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Authors: Anne Helene Bubenzer

Tags: #Relato

La fabulosa historia de Henry N. Brown

BOOK: La fabulosa historia de Henry N. Brown
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«Soy ciudadano del mundo, pero nací en Bath el 16 de julio de 1921, cuando Alice me cosió mi segundo ojo. Me llamo Henry N. Brown y soy un oso de peluche. Pero no soy un oso cualquiera, pues Alice introdujo en mí un secreto que ella llamaba 'amor' y que me hace diferente. Ahora que ya he cumplido ochenta años y ya no soy el juguete preferido de los niños, me he dejado convencer para contaros mi historia. Mi historia que es también la de todos aquellos que he amado a lo largo de los años, en Inglaterra, Francia, Alemania, Noruega, Italia, Hungría… y ¡hasta en Nueva York! Os hablaré de la guerra que asoló Europa y puso tristes muchos corazones, pero también de la felicidad de compartir, de aportar consuelo y alegría, de formar parte de una familia, de haber conquistado a adultos y niños. ¡Tengo tantas cosas que contar! Esta es mi historia. Y que yo sea un osito de peluche no te molesta, ¿verdad?» «Gracias a Henry el lector emprende un viaje fabuloso en el que aprenderá sobre el sentido de la vida y los secretos del amor».

Neue Presse

Anne Helene Bubenzer

La fabulosa historia de Henry N. Brown

ePUB v1.0

Crubiera
27.11.12

Título original:
Die unglaubliche Geschichte des Henry N. Brown

Anne Helene Bubenzer, 2012.

Traducción: Lidia Álvarez Grifoll

Diseño portada: Sabrina Veneto

Fotografía portada: ALE+ALE

Editor original: Crubiera (v1.0)

Colaboradores: Mística, Natg, Enylu y Mapita (Grupo EarthQuake)

ePub base v2.1

En memoria de mi padre

y para Wolfgang con amor

No quiero conservar cenizas

sino mantener la llama ardiendo

Permítanme que les presente a Henry

N
o es habitual que un editor presente personalmente a sus autores ni que escriba prólogos. Sin embargo, en este caso tengo que hacerlo. Resulta que el protagonista de este libro, Henry N. Brown, es mi osito de peluche y existe realmente, no es un personaje de novela producto de la imaginación. Sí, yo tampoco habría creído nunca que un día contaría con un oso entre mis autores, pero la vida está llena de sorpresas.

Descubrí a Henry una tarde oscura de diciembre, poco antes del cambio de año, en una tienda minúscula de Viena: estaba en el pequeño escaparate, entre muñecos y otros juguetes, contemplando el crepúsculo. Ladeaba levemente la cabeza, como si estuviera un poco cansado. Pero quizá solo tenía mucho cuidado porque sobre su pata descansaba la mano de una muñeca más grande que él y que parecía su hermana mayor.

Fuera como fuese, su conmovedora mirada me hizo entrar en la tienda y pedir el osito del escaparate. Se confirmó que Henry no podía sostener la cabeza erguida: la tenía un poco suelta y se le movía a la derecha o a la izquierda. También tenía el pelo bastante gastado de tantas caricias, y en el pecho incluso le noté un punto hundido. Pensé que aquel oso de peluche era realmente viejo, que llevaba unas cuantas décadas a sus espaldas. La cabeza inestable, la marca hundida, el pelo no muy tupido: parecía tener un pasado ajetreado. De algún modo, el osito me llegó al corazón y me lo llevé conmigo.

Por supuesto, no se llamaba Henry desde el principio, y la «N.» en el nombre alude al color indefinible de su pelo: Henry
nearly
Brown, es decir, Henry Casi Marrón. No, no era exactamente marrón, más bien era parduzco, color ocre o azafrán. Sea como fuere, recibió ese nuevo nombre después de tantos otros que seguramente había tenido.

Le concedí un lugar de honor en una vitrina. Protegido por el cristal, para que el polvo no pudiera dañarle. Allí estaba entre libros, marcos de plata y otros objetos hermosos, y día tras día observaba el mundo de mi despacho como si se asomara a una ventana. En sus ojos siempre había una mirada melancólica. ¿Cuántas cosas habría visto y vivido? No lo sabía.

Un día liberé a Henry de su confortable prisión, lo cogí en brazos y le acaricié el pelo hirsuto. Entonces, de pronto, el osito se puso a hablar. Me explicó su vida, una vida emocionante y llena de vicisitudes. De repente vi el mundo a través de sus ojos, desde una perspectiva osuna, por así decirlo. Me enteré de muchas cosas sobre la historia del siglo pasado, conocí a los niños que habían tenido en ese oso a un compañero de juegos sumamente encantador. Y también aprendí cosas muy importantes sobre el sentido de la vida y el secreto del amor. Ahora lo sé: quien siempre dice que no necesita un oso de peluche y que no sabría qué hacer con él seguramente es quien más lo necesita.

En la escritora Anne Helene Bubenzer encontré a una magnífica cronista de osos, que ha plasmado la vida de Henry N. Brown con cariño y gran sabiduría. El hecho de que en el libro sea la autora quien compra el oso de peluche es una pequeña concesión a la dramaturgia de esta increíble biografía. Todo lo demás es tan cierto como ciertas son las historias vividas.

Así pues, es un placer para mí presentarles a Henry y su historia. Este peluche ha brindado consuelo a muchos niños y, lo confieso, también a mí a veces. Naturalmente, es el oso de peluche más bueno y listo que se pueda imaginar. Naturalmente, es un filósofo. Y, naturalmente, tiene el corazón en su sitio. Aunque seguro que ustedes ya lo habían intuido.

