Read Amigos en las altas esferas Online

Authors: Donna Leon

Tags: #Intriga

Amigos en las altas esferas (20 page)

—¿Y quiénes son?

—Las Comisiones de Obras.

—¿Cuántas hay?

—Seis en total, una por cada
sestiere.

Brunetti trató de imaginar la magnitud de la operación, el número de personas involucradas. Y preguntó:

—¿No sería más práctico hacer la obra y pagar la multa si se descubre que no se ajusta a los planos, en lugar de tomarse la molestia de sobornar a alguien para que se ocupe de que se destruyan los planos? O se extravíen —rectificó.

—Así se había hecho siempre, Guido. Pero ahora que estamos metidos en todo este tinglado de Europa, te multan y, además, te obligan a rectificar. Y las multas son terribles. Un cliente mío que construyó sin permiso una
altana
pequeñísima, de dos metros por tres, tuvo que pagar cuarenta millones de liras y luego derribarla. Un vecino lo denunció. Por lo menos, antes hubiera podido conservarla. Esto de estar en Europa nos llevará a la ruina. Pronto no quedará nadie que sea lo bastante valiente para aceptar un soborno.

Brunetti detectaba la indignación que había en su voz, pero no estaba seguro de compartirla.

—Steffi, has hablado de mucha gente, pero, ¿quién dirías tú que ha tenido más facilidades para montar esto?

—Los del Ufficio Catasto —respondió ella instantáneamente—. Y, si algo hay, Dal Carlo ha de estar al corriente y, seguramente, tiene el hocico en el pesebre. Al fin y al cabo, los planos han de pasar por su oficina y para él sería juego de niños hacer desaparecer determinados papeles. —Stefania calló un momento y preguntó—: Guido, ¿también tú piensas hacer desaparecer los planos?

—Como te he dicho, no hay planos. Por eso vinieron a verme.

—Pues, si no hay planos, siempre puedes decir que se extraviaron junto con los que van a extraviarse.

—¿Y cómo demuestro que mi casa existe, que fue construida? —Ya mientras hacía la pregunta era consciente del absurdo. ¿Cómo demostrar la existencia de la realidad?

La respuesta fue inmediata:

—No tienes más que buscar a un arquitecto que te haga unos planos —y, antes de que Brunetti pudiera hacer la pregunta obligada, terminó—: y pedirle que ponga una fecha falsa.

—Stefania, estamos hablando de hace cincuenta años.

—No necesariamente. Tú dices que hace varios años hiciste obras de restauración, luego mandas hacer unos planos del apartamento tal como está ahora y les pones esa fecha. —A Brunetti no se le ocurrió qué responder a esto, y ella prosiguió—: Es muy sencillo. Si quieres, te daré el nombre de un arquitecto. Nada más fácil.

Stefania le había sido tan útil que él no quería ofenderla con una negativa y dijo:

—Hablaré con Paola.

—Naturalmente —dijo Stefania—. Qué tonta soy. Ésa es la solución. Seguro que su padre conoce a alguien que puede arreglarlo. Así no hace falta que te molestes en buscar a un arquitecto. —Calló. Para ella, el problema estaba resuelto.

Brunetti se disponía a responder a eso cuando Stefania dijo:

—Me llaman por la otra línea. Ojalá sea un comprador.
Ciao,
Guido. —Y colgó.

Él se quedó pensativo. Allí estaba la realidad, maleable y dúctil; no tenías más que estirar un poco por aquí y apretar otro poco por allá para hacer que se ajustara a la visión que tú pudieras tener. O, si la realidad se mostraba recalcitrante, recurrías a la artillería pesada del poder y el dinero y abrías fuego. Qué fácil y qué rápido.

Brunetti descubrió que esos pensamientos lo conducían a lugares a los que no deseaba ir, y otra vez abrió la guía telefónica y marcó el número del Ufficio Catasto. El teléfono sonó con insistencia pero nadie contestó. Miró el reloj, vio que eran casi las cuatro y colgó, calificándose a sí mismo de idiota por haber pensado que encontraría a alguien trabajando por la tarde.

