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Authors: Patricia Cornwell

Tags: #Intriga, Policíaco.

Cruel y extraño (7 page)

BOOK: Cruel y extraño
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—Digamos simplemente que su afiliación racial no le permitía estar tan blanco como una sábana. De otro modo, lo habría estado.

El cuarto era más pequeño de lo que yo imaginaba. A un par de metros de la pared del fondo y centrada sobre el piso de reluciente cemento marrón estaba la silla, un severo y rígido trono de roble oscuro pulido. El alto respaldo de listones, las dos patas delanteras y los brazos estaban provistos de gruesas correas de cuero.

—Waddell se sentó y la primera correa que le abrocharon fue la del pecho —prosiguió Roberts en el mismo tono indiferente—. Luego las dos de los brazos, la del vientre y las correas de las piernas —Fue tironeando de cada correa mientras hablaba—. En total, ponerle las correas fue cosa de un minuto. Le cubrieron la cara con la máscara de cuero que enseguida le enseñaré. Le colocaron el casco en la cabeza y le conectaron la argolla del electrodo a la pierna derecha.

Saqué la cámara, una regla y fotocopias de los diagramas corporales de Waddell.

—Exactamente a las once y dos minutos recibió la primera descarga, de dos mil quinientos voltios y seis amperios y medio. Para su información, basta con dos amperios para matar a una persona.

Las lesiones señaladas en los diagramas corporales de Waddell concordaban a la perfección con la estructura de la silla y sus sujeciones.

—El casco va conectado aquí —Roberts señaló un tubo que descendía desde el techo y terminaba en una palomilla de cobre justo encima de la silla.

Empecé a fotografiar la silla desde todos los ángulos.

—Y la pieza de la pierna va conectada a esta palomilla. Los destellos del flash me producían una sensación extraña. Empezaba a sentirme nerviosa.

—En realidad, el hombre no era más que un gran disyuntor eléctrico.

—¿Cuando empezó a sangrar? —pregunté.

—En cuanto recibió la primera descarga, señora. Y no paró hasta que hubo terminado todo. Entonces corrieron una cortina que lo ocultó de la vista de los testigos. Tres miembros del equipo de la muerte le desabrocharon la camisa y el médico lo auscultó con su estetoscopio, le palpó la carótida y lo declaró muerto. Entonces colocaron a Waddell en una camilla y lo llevaron a la sala de enfriamiento, que es donde iremos a continuación.

—¿Y esa teoría de que la silla no funcionó correctamente?

—Pura mierda. Waddell medía un metro noventa y tres y pesaba ciento diecisiete kilos y medio. Estaba cociéndose mucho antes de sentarse en la silla y seguramente tenía la presión sanguínea por las nubes. Después de que lo declararan muerto, y a causa de la hemorragia, el director adjunto se acercó a echarle un vistazo. No se le habían reventado los ojos. No se le habían reventado los tímpanos. Waddell tenía una puñetera hemorragia nasal, lo mismo que le pasa a la gente que hace demasiada fuerza en el retrete.

No dije nada, pero interiormente le di la razón. La hemorragia nasal de Waddell se había debido a la maniobra de Valsalva, un brusco aumento de la presión intratorácica. Nicholas Grueman no quedaría complacido con el informe que pensaba enviarle.

—¿Qué pruebas hicieron para asegurarse de que la silla funcionaba correctamente? —preguntó Marino.

—Las de siempre. Primero, la compañía eléctrica examina el material y lo comprueba —Señaló una gran caja de circuitos con puertas de acero gris situada en la pared de detrás de la silla—. Ahí dentro hay veinte bombillas de doscientos vatios montadas sobre un tablero para hacer pruebas. Lo probamos durante toda la semana anterior a la ejecución, tres veces el día previsto y, por fin, una vez más delante de los testigos cuando se han reunido.

—Sí, ya lo recuerdo —asintió Marino, contemplando la cabina acristalada de los testigos a no más de cinco metros de distancia. En su interior había doce sillas de plástico negro dispuestas ordenadamente en tres hileras.

—Todo funcionó perfectamente —concluyó Roberts.

—¿Siempre ha sido así?

—Que yo sepa, sí, señora.

—¿Y el interruptor? ¿Dónde está?

Dirigió mi atención hacia una caja empotrada en la pared a la derecha de la cabina de los testigos.

—Se da la corriente con una llave. Pero el botón está en la sala de control. El alcaide o alguien designado al efecto hace girar la llave y aprieta el botón. ¿Quiere verlo?

—Creo que será mejor que lo vea.

No había mucho que ver, apenas un cubículo situado justo detrás de la pared trasera del cuarto de la silla. Dentro había un gran cuadro de mandos de la General Electric con diversos controles para subir y bajar el voltaje, que podía llegar hasta tres mil voltios. Varias hileras de lucecitas afirmaban que todo estaba en orden o advertían si fallaba algo.

—En Greensville irá todo por ordenador —añadió Roberts.

