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Authors: Donna Leon

Tags: #Intriga

Amigos en las altas esferas (5 page)

—Sí, señor —dijo el joven, y esta vez sí se cuadró.

—¿Qué está leyendo? —preguntó Brunetti.

—En realidad, no estoy leyendo, comisario. Estoy estudiando. Es una gramática.

—¿Una gramática?

—Sí, señor. Rusa.

Brunetti miró la página. Efectivamente, estaba cubierta de caracteres cirílicos.

—¿Por qué estudia ruso? —inquirió Brunetti—. Si me permite la pregunta.

—Desde luego, comisario —dijo Pucetti con una leve sonrisa—. Mi novia es rusa y me gustaría hablarle en su lengua.

—No sabía que tuviera novia, Pucetti —dijo Brunetti, pensando en los miles de prostitutas rusas que inundaban la Europa Occidental y procurando mantener la voz neutra.

—Sí, señor —dijo el joven ensanchando la sonrisa.

—¿Qué hace en Italia? ¿Trabaja? —aventuró Brunetti.

—Enseña ruso y matemáticas en el instituto de mi hermano pequeño. Allí la conocí.

—¿Cuánto hace que la conoce?

—Seis meses.

—Parece que la cosa va en serio.

Nuevamente, el joven sonrió y la dulzura de su expresión sorprendió a Brunetti.

—Creo que sí, señor. Su familia vendrá a Italia este verano y ella quiere que me conozcan.

—Y usted estudia —dijo Brunetti señalando el libro con la barbilla.

Pucetti se pasó la mano por el pelo.

—Ella dice que a sus padres no les gusta que se case con un policía. Tanto el padre como la madre son médicos. Así que he pensado que, si puedo decirles aunque no sea más que unas palabras, les causaré buena impresión. Ya que ellos no hablan ni alemán ni inglés, si les hablo en ruso, verán que no soy un poli tarugo.

—Buena idea. Bien, lo dejo con su gramática.

Al dar media vuelta para marcharse, Brunetti oyó a su espalda la voz de Pucetti que decía:


Da svidania.

Como no sabía ruso, el comisario tuvo que contentarse con decir «Buenas noches» antes de dirigirse hacia la salida. Ella enseñaba matemáticas y Pucetti estudiaba ruso para congraciarse con los padres. Mientras caminaba hacia su casa, Brunetti, pensando en esto, se preguntaba si, en el fondo, él mismo no sería sino un poli tarugo.

El viernes Paola no iba a la universidad y, generalmente, dedicaba la tarde a preparar una cena especial. Toda la familia la esperaba con expectación, y la de aquella noche no los defraudó. Paola había traído de la carnicería que estaba detrás del mercado de frutas y verduras una pierna de cordero, que había hecho con patatitas,
zucchini trifolati
y zanahorias tiernas en una salsa perfumada de romero y tan dulce que Brunetti no hubiera tenido inconveniente en tomarla de postre, de no ser porque había peras al vino blanco.

Después de la cena, Brunetti se quedó en su sofá, como una ballena varada en la playa, con unas gotas de armañac, apenas algo más que un soplo aromático, en una copita minúscula.

Paola, después de enviar a los chicos a estudiar con las consabidas amenazas, se reunió con él y, sin tanto remilgo, se sirvió un buen trago de armañac.

—Qué bueno —dijo después del primer sorbo.

Como en sueños, Brunetti dijo:

—¿Sabes quién me ha llamado hoy?

—¿Quién?

—Franco Rossi. El del Ufficio Catasto.

Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca.

—Ay, Dios, y yo que creí que ese asunto estaba enterrado y olvidado. —Y, tras una pausa—: ¿Qué te ha dicho?

—No llamaba por lo del apartamento.

—¿Y por qué iba a llamarte si no? —Antes de que él pudiera responder—: ¿Te ha llamado al despacho?

—Sí, eso es lo curioso. Cuando estuvo aquí, no sabía que yo era policía. Me preguntó, es decir, vino a preguntarme lo que hacía y yo sólo le dije que había estudiado Derecho.

—¿Normalmente haces eso?

—Sí. —Él no dio más explicaciones ni ella las pidió.

—¿Y lo averiguó después?

—Eso me ha dicho. Lo supo por un conocido.

—¿Qué quería?

—No lo sé. Llamaba por el
telefonino
y como parecía que iba a decirme algo confidencial, le he sugerido que me llamara desde una cabina.

—¿Y?

—No me ha llamado.

—Habrá cambiado de idea.

Brunetti se encogió de hombros en la medida en que puede encogerse de hombros un hombre que está atiborrado de cordero y tumbado en un sofá.

—Si es algo importante, volverá a llamar —dijo ella.

—Supongo —dijo Brunetti. Pensó en servirse otra pizca de armañac, pero se quedó dormido media hora. Cuando despertó, el recuerdo de Franco Rossi se había borrado de su mente, pero el deseo de aquel sorbito de armañac antes de salir al pasillo, camino de la cama, persistía.

