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Authors: Leigh Brackett

La estrella escarlata

 

Soy Colmillos
, dijo el frío cerebro animal al tiempo que reían las mandíbulas enrojecidas. Sus enormes patas aplastaban la nieve silenciosamente. Por encima de la oscura masa de miedo que destruía el valor humano, habló otro cerebro. Un frío cerebro animal, sin pensamiento, sin razón. Una mente viva, hambrienta de vida, consciente de sí misma y de los huesos, músculos y carne que eran igualmente conscientes del frío y el sufrimiento, del hambre y del miedo. El miedo es vida, el miedo es supervivencia. El fin del miedo es la muerte.
Soy N´Chaka
, dijo el frío cerebro animal. La sangre latió en sus venas con el ardor de la vida, con el ardor del odio. El odio es como fuego que corre por la sangre. En la boca deposita el amargo sabor de la sal.
Soy N´Chaka
, repitió Eric John Stark. No muero. Mato.

Leigh Brackett

La estrella escarlata

Libro de Skaith - 1

ePUB v1.0

RufusFire
30.08.12

Título original:
The Ginger Star

Leigh Brackett, 1974

Traducción: Francisco Arellano, 1989

Ilustración de portada: Rafael Estrada

Editor original: RufusFire (v1.0)

Corrección de erratas: arant

ePub base v2.0

1

Stark vio Pax por última vez desde la lanzadera que salía del puerto espacial de la Luna; y nunca antes lo había visto tan bien. Pax es el principal planeta habitable de Vega. También es una metrópolis; el mundo bautizado con el nombre de una esperanza tan precaria, se vanagloria con orgullo de que allí no se cultiva ni un grano de trigo ni de cualquier otro cereal, ni se fabrica ningún objeto útil.

La ciudad se eleva hacia el cielo, se extiende por toda la superficie planetaria e, incluso, sobre los pequeños mares. Se sumerge bajo el suelo, nivel tras nivel. Hay grandes superficies equipadas especialmente para infrahumanos. Todo, absolutamente todo, proviene del exterior. Todo lo necesario se expide en los muelles lunares, desde donde las lanzaderas de avituallamiento salen hacia Pax. Excepto funcionarios, diplomáticos y ordenadores, nadie vive en Pax.

Pax es el centro administrativo de la Unión Galáctica, la federación de mundos que comprende la mitad de la Vía Láctea, incluidos los insignificantes mundos del Sistema Solar. En Pax se convierten en abstracciones fáciles de resolver los millones de problemas de la gente que puebla los millares de planetas, plasmándolos en bandas magnéticas, fichas e increíbles cantidades de hojas de papel.

«Un mundo de papel». Pensó Stark. «Gente de papel».

Pero aquél no era el caso de Simon Ashton. El tiempo y los logros conseguidos en la administración planetaria le valieron el conseguir un despacho cómodo en el Ministerio de Asuntos Planetarios y un apartamento igualmente agradable en un inmueble de ciento cincuenta metros de alto; pero del apartamento, por otra parte, no podía salir, aunque lo deseara, más que para dirigirse a su despacho por los pasillos mecánicos. No obstante, Ashton, no había perdido su energía y carácter nervioso, tenso como las cuerdas de un violoncelo, como muchos de sus colegas en el Ministerio. Muchas veces se desplazaba al lugar de los hechos. Ashton sabía muy bien que los problemas de los seres que viven en lugares definidos no se pueden resolver únicamente regurgitando datos de un ordenador central.

Ashton acudió al lugar de los hechos una vez más. Pero, en aquella ocasión, no regresó.

Stark lo supo cuando se encontraba en un mundo apenas civilizado que no formaba parte de la Unión. La vida en un lugar como aquél resultaba mucho más agradable para un hombre como él que era, según la vieja expresión, un lobo solitario, un hombre sin amo en una sociedad en la que todo hombre respetable «pertenecía» a algo. Stark no contrataba su fidelidad más que a su libre elección y generalmente mediante pago previo.