Se arrellanó en el sillón y apoyó los pies en el cajón de abajo. Con los brazos cruzados, se puso a pensar una vez más en la visita de Rossi. Tenía aspecto de hombre honrado, pero ése era un aspecto bastante frecuente, especialmente, entre los granujas. ¿Por qué había seguido el trámite iniciado con la carta yendo a visitarlo personalmente? Entonces ignoraba la profesión de Brunetti. Por un momento, sopesó la posibilidad de que Rossi hubiera ido en busca de un soborno, pero desechó la idea. Era evidente que se trataba de un funcionario íntegro.

Cuando Rossi averiguó que el
signor
Brunetti que no podía encontrar los planos de su apartamento era un policía de alto rango, ¿se conectaría a la red del rumor y el chismorreo para ver lo que encontraba acerca de Brunetti? Nadie se atrevería a dar un paso en una cuestión delicada sin tomar esa precaución, el secreto era saber a quién preguntar, dónde echar el anzuelo para capturar la información deseada. ¿Y, con la información que le hubieran proporcionado sus fuentes, había decidido acudir a Brunetti para revelarle lo que hubiera descubierto en el Ufficio Catasto?

Permisos de obra ilegales y lo que su venta pudiera reportar, parecía un plato modesto en el extenso menú de las corruptelas que se cocinaban en las oficinas públicas. A Brunetti no le parecía creíble que alguien estuviera dispuesto a arriesgar mucho —y menos, la vida— esgrimiendo la amenaza de revelar un ingenioso plan para lucrarse bajo el manto de la función pública. La puesta en práctica del proyecto informatizado para centralizar documentos y, de paso, perder los que estorbaban, sin duda aumentaría la envergadura de las transacciones, pero Brunetti dudaba que el incremento fuera tan fuerte como para haber costado la vida a Rossi.

Cortó el hilo de sus pensamientos la llegada de la
signorina
Elettra que entró en el despacho sin molestarse en llamar.

—¿Interrumpo, comisario? —preguntó.

—En absoluto. Sólo estaba pensando en la corrupción.

—¿Pública o privada?

—Pública —dijo él poniendo los pies en el suelo e irguiendo el cuerpo.

—Es como leer a Proust —dijo ella sin inmutarse—. Te crees que has terminado, pero siempre hay otro tomo. Y otro.

Él levantó la mirada, esperando que continuara, pero lo único que ella dijo, al dejar los papeles en la mesa, fue:

—De usted, comisario, he aprendido a desconfiar de las coincidencias. Fíjese en los nombres de los propietarios de ese edificio.

—¿Los Volpato? —preguntó él, intuyendo que no podían ser otros.

—Exactamente.

—¿Desde cuándo?

Ella se inclinó y sacó la tercera hoja.

—Cuatro años. Se lo compraron a una tal Mathilde Ponzi. El precio escriturado es ése —dijo señalando una cantidad impresa a la derecha de la página.

—¿Doscientos cincuenta millones de liras? —dijo Brunetti con audible asombro—. Cuatro plantas, de ciento cincuenta metros cuadrados cada una por lo menos.

—Es el precio declarado, comisario —puntualizó ella.

Todo el mundo sabía que, para ahorrar impuestos, el precio de un inmueble que figuraba en el contrato de compraventa nunca era el satisfecho realmente, que podía ser el doble o el triple. Todo el mundo hablaba con la mayor naturalidad de precio «real» y precio «declarado», y sólo un idiota o un extranjero pensaría que eran el mismo.

—Ya lo sé —dijo Brunetti—. Pero, aunque hubieran pagado tres veces más, seguiría siendo una ganga.

—Si se fija en otras de sus adquisiciones de bienes inmuebles —añadió la
signorina
Elettra pronunciando el término con cierta aspereza, verá que han gozado de una buena fortuna similar en la mayoría de sus operaciones.