Capítulo 5

Tal como temía Brunetti, aquel lunes le llegó el resultado del almuerzo del
vicequestore
Patta con el
questore.
Recibió la llamada a eso de las once, poco después de la llegada de Patta a la
questura.


Dottore
… —La
signorina
Elettra lo llamaba desde la puerta del despacho y, al levantar la cabeza, la vio allí de pie, con una carpeta azul en la mano. Durante un momento, se preguntó si ella habría elegido aquella carpeta para que hiciera juego con el color del vestido.

—Ah, buenos días,
signorina
—dijo invitándola a acercarse con un ademán—. ¿Es la lista de las joyas robadas?

—Sí, y las fotos —respondió ella entregándole la carpeta—. El
vicequestore
me ha pedido que le diga que le gustaría hablar con usted esta mañana. —En su voz no había indicio de que el mensaje encerrara peligro alguno, por lo que Brunetti se limitó a mover la cabeza de arriba abajo, dándose por enterado. Ella se quedó frente a la mesa mientras el comisario abría la carpeta. Grapadas a la hoja había cuatro fotos en color, cada una, de una alhaja, tres sortijas y una pulsera de oro muy trabajada que llevaba lo que parecía una hilera de pequeñas esmeraldas.

—Parece que la dueña estaba preparada para que la robaran —dijo Brunetti, sorprendido de que alguien se tomara la molestia de obtener de unas joyas lo que parecían fotos de estudio y sospechando de inmediato un fraude al seguro.

—¿Y no lo está todo el mundo? —preguntó ella.

Brunetti la miró sin disimular la sorpresa.

—¿No hablará en serio,
signorina
?

—Quizá no debería decirlo, especialmente trabajando aquí, pero sí, es en serio. —Sin darle tiempo a preguntar, agregó—: La gente no se recata de comentarlo.

—Aquí hay menos criminalidad que en cualquier otra ciudad de Italia. No hay más que ver las estadísticas.

Ella no puso los ojos en blanco sino que se contentó con decir:

—¿No creerá que las estadísticas reflejan la realidad,
dottore
?

—¿Qué quiere decir?

—¿Cuántos atracos y robos se denuncian realmente?

—Como le decía, he visto las estadísticas. Las hemos visto todos.

—Esas estadísticas no reflejan los delitos. Y usted debería saberlo. —Como Brunetti no respondiera a la provocación, ella preguntó—: ¿Acaso imagina que la gente se molesta en denunciar todos y cada uno de los delitos que se cometen?

—Quizá todos no, la mayoría.

—Pues yo estoy segura de que la gente no denuncia —dijo ella encogiéndose de hombros con un gesto que suavizaba su postura pero no el tono de su voz.

—¿Puede decirme en qué se basa para creerlo así? —preguntó Brunetti dejando la carpeta en la mesa.

—Sé de tres personas a las que han entrado a robar en sus casas durante los últimos meses que no han presentado denuncia. —Esperó a que Brunetti dijera algo, pero él callaba y entonces agregó—: No. Uno lo denunció. Fue al puesto de
carabinieri
de San Zaccaria, y el sargento le dijo que volviera al día siguiente, porque el teniente no estaba y era el único que se encargaba de las denuncias de robo.

—¿Y volvió?

—Claro que no. ¿Por qué molestarse?

—¿No es una actitud negativa,
signorina
?

—Claro que es negativa —replicó ella con más descaro del que habitualmente se permitía cuando hablaba con él—. ¿Qué actitud espera que tenga? —La aspereza de su tono hizo que se enfriase el cálido clima que solía generar su presencia, dejando a Brunetti con aquella sensación de fatiga y tristeza que le producían sus discusiones con Paola. Tratando de dominarla, miró las fotos y preguntó:

—¿Cuál es la joya que tenía la gitana?

La
signorina
Elettra, alegrándose a su vez del giro de la conversación, se inclinó sobre las fotos y señaló la pulsera.

—La dueña la ha identificado. Además, tiene la factura con la descripción. No creo que eso sirva de mucho, pero dijo que la tarde del robo vio a tres gitanos en
campo
San Fantin.

—No —convino Brunetti—. No servirá de nada.

—¿Y qué es lo que puede servir de algo? —preguntó ella con acento retórico.

En circunstancias normales, Brunetti hubiera hecho una observación banal en el sentido de que la ley era la misma para los gitanos y para los que no lo eran, pero ahora no quería arriesgarse a destruir la armonía que se había restablecido entre ambos y se limitó a preguntar:

—¿Cuántos años tiene el chico?

—La madre dice que quince, pero, por supuesto, no hay papeles, ni certificado de nacimiento, ni de estudios, por lo que también podría tener dieciocho. Y, mientras ella diga que tiene quince, no se le puede procesar y durante varios años más el chico podrá seguir haciendo impunemente todo lo que se le antoje. —De nuevo, Brunetti advirtió la llamarada de indignación y procuró zafarse.

—Humm —dijo cerrando la carpeta—. ¿De qué quiere hablarme el
vicequestore
? ¿Tiene usted alguna idea?