Su profesión era la de mercenario; había bastantes guerras pequeñas, tanto en el interior como en el exterior de la Unión, y muchos pueblos lejanos solicitaban sus servicios, lo que le permitía ganarse la vida de forma cómoda, dedicándose a su ocupación favorita.

Es decir, combatir.

Había combatido, prácticamente, desde antes de aprender a andar. Nació en una colonia minera del Cinturón Crepuscular de Mercurio y tuvo que luchar para sobrevivir en un planeta que no estimulaba la vida. Sus padres murieron y los adoptivos fueron aborígenes subhumanos que arrastraban una existencia precaria en los valles ardientes. Combatió, sin éxito, contra los hombres que asesinaron a sus padres adoptivos y le encarcelaron como una curiosidad llena de coraje. Más adelante luchó para sobrevivir como hombre.

Sin Simon Ashton no lo hubiera conseguido nunca.

Se acordaba muy bien del calor sofocante y del terrible dolor de haber perdido a los suyos, de los barrotes de la prisión, y de los crueles hombres que le atormentaban. Después llegó Ashton, investido de poderes, con toda su sabiduría; y N´Chaka, el Hombre sin Tribu dio paso a Eric John Stark.

Por dos veces huérfano, Eric-N´Chaka, poco a poco aceptó a Ashton como amigo. Durante la adolescencia, pasó muchísimo tiempo con Ashton, pues los dos se encontraban muy solos en las lejanas colonias a las que le enviaban. La bondad de Ashton, su sabiduría, su paciencia, su fuerza y su cariño quedaron grabadas indeleblemente en Stark. Incluso el nombre le debía a su protector. Ashton anduvo investigado en los registros de las Minas Mercurianas para encontrar las huellas de sus padres.

Pero Simon Ashton había desaparecido en un mundo de una estrella roja, situada en el quinto infierno, en el Escudo de Orión. En un mundo recién descubierto llamado Skaith del que casi nadie había oído hablar, salvo en el Centro Galáctico. Skaith no formaba parte de la Unión Galáctica, pero contaba con un consulado. Alguien pidió ayuda a la Unión y Ashton se personó en el planeta.

Puede que hubiera sobrepasado sus atribuciones. En cualquier caso, sus superiores hicieron cuanto estuvo en sus manos. Las autoridades locales cerraron el consulado y se negaron a dejar entrar a los enviados de la Unión. Todas las tentativas de encontrar a Ashton o de averiguar la razón de su desaparición fracasaron.

Stark tomó la primera nave espacial con destino al Centro Galáctico y a Pax.

Su objetivo primordial era encontrar a Ashton.

Las semanas que había pasado en Pax no resultaron ni fáciles ni agradables. Tuvo que hablar mucho, intentar convencer y aprender mucho también. Estaba contento por salir de allí, impaciente por seguir con su tarea.

La metrópolis galáctica se alejaba y Stark respiraba con más libertad. De pronto, la impresionante organización del puerto lunar le envolvió, le arrastró, le etiquetó y le metió en las entrañas de un pequeño carguero de líneas afiladas que le transportó durante el primer tercio del viaje. Cambió tres veces de nave para, finalmente, terminar en un viejo cabotero... la única nave que hacía el servicio a Skaith.

Stark superó el viaje continuando sus estudios sobre Skaith con su grabadora. No era muy popular entre sus compañeros de viaje. El que compartía su cabina se quejaba porque gruñía como una bestia «salvaje» cuando dormía; los demás dejaron de proponerle partidas de cartas y de intentar entablar conversación con él.

La nave mercante tocó varios puertos planetarios antes de abandonar la transmisión MRL entre enormes craqueteos y crujidos en las cercanías de un sistema solar perdido en la soledad del Escudo de Orión.

En Tiempo Galáctico Arbitrario, habían transcurrido cuatro meses desde la desaparición de Ashton.

Stark destruyó la cassette y recogió su pequeño equipaje. La nave mercante, bramando, aterrizó en el puerto espacial de Skeg, el único del planeta, y descargó a los pasajeros.

