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Authors: María Gripe

Tags: #Infantil y juvenil

La hija del Espantapájaros

 

Loella, una chica de doce años, tiene como mejor amigo a Papá Pelerín, el espantapájaros. Su madre está siempre de viaje y su padre simplemente no existe. A la cabaña del bosque llega una carta que cambiará la vida de Loella para siempre. ¿Qué destino le aguarda? ¿Encontrará lo que lleva tanto tiempo buscando? Un libro en el que se pone de manifiesto el valor de la amistad en la superación de las dificultades.

María Gripe

La Hija Del Espantapájaros

El Barco de Vapor - Serie Roja - 2

ePUB v1.0

Staky
12.09.12

María Gripe, 2005

Ilustraciones: Marina Seoane

Diseño/retoque portada: Marina Seoane

Editor original: Staky (v1.0)

ePub base v2.0

Capítulo 1

LOS dedos de Loella estaban rojos de frío. A cada rato tenía que dejar la cesta en el suelo para frotárselos y calentarlos un poco.

No era fácil descubrir las setas entre tantas hojas. Y más, ahora que estaba terminando el otoño y apenas si quedaban. Aunque rebuscó obstinadamente, encontró sólo un puñado.

Se iba haciendo de noche y las sombras crecían, cada vez más oscuras, entre los árboles. Era un paisaje triste. Las hojas ya no brillaban como antes y no eran ni amarillas. Se estaban volviendo marrones.

La lluvia caía lenta y pesadamente. Noviembre.

Se incorporó ciñéndose la chaqueta para abrigarse mejor. En el fondo de la cesta había sólo unas pocas setas empapadas. No eran suficientes y aguzó la vista buscando más. Tal vez… algo más allá…

No, eran piedras húmedas. Pero allí… sí, allí había setas. No muchas, pero algo es algo. Ahora tenía que recoger leña para el fuego.

Se estaba haciendo de noche muy de prisa. Y la lluvia seguía cayendo.

Su pelo chorreaba. Se lo apartó de la cara con un movimiento impaciente. Le caía sobre los ojos cada vez que se inclinaba. Lo tenía muy largo, espeso y negro. Y era cierto, como decían, que se enroscaba como serpientes sobre su espalda.

Oh, sí… Sabía perfectamente lo que decía de ella la gente del pueblo. Pero no la molestaba. Que gritaran ¡Malos Pelos! a su paso, si les apetecía. Nadie conseguiría hacerla enfadar.

Después de todo, Malos Pelos no era un apodo estúpido. Sonaba a algo peligroso, que daba miedo, y eso le gustaba. No le preocupaba en absoluto que los demás no quisieran nada con ella. Mejor, así los mantenía a distancia.

Ella tampoco los podía aguantar. En algo, al menos, estaban de acuerdo. No eran más que una banda de viejos locos y santurrones, lo sabía perfectamente.

Y tampoco ignoraba que su carácter era terrible. ¡Pero qué remedio! No conviene ser demasiado blanda cuando una vive sola en el bosque con dos hermanitos que cuidar. Su carácter fuerte le ayudaba a combatir las penas y las dificultades. De repente despedía fuego y azufre… y así ahuyentaba las calamidades. Luego todo marchaba bien de nuevo.

Ese día, especialmente, una buena tormenta se preparaba en su interior. Sus ojos echaban chispas y tenía el ceño fruncido. Con una especie de furia lunática recogía ramas secas del suelo y las iba echando en un montón.

Después se detuvo un momento para remangarse la chaqueta: Era de su madre, de color verde, y a Loella le quedaba tan grande como un abrigo.

Miró desafiante a la oscuridad, entre los abetos. La lluvia trazaba líneas paralelas en el aire.

«El primero de noviembre», dijo de repente en voz alta. Arrugó aún más el ceño y sus ojos se pusieron tan negros como dos motas de hollín. Mamá había dicho octubre. Había prometido volver para octubre, a más tardar, seguro…

Su cólera estalló. Llevaba un collar largo, de cuentas rojas, que su madre le había dado. Se lo arrancó de un tirón y con él azotó el aire produciendo un sonido silbante.

