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Authors: Norman Mailer

Tags: #Otros

Los tipos duros no bailan

 

Esta brillante novela, tenebrosa y de fuerza sorprendente, narra la historia de Tim Madden, escritor fracasado adicto al bourbon, los cigarrillos y las rubias casquivanas y adineradas en el escenario de arbustos y dunas de Provincetown, cargado de la crudeza y melancolía de la población fuera de temporada. Cuando se cumplen 24 días del abandono de su esposa, Tim Madden amanece con resaca, una acentuada excitación sexual y un nombre del pasado tatuado en rojo en el brazo. Apenas recuerda nada de la noche anterior. De pronto descubre que el asiento del acompañante de su Porsche está empapado de sangre y que, en un bosquecillo cercano, en un rincón semioculto de su escondrijo de marihuana, hay una cabeza rubia cercenada por el cuello. ¿Será Madden un asesino? La narración se centra en la violencia física, sexual y emocional mientras asistimos a los esfuerzos de Madden por reconstruir aquella espantosa noche. A raíz de la investigación, se perfilará retratada con fuerza una galería de personajes estrafalarios: ex boxeadores profesionales, adictos al sexo, médiums, timadores, policías, una antigua novia desencantada y el mismísimo padre de Madden, baluarte de la más estricta moral. En esta novela, un Normal Mailer en su mejor momento emprende una búsqueda implacable entre los recovecos y virtudes ocultas del americano moderno: rara vez se han explorado tan a fondo las paradojas del machismo y la homosexualidad.

Norman Mailer

Los tipos duros no bailan

ePUB v1.0

Aldog
19.10.12

Título original:
Tough Guys Don't Dance

Norman Mailer, 1992

Traducción: Francesc Roca i Martínez

Editorial: Editorial Anagrama

Colección: Compactos Anagrama, 57

ISBN: 9788433920614

Editor original: Aldog (v1.0)

ePub base v2.0

¿Será la niebla? ¿Serán las hojas muertas? ¿Serán los difuntos? ¿Serán los atardeceres de noviembre?

James Elroy Flecker

Hay errores tan monstruosos, que no es posible arrepentirse de ellos…

Edwin Arlington Robinson

1

Al amanecer, si la marea no había cubierto los bajíos, me despertaba a veces el griterío de las gaviotas. Cierta mañana particularmente mala, me sentí como si hubiera muerto y aquellas aves devoraran mi corazón. Más tarde, mientras yo dormitaba un poco, la marea subiría y cubriría la arena con la misma rapidez con que se extienden las sombras por la montaña al ponerse el sol. Muy pronto las olas chocarían contra el terraplén, debajo de la ventana de mi dormitorio, y su vibración se transmitiría en un santiamén del muro de cemento hasta lo más íntimo de mi ser. «¡Plas, plas…!», harían las olas al golpear el terraplén; era como estar solo en un carguero, en alta mar.

Ciertamente, estaba solo, pero en mi cama, y me despertaba en la triste mañana del día que hacía veinticuatro desde que mi mujer me dejó. Aquella tarde, todavía solo, empezaría a celebrar la vigésima cuarta noche. Y, al parecer, lo hice por todo lo alto. En los días que siguieron, cuando buscaba una pista que me permitiera comprender las cosas horribles que me habían sucedido, intenté en vano perforar los bancos de niebla que envolvían mi memoria a fin de recordar qué había hecho durante la noche de aquel vigésimo cuarto día.

A decir verdad, casi no podía recordar nada de lo que sucedió después que salté de la cama. Debió de ser un día como tantos otros. Hace tiempo me contaron un chiste: un hombre va por primera vez al médico y éste le pide que le describa sus actividades diarias. El paciente empieza: «Me levanto, me lavo los dientes, vomito, me lavo la cara…» «¿Vomita cada día?», le interrumpe el médico. «¡Claro, doctor!», responde el paciente. «¿Usted no?»

Pues ese hombre era yo. Por la mañana, después del desayuno, no podía encender un cigarrillo. Así que encendía uno y le daba la primera calada, empezaba a vomitar. Las sórdidas consecuencias de haber perdido a una esposa se iban adueñando de mí.

