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Authors: Donna Leon

Tags: #Intriga

Amigos en las altas esferas (4 page)

—¿Y si yo te dijera que prefiero arreglar esto a mi manera, sin su ayuda? —Antes de que ella pudiera contestar, agregó—: Es nuestro apartamento, Paola, no el suyo.

—¿Arreglarlo a tu manera por la vía legal o…? —Aquí su tono se suavizó más todavía—: ¿… utilizando a tus propias amistades?

Brunetti sonrió, señal inequívoca de que se había restablecido la paz.

—Por supuesto que las utilizaré.

—¡Ah! —exclamó ella sonriendo a su vez—. Eso es otra cosa. —Ensanchó la sonrisa pasando a considerar las tácticas—. ¿En quién has pensado? —preguntó, olvidándose de su padre.

—Está Rallo, de la Comisión de Bellas Artes.

—¿El que tiene un hijo que vende droga?

—Vendía —rectificó Brunetti.

—¿Qué hiciste?

—Un favor —respondió Brunetti escuetamente.

Paola aceptó la explicación preguntando tan sólo:

—¿Y qué tiene que ver la Comisión de Bellas Artes? ¿No se construyó este piso después de la guerra?

—Eso nos dijo Battistini. Pero la parte baja del edificio está catalogada como monumento, por lo que podría quedar afectada por lo que se hiciera con este piso.

—Hm, hmm —convino Paola—. ¿Alguien más?

—Luego está el primo de Vianello, el arquitecto, que trabaja en el Ayuntamiento, me parece que en la oficina que expide los permisos de obra. Diré a Vianello que le pregunte si puede averiguar algo.

Se quedaron un rato repasando viejos favores que ahora pudieran cobrarse. Era casi mediodía cuando dieron por terminada la lista de posibles aliados y la discusión sobre su utilidad. Fue entonces cuando Brunetti preguntó:

—¿Has traído los
moeche
?

Paola, como solía desde hacía décadas, se volvió hacia el ser invisible al que ponía por testigo de los peores desatinos de su marido, preguntando:

—¿Has oído eso? Estamos a punto de perder nuestro hogar, y él no piensa más que en los cangrejos.

Brunetti protestó, ofendido:

—En los cangrejos y en algo más.

—¿En qué más?

—En el
risotto.

A los chicos, que llegaron a la hora del almuerzo, no se les explicó la situación hasta que el último cangrejo estuvo liquidado. Al principio, se resistían a tomarlo en serio. Cuando sus padres consiguieron convencerlos de que el apartamento peligraba realmente, empezaron a planear la mudanza.

—¿Podríamos irnos a vivir a una casa con jardín, para que yo pudiera tener un perro? —preguntó Chiara. Al ver las caras de sus padres, rectificó—: ¿O un gato?

A Raffi, más que los animales, le interesaba un segundo cuarto de baño.

—Pues ya no volveríamos a verte. Te pasarías la vida allí metido, cultivando esa birria de bigote —dijo Chiara, en la primera alusión de la familia a la sombra que desde hacía varias semanas apuntaba bajo la nariz de su hermano mayor.

Paola intervino, asumiendo el papel de «casco azul» pacificador:

—Silencio los dos. Ya basta. No es cosa de broma.

Los chicos la miraron y entonces, como una pareja de pollos de mochuelo posados en una rama, que tratan de adivinar cuál de los dos depredadores cercanos va a atacar primero, volvieron la cabeza hacia su padre:

—Ya habéis oído a mamá —dijo Brunetti, señal inequívoca de que la cosa era grave.

—Fregaremos los platos —se brindó Chiara con tono apaciguador, consciente de que, de todos modos, le tocaba a ella.

Raffi apartó la silla y se levantó. Tomó el plato de su madre, el de su padre y el de Chiara, los puso encima del suyo y los llevó al fregadero. Y, lo que era más extraordinario, abrió el grifo del agua caliente y se subió las mangas del jersey.

Paola y Brunetti, cual dos campesinos supersticiosos en presencia de un numen, huyeron a la sala de estar, pero no sin antes agarrar una botella de
grappa
y dos vasitos.

Brunetti sirvió el transparente líquido y dio uno de los vasos a Paola.

—¿Qué piensas hacer esta tarde? —preguntó ella, después del primer sorbo reconfortante.

—Volver a Persia —respondió Brunetti. Se descalzó y se echó en el sofá.

—Un derroche de actividad el que ha desencadenado la visita del
signor
Rossi. —Bebió otro sorbo—. Es la botella que nos trajimos de Belluno, ¿verdad? —Tenían allí a un amigo que había trabajado con Brunetti durante más de una década y, tras ser herido en un tiroteo, había dejado la policía y vuelto a la granja de su padre. Cada otoño, montaba un alambique clandestino y destilaba unas cincuenta botellas de
grappa,
que distribuía entre familiares y amigos.

Brunetti bebió otro sorbo y suspiró.

—¿A Persia? —preguntó ella al fin.