—Probablemente, de algo que haya surgido en su entrevista con el
questore.
—Su voz no revelaba nada.

Brunetti suspiró audiblemente y se puso en pie. Aunque el tema de los gitanos no estaba zanjado, bastó aquel suspiro para hacerla sonreír.

—De verdad,
dottore,
no tengo ni la menor idea. Sólo me ha pedido que le diga que desea hablar con usted.

—Iré a ver qué quiere. —Se paró en la puerta para dejarla pasar y, juntos, bajaron la escalera, camino del despacho de Patta.

Cuando llegaron al pequeño antedespacho que ella ocupaba, estaba sonando el teléfono, y la mujer se inclinó por encima de la mesa para contestar.

—Despacho del
vicequestore
Patta —dijo—. Sí,
dottore,
ahora mismo le paso. —Pulsó un botón del costado del teléfono y colgó. Miró a Brunetti y señaló la puerta de Patta—. El alcalde. Tendrá usted que esperar a que… —Volvió a sonar el teléfono. Por la rápida mirada que ella le lanzó al contestar, Brunetti comprendió que era una llamada personal, por lo que tomó el
Gazzettino
de aquella mañana que estaba doblado encima de la mesa y se acercó a la ventana. Volvió la cabeza un instante y sus miradas se cruzaron. Ella sonrió, hizo girar el sillón, se acercó el aparato a la boca y empezó a hablar. Brunetti salió al pasillo.

Lo que tenía en la mano era la segunda sección del periódico, que no había tenido tiempo de leer aquella mañana. La mitad superior de la primera página estaba dedicada al examen —era tal la desgana con que se hacía que no se le podía llamar investigación— del proceso por el que se había adjudicado el contrato para la reconstrucción del teatro de La Fenice. Al cabo de años de discusiones, acusaciones y contraacusaciones, incluso los pocos que aún eran capaces de llevar cuenta de la cronología habían perdido todo interés por los hechos y toda esperanza en la prometida reconstrucción. Brunetti desdobló el periódico y miró los artículos de la mitad inferior de la página.

A la izquierda había una foto. La cara le resultaba familiar, pero no supo de qué hasta que leyó el epígrafe: «Francesco Rossi, inspector del Ayuntamiento, en coma a consecuencia de una caída desde un andamio.»

La mano de Brunetti apretó las páginas del periódico. Su mirada se desvió un momento y volvió al pie de la foto.

El sábado por la tarde, Francesco Rossi, inspector que presta sus servicios en el Ufficio Catasto, se cayó desde el andamiaje de un edificio de Santa Croce,mientras inspeccionaba unas obras de restauración. Rossi fue conducido ala sala de Urgencias del Ospeda le Civile, donde permanece ingresado con pronóstico reservado.

Desde mucho antes de ser policía, Brunetti había dejado de creer en la casualidad. Él sabía que las cosas ocurrían a consecuencia de otras cosas. Desde que era policía, había dado por sentado, además, la convicción de que la relación entre los hechos, por lo menos, los hechos que él debía tomar en consideración, rara vez era fortuita. Franco Rossi no había causado una gran impresión en Brunetti, aparte de aquel momento de casi pánico en el que había levantado la mano en actitud defensiva, como para rechazar la invitación de Brunetti a salir a la terraza, para echar un vistazo a las ventanas del piso de abajo. En aquel instante, y sólo durante aquel instante, había dejado de ser el funcionario meticuloso y gris capaz de hacer poco más que recitar las normas de su departamento y se había convertido, para Brunetti, en un hombre como él mismo, con las debilidades que a todos nos hacen humanos.

Brunetti no creyó ni por un momento que Franco Rossi hubiera
caído
del andamio. Ni perdió el tiempo en considerar la posibilidad de que la frustrada llamada telefónica de Rossi estuviera relacionada con un incidente sin importancia de su oficina, por ejemplo, que hubiera descubierto a alguien que tratara de hacer aprobar un permiso de obra de forma irregular.

Con esa certidumbre en su mente, Brunetti volvió a entrar en el despacho de la
signorina
Elettra y dejó el periódico en su mesa. Ella aún estaba vuelta de espaldas y se reía suavemente. Sin molestarse en atraer su atención y sin pensar ni un momento en la llamada de Patta, Brunetti salió de la
questura
camino del Ospedale Civile.

Capítulo 6

Mientras se acercaba al hospital, Brunetti se puso a pensar, casi sin darse cuenta, en las veces en que su trabajo lo había llevado allí, aunque recordando menos a las personas a las que había venido a ver que el hecho de haber cruzado, como el Dante, los anchos portales tras los cuales moraban el sufrimiento, la desesperanza y la muerte. Con los años, había llegado a intuir que, por grande que fuera el dolor físico, el sufrimiento moral que lo acompañaba podía ser mucho mayor. Movió la cabeza para ahuyentar esos pensamientos, resistiéndose a entrar en el hospital ya con tan tenebrosas cavilaciones.

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