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Authors: Joe Haldeman

La guerra interminable

 

Si bien situada en el espacio, en una guerra de larguísima duración entre la Tierra y los taurinos, esta obra es un duro alegato contra la consideración de los soldados como mera carne de cañón. La historia del soldado Mandella, que gradualmente va ascendiendo en el escalafón militar, es la de un hombre, que por el hecho de viajar a la velocidad de la luz, cada vez que regresa a la Tierra la encuentra más cambiada e irreconocible, lo que provoca una situación de desencuentro e incompresión entre él y sus familiares y amigos.

Joe Haldeman

La guerra interminable

ePUB v1.4

Roy Batty
09.10.11

Título: La guerra interminable

Título original: Forever war

Traducción: Edith Zilli

© Joe W. Haldeman, 1974

Premio Nébula 1975

Premio Locus 1976

PARTE I
Soldado Mandella
1

—Esta noche les mostraremos ocho maneras silenciosas de matar a un hombre.

Quien hablaba era un sargento que parecía llevarme apenas cinco años. Si alguna vez mató a algún hombre en combate, en silencio o como fuera, habría sido en su niñez.

Por mi parte conocía ya ochenta maneras de matar a un hombre, aunque casi todas eran bastante ruidosas. Adopté una postura erguida, puse cara de cortés atención y dormité con los ojos abiertos. Casi todos hacían lo mismo; ya sabíamos que nunca se aprendía nada importante en esas clases vespertinas.

Me despertó el proyector, que pasaba una película breve donde se veían las «ocho maneras silenciosas». A algunos de los actores les habrían lavado el cerebro, pues los mataban de veras. Al acabar la proyección una de las muchachas sentadas en la primera fila levantó la mano. El sargento le hizo un gesto y ella se puso en pie. No era fea, aunque sí algo cargada de hombros y gruesa de cuello, defecto que cualquiera adquiere tras pasar un par de meses cargando un bulto pesado.

—Señor…

Había que llamar «señor» a los sargentos hasta graduarse.

—Señor, casi todos estos métodos parecen un poco… poco tontos.

—¿Por ejemplo?

—Pues… matar a un hombre dándole un golpe en los riñones con una herramienta para cavar trincheras. ¿Cuándo en la vida real nos vamos a encontrar sólo con una herramienta, sin pistola ni puñal? ¿Por qué no liquidarlo de un golpe en la cabeza, simplemente?

—¿Y si tiene el casco puesto? —objetó el sargento.

—Además, ¡quizá los taurinos ni siquiera tienen riñones!

Estábamos en 1997 y nadie había visto a un taurino; ni siquiera habíamos encontrado trozos mayores de taurino que algún cromosoma chamuscado.

—Tal vez no los tengan —respondió el sargento, encogiéndose de hombros—, pero su química fisiológica es similar a la nuestra, y eso nos permite suponer que son seres igualmente complejos. Forzosamente tienen debilidades y puntos vulnerables; a ustedes les toca descubrirlos. Eso es lo importante.

En seguida agregó, agitando un dedo hacia la pantalla:

—Esos ocho convictos murieron para que ustedes aprendieran a matar a los taurinos, ya sea con una pistola de rayos láser o con una lima.

La muchacha se sentó, no muy convencida, al parecer.

—¿Alguna otra pregunta?

Nadie levantó la mano.

—Bien. ¡Aten… ción!

Nos levantamos a tropezones bajo su expectante mirada.

—¡Jódase, señor! —saludó el coro habitual, ya cansado.

—¡Más alto!

—¡Jódase, señor!

Decididamente, era, de todos, el lema moral menos inspirado del ejército.

—Así está mejor. No olviden, mañana hay maniobras antes del alba. Comida a las 0330, primera formación a las 0400. Quien esté en cama después de las 0340 se ganará un azote. Rompan filas.

