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Authors: Elena Moreno

Tags: #Narrativa, novela

El salón de la embajada italiana

 

El día que su tía fallece, Carmela, periodista y escritora, rememora la libertad y sofisticación que esa mujer de origen italiano, relacionada con la diplomacia internacional, le quiso inculcar y que con el tiempo quedaron sepultadas bajo el peso de las responsabilidades familiares.

Meses antes, la apacible e insatisfecha vida de Carmela se tambalea cuando Mateo, un atractivo hombre de negocios, aparece en Bilbao para hacerle un extraño encargo por el que está dispuesto a pagar cualquier precio: investigar y redactar la biografía de su padre, muerto tiempo atrás.

El desconcierto asola las primeras entrevistas con Mateo, pero una serie de acontecimientos le dará fuerza para descubrir no sólo los misterios que parecen rodear el encargo, sino aquellos que comienza a sentir en su corazón. A partir de ese momento, Carmela intuirá que la vida no tiene por qué construirse sobre renuncias, que la lealtad puede romperse, que la historia esconde secretos que deben ser confesados y que todas las libertades tienen un precio. Las claves para adentrarse en ese mundo las encontrará en la vida de su tía.

Elena Moreno

El salón de la embajada italiana

ePUB v1.1

Enylu
10.02.12

Fecha de publicación: 25/01/2011

259 páginas

Idioma: Español

ISBN: 978-84-8460-947-6

Código: 10000961

Colección: TH Novela

Para ellos, los que se fueron y me dejaron

el anhelo de amarlos más y mejor

Para Pablo, Alejandro y Rocío

«La historia de los hombres se escribe con esos fragmentos hechos de viento. Siempre hay un instante de la vida en el que volvemos a ser lo que fuimos o en el que somos, misteriosamente, lo que nunca pudimos ser.»

TOMÁS ELOY MARTÍNEZ

Gracias a los músicos, compositores, creadores y amantes de todas las artes. Sin la música no hubiera podido escribir. Sin su compañía no hubiera podido recorrer el camino. Sin que me hubieran mostrado la belleza, mi alma no hubiera aprendido a ver.

Gracias a Argi Bengoa y a Javier Velilla, que tuvieron la paciencia de leer con devoción mis páginas una y otra vez. A Inés y Blanca García Albi, que empujaron mi voluntad. A Ana Viar, que añadió puntos y comas. A mi italiano de cabecera Gianni Lamperti. A mi asesor francés Paul Rapp.

Gracias a Antonia Kerrigan, mi agente, a Raquel Gisbert, mi editora, que puso orden en el armario de mi literatura.

Gracias a todos los que me acompañan en la vida.

P
rimera Parte
I

NOVIEMBRE 2006

Estábamos tan acostumbrados a aquellas llamadas de urgencia que, a pesar de esperarla, la noticia de la muerte de la tía nos sorprendió a todos.

Odalis —la chica peruana que la cuidaba— llamó a las cinco de la mañana y atropelladamente, en aquel castellano acuñado para la dulzura, me dijo: «Señora Carmela, que la tía de usted se muere definitivamente».

Estaba familiarizada con el lenguaje de aquella mujer cauta y dulce, por eso supe que aquel «de-fi-ni-ti-va-men-te» quería decir que despertara a toda la familia porque la tía se iba de verdad.

Marqué el número de mi primo Braulio. En esos momentos no podía extraer de mi memoria ningún otro teléfono que no fuera el de él. Sonaron los timbrazos, intuí que al otro lado no los escucharían con facilidad. Finalmente oí su voz arrastrándose desde el profundo sueño de algún barbitúrico.

—Diga...

—Braulio, soy yo...

—Carmela...

—La tía se muere. Ha llamado Odalis. Ernesto y yo salimos en este momento para la clínica. Avisa a Alberto y que se lo diga a los demás. Y tú, por favor..., no te vuelvas a dormir... Ven rápido, por favor.

—¿Me has oído?

—Sí. Te he oído... Me pongo en marcha.