Stark fue el primero en abandonar la nave.

Sus documentos llevaban su verdadero nombre, que allí no significaba nada; pero no mencionaban Pax como punto de partida. Se le identificaba como terráqueo y, de alguna forma, lo era. Pero no era cierto que fuese comerciante de objetos raros, como se mencionaba. En el puesto de control, dos hombres con cara de pocos amigos le confiscaron el aturdidor, puramente defensivo; le dijeron que se lo devolverían cuando se fuera, y registraron su delgada maleta y a él mismo buscando otras armas. A continuación, le espetaron un breve discurso en un mal Lenguaje Universal sobre las leyes y reglamentaciones que regían en Skeg. Seguidamente, le dejaron salir, pero no sin añadir que absolutamente todas las rutas que salían de Skeg, a excepción de la que llevaba al puerto espacial, estaban prohibidas a los extranjeros. Y que bajo ningún pretexto podía salir de la ciudad.

Recorrió quince kilómetros en un carricoche que no dejaba de traquetear, pasando entre plantaciones de frutos tropicales, arrozales llenos de agua que producían cierta clase de grano y extensiones de jungla. Gradualmente, el olor a barro y vegetación fue desapareciendo hasta que olió el mar: agua salina estancada. A Stark le desagradó.

En cuanto el carricoche alcanzó la cima de una cadena de colinas bajas cubiertas de jungla, no volvió a ver el mar. Al no haber luna en Skaith, no existían las mareas y la inmensa superficie acuática poseía un aspecto lechoso y graso. El viejo sol rojo de Skaith se ponía con un furor senil, con un color de cobre cubierto de sangre, llameante. Lanzaba brillantes y malsanos rayos sobre las aguas. El mar parecía ser el habitáculo ideal para los seres que según se decía vivían allí.

Junto a la playa, en la ribera de un río, se alzaba Skeg. El río había reducido su caudal con el tiempo y apenas era ya un hilo de agua que cruzaba el estrecho cauce que quedaba después de varios siglos de acumularse el limo. Una torre fortificada, en ruinas, erguida sobre acantilados bajos, guardaba un puerto que había desaparecido. No obstante, la ciudad parecía llena de vida, iluminada por luces y antorchas que se iban encendiendo a la puesta del sol.

Stark vio enseguida la primera de las Tres Reinas, las magníficas pléyades que ornaban el cielo nocturno de Skaith, haciendo imposible la oscuridad. Stark gratificó a la Reina con una mirada llena de furia; admiraba su esplendor pero pensaba que, tanto ella como sus hermanas, le podrían crear serias dificultades.

Como si no fuese bastante complicada la situación...

El pesado y lento carricoche llegó por fin a la ciudad.

Skeg era un inmenso mercado abierto en el que prácticamente cualquier cosa podía comprarse o venderse. Las calles estaban abarrotadas. Las tiendas y los escaparates relucían espléndidamente iluminados. Los vendedores en sus carretas hacían el artículo de sus productos. Había gente procedente de todo el Cinturón Fértil: guerreros burgueses de las ciudades fronterizas adornados y vestidos de cuero, y habitantes del trópico, de pequeña estatura y vestidos de seda, se mezclaban con gentes llegadas de otros mundos con el fin de comerciar, cambiando el hierro por medicamentos o artefactos saqueados en las abundantes ruinas de Skaith.

Y naturalmente, había Errantes por todas partes. Una mezcla de todas las razas, vestidos o desnudos, de todas las formas imaginables, se paseaban, se diluían y hacían todo aquello que se les pasaba por la cabeza; los hijos despreocupados y vagabundos de los Señores Protectores, que ni tejían ni hilaban, sino que se dejaban llevar por la brisa. Stark vio a algunos extranjeros entre los vagabundos, seres llegados de otros planetas que encontraban una vida fácil en aquel envejecido planeta en el que todo estaba permitido y en el que, si pertenecías a ciertas comunidades, todo era gratis.

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