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Authors: Cliff McNish

Tags: #Aventuras, Fantástico, Infantil y juvenil

El olor de la magia

BOOK: El olor de la magia
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Raquel y Eric son dos hermanos con poderes extraordinarios: Raquel puede hacer los más difíciles hechizos, y Eric tiene la capacidad de anularlos. Gracias a estos poderes, los dos hermanos pudieron derrotar a la temible Dragwena, una bruja que los había raptado para esclavizarlos. Pero ahora, Heebra, la madre de Dragwena, busca venganza. Un ejército de brujas es enviado a la Tierra para localizar a los miles de niños que poseen poderes parecidos a Raquel y organizarlos en un temible ejército. Una lucha terrible se prepara…

Cliff McNish

El olor de la magia

El maleficio - 2

ePUB v1.0

Wertmon
14.09.12

Cliff McNish, septiembre de 2003.

Traducción: Manuel Manzano

Ilustraciones: Geoff Taylor

Editor original: Wertmon (v1.0)

ePub base v2.0

1
Ojos

—¡Raquel, levanta, despierta de ese sueño! —Morpet la sacudió con delicadeza por los hombros hasta que, viendo que no reaccionaba, lo hizo con mayor brusquedad—. ¡Vamos, despierta!

—¿Qué? —dijo Raquel abriendo apenas los ojos.

Por un instante, Morpet vio el rastro de su pesadilla. Atravesándole la mejilla, tan grande como la de un perro, la enorme garra negra y nudosa de una bruja. Morpet vio incluso cómo se desvanecían las retorcidas y verdes uñas en la pálida cara de Raquel.

—Está bien —dijo él apresuradamente, agarrándola con fuerza por los hombros—. No te preocupes, estás a salvo. Estás en casa, en tu habitación. Aquí no hay brujas.

Raquel se despertó sobresaltada y dio un salto; respiraba con dificultad, jadeando.

—Oh, Morpet —murmuró—, no me despiertes así
nunca más.
Cuando estoy soñando… puedo… puedo lastimarte. —Hundió la cara en la almohada, esperando a que se desvaneciese la cortante sensación helada de las uñas en su mejilla—. Tú deberías saberlo mejor que nadie —dijo ella al final—. Podría haberse escapado un hechizo.

—¿Preferirías que hubiera sido tu madre quien se enfrentase a esas garras? —contestó él—. Por lo menos yo puedo reconocerlas.

Raquel asintió con gesto sombrío.

—Pero incluso para ti es peligroso. Deja que me despierte de manera natural, cuando esté lista.

Morpet gruñó, señalando la luz del sol filtrándose a través de las cortinas.

—He esperado tanto como he podido. Ya es más de mediodía, y tu madre estaba a punto de venir a despertarte —dijo quitándole unas hebras de hierba del pelo y observándola—. Curioso olor el de estas hierbas.

—Oh, no —se quejó Raquel dándose cuenta de su lamentable estado—. Anoche estuve de nuevo en el estanque, ¿verdad?

—Me temo que sí.

Raquel se mordió el labio.

—Es la segunda vez esta semana.

—La tercera.

—Supongo que tenía agallas.

—Sí, las habituales, en el cuello y de color rojo carmesí.

—¡Agh! —Raquel sintió una desagradable sensación justo debajo de sus orejas—. ¿Cuánto tiempo estuve debajo del agua esta vez?

—Una hora, más o menos.


¡Una hora!
—Raquel meneó la cabeza con disgusto—. Entonces esto está empeorando. Está bien, me levanto. —Se detuvo a escuchar durante un segundo—. ¿Quieres comprobar que el pasillo y el baño están despejados?

Morpet salió fuera, volviendo un momento después.

—Nadie a la vista, y aquí tienes un par de toallas limpias. Voy a meter las sábanas en la lavadora.

Raquel sonrió, tomando las toallas.

—Morpet, eres mi ángel de la guarda.

Se deslizó con cuidado dentro del lavabo y se dio una larga ducha caliente para quitarse el hedor del estanque. De vuelta en su habitación, se sentó frente al tocador, y empezó a cepillarse sin demasiadas ganas la lacia melena oscura.

Entonces se detuvo de repente, dejó el cepillo en el tocador, se acercó lentamente al espejo y examinó su cara, delgada y ligeramente pecosa.

Los ojos que le devolvieron la mirada no eran humanos. Sus preciosos ojos verde avellana, iguales que los de su padre, habían desaparecido. En su lugar tenía unos nuevos ojos mágicos. Los hechizos se arracimaban en el rabillo de sus ojos, detrás de los párpados. Les gustaba estar ahí porque desde esa posición podían ver el mundo exterior. A lo largo del día fueron apiñándose al frente, ávidos de atención. Cada hechizo tenía su propio y único color. El día anterior los colores de los hechizos habían empezado con el escarlata y el dorado, rodeando sus pupilas negras. Esta mañana ya ni siquiera había pupila. Solo podía distinguirse un color azul profundo en ambos ojos, como la sombra de un cielo de verano. Últimamente, Raquel había visto ese color muchas veces. Era el color de un hechizo volador, ansiando ser utilizado.