—¡Es una vergüenza! ¡Un engaño! —gritó dando una furiosa patada al montón de leña. Sus ojos centelleaban.

—¡Estas cosas tan feas no se hacen…!

Pronto se calmó. Un momento antes estaba pálida y helada. Ahora sus mejillas se habían puesto encarnadas, sentía calor en todo el cuerpo y rebosaba energía, como si una pequeña máquina hubiera recargado sus baterías.

Se frotó la nariz enérgicamente con la manga del jersey y farfulló, dirigiéndose a sí misma con tono de reprimenda:

—¡Luna negra, flor venenosa, nido de culebras…! ¡Castigo para Loella por hablar así! ¡Castigo!

Luna negra, flor venenosa, nido de culebras: eran las palabras misteriosas que usaba siempre que las cosas iban mal. Las cambiaba, las entrelazaba como una especie de fórmula mágica para conjurar la mala suerte.

Cuando estaba contenta usaba otras distintas: «Luna blanca, flor perfumada, nido de pájaros…». Eran su manera de decir «gracias» a los poderes benéficos y un ruego para que no la olvidaran. Pero hacía mucho tiempo que no las usaba. Se sentía abandonada porque su madre nunca volvía y ni siquiera escribía. Era terrible pensar que estaba en alta mar, en medio de las tormentas del otoño y la oscuridad del invierno. Podía pasarle alguna desgracia. Siempre estaba preocupada por mamá.

Era casi un alivio convertir su inquietud en rabia, como acababa de hacer. Se liberaba de ella, al menos por un rato.

Volvió a ponerse el reluciente collar. ¡Quedaba tan bonito sobre el jersey verde! Era un collar precioso. Podía decir que sus cuentas eran de coral auténtico, según le explicó mamá en una carta, porque tenían exactamente el mismo color, aunque en realidad eran de plástico. Pero a ella no le importaba que fueran o no de coral. ¿Qué más daba?

Debía darse prisa. Ató las ramas con una cuerda, se las echó a la espalda y cogió la cesta con las setas. Entonces empezó a andar rápidamente. Era casi de noche y la lluvia no dejaba de caer.

Ya podía ver la cabaña, allá en el claro, pequeña, gris, agrietada.

Se quedó paralizada en su sitio, con el corazón en la garganta. ¿Qué pasaba?

Había luz en la ventana. ¿Quién sería? Estaba segura de no haber dejado ninguna luz encendida al salir. Ni la lámpara de aceite ni el fuego. Sus hermanitos dormían.

Sintió un estremecimiento de angustia. Echó a andar de nuevo a toda velocidad. Los había dejado solos demasiado tiempo.

¿Pero quién habría encendido la luz?

La llave estaba en la cerradura y ella solía dejarla en una rendija, sobre la puerta. Alguien había estado allí.

Tiró el atado de ramas al suelo y abrió la puerta.

—¡Oh, tía Adina! ¡Eres tú!

—¿Y quién querías que fuera, pequeña?

—No sé… Como dijiste que no podrías venir hasta el sábado porque esperabas visitas… ¿No han ido?

Loella paseó la mirada por la habitación y sus ojos brillaron. Un buen fuego chisporroteaba en la cocina y la lámpara estaba encendida. Olía muy bien.

—Tortitas —dijo, husmeando el aire.

—Sí, llegas a punto. No, por fin mis amigos no fueron a verme. Telefonearon diciendo que con esta lluvia preferían no salir. Y pensé que lo mejor que podía hacer era pasar un rato con mis pequeños.

Y tía Adina se sentó en el sofá para darles sus tortitas a Rudolph y a Conrad.

* * *

TÍA Adina vivía con su marido, David, en una casa pequeña cerca del lago. David Pettersson era un anciano poco hablador. En eso no se parecía a su mujer, desde luego. Se ganaba la vida ayudando a los granjeros del pueblo en el campo, durante el verano, y en el bosque, cuando llegaba el invierno. Un trabajo pesado que le proporcionaba lo suficiente para vivir, teniendo en cuenta que sólo eran él y su mujer.