Fue el primer día de frío. El primer día de un largo y accidentado año en el que la muerte se había empeñado en llamar a las puertas de mi familia. Una familia dedicada —entre otras cosas— a ignorar o distraer la única certeza que tenemos: la muerte.

Pero el tiempo, inexorable y despiadado, destejía calendarios para todos y los apuraba para la última Farinelli: la tía Carmen.

Ernesto, mi marido, se había vestido deprisa farfullando algo a lo que ni pude ni quise prestar atención. Sacó el coche del garaje y me acompañó a la clínica. Condujo en silencio los catorce kilómetros que separan nuestra casa de Bilbao, escuchando mi monólogo nervioso, posando su mano sobre la mía, oprimiéndola de vez en cuando. Intentaba aplacar esos nervios raros que se le instalan a una cuando no quiere encontrarse lo que tiene la certeza que encontrará.

Luego, una vez en nuestro destino, no le quedó más remedio que compartir conmigo la desastrosa visión de mi tía en la cama con un camisón de puntillas rosas comprado —sin duda— en Los Encajeras
[1]
y amortajada a la vieja usanza por Odalis: véase una toalla con anagrama de la clínica de Los Ángeles anudada del mentón a la coronilla y rematada en un tosco lazo. Las manos blancas y cuidadas, una sobre la otra. Un rosario de plástico con cuentas de colores —que sin duda no le pertenecía— enredado entre los dedos.

Lo vi palidecer impresionado por aquella inesperada imagen. Por esa ausencia de vida inmediata que rodea a alguien que ha dejado de respirar. Yo también hubiera palidecido, y hasta me hubiera desmayado si no me hubiese pertenecido aquella escena, incluido el rosario multicolor. Pero la tía era mía. Llevaba mi nombre, mi sangre, mi historia enredada entre sus manos. Era la hermana de mi madre, y por lo tanto un trocito de madre también. La tía era la tía. Por alguna atávica razón no podía desmayarme. Debía apechugar con aquel desgarrador y cotidiano trance.

Improvisé una serenidad que no tenía. Hice como si mi corazón perteneciera a otra. Me movía despacio, sorprendiéndome de que pudiera hacerlo sin dificultad. Estaba aterrada. Tenía frío y algo muy desapacible me poseía por momentos volviéndome cada vez más vulnerable. En mi interior se movían las tierras de mi infancia provocando un terremoto de emociones. Una pena inmensa conquistaba el territorio de mi alma. Cada vez que miraba sus ojos cerrados, esa pena avanzaba sin permiso colonizándome por completo.

La tía Carmen I. Farinelli había sido muy hermosa. Los hombres se volvían nada en su presencia. Quedaban prendidos en la tela de araña que tejía con el arte de una seducción sutil y definitiva. Era una mezcla de Hollywood en sus mejores tiempos y española de las que cuando besa, besa de verdad.

La tía se había apoderado de mi curiosidad cuando era niña, cuando quería pertenecer a alguien que me mirara sólo a mí. Me conquistó con sus silencios, sus alborotos, sus risas y sus llantos. Mis ojos iban pegados al ruedo de su falda, a la estela de su perfume, a sus maletas que iban y venían por un mundo del que ni sabíamos si existía del todo, mis ojos vigilaban «a aquel no sé qué, qué sé yo» que arrastraba; unos secretos de los que el resto de la familia cuchicheaba y que nunca cabían en las conversaciones del comedor cuando ella estaba presente.

La tía viajera, la que tenía una vida suya... La tía que había conseguido pegarme a su sombra para ver como administraba sus encantos... La que me enseñó dónde estaba la puerta para escapar de la vulgaridad. Ella, la que no sucumbió como sus hermanas a las reuniones de Acción Católica. Ella, que administró sus golpes de cadera, sus andares de rubia natural para ordenar las voluntades de aquellos señores de bigotito a lo Clark Gable que había en los marcos de las fotos de la librería de su despacho... Ella, que vivió envuelta en abrigos de pieles y penas ocultas.

—Se ha ido en paz. La señora descansa.