Él puso el vasito en la mesa de centro y tomó el libro que había abandonado a la llegada del
signor
Rossi.

—Jenofonte —explicó y abrió el tomo por la página marcada, para volver a aquella otra parte de su vida.

—Consiguieron salvarse, ¿no?, los griegos —preguntó ella—. Y volver a su tierra.

—Aún no he llegado tan lejos —respondió Brunetti.

La voz de Paola adquirió un leve tono de impaciencia.

—Guido, desde que nos casamos, has leído a Jenofonte por lo menos dos veces. Si no sabes si consiguieron volver, es que o no prestabas atención o tienes los primeros síntomas de Alzheimer.

—Hago ver que no sé lo que pasa y así disfruto más —explicó él. Se puso las gafas, buscó el punto de lectura y empezó a leer.

Paola se quedó mirándolo un rato, se sirvió otro vasito de
grappa
y se lo llevó a su estudio, abandonando a su marido con los persas.

Capítulo 4

Como suele ocurrir en estos casos, no ocurría nada. No llegaban noticias del Ufficio Catasto ni del
signor
Rossi. En vista de ese silencio, y movido quizá por la superstición, Brunetti no se puso en contacto con los amigos que hubieran podido ayudarlo a poner en claro la situación legal de su casa. Avanzaba la primavera y, a medida que subían las temperaturas, los Brunetti pasaban más tiempo en la terraza. El quince de abril almorzaron por primera vez al aire libre, pero a la hora de la cena desistieron porque volvía a hacer fresco para estar fuera. El día se alargaba y, como no llegaban más noticias acerca de la dudosa legalidad del apartamento, los Brunetti emularon a los campesinos que viven en la falda de un volcán y, en cuanto deja de temblar la tierra, vuelven a cultivar sus campos, confiando en que los dioses que gobiernan esas cosas se olviden de ellos.

Con el cambio de estación, inundaban la ciudad más y más turistas que, a su vez, atraían a gran número de gitanos. Siempre se había atribuido a los gitanos el robo con escalo en las ciudades, pero ahora también se los acusaba de hurtos y delincuencia callejera, delitos que no afectaban sólo a los residentes sino también y muy especialmente a los turistas, la principal fuente de ingresos de la ciudad, por lo que se encomendó a Brunetti la tarea de buscar el medio de controlar las tropelías. Los carteristas eran muy jóvenes para ser procesados; se los detenía y conducía a la
questura,
donde se les pedía que se identificaran. Los pocos que llevaban documentación resultaban ser menores, a los que se amonestaba y ponía en libertad. Muchos volvían a ser detenidos al día siguiente y, la mayoría, antes de una semana. Dado que las únicas opciones viables que veía Brunetti eran la modificación de las leyes sobre delincuencia juvenil o la deportación de los delincuentes, se le hacía difícil redactar el informe.

Sentado a su escritorio, buscaba la manera de evitar obviedades, cuando sonó el teléfono.

—Brunetti —dijo, pasando a la tercera hoja de la lista de detenidos por hurto durante los dos últimos meses.

—¿Comisario? —preguntó una voz de hombre.

—Sí.

—Soy Franco Rossi.

Era el nombre más corriente que podía tener un veneciano, el equivalente de «John Smith», por lo que Brunetti tardó un momento en recorrer los distintos lugares en los que podía hallar un Franco Rossi, antes de llegar al Ufficio Catasto.

—Ah, hacía tiempo que esperaba recibir noticias suyas,
signor
Rossi —mintió con desenvoltura. En realidad, él esperaba que el
signor
Rossi hubiera desaparecido de la faz de la Tierra, llevándose consigo el Ufficio Catasto y sus archivos—. ¿Alguna novedad?

—¿Sobre qué?

—El apartamento —dijo Brunetti, preguntándose sobre qué otra cosa hubiera podido esperar noticias del
signor
Rossi.

—No, nada —respondió Rossi—. El informe obra en poder de la oficina, que lo está estudiando.

—¿Puede decirme cuándo sabremos algo? —preguntó Brunetti con timidez.

—No. Lo siento, no hay manera de saber cuándo se pronunciarán —dijo Rossi con tono impersonal y concluyente.

Brunetti quedó momentáneamente admirado de la precisión con que esas palabras describían el funcionamiento de la mayoría de las oficinas de la ciudad con las que había tratado como policía y como ciudadano particular.

—¿Necesita más información? —preguntó, manteniendo el tono cortés, consciente de que algún día podía necesitar de la buena voluntad y hasta quizá de los buenos oficios del
signor
Rossi.

—Se trata de otra cosa —dijo Rossi—. Mencioné su nombre a cierta persona y me dijeron dónde trabajaba usted.

—¿Y en qué puedo ayudarle?

—Es sobre algo de aquí, de la oficina —dijo, y rectificó—: No exactamente aquí, porque ahora no estoy en la oficina, no sé si me entiende.

—¿Dónde está,
signor
Rossi?