Él volvió a la primera hoja y repasó la información. Realmente, al parecer, los Volpato habían conseguido encontrar casas que costaban muy poco. La
signorina
Elettra había indicado minuciosamente los metros cuadrados de cada «adquisición», y bastó a Brunetti un rápido cálculo para deducir que, por término medio, habían pagado el metro cuadrado a un precio declarado de un millón de liras por debajo del real. Aun dejando margen para las fluctuaciones de la inflación y de la disparidad entre el precio declarado y el real, indefectiblemente pagaban menos de la tercera parte del precio medio de la propiedad urbana que regía en Venecia.

Él la miró:

—¿Debo suponer que en las otras hojas hay más de lo mismo? —preguntó.

Ella asintió.

—¿Cuántas fincas?

—Más de cuarenta, y aún no he empezado a revisar las otras propiedades que figuran a nombre de otros Volpato que podrían ser parientes.

—Ya —dijo él, volviendo a fijar la atención en los papeles. Ella había grapado a las últimas páginas los saldos de las cuentas bancarias individuales y también de varias cuentas conjuntas—. ¿Cómo puede conseguir esto…? —dijo Brunetti, pero al ver cómo ella mudaba de expresión, agregó—: ¿… con tanta rapidez?

—Amistades —fue la escueta respuesta. Y a continuación—: ¿Quiere que vea qué información puede darnos Telecom de sus llamadas?

Brunetti asintió, convencido de que ella ya habría iniciado el proceso. La
signorina
Elettra sonrió y salió del despacho, mientras Brunetti fijaba nuevamente la atención en los papeles y los números. Eran francamente asombrosos. Recordó la impresión que le habían causado los Volpato: personas incultas, sin posición social ni dinero. Y, no obstante, esos papeles le decían que poseían una fortuna enorme. Aunque no tuvieran alquiladas más que la mitad de sus propiedades —y en Venecia la gente no se dedicaba a acumular apartamentos para dejarlos vacíos— debían de rentarles entre veinte y treinta millones de liras mensuales, lo que mucha gente ganaba en todo un año. Parte de esa fortuna la tenían a buen recaudo en cuatro bancos y una suma aún mayor estaba invertida en bonos del Estado. Brunetti no era un gran entendido en el funcionamiento de la Bolsa de Milán, pero sabía cuáles eran los títulos más seguros, y los Volpato tenían cientos de millones invertidos en ellos. Aquella pareja de desharrapados. Recordó las raídas asas del bolso de plástico de la mujer, y los remiendos en la piel del zapato izquierdo del hombre. ¿Era un camuflaje para protegerse de posibles envidiosos o era avaricia patológica? Y, en todo esto, ¿dónde podía Brunetti hacer encajar el cuerpo destrozado de Franco Rossi, que había sido hallado mortalmente herido frente a un edificio propiedad de los Volpato?

Capítulo 19

Brunetti pasó la hora siguiente meditando sobre la codicia, vicio al que los venecianos siempre habían sido propensos. La Serenísima fue, desde el principio, una empresa comercial, y la adquisición de riqueza, uno de los más altos objetivos para cuyo logro podía prepararse un veneciano. A diferencia de aquellos derrochadores meridionales, romanos y florentinos, que hacían fortunas para dilapidarlas y gozaban arrojando a sus ríos vajillas de oro, para hacer ostentación de su riqueza, los venecianos pronto aprendieron a adquirir, conservar, guardar, amasar y acaparar. Y también aprendieron a mantener sus caudales bien escondidos. Por supuesto, los grandes
palazzi
que bordeaban el Canal Grande no sugerían fortunas ocultas sino todo lo contrario. Pero éstos eran los Mocenigo o los Barbaro, familias tan torrencialmente favorecidas por los dioses del lucro que cualquier intento de disimular su fortuna hubiera sido inútil.

