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Authors: Donna Leon

Tags: #Intriga

Malas artes

BOOK: Malas artes
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Una estudiante acude al comisario Brunetti para pedirle consejo: ¿hay alguna forma legal de limpiar el buen nombre de su familia, mancillado por un crimen que cometió muchos años atrás su ya fallecido abuelo? Impresionado por su belleza e inteligencia, pero incapaz de ayudarla, Brunetti casi olvida el asunto hasta que la joven aparece asesinada en su apartamento. La investigación de este crimen transporta al infatigable comisario a la Segunda Guerra Mundial, cuando los judíos italianos fueron sistemáticamente despojados de sus obras de arte por parte de los nazis y sus colaboradores. A medida que Brunetti va desenterrando secretos de colaboracionismo, crimen organizado y explotación, se da cuenta de que se está adentrando en una época que los italianos, empezando por su propio padre y su suegro, el conde Orazio, tienen especial interés en ocultar. Los fantasmas del pasado son enemigos más peligrosos de lo que cabe imaginar.

Donna Leon

Malas artes

Saga Comisario Brunetti 11

ePUB v1.0

Creepy
28.04.12

Título Original:
Wilful Behaviour
, 2002

Autor: Donna Leon
[*]

Fecha edición española: 2004

Editorial: Editorial Seix Barral, S.A.

Traducción: Ana María de la Fuente Rodríguez

A Daniel Hungerbühler

I dubbi, i sospetti

gelare me fan.

Las dudas, las sospechas

me hacen temblar.

Mozart, Le nozze di Figaro

Capítulo 1

La explosión ocurrió durante el desayuno. Si bien, por su cargo de comisario de policía, Brunetti estaba más expuesto que un ciudadano corriente a tales hechos, no por ello dejaba de ser insólito el escenario en el que éste se había producido. Porque el lugar de la acción venía determinado por la condición personal de Brunetti, esposo de una mujer de ideas y opiniones apasionadas y un tanto imprevisibles.

—¿Por qué nos molestaremos en leer esta repugnante basura? —estalló Paola, dejando el
Gazzettino
del día, doblado, encima de la mesa del desayuno con un golpe seco que volcó el azucarero.

Brunetti se inclinó hacia adelante, apartó el borde del diario con el índice y enderezó el azucarero. Tomó un segundo brioche y le dio un bocado, seguro de que la explicación no tardaría en llegar.

—Escucha esto —dijo Paola, levantando el periódico y leyendo el titular de la primera plana—: «Fulvia Prato relata su terrible calvario.» —Brunetti, al igual que toda Italia, conocía el caso de Fulvia Prato, esposa de un rico industrial florentino, secuestrada hacía trece meses y mantenida por sus secuestradores en un sótano durante todo aquel tiempo. Liberada hacía dos semanas por los
carabinieri,
la mujer había hablado por primera vez con la prensa el día antes. Brunetti no veía qué podía haber en aquel titular que fuera tan indignante—. Y ahora esto —agregó ella yendo al pie de la página cinco—: «Ministra de la UE confiesa haber sufrido acoso sexual en su anterior puesto de trabajo.» —Brunetti conocía también este caso: una comisaria de la Comisión Europea, no recordaba cuál era exactamente su cargo, sin duda, uno de esos de poca monta que se adjudican a las mujeres, había dicho la víspera, en una conferencia de prensa, que hacía veinte años, cuando trabajaba en una empresa de ingeniería civil, había sido víctima de acoso sexual.

Brunetti, que durante sus más de veinte años de vida conyugal había aprendido a ejercitar la paciencia, aguardaba la explicación de Paola.

—Es inconcebible cómo puede habérseles ocurrido utilizar esa palabra. La
signora
Prato no tuvo que
confesar
que había sido víctima de un secuestro, pero esa otra pobre mujer
confesó
que había sufrido una agresión sexual. Y qué típico de estos trogloditas —añadió Paola, dando un manotazo al periódico— no explicar lo que ocurrió y decir sólo que fue sexual. Dios, no entiendo por qué nos tomamos la molestia de leerlo.