Cordialmente,

JOHANNES THIELE

1

H
ará una media hora hice saltar la alarma en el control de seguridad.

La escritora puso el bolso en la cinta de rayos X, y luego ya fue demasiado tarde.

—Disculpe, señora, ¿es suyo ese bolso? —preguntó en tono rutinario el funcionario de seguridad austríaco.

—Sí, es mío —dijo la escritora.

—¿Podría abrirlo, por favor?

—Claro —replicó ella, muy cordial y amable, tal como yo la conocía. Tal como había sido desde el principio.

—¿Es suyo este oso de peluche? —preguntó el funcionario en tono formal, y me sacó del bolso cogiéndome del brazo.

—Sí —repitió—, es mío.

En cierto modo, me enorgulleció cómo lo dijo. No dejaba lugar a dudas de que íbamos juntos. Ella es mi propietaria.

—¿Viaja con un oso de peluche? —continuó preguntando el funcionario.

—¿Por qué no? —repuso ella.

—Es un poco raro que… —murmuró el hombre.

—Bueno, ¿qué quiere? —La impaciencia resonó en la pregunta.

A mí también me resultaba desagradable aquel interrogatorio. No me gusta que los extraños me cojan así del brazo, sobre todo si lo hacen de una manera tan formal. Eso no promete nada bueno, lo sé.

—Tenemos que inspeccionar con más detalle su oso de peluche —dijo el funcionario—. Es sospechoso.

Yo era sospechoso. ¿Qué significaba eso? Yo era sospechoso. No me hagan reír.

—Escúcheme —dijo la escritora, entonces en absoluto cordial ni amable—. No sé a qué viene esta broma, pero debo coger el vuelo a Munich y tengo bastante prisa.

—Lo siento, señora, pero no puedo dejarla pasar hasta que sepamos qué ha hecho saltar la alarma.

—¿Él ha hecho saltar la alarma?

Yo había hecho saltar la alarma. ¿Por qué había hecho saltar la alarma? Contuve el aliento.

—Está claro que en el cuerpo de su oso de peluche se esconde un objeto sospechoso —prosiguió el hombre—. ¿Podría decirnos de qué se trata?

—¿Un objeto? ¿Qué es esto? ¿Una cámara oculta? Señor…, ¿cómo se llama…?

—Eso no viene a cuento.

—De acuerdo, señor. He comprado este oso de peluche hará unas veinticuatro horas, en una pequeña tienda de muñecos situada en una calle lateral de la Kärntner Strasse. Hacía al menos tres años que estaba en el escaparate. Desde entonces, no lo he perdido de vista ni un segundo. Sinceramente, creo que está usted perdiendo el tiempo y, sobre todo, me lo está haciendo perder a mí, si me toma por un miembro de al-Qaeda y cree que este viejo oso de peluche es Osama bin Laden.

La escritora estaba furiosa. La comprendí. El problema era que el vigilante de seguridad tenía razón. Llevaba algo dentro de mí.

—Señora, cálmese, por favor —dijo—. Volveremos a pasar a su osito. Dorle, anda, hazme el favor de pasar otra vez el oso de peluche.

Me puso en manos de una mujer que me colocó en una bandeja gris de plástico, y volví a pasar por el túnel oscuro de rayos X. No noté nada.

—Ahí, ¿lo ve? —le dijo el funcionario a la escritora señalando el monitor que había junto a la cinta, mientras las tiras de goma me acariciaban y regresaba a la luz del día—. Se ve muy claramente. No me lo negará.

—No —dijo la escritora—. Yo también lo he visto.

Lo vieron todos. En la pantalla, mi contorno brilló en un vivo espectro cromático, y en mi interior se veía algo gris.

—Eso —dijo el funcionario—, el objeto gris, es sospechoso.

Yo estaba sorprendido, espantado y consternado. El hecho de que fuera posible mirar dentro de mí me pilló del todo desprevenido. Por lo visto, es fácil examinar mi interior y descubrir lo que he considerado mi secreto mejor guardado durante los últimos ochenta y cuatro años.

Allí, en el Aeropuerto Internacional de Viena, un vigilante de seguridad había descubierto ese secreto y lo había denigrado usando la desdeñosa palabra «sospechoso» de un modo que me provocó náuseas.

—Y ahora ¿qué? —inquirió la escritora.

—¿Podría usted abrir el oso? —preguntó el funcionario.

—¿Bromea? —replicó la escritora—. Nadie abrirá este oso. Es una rareza, ¿comprende? Tiene como mínimo setenta años, si no más. He pagado mucho dinero por él. No se abre a un oso de peluche como este.

—Lamentablemente, no nos queda más remedio. Intentaremos dañarlo lo menos posible. Cuando se haya comprobado que no es peligroso, podrá volver a coserlo.

¿
Quiere rajarme? ¿A mí? ¡No lo permitas
!

—¡Ni pensarlo! —exclamó enfadada la escritora—. Es increíble. Aquí no se hará nada hasta que haya hablado con su superior, señor «eso no viene a cuento».

El funcionario de seguridad habló por el walkie-talkie, se oyeron interferencias y chirridos; Dorle, la mujer de los rayos X, se nos había acercado, y la escritora me sacó de la bandeja de plástico y me acarició la cabeza como si quisiera tranquilizarme. Aunque solo se tranquilizaba a sí misma. Conozco esas caricias ausentes, automáticas, de niños y adultos: en eso, son todos iguales.

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