Hacía doce años que intentaba dejar de fumar. Como dijo Mark Twain –¿quién no lo había oído alguna vez?–: «Dejar el tabaco no cuesta nada: lo he hecho cientos de veces.» Llegué a pensar que era yo el autor de la frase, porque lo cierto es que lo había intentado infinidad de veces; en una ocasión aguanté un año, en otra, nueve meses, en una tercera, cuatro meses. Una y otra vez dejaba el tabaco, lo hice en cientos de ocasiones a lo largo de los años, pero siempre volvía a fumar. Más pronto o más tarde, soñaba que estaba encendiendo una cerilla, que acercaba la llama a la punta del cigarrillo, que aspiraba ansiosamente la primera calada, como si en ello me fuera la vida. Sentía que el deseo –un ser diabólico atrapado dentro de mi pecho que pedía a gritos un poco de humo– se había apoderado nuevamente de mí. ¡Al diablo los buenos propósitos!

¡Qué bien sé lo que es estar dominado por un vicio! Una bestia me tenía agarrado por el cuello, y sus órganos vitales se habían instalado dentro de mis pulmones. Luché contra aquel demonio doce años, y a veces logré derrotarlo. Pero por lo general las victorias eran terribles para mí, y también para quienes me rodeaban. Porque cuando no fumaba, tenía un humor de perros. Mis reflejos parecían concentrarse en el lugar donde solían encenderse las cerillas, y mi mente perdía ese barniz de sensatez que hace que nos mantengamos serenos (por lo menos, si somos americanos). Cegado por la angustia que me causaba no fumar, era capaz de alquilar un coche y no darme cuenta de si era un Ford o un Chrysler. En cierta ocasión, durante uno de los períodos en que había dejado de fumar, hice un largo viaje en coche con una chica, de la que estaba enamorado, llamada Madeleine, para pasar un fin de semana en casa de un matrimonio que deseaba cambiar de pareja. Los dejamos muy contentos. De vuelta a casa, Madeleine y yo nos peleamos, y el coche se estrelló. Madeleine sufrió graves lesiones internas. Yo volví a fumar.

Yo solía decir que es más fácil renunciar al amor de tu vida que dejar de fumar, y lo cierto es que estaba convencido de la verdad de esta afirmación. Pero un buen día del mes pasado, hacía de eso veinticuatro días, mi mujer me dejó. Hacía veinticuatro días. Y aprendí algo más acerca de lo que es estar dominado por un vicio. Tal vez sea más fácil renunciar al amor que al humo, pero cuando se trata de decir adiós a una relación de amor-odio… ¡eh, qué adecuado resulta este concepto, tan caro a los psiquiatras, la relación de amor-odio!, diantre, que se acabe tu matrimonio puede ser tan duro como dejar la nicotina, e incluso provoca una sensación muy semejante, porque puedo asegurar que al cabo de doce años había llegado a odiar el tabaco casi tanto como a una esposa amargada. Incluso la primera calada de la mañana (que por el extático placer que me daba me había parecido en otro tiempo la prueba más patente de la imposibilidad de dejar de fumar) se había convertido en una serie de toses convulsivas. Únicamente quedaba el hábito, pero éste es siempre una firma estampada bajo la última línea de tu alma.

Y esto, justamente, es lo que ocurrió con mi matrimonio ahora que Patty Lareine se había ido. Aunque en otro tiempo la había amado a pesar de conocer todos sus horribles defectos –incluso cuando fumábamos como demonios felices y despreciábamos con un encogimiento de hombros el pensamiento de que el cáncer de pulmón podía estar aguardándonos al cabo de unas décadas–, nunca había dejado de intuir que Patty Lareine podría muy bien ser la causa de mi ruina al doblar la curva de cualquier tarde traicionera; la verdad es que la adoraba. ¡Vete a saber por qué! Tal vez el amor nos hace salir de nosotros mismos. Pero de eso hacía años. Para ser franco, los dos llevábamos más de un año tratando de librarnos del otro. Odios cada vez más íntimos habían renunciado al fin. Tras doce años de lucha, me sentía libre del hábito más arraigado que había tenido en mi vida. Pero esta sensación sólo duró hasta la noche en que me dejó. Aquella noche descubrí que perder a mi esposa era un trago mucho más amargo.

