Las llanuras del tránsito

 

Cuando ya parecía que la pareja Ayla-Jondalar estaba firmemente estabilizada y que se iban a integrar en aquella tribu de 'Cazadores', surgen, los celos. Ayla y Jondalar van a emprender el gran viaje a través del mundo conocido, y en ese recorrido, que durará más de un año, se encontrarán con un medio natural inhóspito y cambiante, que les impide encontrar un lugar dónde asentarse y establecer su hogar.

Jean M. Auel

Las llanuras del tránsito

Los hijos de la Tierra

ePUB v1.0

Conde1988
21.04.11

Capítulo 1

La mujer vislumbró un movimiento a través de la bruma polvorienta que había frente a ella y se preguntó si sería el lobo, al que antes había visto brincar en aquella dirección.

Miró a su compañero con gesto preocupado y después buscó de nuevo al lobo, esforzándose por ver a través de la polvareda.

–¡Jondalar! ¡Mira! –dijo, señalando al frente.

Hacia su izquierda, los perfiles imprecisos de varias tiendas cónicas eran apenas visibles a través del viento seco y polvoriento.

El lobo estaba siguiendo a dos criaturas de dos patas que habían comenzado a emerger del aire turbio, portando lanzas que apuntaban directamente hacia ellos.

–Ayla, creo que hemos llegado al río, pero me parece que no somos los únicos que queremos acampar aquí –dijo el hombre, tirando de las riendas para detener a su caballo.

La mujer indicó a su caballo que se detuviera con la presión del músculo del muslo, una fuerza sutil que era consecuencia de un acto reflejo, hasta el punto de que jamás hubiera concebido que sirviera como un medio de controlar al animal.

Ayla oyó un gruñido amenazador que brotaba de la garganta del lobo y vio que su postura había pasado de una actitud defensiva a otra más bien agresiva. ¡Estaba preparándose para atacar! La mujer emitió un sonido áspero y peculiar, semejante al grito de un ave, aunque de ninguna de las aves conocidas. El lobo suspendió su aproximación subrepticia y avanzó hacia la mujer montada a caballo.

–¡Lobo, quédate cerca! –dijo ella, al mismo tiempo que hacía una señal con la mano. El lobo trotó junto a la yegua de color amarillo pardo, mientras el hombre y la mujer se acercaron lentamente, montados en sus caballos, a las personas situadas entre ellos y las tiendas.

Un viento racheado y caprichoso, que mantenía en suspensión la tierra de fino loess, remolineaba alrededor de ellos y hacía confusas las imágenes de aquellos que portaban lanzas. Ayla alzó una pierna y desmontó. Se arrodilló al lado del lobo. Apoyó un brazo sobre el lomo del animal y otro sobre su pecho, para tranquilizarlo y retenerlo si fuera necesario. Podía sentir el gruñido que rumoreaba en su garganta y la ansiosa tensión de los músculos dispuestos para el salto. Ayla miró a Jondalar. Una delgada película de polvo cubría los hombros y los largos cabellos color de lino del hombre de elevada estatura y confería al pelaje de su montura, de tonalidad pardo oscura, el color leonado más usual de su resistente raza. Ella y Whinney tenían el mismo aspecto. Aunque aún estaban a principios del verano, los fuertes vientos que provenían del gigantesco glaciar del norte ya estaban secando las estepas en una ancha faja al sur del hielo.

Ayla percibió que el lobo estaba tenso y que presionaba sobre su brazo; fue entonces cuando vio que otra figura aparecía detrás de los portadores de lanzas, vestida como Mamut podría hacerlo para una ceremonia importante, y usaba una máscara con cuernos de bisonte y vestiduras pintadas y decoradas con símbolos enigmáticos.

El Mamut les apuntó con su báculo, agitándolo vigorosamente, y gritó:

–¡Fuera, malos espíritus! ¡Abandonad este lugar!

