más que ellos supiera lo unidos que estaban. Sólo su padre estaba al tanto de que había alguien en su vida, pero seguía ignorando de quién se trataba. Ojalá pudieran pasear su amor como lo habían hecho aquel domingo por la playa de Sitges, pero de momento no era posible. Además, tampoco deseaba causar más daño al que, hasta no hacía tanto, era su mejor amigo. No había vuelto a hablar con Jordi desde aquella lejana cena en El Suizo, unos dos meses atrás.

Laura se movía torpe sobre el barro cuando vio a Jordi en la distancia. Decidió llegar hasta él antes de que tomara asiento bajo la carpa ahora que sus padres se habían alejado, así que aceleró su paso sin preocuparse de ensuciar su vestido de batista blanco, un modelo de Mariano Fortuny y Madrazo. Sólo deseaba hablarle y sondear su estado tras aquellos dos meses sin saber de él. Su amigo caminaba ágil.

—¡Jordi! —lo llamó cuando ya se acercaba.

Las sombrillas de encaje debían de entorpecerle la vista y el oído, pensó Laura al ver que él no se detenía ante su llamada. Se acercó un poco más. Estaba avanzando, ya apenas le quedaban unos metros para darle alcance, cuando una nueva sombrilla se interpuso en su camino. Trató de esquivarla pero su propietaria no se lo permitió. Al descubrir de quién se trataba, Laura se detuvo sorprendida. Nunca antes había visto a Remei Antich dedicarle una mirada de odio como ésa, con la boca en tensión y los ojos encendidos dirigidos hacia ella. Siempre había creído que esa mujer le tenía cariño.

—Déjale en paz —dijo. Su voz surgió firme, pero sin elevarse—. ¿Es que no has tenido suficiente?

—Yo…

—No dejaré que me engatuses más con tus mentiras. Has herido a lo que más quiero en este mundo y has provocado que nuestras familias se enemisten. No vuelvas a acercarte a él.

Dicho esto, la señora Antich dio media vuelta y continuó su camino hacia el lugar en el que Jordi había tomado asiento. Sus tacones se clavaban firmes en el suelo y su vestido dorado de gasa parecía ajeno al frío y al barro. Era una mujer alta y atractiva que no solía pronunciarse. El hecho de que lo hiciera en esa ocasión demostraba que estaba muy dolida pese al tiempo transcurrido.

Laura observó cómo Remei se sentaba junto a su hijo. Esperó que éste le dedicara una mirada amiga, a lo lejos, que le diera a entender que más tarde podrían verse. Pero en su lugar, Jordi dio un beso tierno en la mejilla a su madre y contempló desde la distancia a Laura con sobriedad, como si no la reconociera. A continuación dirigió sin más la vista a la tarima en la que el alcalde daba paso al conde de Güell. El noble dirigiría la subasta con su «honorable retórica».

Laura escuchó un fuerte sonido a su espalda y al volverse sobresaltada resbaló sobre el fango: sus pies se alzaron de súbito haciéndola caer de espaldas. Sintió un golpe seco y doloroso en el trasero y permaneció sentada, con las piernas estiradas, sobre el suelo embarrado. Apretó las manos clavándolas en la tierra mojada y cerró los ojos para eludir las risas de los niños que acudían a su lado para mofarse de ella.

Capítulo 37

El lunes siguiente por la mañana Dimas salió pensativo del taller Jufresa, con la cabeza bullendo a toda velocidad. Buscaba la manera de resolver el conflicto sobre el Campo del Arpa que acababa de plantearle su jefe. Ferran se había mostrado exasperado, pues las medidas que entreveía para poner fin a las protestas eran cuando menos drásticas. Dimas le había asegurado que ese método podría complicar las cosas, poniendo en peligro el proyecto mismo, y le había prometido hallar una vía de presión contra los vecinos de la zona que no recurriera a la violencia y que fuera más eficaz. Últimamente esperaba con mayor inquietud que le surgieran nuevos negocios tan exitosos como el que había resuelto con Héctor Ribes i Pla, para así poder separarse de las actividades de Ferran Jufresa. Tenía la necesidad de prosperar por sí mismo para demostrar al mundo que podía aspirar a una mujer como Laura. Sin embargo, en ese momento tenía poco margen de actuación; Ferran estaba algo dolido por la ausencia de concreción en los plazos del ayuntamiento y con alguien tenía que pagarlo.

