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Authors: Arturo Pérez-Reverte

Tags: #Comunicación, Periodismo

Los barcos se pierden en tierra

BOOK: Los barcos se pierden en tierra
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Para Pérez-Reverte, el mar es escenario de cruentas batallas y gestas heroicas, recuerdo vivo de grandes marineros, piratas y corsarios… pero también representa los intereses económicos, la pesca salvaje, la catástrofe medioambiental. Este libro no pasa por alto ninguna de esas facetas, y va desde el marinero de siempre, el que se enfrenta a la inmensidad del océano con admiración y respeto, hasta los entrañables personajes —del capitán Ahab a Jack Aubrey, pasando por Haddock— que, por mucho que puedan perder sus barcos, jamás naufragarán en la imaginación del autor.

Arturo Pérez-Reverte

Los barcos se pierden en tierra

ePUB v1.0

Honrado mercenario
14.05.12

Título: Los barcos se pierden en tierra

© 2011, Arturo Pérez-Reverte

Impreso en España – Printed in Spain

A Paco Sánchez Fariñas, por los mares que hizo posibles.

Y a Jesús Belmar, por los tres Corsos.

Sopla el viento en las jarcias, bajo las estrellas

Escribo tierra adentro, rodeado de árboles y del canto de los pájaros, pero embriagado por el olor del salitre y el aroma evocador de las aventuras marinas. Una ardilla salta audazmente en una jarcia de ramas. El mar restalla en las cuartillas que tengo sobre la mesa y que el viento agita blancas como penachos de espuma. Son las páginas de Los barcos se pierden en tierra, este libro que recoge textos y artículos de Arturo Pérez-Reverte sobre mares y marinos, varios de ellos bien conocidos de los que le seguimos, otros inéditos. La mayoría procedentes de ese espacio tan refrescante y contumaz que es su colaboración en el XL Semanal, «Patente de corso». Ahora todos juntos componen una poderosa y homogénea escuadra que ofrece no sólo un insólito goce náutico sino una aproximación iluminadora a la personalidad y el mundo del escritor a través de la que quizá sea la mayor de sus pasiones.

Me siento, lo confieso, bastante impostor pergeñando estas líneas de avanzadilla al lobo de mar. A diferencia de Arturo, no soy marino. Es más, temo al mar. «No te arrugues, Jacinto», me parece escuchar la voz de Arturo. «Sólo los imbéciles no temen al mar.» Es cierto Arturo, pero yo lo temo como no lo temen los marinos, como no lo temes tú. Lo temo mucho, sólo con verlo; lo temo por su irrevocable inmensidad, por su alevosa inconsistencia, por su insondable profundidad. Lo temo porque no hallo en él nada a lo que aferrarme, ninguna certidumbre y sobre todo ni la más mínima piedad (hacia mí). Lo temo porque se parece tanto a la vida.

¿Qué hago entonces en esta singladura?, se preguntarán. ¡Vaya mascarón de proa te has buscado, Arturo! Bueno, estoy aquí porque, aparte de algunas circunstancias fortuitas como haber conocido bien a Patrick O’Brian —una vez sostuve su arpón mientras él meditaba si escupir su whisky sobre el filo o sobre mí— y ser de familia de marinos de guerra —mi abuelo murió en el mar a bordo de un portaaviones, lo que confirma todos mis temores—, paradójicamente amo el mar. Lo amo como idea y como territorio a surcar por otros. Como literatura. Soy, digámoslo así, un marino de papel. De los que navegan por persona interpuesta: llamadle Ismael, o Joshua (Slocum), o dos veces Jim —Tuan y Hawkins— o dos veces Jack —Aubrey y Sparrow—, o ya que estamos, dos veces Arturo (Gordon Pym y el que nos ocupa). O Coy.