—Sí, es increíble —convino Brunetti. También a él le chocaba la palabra empleada en ese contexto, pero le contrariaba sobre todo el hecho de no haber detectado su improcedencia hasta que Paola se la había señalado.

Hacía años que él ironizaba cariñosamente acerca de lo que llamaba los «sermones del desayuno» de su mujer, las diatribas que inspiraba en Paola la lectura de los periódicos de la mañana, pero, con el tiempo, se había convencido de que su rabia estaba justificada.

—¿Tú nunca has tenido que tratar con un caso de éstos? —preguntó ella. Le acercaba el periódico doblado mostrándole la mitad inferior, por lo que Brunetti comprendió que no se refería al secuestro.

—Una vez, hace años.

—¿Dónde?

—En Nápoles. Cuando estaba destinado allí.

—¿Qué pasó?

—Acudió una mujer diciendo que la habían violado. Quería presentar una denuncia. —Él hizo una pausa, indagando en la memoria—. Había sido el marido.

Paola, a su vez, hizo una pausa, no menos larga.

—¿Y?

—Del interrogatorio se encargó mi comisario.

—¿Y?

—Dijo a la mujer que pensara bien lo que hacía, que aquello podía causar muchos problemas al marido.

Esta vez, bastó el silencio de Paola para inducirlo a continuar.

—Ella lo escuchó, dijo que necesitaba tiempo para pensarlo y se fue. —Brunetti aún recordaba el abatimiento que la mujer llevaba marcado en los hombros al salir del despacho en que había tenido lugar el interrogatorio—. No volvió.

Paola suspiró y preguntó:

—¿Han cambiado mucho las cosas desde entonces?

—Algo.

—¿Para mejor?

—Mínimamente. Por lo menos, procuramos que el primer interrogatorio lo hagan agentes femeninas.

—¿Procuráis?

—Si hay alguna de servicio.

—¿Y si no?

—Tratamos de localizarla por teléfono.

—¿Y si no puede ir?

Brunetti se preguntaba cómo había podido convertirse el desayuno en un tercer grado.

—Si no puede, se encarga del interrogatorio quienquiera que esté disponible.

—Lo cual significa, supongo, un hombre como Alvise o el teniente Scarpa. —Su repugnancia era patente.

—En realidad, Paola, no es un interrogatorio como el que se hace a un sospechoso.

Ella señaló el segundo titular del
Gazzettino,
con un impaciente repique de la uña.

—En una ciudad en la que
esto
es posible, asusta pensar lo que pueda ser
cualquier
tipo de interrogatorio.

Él iba a protestar cuando ella, que quizá lo intuía, cambió de tono de repente para preguntar:

—¿Cómo se te presenta el día? ¿Vendrás a almorzar?

Él se sintió aliviado y, consciente de que tentaba la suerte pero sin poder contenerse, respondió:

—Creo que sí. Parece que en Venecia el crimen se ha ido de vacaciones.

—Ojalá pudiera yo decir lo mismo de mis alumnos —suspiró ella con cansada resignación.

—Paola, si no hace más que seis días que has empezado las clases —le recordó él, sin poder contenerse. Le hubiera gustado que alguien le explicara cómo su mujer había podido monopolizar el derecho a quejarse de su trabajo. Al fin y al cabo, él tenía que enfrentarse, si no todos los días sí con lamentable frecuencia, a asesinatos, violaciones y agresiones, mientras que lo peor que podía ocurrir en la clase de ella era que alguien preguntara la identidad de la Dama Morena o se olvidara de lo que pasaba al final de
Washington Square.
Iba a hacer un comentario al respecto cuando vio la expresión de sus ojos.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—¿Eh?

Brunetti detectaba fácilmente la evasiva en la voz y en el gesto.

—Te he preguntado qué ocurre.