Subí la cremallera de mi mono y atravesando la nieve fui hasta el salón, en busca de una taza de soja y un cigarrillo de marihuana. Me bastaban cinco o seis horas de sueño, y ése era el único momento del día en que podía estar solo. Miré un rato el notifax; habían volado otra nave en la zona de Aldebarán. De eso hacía cuatro años; estaban preparando una flota para tomar represalias, pero tardarían otros cuatro años en llegar allá. Por entonces los taurinos ya se habrían apoderado de todos los planetas portales. En los alojamientos ya estaban todos acostados y se habían apagado las luces principales. Toda la compañía se sentía exhausta después de las dos semanas de intenso entrenamiento lunar. Arrojé las ropas dentro del casillero y me fijé en la lista; me correspondía la litera 31. ¡Maldita sea! Justo bajo el calentador. Me deslicé por entre las cortinas tan silenciosamente como pude, para no despertar a quien dormía junto a mí. No pude ver quién era, pero me daba igual. Mientras me cubría con la manta oí un bostezo.

—Llegaste tarde, Mandella.

Era Rogers.

—Lamento haberte despertado —susurré.

—No importa.

Se enroscó a mí, pegándoseme como una cuchara. Era cálida y bastante suave. Le acaricié la cadera en lo que creía era un gesto fraternal.

—Buenas noches, Rogers.

—Buenas noches, semental —respondió ella, devolviéndome insinuante la caricia.

¿Por qué será que a uno siempre le tocan las mujeres cansadas cuando está fresco y las frescas cuando está cansado? Me rendí a lo inevitable.

2

—¡Vamos! ¡Arrimen el hombro! ¡El equipo del larguero, aupa! ¡Fuerza!

Hacia medianoche había llegado un frente cálido y la nieve se había convertido en granizo. El larguero de permaplast pesaba doscientos cincuenta kilos y habría resultado difícil manejarlo aun si no hubiera estado cubierto de hielo. Éramos dos a cada extremo. Tenía a Rogers de pareja.

—¡Acero! —gritó el tipo de detrás.

Eso significaba que se le iba de las manos; aunque aquel material no era acero, resultaba lo bastante pesado como para romperle a uno un pie. Todo el mundo soltó la viga y se apartó de un salto.

—¡Maldita sea, Petrov! —protestó Rogers—. ¿Por qué no te alistaste en la Cruz Roja o algo por el estilo? ¡Esta jodida viga no es tan pesada!

La mayor parte de las muchachas se mostraban algo más circunspectas al hablar; pero Rogers era un poco marimacho.

—¡Bueno, largueros, muévanse, carajo! ¡A ver, el equipo de epoxia! ¡Vamos, vamos!

Los dos encargados de la epoxia se acercaron a la carrera, balanceando los cubos.

—Vamos, Mandella, se me están congelando los huevos.

—A mí también —afirmó la muchacha, con más entusiasmo que lógica.

—¡Uno, dos… arriba!

Volvimos a levantar la viga y avanzamos tropezando hacia el puente, que estaba construido ya en sus tres cuartas partes. Al parecer el segundo pelotón nos llevaba ventaja. Eso me importaba un bledo, pero el pelotón que construyera antes su puente podría volver al cuartel. Para los otros habría aún seis kilómetros de estiércol y mugre, sin descanso hasta la hora de comer.

Finalmente pusimos el larguero en su sitio; lo dejamos caer con estruendo y cerramos las grapas estáticas que lo sujetaban a los soportes. La mitad femenina del equipo de epoxia comenzó a encolarlo antes de que termináramos de asegurarlo. Su compañera aguardaba en el otro extremo que llegara la viga y el equipo de suelo esperaba al pie del puente, cada uno con un trozo del liviano permaplast sobre la cabeza a modo de paraguas. Todos estaban secos y limpios. Me pregunté qué méritos habrían hecho para merecerlo; Rogers sugirió un par de posibilidades muy pintorescas, pero poco factibles.