Algunos de los mejores momentos de mi vida los he pasado en el mar. Y no me refiero a mis periódicas singladuras en Transmediterránea, patéticamente aferrado a Conrad junto a los botes salvavidas o aquella única, inolvidable ocasión en que atravesé el mar a vela excepcionalmente sin miedo porque me embargaba el único sentimiento mayor, el que todo lo vence. No, me refiero a lo mucho que he navegado en los incomparables océanos de la lectura. Las páginas que siguen abundan en esos entusiasmos que me enorgullezco en compartir con Arturo. Yo aquí, con el sable de abordaje en la boca, un cabo en la mano y la Jolly Roger ondeando siniestramente feliz sobre mi cabeza —aunque bien a salvo leguas tierra adentro— me proclamo, me reivindico, no sólo marino sino incluso atrevido corsario, pirata de la Hispaniola, amotinado de la Bounty, arponero del Pequod, gaviero de la Surprise, arcabucero de la Real, dotación de presa del Atlantis, artillero del HMS Ulises y remero del rey de Ítaca, el navegante primordial. Todo eso tengo en común con Arturo y sus Hermanos de la Costa. Aunque a la hora de la verdad yo navegaré siempre en el Patna, anegado de miedo, y nunca dejaré de ser de los que en el bote de náufragos, ¡ay!, sacan la pajita más corta.

Hay mucho mar, del de los libros y del de verdad —del que te ahogas, vamos— en las páginas que siguen. Hay sangre chorreando por los imbornales, Stevenson y Mac Orlan, y Justin Scott, y a la vez meteorología, borrascas perfectas, defensa del atún, medusas, aventuras con las lanchas aduaneras y capones a los marinos de agua dulce que exhiben calzado de moda en el pantalán. Y hay, claro, mucho Pérez-Reverte. Resulta interesantísimo ver cómo el agua marina se espesa con las pasiones y obsesiones de Arturo hasta devenir un Bovril de su universo. El mar esencializa su amor por la aventura y por la belleza indómita del mundo, su coraje y su sentido elevado de la amistad y del honor, su romanticismo y su humor, pero también sus nostalgias, tristezas y pesimismos —«el mar auténtico no interesa en España», deplora como un Larra marino—, su vehemencia, su bronca relación con lo que le disgusta, su cinismo y esa inexplicable misantropía rayana a veces en la crueldad que tanto nos asombra a sus amigos. En un texto llega a proponer que se torpedee a los balleneros…

En las navegaciones que van a leer hay pasajes de un conmovedor lirismo, como el relato de la primera vez que Arturo observó una ballena, en 1978 en el Cabo de Hornos, y quedó conmocionado por «la belleza de aquel instante tan vinculado a mis lecturas y a mis sueños»; o cuando se vio rodeado de cientos de delfines durante una guardia nocturna

al norte de Alborán —su momento más hermoso, dice, en el mar—. Hay incluso episodios de gran ternura, como el de su

hija nadando entre delfines. Seré un blando, pero su historia del tío Antonio, el viejo capitán que le contaba cómo enfrentaba tiburones con cuchillo y a los piratas malayos en el estrecho de Malaca, me pone al borde de las lágrimas, al igual que sus desazonadoras y melancólicas estampas de puertos que exhalan entre norays y estachas un aliento evocador de mar denso y viejo. O los relatos iniciáticos de Paco el Piloto, el Long John Silver de Arturo.

En el otro extremo están los textos hilarantes del Pérez-Reverte iconoclasta, gamberro y cachondo. Las bromas a costa del brazo de Nelson, las diatribas contra los ingleses o los domingueros del mar, las motos de agua y los pijoyates, y aquel momento de sutil crítica literaria en que lanza por la borda los ocho títulos de la serie de novelas marinas de Ramage —«chof, hicieron»— porque le mosquea la forma en que retratan a los españoles.

Se ríe mucho uno también con los artículos tan políticamente incorrectos, escritos con el colmillo, en los que el autor, hecho un Dragut, satiriza la posición del Gobierno en el asunto de los modernos piratas africanos —Apatrullando el Índico— o el tan demoledoramente irónico sobre la verdadera causa del hundimiento del Mary Rose. Hay textos en que Arturo nos habla de sus fijaciones marinas y de sus fetiches. De esa madalena proustiana salada que son los boquerones del bar La Marina. De sus blue jeans y su chaqueta Lord Jim (ésa déjamela para mí, Arturo: tú nunca abandonarías el barco). De los clavos de un navío de Trafalgar que guarda —los he visto, con envidia— en una vitrina en casa. De sus maquetas. Del Graf Spee. Del Titanic, el célebre No era un barco honrado, a mi parecer (no se lo digan) algo injusto con el puñado de pasajeros de primera que se ahogó caballerosamente.

