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Authors: Juan Gómez-Jurado

Tags: #Relato

La leyenda del ladrón (57 page)

BOOK: La leyenda del ladrón
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—¿Qué os ocurrió?

El comisario pareció azorado un instante, como si la simple mención de la herida lo transportase muy lejos de allí.

—Esto, muchacho, fue a causa de tres tiros que me dieron en Lepanto. La más alta ocasión que vieron los siglos. Y si me hicierais el honor de compartir un vaso de vino conmigo, me encantaría contaros cómo sucedió.

—Tal vez en otra ocasión, señor.

Sancho se colocó de nuevo el jubón. Al hacerlo volvió el lado derecho del cuerpo hacia el comisario, quien se fijó en la parte baja de su cuello y en las feas cicatrices que tenía en él, del tamaño de una moneda: las marcas inconfundibles de quien ha padecido la peste. Durante la partida Sancho había estado a su derecha y las marcas habían quedado ocultas.

—Disculpadme que os pregunte esto, pero ¿sois huérfano? —inquirió el comisario.

Por segunda vez aquella noche Sancho dudó antes de revelar una información como aquélla, pero había algo en aquel hombre que le resultaba familiar. De nuevo se confió a él por razones que no alcanzaba a comprender.

—Crecí en una venta, pero cuando mi madre murió me trajeron a un orfanato en Sevilla.

Jamás le había contado su historia a alguien, pues odiaba que se compadeciesen de él. Pero lo que no hubiera imaginado jamás que sucedería era que alguien pudiese soltar una carcajada como la que soltó el comisario al escuchar aquello. Sancho se puso tenso y apretó los puños, creyendo que se estaba burlando de él, pero enseguida vio que no había crueldad en sus ojos.

—Ah, perdonadme, amigo Sancho. Es sólo que acabo de recordar una inversión que hice hace unos años. Seis escudos. Dieron un inmenso fruto, ¿sabéis?

Sancho lo miró con extrañeza y no respondió. No tenía ni la menor idea de lo que estaba hablando aquel hombre, ni podía tenerla, pues al no haberse despedido formalmente del orfanato, fray Lorenzo jamás le había dicho quién lo había depositado allí. Aquella clase de revelaciones era algo que reservaba, sabiamente, para el último día de estancia de cada niño.

—Ah, no hagáis caso de las incoherencias de un viejo soldado —dijo el comisario, viendo el efecto que sus palabras habían causado en el joven—. Me dieron demasiados golpes en el casco. En fin, mi nombre es Miguel de Cervantes, comisario de abastos del rey. Si algún día encontráis tiempo para tomar esa copa de vino o puedo ayudaros en lo que sea, pasad por la posada de Tomás Gutiérrez.

Sancho se despidió de aquel hombre tan singular, creyendo erróneamente que jamás volvería a verlo en su vida.

LVI

T
uvo miedo antes de entrar.

La puerta era de madera, con volutas de hierro. De doble hoja, ancha como para que pasase un carro grande, con una entrada más pequeña en el lateral. Franqueada ésta había una garita baja, donde un par de alguaciles le preguntaron con sorna si iba armada. Una docena de espadas colgaban de un alargado listón de madera clavado a la pared detrás de ellos, pertenecientes a los clientes que entraban en el burdel.

—No les hagas caso, mi alma. Y no te asustes. Aquí no te ocurrirá nada —le dijo la Puños.

Clara se sorprendió al cruzar la puerta. Había esperado un antro sórdido y oscuro, no lo que se encontró. Era como entrar en un pequeño pueblo rodeado por una alta tapia. Dos calles largas y estrechas, formadas por pequeñas casitas adosadas, no mucho más grandes que la garita que había visto a la entrada. El suelo era de tierra, pero no había desperdicios ni inmundicias acumuladas por las esquinas, como era normal en Sevilla. Todo el lugar estaba limpio, y transmitía una sensación de serenidad. Frente a las casas había incluso pequeñas macetas pobladas de flores o de albahaca para espantar a los mosquitos. En un cuadrado libre entre dos de las viviendas alguien había plantado repollos.

—No te lo imaginabas así, ¿verdad? —le preguntó la prostituta, viendo la sorpresa en la cara de la joven.

La Puños la llevó a recorrer el burdel, que en su extremo más alejado de la puerta cobraba forma de herradura, uniendo las dos bocacalles. Sobre las puertas había clavados pequeños carteles con el nombre de la profesional que ejercía su oficio en el interior. Algunos de ellos venían acompañados de dibujos nada recatados en los que se detallaba la especialidad de la casa. Al pasar frente a alguna de ellas se oían ruidos y gemidos, a veces escandalosos.

—Ay, qué gritonas son. Pero a muchos caballeros eso les pone bravos.