—En la calle. Lo llamo por mi
telefonino.
No he querido llamarlo desde la oficina. —La voz de Rossi se alejó y cuando volvió decía—: por la índole de lo que tenía que decirle.

En tal caso, el
signor
Rossi hubiera hecho bien en no utilizar su
telefonino
como medio de comunicación, tan accesible al público como cualquier periódico.

—¿Es importante lo que tiene usted que decirme,
signor
Rossi?

—Sí, creo que sí —dijo Rossi en voz más baja.

—Entonces vale más que busque un teléfono público y vuelva a llamarme —propuso Brunetti.

—¿Cómo dice? —preguntó Rossi, alarmado.

—Que me llame desde un teléfono público,
signore.
Estaré esperando su llamada.

—¿Quiere decir que esta llamada no es segura? —preguntó Rossi, y Brunetti percibió en su tono aquella misma angustia que lo paralizó impidiéndole asomarse a la terraza del apartamento.

—Eso sería una exageración —dijo Brunetti con un tono que trató que fuera sereno y tranquilizador—. Pero, si llama desde un teléfono público, no habrá problemas, especialmente, si lo hace a mi número directo. —Dio el número a Rossi y luego lo repitió, mientras el joven, supuso él, lo anotaba.

—Necesito monedas o una tarjeta —dijo Rossi y, tras una pausa, a Brunetti le pareció que colgaba, pero al poco la voz volvió, y le pareció que Rossi decía—: Ahora lo llamo.

—Bien, aquí estaré —empezó a decir Brunetti, pero antes de terminar oyó el chasquido del teléfono.

¿Qué habría descubierto el
signor
Rossi en el Ufficio Catasto? ¿Pagos efectuados para que unos planos de una minuciosidad acusadora desaparecieran de una carpeta y fueran sustituidos por otros más ambiguos? ¿Sobornos a inspectores? La idea de que eso pudiera escandalizar a un funcionario induciéndolo a llamar a la policía, resultaba hilarante para Brunetti. ¿En qué estarían pensando los del Ufficio Catasto para contratar a semejante ingenuo?

Durante unos minutos, mientras esperaba la llamada de Rossi, Brunetti consideró las ventajas que podría reportarle ayudar al
signor
Rossi en el asunto que hubiera descubierto. No sin cierto remordimiento —aunque muy leve—, descubrió que tenía el propósito de utilizar al
signor
Rossi. Haría cuanto estuviera en su mano para ayudar al joven. Dedicaría especial atención al problema que tuviera, a fin de que el otro quedara en deuda con él. Así, cualquier favor que pudiera pedir a cambio correría de su cuenta, no de la del padre de Paola.

Esperó diez minutos, pero el teléfono no sonó. Al cabo de media hora, Brunetti llamó a la
signorina
Elettra, la secretaria de su superior, para preguntarle si quería que le subiera las fotos y la lista de las joyas que habían sido halladas en el continente, en la caravana de uno de los adolescentes gitanos detenidos hacía dos semanas. La madre afirmaba que las joyas eran suyas, que pertenecían a la familia desde hacía varias generaciones. En vista del valor de las piezas, ello no parecía probable. Una de ellas, según constaba a Brunetti, había sido identificada por una periodista alemana, de cuyo apartamento había sido robada hacía más de un mes.

Miró el reloj y vio que eran más de las cinco.

—No,
signorina,
no se moleste. Lo dejaremos para mañana.

—Bien, comisario. Puede recogerlas al llegar, si lo desea. —Ella hizo una pausa y Brunetti oyó ruido de papeles al otro extremo de la línea—. Si no manda nada más, me iré a casa.

—¿Y el
vicequestore?
—preguntó Brunetti, sorprendido de que ella se atreviera a marcharse más de una hora antes del término de la jornada.

—Esta tarde no ha venido —respondió la mujer con voz neutra—. Ha dicho que almorzaba con el
questore,
y creo que después iban a su despacho.

Brunetti se preguntó qué se traería entre manos su superior. Las incursiones de Patta en los círculos del poder rara vez tenían buenas consecuencias para sus subordinados. Generalmente, sus alardes de iniciativa se plasmaban en planes y directrices que se trazaban con minuciosidad e imponían con rigor y después se abandonaban por superfluos o inoperantes.

Brunetti dio las buenas tardes a la
signorina
Elettra y colgó. Durante las dos horas siguientes, esperó a que sonara el teléfono. Finalmente, poco después de las siete, salió de su despacho y bajó a la oficina de los agentes.

En el mostrador de guardia estaba Pucetti, con un libro delante y la barbilla apoyada en los puños.

—¿Pucetti? —dijo Brunetti al entrar.

El joven levantó la cabeza y, al ver a Brunetti, se puso en pie al instante. Brunetti observó con agrado que, por primera vez desde que trabajaba en la
questura,
Pucetti había conseguido dominar el impulso de cuadrarse.

—Me voy a casa, Pucetti. Si me llama alguien, haga el favor de darle el número de mi casa y decirle que me llame allí.

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