Ayla pensó que la voz que provenía de detrás de la máscara se asemejaba a la de una mujer, pero no estaba segura; de todos modos, había hablado en mamutoi. El Mamut se abalanzó hacia ellos agitando de nuevo el cayado, mientras Ayla retenía al lobo. Justamente después, la figura disfrazada comenzó a cantar y bailar, mientras agitaba el cayado y saltaba rápidamente hacia ellos, para retroceder otra vez, como si intentara asustarlos o alejarlos, aunque sólo lograba atemorizar a los caballos.

La sorprendió que Lobo estuviese dispuesto a atacar; los lobos rara vez amenazaban a la gente. Pero al recordar su comportamiento, creyó entender. Ayla había observado con frecuencia a los lobos cuando aprendía todo lo necesario para cazar, y sabía que estos animales se mostraban afectuosos y fieles sólo con su propia manada. Se apresuraban a expulsar de su territorio a los extraños, y se conocían casos en que habían luchado con otros lobos para proteger lo que consideraban su dominio exclusivo.

Para el minúsculo cachorro de lobo que ella había encontrado y llevado a la guarida mamutoi, el Campamento del León era su manada; para él, otras personas eran simplemente lobos forasteros. Había gruñido a humanos desconocidos que llegaban de visita, cuando aún no había madurado. Ahora, en territorio desconocido, quizá el territorio de otra manada, era natural que adoptase una actitud defensiva en cuanto veía a extraños, y sobre todo a extraños hostiles armados con lanzas. ¿Por qué la gente de aquel campamento blandía sus lanzas?

A Ayla le pareció encontrar en los cánticos algo conocido; después comprendió de qué se trataba. Las palabras pertenecían a la lengua arcaica sagrada que sólo entendían los mamutoi. Ayla no la comprendía por completo. Mamut apenas había comenzado a enseñarle el idioma antes de que ella se marchara, pero advirtió que el significado del canto estridente era esencialmente el mismo que el de las palabras proferidas antes, aunque los términos usados fueran un poco más suaves. Consistía en una exhortación a los espíritus del pueblo de los lobos y los caballos para que se alejaran y les dejasen en paz, a fin de que regresaran al mundo de los espíritus al que pertenecían.

En idioma zelandoni, de modo que la gente del campamento no la entendiese, Ayla explicó a Jondalar lo que el Mamut decía:

–¿Creen que somos espíritus? ¡Naturalmente! –observó Jondalar–. Debería haberme dado cuenta. Nos temen. Por eso nos amenazan con lanzas. Ayla, tendremos este problema siempre que nos encontremos con gente en el camino. Ahora estamos acostumbrados a los animales, pero la mayoría de la gente siempre pensó que los caballos o los lobos eran sólo comida o pieles.

–Los mamutoi de la Reunión de Verano estaban inquietos en un principio. Les llevó un tiempo acotumbrarse a la idea de tener cerca a los caballos y a Lobo, pero finalmente lo consiguieron –dijo Ayla.

–Cuando abrí los ojos por primera vez en la caverna de tu valle, y te vi ayudando a Whinney que daba a luz a Corredor, pensé que el león me había destruido y que yo había despertado en el mundo de los espíritus –dijo Jondalar–. Quizá yo también debería desmontar, para demostrarles que soy hombre y que no estoy unido a Corredor como si fuera una especie de espíritu hombre-caballo.

Jondalar desmontó, pero sostuvo en la mano la cuerda unida al freno que él mismo había fabricado. Corredor sacudía la cabeza y trataba de apartarse del Mamut que se acercaba, sin dejar de agitar el cayado y cantando a voz en cuello. Whinney estaba detrás de la mujer arrodillada, con la cabeza inclinada, tocándola. Ayla no usaba cuerdas ni frenos para guiar a su caballo. Dirigía a su cabalgadura solamente con la presión de sus piernas y los movimientos del cuerpo.

Al oír algunos fragmentos del extraño lenguaje que los espíritus hablaban y ver que Jondalar desmontaba, el hechicero cantó en voz aún más alta, rogando a los espíritus que se alejasen, brindándoles ceremonias y tratando de aplacarlos con la promesa de ofrendas.

–Creo que deberías decirles quiénes somos –observó Ayla–. Ese Mamut está muy preocupado.