Clara nunca había tenido ninguna experiencia sexual más allá de lo que la natural curiosidad le había llevado a investigar en su propio cuerpo, que no era mucho. Gracias a las novelas de caballerías, que retrataban las relaciones entre hombres y mujeres como algo platónico y nunca consumado, se había imaginado el amor como una frustración constante y ansiosa, como la que le bullía dentro del cuerpo ciertas noches. Así que era incapaz de ver todo aquello con la naturalidad con la que lo hacía la Puños, que había acabado por insensibilizarse ante aquellos estímulos. Pero intentó concentrarse en la explicación que ésta le estaba dando acerca del funcionamiento del burdel.

Se sorprendió mucho al descubrir que cada una de aquellas casas estaba cedida a las prostitutas en alquiler, y que sus dueños no eran precisamente cualquier don nadie. Más de la mitad de las casas pertenecían a conventos, iglesias o el propio arzobispado. El resto eran de nobles y ricos comerciantes. Clara se preguntó si Vargas también sería uno de esos dueños, aunque no se atrevió a preguntar por miedo a que la relacionasen con él.

—Todos los años por Semana Santa nos reúnen a todas las chicas en la catedral y nos largan un sermón para ver si nos arrepentimos y dejamos el oficio, como si hubiéramos elegido nosotras ganarnos el pan a cuatro patas. A las pocas que aceptan las encierran en un convento a pan y agua para el resto de sus días, y a las que les mandamos a paseo nos envían fuera de la ciudad hasta el Domingo de Resurrección, como si follar el resto del año no fuese pecado. Y los curas siempre intentan subirnos el contrato de alquiler. Panda de hipócritas, mi alma, eso es lo que son todos.

La vuelta a las dos calles duró menos que los insultos que la Puños tenía para dedicar a sus caseros. Terminaron la visita en la casita de su anfitriona. Estaba decorada con sencillez. Un camastro de paja, un arcón y una silla, con un hogar al otro extremo donde apenas cabían dos leños. Un geranio solitario sobre el ventanuco de la entrada ponía la única nota de color. La planta crecía escorada a la izquierda, luchando valientemente por captar la mayor cantidad posible de sol. A Clara le recordó a la mujer que tenía enfrente, que tampoco era de las que se quedaban a la sombra.

—Pues esto es el Compás, al menos de día. Cuando cae la noche y los clientes van cargados como ánforas, la cosa se vuelve más ruidosa. Entonces vienen los chulos y los matones que la cofradía de ladrones nos asigna a cada una, y fingen protegernos mientras trasiegan más vino y causan más moratones que los que evitan. Y cuando llega el amanecer nos dejan sin dinero y con la espalda hecha polvo, mi alma. Pero es así y así ha sido siempre.

En aquel instante la joven sufrió un arrebato de lástima por la Puños. Por muy dura que se le hubiese presentado la vida a Clara, por más injusto que hubiese sido crecer con el estigma de la esclavitud impuesto desde el mismo instante de su nacimiento, otras había que lo llevaban peor. La auténtica injusticia había sido venir al mundo sin aquel pedazo de carne entre las piernas que los hombres iban a aliviar allí. Las mujeres, aunque no naciesen esclavas, quedaban sometidas al designio de sus padres, y no tenían más salida honorable que casarse o meterse en un convento. De lo contrario la caída al abismo estaba garantizada. Y lugares como el Compás no eran el final de la caída. Ésta venía después, cuando las arrugas las condenaban al hambre, la locura y la muerte.

—¿Estás lista para ver a las chicas? —le preguntó la Puños.

Clara asintió, muy seria. Estaba deseando poder ayudar a aquellas mujeres a mejorar sus vidas en la medida de lo posible. Se puso en pie, se alisó las faldas del vestido y se recogió el pelo, intentando dar una imagen de seriedad.

—Pasa, Dolores, que ya está la boticaria —dijo la Puños, haciendo pasar a la primera de las chicas.

Durante toda la mañana éstas hicieron cola para mostrarle sus dolencias o hablarle de sus síntomas, y la colección de casos que pasaron por allí decía bien poco de las condiciones en las que aquellas pobres desgraciadas se ganaban el sustento. Muchas de ellas tenían lesiones por todo el cuerpo, ojos morados o los dientes flojos causados por sus chulos, que nunca estaban contentos con lo que sus protegidas les pagaban por protegerlas. Otras tenían enfermedades más comunes, como resfriados, indigestiones, dolores de cabeza o insomnios que tenían mejor arreglo. También lo tenían las ladillas y las liendres, que tan fáciles eran de agarrar en aquel lugar, aunque la gran mayoría de las muchachas llevaban el pubis depilado para evitarlas. Recetó infusiones de corteza de sauce, valerianas, madreselvas y cataplasmas de todas clases. Había llevado con ella una bolsa con algunas de las plantas de uso más común. La Puños quedó en ir a recoger a la botica de Clara el resto de los remedios al día siguiente. No todas las chicas tenían permiso para salir del lugar, y muchas apenas abandonaban el Compás en todo el año, pues no les estaba permitido ejercer su oficio fuera del recinto.