La falta de una regulación para la urbanización del Ensanche era aprovechada por inversores privados que buscaban beneficios entre los vacíos legales. Desde que en 1860 se aprobara el plan Cerdà, fueron varias las hipótesis que se barajaron para conseguir una nueva legislación que se ajustara a las expropiaciones. Aprovechando que el régimen liberal se había consolidado se pretendía reformar la Ley de la Expropiación Forzosa del 17 de julio de 1836. Por un lado, se pensó en añadir un fondo para financiar una obra tan ambiciosa y el compromiso de pagar las indemnizaciones convenientes a los afectados. Asimismo, se empleó temporalmente el decreto que en 1852 se aplicó para la remodelación de las calles de París: la expropiación no sólo de los terrenos necesarios para la urbanización sino también de los edificios colindantes por motivos de salud pública a cambio de una compensación. También llegó a plantearse el Proyecto Posada Herrera en 1861 para sustituir la ley de 1836, entre cuyos artículos se justificaba la expropiación forzosa alegando utilidad pública. Sin embargo este proyecto, al igual que las demás tentativas, fue rechazado por el gobierno español en 1862. Esa decisión fue vista en la Ciudad Condal como la renuncia definitiva a una ley parlamentaria reguladora de la urbanización del Ensanche y comenzaron a sucederse las actuaciones de los inversores y especuladores que les permitirían beneficiarse de la ola económica que removía a la ciudad de arriba abajo. Sabían bien que ese siglo determinaría el futuro de las generaciones venideras; sin embargo, no se preocuparon demasiado por ello.

Por eso la situación era de gran desorden: quien se sabía mover podía hacerse con un inmueble que en poco tiempo multiplicaría su valor, pero en un clima de desconfianza y de escalada de precios también se vendían otros bajo la promesa de un aumento futuro a consecuencia de un rumor que luego se deshacía en el aire. Lo primero que le vino a la cabeza a Dimas fue que debía averiguar quién protagonizaba aquellas protestas tan ruidosas que rechazaban las expropiaciones. Si descubría a los líderes del movimiento, que no serían muchos, podría ofrecerles en nombre de su jefe un buen dinero por su silencio u otra alternativa. Si algo había aprendido en esos últimos meses era que, para bien o para mal, el dinero podía comprarlo casi todo. Sin los dirigentes más fuertes dispuestos a pelear por ellos, los vecinos dejarían de oponerse y se conformarían con las nuevas circunstancias.

Caviló Dimas que, como en todo, la mejor manera de descubrir algo era siempre desde dentro, así que se dirigió a una tienda donde adquirió la maleta más barata que encontró, una de cartón. En otro local cercano compró una chaqueta que le iba algo grande y una boina negra. A continuación tomó el tranvía y se bajó antes de llegar al Campo del Arpa. Buscó una zona entre edificios, un lugar discreto a refugio de miradas curiosas. Una vez allí, maltrató los cantos de la maleta frotándola contra el suelo. Cogió un puñado de tierra y lo esparció por toda ella. Cuando hubo conseguido darle una apariencia vieja y usada se quitó la gabardina, la chaqueta y el chaleco y lo metió todo dentro, junto con la corbata. Se despeinó ligeramente, se encasquetó la boina y se vistió con la chaqueta recién comprada. Le faltó un espejo donde mirarse, pero notó que no le quedaba bien: justo lo que buscaba. Se encaminó hacia el barrio.

Dimas sabía que muchos de los inquilinos de aquella zona eran inmigrantes. Pensó que, debido a sus orígenes, no le resultaría nada difícil imitar el acento aragonés para hacerse pasar por un nuevo vecino. Se metió en la primera taberna que encontró y preguntó entre los parroquianos como si fuera un recién llegado que necesitara alojamiento. Enseguida le aconsejaron una pensión cercana y, tras hacerle sentar en una de las mesas, le ofrecieron comida y bebida. Todos eran amables y de lengua suelta; pronto llegó hasta las protestas que recorrían el barrio. Sabía muy bien que criticar al sistema era siempre un placer para los más desfavorecidos.

—Estoy seguro de que conseguiréis que se metan el Ensanche por donde les quepa —dijo mientras se llevaba la cuchara a la boca con el guiso de patatas y algún trozo de carne que la esposa del dueño del local, una mujer mayor y encorvada, le había servido.

—No podemos dejar que destruyan así como así todo lo que tenemos. En este barrio somos gente humilde —explicó el propietario tras la barra limpiándose las manos en el delantal. Era un hombre extraordinariamente delgado, de media altura y sin apenas un pelo en la cabeza.

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