—Oh, alumnos difíciles. Lo de siempre.

Nuevamente, él reconoció las señales: su mujer se resistía a hablar. Se levantó, fue hacia ella, le apoyó la mano en el hombro y le dio un beso en el pelo.

—Nos veremos a mediodía.

—Con esa única esperanza viviré —respondió ella, inclinándose para recoger el azúcar.

Al quedarse sola, Paola se enfrentó a la alternativa de acabar de leer el periódico o fregar los cacharros, y optó por los cacharros. Terminada la tarea, miró el reloj, vio que faltaba menos de una hora para la única clase del día y volvió al dormitorio a acabar de vestirse, absorta, como tantas veces, en la obra de Henry James, aunque ahora, concretamente, en la medida en que este autor hubiera podido influir en Edith Wharton, cuyas novelas serían el tema de la lección.

Recientemente, Paola había tratado del tema del honor y la conducta honorable, en torno al que giraban las tres grandes novelas de Wharton, pero la preocupaba si el concepto tendría el mismo significado para sus alumnos. Esa mañana deseaba hablar de ello con Guido, porque respetaba sus opiniones sobre la cuestión, pero la había distraído aquel titular.

Al cabo de tantos años, ya no podía hacer como si no notara la reacción de su marido ante sus sermones del desayuno, aquella prisa por levantarse de la mesa. La hizo sonreír la definición que él había inventado y el afecto con que habitualmente la empleaba. Ella comprendía que sus reacciones frente a ciertos estímulos eran excesivas. Un día, en un momento de viva irritación, su marido le había recitado la negra lista de los temas que tenían el efecto de sublevarla hasta la irracionalidad. Ella prefería no pensar en aquel catálogo, cuya exactitud le producía una leve palpitación nerviosa.

La víspera ya se dejaba sentir el primer fresco del otoño, y Paola sacó del armario una chaqueta de lana fina, tomó la cartera y salió de casa. Aunque se dirigía a clase caminando por Venecia, pensaba en Nueva York, la ciudad en la que, hacía un siglo, se desarrollaban los dramas de la vida de las heroínas de Wharton. Mientras buscaban el rumbo entre los bajíos de los convencionalismos sociales, el dinero —el viejo y el nuevo—, el poder establecido de los hombres y el poder, a veces mayor, de su propia belleza y talento, sus tres protagonistas eran arrastradas por la corriente hacia las rocas sumergidas del honor. Ahora bien, el tiempo, se decía Paola, había borrado de la mente colectiva todo concepto universal de lo que constituye la conducta honorable.

Ni que decir tiene que los libros no sugerían que el honor triunfara: a una de las heroínas le costaba la vida, a otra, la felicidad y si la tercera quedaba indemne era sólo por su incapacidad para percibirlo. ¿Cómo defender, pues, su importancia ante una clase de jóvenes que sólo se identificarían —si los estudiantes aún eran capaces de identificarse con personajes que no fueran de película— con la tercera mujer?

La clase se desarrolló tal como ella esperaba y, al terminar, se sintió tentada de citarles aquel pasaje de la Biblia —libro por el que no sentía especial simpatía— que se refiere a los que tienen ojos y no ven y oídos y no oyen; pero desistió, pensando que sus estudiantes serían tan insensibles al evangelista como habían demostrado ser a Wharton.

Los chicos salían y Paola guardaba papeles y libros en la cartera. Los desengaños de su profesión ya no la amargaban tanto como años atrás, cuando descubrió lo incomprensible que era para sus alumnos lo que ella decía y, probablemente, lo que pensaba. Durante su séptimo año de docencia, hizo una alusión a la
llíada
que suscitó la perplejidad general, y entonces descubrió que únicamente uno de los alumnos la había leído, pero tampoco él era capaz de comprender el concepto de la conducta heroica. Los troyanos habían perdido, ¿no? ¿A quién le importaba cómo se comportara Héctor?

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