Esta mentalidad se daba entre las familias de rango menor, como las de los prósperos comerciantes que construían
palazzi
más modestos en los canales secundarios, encima de sus almacenes, para poder vivir en contacto físico con sus bienes, como aves en tiempo de incubación. Allí se solazaban contemplando las especias y las telas traídas de Oriente, pero en secreto, sin que sus vecinos sospecharan qué había detrás de las rejas de sus embarcaderos.

Con el tiempo, esa tendencia a la acumulación de bienes se extendió entre la población. Se le daba muchos nombres —ahorro, economía, previsión—, el mismo Brunetti había sido educado en el respeto a esos conceptos. Ahora bien, en su forma más descarnada, tal actitud no era sino pura y simple avaricia, un mal que atacaba no sólo al que lo sufría sino a todos los que estaban en contacto con él.

Brunetti recordaba que, siendo un joven detective, un día de invierno, actuó de testigo en la apertura de la casa de una anciana que había muerto en el hospital, a consecuencia de una enfermedad agravada por la desnutrición y las afecciones causadas por el frío. Tres policías fueron a la dirección que figuraba en la tarjeta de identidad, hicieron saltar las varias cerraduras y entraron. Se encontraron en un apartamento de más de doscientos metros cuadrados, mísero y que olía a gato, con las habitaciones llenas de cajas de periódicos viejos sobre las que se amontonaban bolsas de plástico repletas de trapos y ropa vieja. En una habitación no había más que sacos de botellas de vino y de leche y botellines de medicamentos. En otra descubrieron un armario florentino del siglo XV que fue tasado en ciento veinte millones de liras.

En pleno febrero, no había calefacción, y no porque no estuviera encendida sino porque no estaba instalada. Se encomendó a dos de los policías la tarea de buscar papeles que les permitieran localizar a los parientes de la anciana. En un cajón del dormitorio, Brunetti encontró un fajo de billetes de cincuenta mil liras atado con un cordel sucio, mientras su compañero, que registraba la sala, descubrió varias libretas de ahorros con un saldo de más de cincuenta millones de liras cada una.

En ese momento, Brunetti y sus compañeros salieron de la casa, la sellaron y avisaron a la Guardia di Finanza para que se hiciera cargo del caso. Brunetti supo después que la anciana, que había muerto sola y sin hacer testamento, había dejado más de cuatro mil millones de liras, y los había dejado no a sus parientes sino al Estado italiano.

El mejor amigo de Brunetti solía decir que le gustaría que la muerte se lo llevara en el momento en que él pusiera su última lira en el mostrador de un bar diciendo:
«Prosecco
para todos.» Y así sucedió, poco más o menos. El destino le dio cuarenta años menos de vida que a la anciana, pero Brunetti sabía que su amigo había tenido una vida mejor y también una muerte mejor.

Brunetti ahuyentó esos recuerdos, sacó del cajón la lista de turnos y vio con satisfacción que aquella semana Vianello tenía turno de noche. El sargento estaba en su casa, pintando la cocina, y se alegró de que Brunetti le pidiera que estuviera en el Ufficio Catasto a las once del día siguiente.

Brunetti, al igual que casi todos los ciudadanos del país, no tenía amigos en la Guardia di Finanza, ni los deseaba. Pero necesitaba acceso a la información que Finanza pudiera tener sobre los Volpato, ya que sólo esa autoridad, que se dedicaba a hurgar en los más íntimos secretos fiscales de los ciudadanos, sabría qué parte del enorme patrimonio de los Volpato estaba declarada y sujeta a tributación. En lugar de entretenerse en solicitar la información por el proceso burocrático correcto, marcó el número de la
signorina
Elettra y le preguntó si podía acceder a los archivos.

Other books

Penumbra by Keri Arthur
Manroot by Anne J. Steinberg
Quake by Jack Douglas
Devil Red by Joe R. Lansdale
I Wish by Elizabeth Langston
A Kiss Remembered by Sandra Brown