Yo no había fumado en todo el año que precedió a su marcha. En consecuencia, nos peleábamos como el perro y el gato, pero me consolaba pensando que al menos había derrotado al tabaco. ¡Vana esperanza! Dos horas después de la marcha de Patty saqué un acortador de vida de un paquete que se había dejado olvidado, y al cabo de un par de días de dura batalla volvía a fumar como un carretero. Desde que se fue, mis días se iniciaban con una tremenda convulsión espiritual. ¡Santo Cielo, qué miserable me sentía! Y es que el hecho de volver a fumar había despertado en mí con fuerza incontenible la antigua ansia por Patty Lareine. Cada cigarrillo olía en mi boca como un cenicero, pero no era el alquitrán lo que inhalaba, sino más bien mi propia carne chamuscada. Ése es el aroma del pesar y la añoranza.

Bien, como ya he dicho, no recuerdo lo que hice durante el día vigésimo cuarto. Lo único que recuerdo es lo mucho que tosí tratando de tragarme el humo del primer cigarrillo. Luego, cuando ya me había fumado cuatro o cinco, solía tranquilizarme, como si se hubiera aplicado un cauterio a lo que (con muy poco respeto hacia mi persona) había llegado a considerar la herida más terrible de mi vida. Deseaba a Patty Lareine de un modo que nunca hubiera podido imaginar. Durante aquellos veinticuatro días hice todo lo posible por no ver a nadie, no salí de casa, apenas me aseé, bebí muchísimo, como si el whisky, y no el agua, fuera el motor del gran río de nuestra sangre. Estaba, en fin, confundido y destrozado.

En verano el trance por el que pasaba hubiera resultado más evidente para el resto de los mortales, pero estábamos a finales de otoño, los días eran grises, el pueblo se hallaba desierto, y muchas de aquellas tardes cada vez más cortas de noviembre una pelota lanzada en un extremo de nuestra calle Mayor (una típica y estrecha calle Mayor de Nueva Inglaterra) hubiera podido recorrerla en toda su longitud sin tropezar con nada, ni una persona, ni un vehículo. El pueblo se había recogido sobre sí mismo, y el frío, que medido con un termómetro no puede decirse que resultara intenso (pues la costa de Massachusetts es, según el mercurio, menos gélida que las graníticas colinas del oeste de Boston), era, no obstante, un húmedo frío marino impregnado de esa escalofriante sensación de vacío que acompaña a las historias de fantasmas. O a las sesiones de espiritismo. Por cierto, Patty y yo asistimos a una de estas sesiones a finales de septiembre, y sus consecuencias fueron desconcertantes: corta y ominosa, terminó con un alarido. Sospecho que una de las causas de la marcha de Patty fue que algo intangible, pero evidentemente repulsivo, se introdujo en nuestro matrimonio a partir de entonces.

Después que se fue, el tiempo permaneció invariable durante una semana. Los fríos y monótonos cielos de noviembre se sucedían uno tras otro. El pueblo se iba volviendo gris a ojos vistas. En verano había allí treinta mil personas, cifra que se doblaba los fines de semana. Se diría que todos los vehículos de la zona de Cape Cod se habían dado cita en la carretera de cuatro carriles que llevaba hasta nuestra playa. Provincetown era entonces tan variopinto como Saint-Tropez, y al llegar la tarde del domingo estaba tan sucio como Coney Island. Pero en otoño, cuando todos se habían ido, nuestro pueblo mostraba la otra faceta de su ser. Ahora la población no pasaba de treinta mil a sesenta mil almas de un día para otro, sino que se reducía a su honesto sedimento, tres mil personas, y en las vacías tardes de los días laborables cualquiera hubiera dicho que el número de sus habitantes no pasaba de treinta, entre hombres y mujeres, y que todos estaban escondidos.

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