En el interior de un armario de madera estaban el casco, la pernera y dos gruesos cables que, según nos explicó mientras nos los mostraba, «se conectan a las palomillas que hay encima y a un lado de la silla, y luego a la palomilla del casco y a la de la pierna». Nos dio la explicación sin el menor esfuerzo, y añadió:

—Es como conectar un vídeo.

El casco y el electrodo de la pierna eran de cobre y estaban cubiertos de agujeros, por los que se enhebraba un cordel de algodón para sujetar el forro de esponja en el interior. El casco era asombrosamente ligero, con una pátina de cardenillo en los bordes de las placas de conexión. No pude imaginarme con una cosa así puesta en la cabeza. La máscara de cuero negro no era más que un cinturón ancho y tosco que se abrochaba por medio de una hebilla sobre la nuca del interno, con un pequeño orificio triangular para la nariz. Hubieran podido exhibirlo en la Torre de Londres y no se me habría ocurrido dudar de su autenticidad.

Pasamos ante un transformador con bobinas que llegaban hasta el techo y Roberts abrió otra puerta. Entramos en otra habitación.

—Ésta es la sala de enfriamiento —anunció—. Trajimos a Waddell aquí y lo colocamos sobre esta mesa.

Era de acero, con rastros de óxido en las junturas:

—Lo dejamos enfriar unos diez minutos y le pusimos bolsas de arena sobre la pierna. Son ésas de ahí.

Las bolsas de arena estaban apiladas en el suelo, al pie de la mesa.

—Cinco kilos cada una. Será una reacción refleja de la rodilla, pero las piernas quedan considerablemente dobladas. Las bolsas de arena las enderezan. Y si las quemaduras son fuertes, como en el caso de Waddell, las cubrimos con gasa. Hecho esto, volvimos a poner a Waddell en la camilla y lo sacamos por el mismo camino que han entrado ustedes. Sólo que no usamos las escaleras. No vale la pena que se hernie nadie. Lo metimos en el montacargas de la comida, lo sacamos por la puerta delantera y lo cargamos en la ambulancia. Y entonces se lo llevamos directamente a usted, como hacemos siempre cuando uno de nuestros chicos monta en la Chisposa.

Sonaron ruidosos portazos; un tintineo de llaves; chasquido de cerrojos. Roberts siguió hablando animadamente mientras nos conducía de vuelta al vestíbulo. Yo apenas le escuchaba y Marino no dijo ni una palabra. Una nevisca mezclada con lluvia cubría la hierba y las paredes con gotitas de hielo. La acera estaba mojada, y hacía un frío cortante. Me sentía mareada. Anhelaba desesperadamente darme una larga ducha caliente y cambiarme de ropa.

—Las sabandijas como Roberts sólo están un escalón por encima de los internos —comentó Marino mientras ponía el coche en marcha—. De hecho, algunos de ellos no son mejores que los zánganos que tienen encerrados.

Al poco rato se detuvo ante un semáforo en rojo. Las gotas de agua temblaban sobre el cristal como si fueran sangre, eran barridas por el limpiaparabrisas y reemplazadas por otras mil. El hielo recubría los árboles como cristal.

—¿Tiene tiempo para que le enseñe una cosa? —Marino limpió el vaho del parabrisas con la manga de la chaqueta.

—Depende de lo importante que sea, supongo que podría tener tiempo —Esperé que mi evidente desgana lo indujera a llevarme directamente a casa.

—Quiero que conozca los últimos pasos de Eddie Heath —accionó el intermitente—. En particular, creo que le interesa ver dónde fue encontrado su cuerpo.

Los Heat vivían al este de la avenida Chamberlayne, del lado malo, en palabras de Marino. Su pequeña casa de ladrillo quedaba a pocas manzanas de un restaurante de pollo frito Golden Skillet y del supermercado donde Eddie había entrado a comprar una lata de sopa para su madre. En el camino de acceso a la vivienda de los Heath había aparcados varios coches americanos, y de la chimenea se elevaba una columna de humo que desaparecía en el brumoso cielo gris. Hubo un apagado destello de aluminio cuando se abrió la verja de entrada y una anciana envuelta en un abrigo negro salió al umbral e hizo una pausa para hablar con alguien del interior. Aferrada a la barandilla como si la tarde amenazara arrojarla por la borda, bajó los escalones dirigiendo una ausente mirada de soslayo a un Ford LTD blanco que pasó sin detenerse.

Si hubiéramos seguido hacia el este dos o tres kilómetros más, habríamos entrado en el polígono de viviendas federales.

—Antes en este barrio sólo residían blancos —observó Marino—. Recuerdo que, cuando llegué a Richmond, era un buen sitio para vivir. Lleno de gente honrada y trabajadora que tenía los jardines bien cuidados e iba a misa los domingos. Los tiempos cambian. Yo, si tuviera un hijo, no le dejaría andar por aquí después de oscurecido. Pero cuando se vive en un sitio, se siente uno cómodo. Eddie se sentía cómodo paseando por ahí, repartiendo periódicos y haciéndole recados a su madre.