Jondalar sostuvo la cuerda cerca de la cabeza del corcel. Corredor, asustado, trataba de retroceder, y el Mamut, con su cayado y sus gritos, no mejoraba la situación. Incluso Whinney comenzaba a espantarse, a pesar de que era una yegua de temperamento más sosegado que su brioso retoño.

–No somos espíritus –gritó Jondalar cuando el Mamut se detuvo para tomar aliento–. Soy un visitante, un viajero que hace su viaje, y ella –señaló a Ayla– es una mamutoi, del Hogar de los Mamuts.

Los que estaban enfrente se miraron unos a otros con expresión de duda, y el Mamut cesó de gritar y bailar, aunque continuaba agitando de cuando en cuando el cayado, mientras los observaba. Quizá los espíritus les engañaban, pero por lo menos se habían visto obligados a hablar en una lengua que todos podían entender. Finalmente, el Mamut habló:

–¿Por qué tenemos que creeros? ¿Cómo sabemos que no intentáis engañarnos? Dices que ella viene del Hogar de los Mamuts, pero ¿dónde está su señal? No tiene tatuaje en la cara.

–Él no ha dicho que yo fuera una Mamut –intervino entonces Ayla–. Ha dicho que pertenecía al Hogar de los Mamuts. La vieja Mamut del Campamento del León estaba adiestrándome antes de que yo partiese, pero mi instrucción aún no ha terminado.

El Mamut se alejó unos pasos para conferenciar con una mujer y un hombre; después regresó.

–Éste –dijo, señalando a Jondalar– es, como él mismo dice, un visitante. Aunque habla bastante bien, tiene el acento de una lengua extranjera. Pero la mujer dice que es mamutoi, y hay algo en su forma de hablar que no es mamutoi.

Jondalar contuvo la respiración y esperó. En efecto, Ayla hablaba de una manera especial. No podía emitir ciertos sonidos y el modo de pronunciarlos era extrañamente personal. Se entendía perfectamente lo que decía a su estilo y la entonación no resultaba desagradable –a Jondalar más bien le complacía–, pero la diferencia era perceptible. No era precisamente el acento de otra lengua; era algo más que eso, y distinto. Sin embargo, no dejaba de ser eso: un acento, pero de una lengua que la mayoría de la gente no había escuchado y que ni siquiera reconocería como lenguaje. Ayla hablaba con el acento de la lengua difícil, gutural y vocalmente limitada del pueblo que había recogido a la niña huérfana y la había criado.

–No nací en el pueblo de los mamutoi –dijo Ayla, siempre refrenando a Lobo, pese a que su gruñido había cesado–. Fui adoptada por un Hogar de los Mamuts y por el propio Mamut.

Se produjo entonces un agitado murmullo originado por los diálogos entre la gente y una nueva consulta privada entre el Mamut, la mujer y el hombre.

–Si no perteneces al mundo de los espíritus, ¿cómo controlas a ese lobo y consigues que los caballos te soporten sobre el lomo? –preguntó el Mamut, que había decidido concretar la aclaración.

–No es difícil conseguirlo, si uno los recoge cuando son muy jóvenes –contestó Ayla.

–Por lo que dices, parece muy sencillo. Pero no creo que sea tan fácil.

Aquella mujer no podía engañar a un Mamut que también pertenecía al Hogar de los Mamuts.

–Yo vi cómo ella trajo al cachorro de lobo a nuestro refugio. –Trató de explicar Jondalar–. Era tan pequeño que aún mamaba, y yo estaba seguro de que moriría. Pero ella lo alimentó con pequeños trozos de carne y caldo, y se despertaba en medio de la noche para atenderle como se hace con un niño de pecho. Y cuando el lobo vivió y comenzó a crecer, todos se sorprendieron, pero eso fue sólo al principio. Después, le enseñó a obedecer, a no orinar ni defecar en el refugio, ni morder a los niños aunque ellos le hicieran daño. Si no lo hubiese visto, no habría creído que un lobo pudiese aprender y comprender tanto. Por supuesto que se necesita mucho más que encontrarlo de pequeño. Lo atendió como si hubiese sido su hijo. Es una madre para este animal y por eso hace lo que ella quiere.

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