Tía Adina y Loella no siempre se habían llevado bien. Ni mucho menos. Aún recordaban el día en que Loella soltó un ratón en la capilla, justo en medio de una ceremonia de boda. Adina se puso furiosa, y rápida como el rayo la echó fuera a escobazos.

Por entonces Adina perdió el reloj de su padre en el bosque. Loella lo encontró y fue corriendo a llevárselo, toda sonrisas y amabilidad. Desde ese día se hicieron grandes amigas. Tía Adina siempre llevaba cestas llenas de comida a la cabaña, cosía y remendaba la ropa de los niños; pero la gente no paraba de comentar cómo era posible que Adina Pettersson pudiera llevarse bien con Malos Pelos, esa chica tan rara que casi nunca se dejaba ver en el pueblo y no hablaba con nadie.

Rudolph y Conrad abrían la boca golosamente mientras tía Adina les iba dando trozos de tortita. Sus oscuras cabezas rizadas y sus ojos redondos, de un color azul profundo, les daban el aire de pajaritos recién nacidos.

—Ya no hay muchas setas en el bosque —dijo Loella.

—Me imagino. Pero no te preocupes. Tenéis comida para varios días. Sólo necesitas calentarla. Mejor que gastes primero las albóndigas. El jamón, como está curado, se conserva más tiempo. Bueno… como te parezca. El pan que hice ayer lo dejé demasiado en el horno. Y los bollos. Pero están ricos de todos modos. Ya verás.

Loella estaba sentada a la mesa y asintió con la boca llena. Tía Adina continuó hablando.

—¿Has ido al pueblo desde la última vez que nos vimos?

Loella meneó la cabeza.

—Entonces sigues sin noticias de tu madre, supongo.

—Sí.

Tía Adina ayudó a Rudolph a beber de su vasito. Se quedó pensativa.

—Esta mañana fui a correos y pregunté si había alguna carta para ti, pero no había ninguna. Y si tu madre no escribe, será porque está de camino. Es lo que suele pasar.

—Siempre escribe antes de volver.

—Sí, ya sé, pero… estamos casi en noviembre, así que…

Se quedó callada y le limpió la boca a Conrad. El niño se apoyó en el rollizo brazo de tía Adina y eructó satisfecho.

—No quero come más… Esto lleno —dijo con su media lengua.

—Lleno… lleno de totitas… —rió Rudolph trepando a las rodillas de Adina. Conrad hizo lo mismo.

—Are caballito… Are caballito… ¡Cántalo!

Tía Adina cantó: Arre caballito, vamos a Belén, que mañana es fiesta y al otro también.

Tenía que cantarlo varias veces para que los niños se quedaran conformes. Pero ya se metían los pulgares en la boca y los ojos se les caían de sueño.

La canción de tía Adina tenía una cadencia suave y monótona que nunca cambiaba. Y no es extraño, porque en toda su vida no había cantado más que himnos y nanas.

Se levantó, puso a Rudolph y Conrad en el suelo con mucho cuidado, sacó dos cajones del gran armario y los colocó uno junto a otro. En ellos estaban preparadas dos camitas. Lavó a los niños minuciosamente y los acostó. En seguida se durmieron.

Mientras tanto Loella recogió la mesa y lavó los platos.

En el gran fogón encalado aún ardían unos carbones. Sopló sobre ellos y calentó café para tía Adina.

Luego se sentaron a la mesa, bajo la luz circular de la lámpara. Tía Adina bebió su café a sorbitos lentos, saboreándolo en silencio y con la mirada perdida en un punto lejano. Loella apoyó la cabeza en las manos con expresión soñadora; la misma que tenía siempre después de comer las tortitas de tía Adina.

Tía Adina dejó la taza. En su pequeña y redonda barbilla había un gesto de determinación cuando rompió el silencio.

—Esto no puede seguir así, pequeña —dijo con tono preocupado—. He oído decir que las autoridades de la escuela están dispuestas a dar la batalla otra vez. Cualquier día de éstos aparecerán por aquí.

Loella apretó el puño y golpeó la mesa con súbita furia.

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