Estábamos preparados para cargar otra viga cuando el oficial de tierra (llamado Dougelstein por apodo,«Aver») hizo sonar un silbato y rugió:

—¡A ver, soldados, diez minutos de descanso! ¡Fumen si tienen con qué!

Metió la mano en el bolsillo y giró la llave que calentaba nuestros monos.

Rogers y yo nos sentamos en la punta del madero que nos correspondía. En mi caja había mucha grifa, pero nos habían ordenado no fumarla hasta después de cenar. El único tabaco que tenía era una colilla de unos siete u ocho centímetros. Lo encendí en el costado de la caja; no era tan desagradable después de las primeras bocanadas. Rogers aceptó una, sólo por cortesía, pero me la devolvió con una mueca.

—¿Estabas estudiando cuando te reclutaron? —preguntó.

—Sí. Acababa de graduarme en física y quería seguir el profesorado.

Ella asintió, muy seria.

—Yo estudiaba biología.

Esquivé un puñado de nieve semiderretida, preguntando:

—¿Hasta dónde llegaste?

—Seis años: el bachillerato y la parte técnica.

Deslizó la bota por el suelo, levantando una cresta de barro y aguanieve, cuya consistencia era la de la leche congelada, y murmuró:

—¿Por qué carajo tenía que pasar esto?

Me encogí de hombros; no hacía falta otra respuesta, y menos aún la que nos daba constantemente la FENU. Éramos la flor y nata intelectual y física del planeta, escogidos para defender a la humanidad contra la amenaza de los taurinos. ¡Pura mierda! Aquello era sólo un gran experimento. Querían ver si podíamos azuzar al enemigo para hacerlo entrar en acción.

Aver hizo sonar el silbato dos minutos antes de lo debido, como de costumbre, pero Rogers, yo y los otros dos seguimos sentados un minuto más mientras los equipos de suelo y de epoxia terminaban de cubrir nuestra viga. Uno se enfriaba muy pronto al permanecer sentado con el equipo interno de calefacción apagado, pero no nos moríamos por principio.

En realidad no tenía sentido entrenarnos para el frío. Era sólo la típica lógica a medias de los militares. Seguramente allá a donde íbamos hacía frío, pero no frío de hielo o de nieve. Casi por definición, los planetas portales mantenían una temperatura constante de dos grados sobre el cero absoluto, ya que los colapsares no brillan; y el primer escalofrío equivalía a la muerte.

Hacía ya doce años, cuando yo tenía diez, descubrieron el salto por colapsar. Bastaba con arrojar un objeto contra un colapsar a velocidad suficiente para que apareciera en otra parte de la galaxia. No se tardó mucho en descubrir la fórmula por la cual era posible predecir el punto en donde aparecería: el objeto viajaba por la misma «línea» (una geodésica einsteiniana, en realidad) que seguiría si no hubiese tropezado con el colapsar, hasta llegar a otro campo colapsar donde reaparecía, rebotando con la misma velocidad que llevaba al aproximarse al primero. El tiempo transcurrido entre ambos puntos: exactamente cero.

Hubo mucho trabajo para los físicos matemáticos, que tuvieron que cambiar la definición de simultaneidad y echar a un lado la relatividad general y volverla a reconstruir. Los políticos, en cambio, se sintieron muy felices, pues podían enviar una nave llena de colonos a Fomalhaut mucho más económicamente que lo que costaba antes poner un puñado de hombres en la Luna. Había mucha gente, según los políticos, que estaría mejor en Fomalhaut, llevando a cabo una gloriosa aventura, en vez de estar causando problemas en la Tierra.

Las naves iban siempre acompañadas por un vehículo automático de exploración espacial, que los seguía a unos tres millones de kilómetros. Sabíamos de la existencia de los planetas portales; eran trocitos de materia estelar que giraban en torno a los colapsares; el propósito de la nave teledirigida era el de volver a comunicar lo ocurrido en el caso de que una de las naves se estrellara contra un planeta portal a 0,999 de la velocidad de la luz.

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