Mirando fijamente su reflejo en el espejo, Raquel dijo:

—¡No, no pienso volar! ¡Hice una promesa, y la mantengo! ¡No cederé ante ti!

—¿A quién? —preguntó una voz.

Raquel se volvió sobresaltada. Su madre estaba de pie tras ella, mirando fijamente el espejo, con ansiedad.

—Mamá, ¿de dónde sales?

—Estaba aquí desde hace un rato, tan solo te estaba mirando. Bueno y también a ellos.

Su madre observó fijamente los ojos llenos de hechizos de Raquel. Su color había cambiado ahora a un gris triste.

—Esos hechizos… —dijo su madre enfadada—. ¿Qué se supone que esperan de ti? ¿Por qué simplemente no te dejan en paz de una vez?

—No te preocupes, mamá —murmuró vagamente Raquel—. Yo… aún tengo que hacerme cargo de ellos.

Su madre le rodeó el cuello con los brazos. Abrazándola fuerte le dijo en un susurro:

—Entonces dime por qué estás temblando. ¿Crees que después de doce años no sé cuándo está sufriendo mi propia hija?

Una sola lágrima resbaló por la mejilla de Raquel. Con un gesto intentó secársela de inmediato.

—Vamos —dijo su madre—, llora todo lo que quieras. Esos hechizos terribles… ¡Cómo se atreven a hacerte daño!

Por unos minutos Raquel se dejó mimar por el abrazo de su madre. Finalmente dijo:

—Estoy bien, de verdad que lo estoy. Estoy bien, mamá.

Su madre la apretó contra ella de nuevo y después se quedó allí de pie, reacia a irse.

—¿Dejarás de mirarte fijamente en ese espejo?

—No más espejo por hoy —respondió Raquel forzando una sonrisa—. Te lo prometo. —Mientras su madre se iba lentamente hacia la puerta, le dijo—: Echas de menos a papá, ¿verdad?

Su madre se paró en la puerta.

—¿Tan obvio es?

—Solo porque yo también lo echo en falta. Odio cuando tiene que viajar.

—Su último contrato de este año en el extranjero está a punto de acabar —le dijo su madre—. Volverá en un mes más o menos.

—Treinta y ocho días —dijo Raquel.

Su madre la miró con aire de complicidad.

—¡Podemos contar juntas! —Se volvió para salir—. No tardes mucho en bajar, ¿vale? Ya he tenido bastante con Eric y los prapsis por hoy. Quiero mucho a tu hermano pero empieza a sacarme de quicio con las cosas que les enseña a esos bebés-pájaro.

Se dirigió hacia la escalera y la bajó con paso fuerte, sin dejar de murmurar un solo segundo.

Raquel terminó de vestirse y se dirigió a la cocina. Tan pronto como entró, los prapsis se taparon las caras.

—¡Cierra esos ojos amenazadores! —chilló uno mirándola de reojo.

«Oops» pensó Raquel, desactivando los brillantes hechizos de colores.

El otro prapsi aleteó irritado frente a su rostro.

—¡Eric habría podido quedarse ciego! —chilló—. ¡Su rostro tan bonito hubiera podido abrasarse!

Raquel se dio cuenta de que debía reaccionar de alguna forma. Puso una rebanada en la tostadora y la miró fijamente, como si tostar pan fuera la cosa más fascinante del mundo.

Los prapsis revolotearon cerca de ella, dándose empujones. Eran seres extraños, mezcla de cosas, creación enfermiza y grotesca de una bruja que los utilizaba como mensajeros. Sus cuerpos eran idénticos a los de los cuervos, con las típicas plumas brillantes y negroazuladas. Pero en vez de picos tenían narices; y en vez de tener cara de pájaro, tenían mejillas gordezuelas y rosadas con unos labios mullidos. Cada prapsi tenía la cabeza de un bebé.

La madre de Raquel dio un bufido apartando a los bebés-pájaro de su camino. Ellos se retiraron y volvieron a juntarse de nuevo, manteniéndose perfectamente inmóviles por encima de la cabeza de Raquel. Uno le hizo una pedorreta; el otro babeó accidentalmente sobre su tostada.

—¡Mmm, qué rico! —dijo Raquel tirando la rebanada al cubo de la basura—. Me gustaría saber cómo les crecieron sus caras de bebé de nuevo. Me gustaban más cuando simplemente graznaban.

Ambos prapsis enseñaron sus encías desdentadas.

—¡Míranos, cara de chimpancé! —susurraron—. ¡Somos tan hermosos! ¡Somos tan bellos! Pregúntale a Eric.

Eric se sentó cerca de la mesa de la cocina, ojeando las páginas de un cómic con aire despistado.

—¿Estás bien, hermanita? —preguntó levantando la mirada—. ¿Disfrutando de la compañía de los muchachos?

—Estoy bien —dijo ella con sequedad—. Pero preferiría no tenerlos pegados todo el día. ¿Crees que podrías tener a los chicos lo suficientemente alejados de mí como para que pueda untar mantequilla en la tostada?

—¡Claro! —exclamó.

De inmediato ambos prapsis volaron hasta sus hombros. Se posaron allí, poniéndole cara de pocos amigos a Raquel.

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