»La noche que ocurrió, salió por la puerta delantera de su nido, tomó por Azalea y giró a la derecha como estamos haciendo nosotros ahora mismo. Ahí está Lucky's, a la izquierda, justo al lado de la gasolinera —Señaló un supermercado con una herradura verde en el rótulo luminoso—. Aquella esquina de allí es un punto de encuentro para los drogadictos. Cambian crack por dinero y se pierden de vista. Detenemos a esas cucarachas, y al cabo de dos días vuelven a estar en otra esquina haciendo lo mismo.

—¿Alguna posibilidad de que Eddie estuviera metido en las drogas? —La pregunta habría sido bastante descabellada en la época en que empecé mi carrera, pero ya no.

Ahora, los menores representaban aproximadamente el diez por ciento de todas las detenciones por tráfico de drogas que se practicaban en el estado de Virginia.

—Hasta el momento, no existe ninguna indicación. El instinto me dice que no —respondió Marino.

Entró en el aparcamiento del supermercado y nos quedamos sentados en el coche, mirando los anuncios pegados al cristal con cinta adhesiva y el brillo chillón de las luces a través de la niebla. Había una larga cola de clientes esperando ante la caja registradora y el agobiado dependiente trabajaba afanosamente sin alzar la vista. Un joven negro con zapatos de suela ancha y chaqueta de cuero salió de la tienda con una cerveza de litro y contempló con insolencia nuestro automóvil al tiempo que arrojaba unas monedas en un teléfono público situado junto a la puerta. Un hombre de faz rojiza y con los tejanos salpicados de pintura arrancó el celofán de un paquete de cigarrillos mientras se dirigía al trote hacia su camión.

—Estoy dispuesto a apostar a que fue aquí donde se encontró con su atacante—dijo Marino.

—¿Cómo? —le interrogué.

—Creo que fue todo muy sencillo. Creo que salió de la tienda y ese animal lo abordó y le largó un cuento para ganarse su confianza. Le dijo cualquier cosa y Eddie se fue con él y subió a su coche.

—Ciertamente, los hallazgos físicos tienden a confirmarlo —asentí—. No presentaba lesiones defensivas, ni nada que hiciera pensar en una lucha. ¿No hubo nadie que lo viera hablar con alguien desde el interior del supermercado?

—Nadie con quien yo haya hablado hasta ahora. Pero ya ve lo lleno que está siempre este sitio, y fuera estaba oscuro. Si alguien se fijó en algo, seguramente sería un cliente que iba o venía del coche. Pienso recurrir a la prensa para que publique una llamada a cualquiera que pudo haber estado aquí entre las cinco y las seis de aquella tarde. Y también saldrá en el programa Crime Stoppers.

—¿Y Eddie? ¿Sabía andar solo por la calle?

—Si el asesino es un pájaro astuto, hasta los chicos más listos pueden tragarse la bola. Recuerdo un caso que tuve en Nueva York. Una niña de diez años fue al colmado a comprar un kilo de azúcar. Al salir, se le acerca un pedófilo y le dice que lo ha enviado su padre, que acaban de ingresar a su madre en el hospital y que él ha bajado a recogerla para llevarla allí. La niña sube a su coche y acaba convertida en estadística —Me miró de reojo—. Muy bien: ¿blanco o negro?

—¿A qué caso se refiere?

—Al de Eddie Heath.

—En base a lo que me ha contado, el atacante es blanco. Marino hizo una maniobra con el coche y esperó a que hubiera un hueco en el tráfico.

—No hay duda de que el modus operandi corresponde a un blanco. Al padre de Eddie no le gustan los negros y Eddie recelaba de ellos, así que no es probable que un negro se ganara su confianza. Y si la gente ve a un chico blanco con un hombre blanco, aunque el chico parezca triste o asustado, suponen que son dos hermanos o padre e hijo —giró hacia la derecha, en dirección oeste—. Adelante, doctora. ¿Qué más?

A Marino le encantaba este juego. Se sentía tan complacido cuando me oía dar voz a sus pensamientos como cuando me creía completamente equivocada.

—Si el atacante es blanco, podemos deducir que no vive en el polígono de viviendas federales, a pesar de la cercanía.

—Dejando aparte la raza, ¿por qué más se puede deducir que el culpable no es del polígono?

—Otra vez por el modus operandi —respondí sencillamente—. Pegarle un tiro en la cabeza a alguien, aunque sea a un niño de trece años, no es nada insólito en un asesinato callejero, pero, aparte de eso, no encaja nada. A Eddie le dispararon con un veintidós, no con una pistola de nueve o diez milímetros o con un revólver de gran calibre. Estaba desnudo y mutilado, lo que permite suponer que la violencia tuvo un móvil sexual. Por lo que sabemos, no tenía con él nada que valiera la pena robarle y no parecía llevar una clase de vida que lo pusiera en peligro.

Se había puesto a llover con fuerza, y la presencia de coches que viajaban a velocidades imprudentes con los faros encendidos hacía que la circulación fuera peligrosa. Supuse que mucha gente debía encaminarse a centros comerciales, y se me ocurrió que apenas había hecho ningún preparativo para la Navidad.

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