Clara había temido encontrarse con casos mucho más graves, como la sífilis, cuyos horribles síntomas había visto en una ocasión en la consulta de Monardes. Teniendo en cuenta la clase de lugar en el que se encontraba, entraba dentro de lo posible, por lo que el día anterior había dedicado un buen rato a estudiar con detalle los primeros síntomas de la enfermedad. No era que sirviese de gran cosa a quien la padeciese, puesto que era incurable y a menudo mortal, pero al menos podía ayudar a evitar que se extendiese. Por suerte aquel año se habían presentado pocos casos.

Sin embargo había algo igual de inevitable con lo que iba a tener que encontrarse.

—Hay una chica más que necesita tu ayuda, pero no puede levantarse de la cama, mi alma.

—Llévame hasta ella.

Siguió a la Puños hasta la casita donde vivía la enferma, que estaba en la otra calle. Cuando se acercaban vieron que había un pequeño revuelo alrededor de la puerta.

—¿Qué sucede?

—Ha venido el médico —les susurró una de las mujeres—. Está ahí dentro.

La Puños suspiró.

—Tenía que ser hoy. Ese viejo verde se pasa cada dos semanas y nos manda abrirnos de piernas a todas. Lo envía el ayuntamiento, para asegurarse de que no tengamos pulgas o liendres. Y cuando acaba siempre escoge a una para llevársela al catre —le explicó a Clara con voz queda.

La joven se abrió paso entre las chicas y vio como el médico estaba arrodillado al lado de la joven, a la que había mandado orinar en un frasquito. Se sostenía la mandíbula con aire meditabundo mientras observaba el color de la orina al trasluz. Luego dio un sorbo corto, ante las muestras de repugnancia del grupo de mujeres que se agrupaban en la puerta.

—Lo que me imaginaba —dijo el médico, un viejo de aspecto sudoroso y desagradable, con la nariz roja y marcada de gruesas venas—. Esta mujer tiene miasmas. Será mejor hacerle un buen sangrado para volver a equilibrar sus humores.

Clara miró a la ocupante del lecho y se quedó asombrada al comprobar que era casi una niña. No debía de tener más de catorce años, aunque no era de extrañar. Los únicos requisitos para ingresar en el Compás eran haber cumplido doce años y no llamarte María. Siempre que hubiera una casita libre y se cumpliesen tan exiguas condiciones, la aspirante tendría el empleo garantizado. Así le había sucedido a la Puños, y la pobre muchacha que estaba convaleciente en el camastro no era una excepción.

Al ver cómo el médico comenzaba a sacar la palangana y las lancetas, Clara se mordió el labio de pura ansiedad. La muchacha parecía muy pálida, y sin duda la sangría no iba a contribuir en absoluto a mejorar su estado. Sin embargo no se atrevía a contradecir a un médico en público, pues era algo que podría costarle muy caro. Monardes la había prevenido específicamente contra aquello, pero también le había avisado de que las sangrías eran un tratamiento dañino e inútil. Se debatió durante un rato atrapada en aquel dilema cuando vio que el médico tomaba el brazo delgado y pálido de la niña y acercaba la punta de la lanceta.

En ese momento no pudo contenerse y abandonó toda prudencia. Se acercó a la cama y se arrodilló junto a la muchacha, estorbando la maniobra del médico.

—Pero ¿qué hacéis? —protestó el hombre airado, poniéndose en pie.

Clara no le hizo el menor caso y puso la mano en la frente de la muchacha. Tenía la piel reseca, pero no parecía tener fiebre. La enferma la miró con ojos desvalidos y vidriosos.

—¿Cómo te llamas?

—Juani —contestó ella, con la voz cansada.

—¿Puedes contarme qué te sucede?

—Empezó esta mañana... no podía parar de vomitar. Me desmayé en la puerta y me he ido encontrando cada vez peor. Tengo muchas náuseas.

—¿Tienes sed?

—Mucha, pero no quise beber nada para no vomitar más. Es una sensación que no soporto —dijo tapándose con la sábana.

Clara observó que tenía los labios muy resecos, al igual que la piel, y comprendió que los síntomas tan desagradables que tenía eran fruto de la falta de líquidos en su organismo. Con cuidado, apartó la sabana. La muchacha estaba desnuda, y tenía los pezones duros e hinchados. Clara se los rozó con la yema de los dedos y la paciente emitió un quejido de protesta. Volvió a cubrirla con cuidado.

—¿Normalmente te duele cuando te hacen eso?

La muchacha negó con la cabeza y abrió la boca para decir algo, pero el médico las interrumpió.

—¿Se puede saber por qué os metéis en esto, señora mía? Haced el favor de apartaros. Esta mujer necesita de mis cuidados.

Clara se puso en pie. Aunque no era muy alta, le sacaba casi un palmo al médico.

—Señor, con todo el respeto, no estoy segura de que...

—Vaya, vos sois nueva, ¿verdad? —cortó el viejo, con una mirada libidinosa. Clara resistió el impulso de apretarse el vestido, pues el médico la estaba desnudando con la vista—. Nunca habéis pasado la revisión conmigo. No os preocupéis, hoy me encargaré de vos. De hecho creo que os dejaré para el final, para asegurarme de que no hay nada de que preocuparse.

BOOK: La leyenda del ladrón
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