Odalis interrumpió mis pensamientos para abrazarse a mi cuello, saltándose ese espacio —que había entre el servicio y mi familia— con una llantina intermitente.

Veía el pañuelo que enfundaba su cabeza. Uno de esos pañuelos negros y blancos que llevaban los easy rider de las Harley en las pelis americanas. Lo llevaba anudado atrás. Le hacía la cara más ancha, más oscura. Parecía recién sacada de una rebelión de barrio en Harlem. Su estética era —cuando menos— sorprendente en Bilbao y más aún en aquel entorno de clínica de Sanitas, con señora mayor postrada de-fi-ni-ti-va-men-te.

Nos fue relatando, en realismo mágico y con hipo sentido, las últimas horas de la vida de mi tía, sus comentarios, el imprevisible vínculo que las unía, los consejos que le había dado. Describía el movimiento de su mano cuando le pidió que le levantara un poco la almohada, cuando le mandó apagar la luz, o el tono de voz que empleó para pedirle que me llamara si se moría aquella noche. Buscaba adjetivos comunes para describir las emociones. Repetía las últimas palabras de mi finada tía revistiéndolas de matices. Se secaba las lágrimas sinceras con un pañuelo arrugado que guardaba en la manga del jersey, y volvía a recontar lo mismo, como si no hubiera conseguido transmitirnos todo lo que deseaba.

—... yo no quería que se fuera, pero le aseguro, señorita Carmela, que tengo menos pena de la que debiera... porque todo fue un milagro..., ¿verdad, señora?

Alternaba el sujeto, es decir, en momentos hablaba en primera persona y en otros, en un plural sobrecogedor, mirando a mi tía. Le acariciaba las manos, recolocaba aquel insólito rosario de colores, estiraba las puntillas del camisón y le hacía preguntas que, naturalmente, ella misma contestaba.

—¿A que nos hemos querido mucho, señora? Dígaselo a su sobrina, que usted me dijo que ya estaba muy cansada. Así es, señora, que se va con sus hermanas ¿No es cierto? Que llegó su hora. Que ya hizo el camino, mi señora.

Tenía esa incontinencia verbal que se sufre cuando aún no hemos tenido tiempo de digerir algo traumático y hacemos tiempo parloteando cualquier cosa para espantar el miedo. Era pronto para hacer sitio al desamparo. Rodeaba la cama, arreglaba el embozo, iba hacia la puerta, la abría, miraba el pasillo como si esperara a alguien, volvía a cerrar la puerta y volvía a abrazarme. Yo, atenazada también por mis emociones, la seguía a veces, o me quedaba muda y quieta a media intención.

Vi que mi marido seguía con la mirada la hiperactividad de Odalis. También estaba asustado. Tenía esa expresión que yo conocía: la boca entreabierta, un poco descolgada, los ojos perplejos y el estupor que le dejaba una expresión bobalicona...

Cuando estábamos en algún acto social y se quedaba así, detenido en sabe Dios qué pensamientos, yo solía darle una patadita o un pequeño codazo para que cerrara la boca y volviera discretamente a hacerse el sueco, pero en esa ocasión, ni tenía fuerzas ni me importaba la cara de Ernesto.

Me acerqué a ella y la rodeé con mis brazos como lo hacía cuando mis hijos se quedaban sin horizonte. Le susurré palabras de agradecimiento y poco a poco dejó de hablar, pareció calmarse a pesar de aquel hipo residual que movía su pecho cada minuto.

—Tranquila, Odalis..., lo ha hecho usted muy bien. Ya ha pasado todo. No tenía fuerzas para quedarse con nosotros.

Y se calmó. Se quedó tranquila en mi abrazo. Como por arte de magia y cuando estábamos abrazadas, nos mecimos suavemente... a la derecha..., a la izquierda..., a la derecha..., a la izquierda, como cuando escuchas un blues que te secuestra los pensamientos. Después se deshizo de mí y volvió a asumir el mando. Nos pidió con voz de madre superiora una oración.

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