En unas páginas nos explica cómo cualquier libro que encuentra a bordo de su barco y que no es de temática náutica lo condena inmediatamente a ser pasado por la quilla, a lo capitán Pigott o Bligh. Me temo que al no ser yo mismo de temática náutica me aguarde en el velero de Arturo un destino similar, o acaso la caída mojada o los azotes en el cabestrante, ¡san Fletcher Christian me valga! Un artículo precioso del tintinófilo marino que es Pérez-Reverte trata sobre Haddockmil- millones-de-mil-rayos y de cómo el otrora niño que lo adoraba se descubre en el espejo canas y arrugas que, lo que son las cosas, el vociferante capitán de las viñetas sigue sin tener. Otro, inolvidable, trata sobre los nombres de los barcos, y varios son loas a los hombres del mar. Hay homenajes a Alejandro Paternain, a O’Brian, a Rackman «el Rojo»… Y, cómo no, ajustes de cuentas: con el Museo Naval de Barcelona, con un mando chulesco de la Armada o con el pobre Henry Kamen. Entre las curiosidades, un singular canto a la tolerancia y la homosexualidad con vaporetto de por medio.

En otros escritos el autor nos descubre y reivindica episodios y personajes de nuestra historia naval: el pirata pontevedrés Benito Soto, el mutilado almirante Blas de Lezo, el valiente Enrique Moreno Plaza, enfrentado a los cañones del Canarias, o el corsario Antonio Barceló, que capturó al arma blanca un jabeque argelino mucho antes de que nuestro querido Jack Aubrey hiciera lo propio al mando de la Sophie. Su texto sobre el último combate de la escuadra del almirante Cervera en Cuba vale por todo un libro.

Entre lo mejor de esta gozosa travesía encuadernada, El doblón del capitán Ahab, reivindicación de la literatura de aventuras que transcurre en el mar, y el antológico Una caza sin cuartel, que nos muestra cómo da vida Arturo a sus fantasías marineras y que —el ejemplo épico cunde— a mí me llevó no hace mucho a robarle la bandera a un barco inglés fondeado en Menorca. Destaco también de la recopilación El misterio de los barcos perdidos, porque a ver quién no ha soñado nunca con poder escribir algo que comience: «En cierta ocasión vi un barco fantasma»…

Pasen la página y disfruten de cómo sopla el viento en las jarcias, bajo las estrellas.

JACINTO ANTÓN

1994
Paco el Piloto

Ni sabe quién fue Joseph Conrad ni maldito lo que le importa. Fue marino mercante, y también cornetín de órdenes en el Almirante Cervera cuando en los barcos los almirantes daban las órdenes con cornetín, lo que equivale a decir cuando Franco era cabo. En los últimos tiempos dejó de fumar y ha engordado, pero todavía conserva buena planta a pesar de que navega hacia los setenta con viento por la aleta, rumbo al dique seco. Tiene la piel curtida como si fuera cuero viejo, el pelo blanco e intacto, rizado, y los ojos azules. Hace diez años, a las extranjeras que subían en su lancha para darse una vuelta por el puerto de Cartagena todavía les temblaban las piernas cuando les hacía un huequecito entre los brazos para que cogieran el timón. Era mucho tío, el Piloto.

Se le ve por las mañanas apoyado en cualquier tasca del puerto, honesto mercenario del mar, esperando clientes que no llegan, con su vieja y repintada lancha que se llama como él y como se llamó su padre. Además de turistas guiris a las que daba una palmada en el culo para subir a bordo, el Piloto ha llevado familias de marineros y soldados que iban a la jura de bandera, tripulantes de petroleros fondeados frente a Escombreras, prácticos en días de temporal, marineros yanquis hasta arriba de jumilla, los hijoputas, largando hasta la primera papilla por la borda, a sotavento, después de que les partieran el morro en los bares de lumis del Molinete. Su lancha y él han visto de todo: la mar pegando de verdad, cuando

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