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Authors: Douglas Niles

Erixitl de Palul

 

Erix, la antigua esclava, y Halloran, el legionario, huyen de la catástrofe que barre Maztica. El dios de la guerra se ceba en el caos, y reclama el sacrificio de más corazones para favorecer a los guerreros nativos en su lucha contra el invasor proveniente de los Reinos Olvidados. Mientras, la pareja de amantes intenta eludir el acoso de sus muchos enemigos. Los miembros del culto de la Mano Viperina, los sacerdotes de Zaltec, y los muy Ancianos necesitan acabar con la vida de Erix, porque únicamente ella, la escogida de Qotal puede poner en peligro sus planes para la conquista del Mundo Verdadero.

Douglas Niles

Erixitl de Palul

Trilogía maztica II

ePUB v1.0

Garland
19.02.12

Titulo original:
Viperhand

Traducción: Alberto Coscarelli, 1993

Ilustración de cubierta: Fred Fields

Douglas Niles, 1990

Para Dirk Niles,

como recuerdo de los Bighorns

Prólogo

Los dioses crecen complacientes en la igualdad de sus vidas inmortales, contentos de aceptar la adoración de los mortales y de gobernar como amos y señores sus dominios terrestres. Eternos, imperturbables, pasan sus siglos con un sublime desprecio hacia el mundo material.

Pero de vez en cuando las acciones de los fieles de un dios hacen que la deidad tenga un conflicto con sus compañeros. Este enfrentamiento entre divinidades representa inevitablemente el caos y, a veces, la muerte de los protegidos del dios.

Éste era ahora el caso de Helm, el Vigilante, dios patrono de la Legión Dorada. Sus fieles, los cruzados de dicha legión, llevaban su estandarte a nuevas tierras; hermosas tierras de grandes riquezas, y también muy salvajes. Con ansia y voluntad, Helm siguió adelante. Ahora se enfrentaba a dioses que no conocía; dioses que, al parecer, tenían una sed insaciable de sangre humana, de corazones humanos.

Uno de estos señores sedientos era Zaltec, el Terrible. El hambriento dios de la guerra devoraba con deleite los corazones ofrecidos por sus sacerdotes. Amo y señor de Maztica, se enfrentó a las fuerzas invasoras de Helm, cada vez con mayor apetito. Zaltec necesitaba más corazones, más sangre.

El dios Qotal, el Plumífero, en un tiempo aclamado como el principal entre los dioses de Maztica. había sido apartado hacía mucho del Mundo Verdadero por aquellos que pensaban que los dioses sólo podían ser adorados con el derramamiento de sangre y la ofrenda de vidas humanas. Qotal buscó suavizar los conflictos entre gente y dioses, pero su poder era débil y su presencia casi desconocida.

Y también, debajo de todos ellos, ardiendo en la oscuridad de su odio y maldad, había otro dios; un dios cuya presencia e intereses ni siquiera sospechaban las deidades de Maztica. Lolth, la quintaesencia de la oscuridad y el mal, vivía apartada de los demás, en las mismísimas profundidades del infierno. Diosa de los elfos oscuros —los drows—, el odio de Lolth se enfocaba en aquellos de sus hijos que no pronunciaban su nombre con temor y reverencia.

Para Lolth, para todos ellos, la tierra llamada Maztica no era más que un tablero donde colocar las piezas de su juego inmortal. No hacía falta más que un soplo, o el roce de una mano, para dejar vacío el tablero.

1
La Casa de Tezca

Halloran estaba seguro de que iban a morir en medio de este páramo desolado y sin agua. El sol los atacaba desde todas partes; les quemaba la piel, lastimaba sus bocas resecas, cegaba sus ojos con su terrible resplandor.

Casi ahogado por la hinchazón de la lengua. Hal miró a su alrededor, poco consciente del lugar donde se encontraba. Él y sus dos compañeros marchaban agotados a través de la Casa de Tezca, el gran desierto bautizado con el nombre del dios del sol de Maztica. Trozos de roca amarilla asomaban entre la arena, y riscos bajos azotados por el viento formaban el horizonte en todas direcciones. Muy a lo lejos, unas montañas púrpura, coronadas de nieve, se alzaban contra el cielo, tentándolos con la inalcanzable promesa de parajes frescos y torrentes de agua helada.

Descartados desde hacía días, el yelmo y la coraza de Halloran colgaban de las alforjas de
Tormenta,
su fiel yegua. Ahora, la estampa del animal daba pena mientras avanzaba como un autómata; casi ciega por el sol, tropezaba con las piedras y, en más de una ocasión, estuvo a punto de desplomarse. El legionario sabía que, si no encontraban agua pronto, la bestia caería para no volver a levantarse.

Casi sin voluntad, y con un gesto de dolor, miró al hombre y a la mujer que lo acompañaban. Ellos tampoco vivirían mucho más sin agua.

Poshtli, el Caballero Águila, parecía el menos afectado. El orgulloso guerrero abría la marcha, sin aminorar el paso por el pedregoso y ondulado terreno del desierto. Durante días, la fuerza de Poshtli los había guiado y dado ánimos. Los había conducido al desierto —por buenas razones, pensó Halloran—, pero ahora aquel sitio resultaba una trampa mortal. Agobiado por la responsabilidad, el guerrero se esforzaba sin misericordia, y les mostraba el camino sin mirar atrás.

Erixitl, la hermosa muchacha que le había enseñado tantas cosas maravillosas de su tierra, le parecía un recuerdo lejano. A Hal se le partía el corazón al verla caminar por este desierto que muy pronto sería la tumba de todos ellos.

Ahora ella lo miraba, los párpados hinchados por el sol y el polvo. Sus labios, partidos, quemados y sangrantes, ya no podían sonreír. No había pronunciado palabra desde que el sol implacable había salido hacía una infinidad de horas. Halloran comprendió que, si hasta el espíritu indomable de la joven se había rendido, el final era inminente.

Durante una eternidad, prosiguieron la marcha, a la búsqueda de un refugio inexistente. Habían agotado sus últimas reservas de agua al final de la caminata del día anterior, y ahora todos tenían muy claro que su única esperanza era la de mantenerse en pie y caminar.

——He fallado —afirmó Poshtli con voz ronca, cuando llegaron a la cima de otro risco escarpado y árido—. Ha sido un error buscar a los enanos del desierto. Nos habría ido mejor arriesgándonos a cruzar las tierras de Pezelac y Nexal. Al menos, allí habríamos encontrado agua y comida.

——Y también enemigos —señaló Hal, casi sin fuerzas—. Nos habrían matado antes de que pudiéramos llegar a la ciudad.

Erixitl pasó junto a ellos, como si no los hubiera escuchado, pero no era así. Sabía que ella era la causa de que los hombres hubieran elegido este penoso camino, con el propósito de evitar cualquier poblado y a los sanguinarios sacerdotes que pretendían arrastrarla hasta el primer altar disponible para ofrecer su corazón en sacrificio a Zaltec. Hasta la aldea más pequeña tenía un templo dedicado al dios de la guerra, y cualquier sacerdote a su cargo pondría todo su celo en conseguir dicho objetivo. No sabía por qué los clérigos de Zaltec deseaban su muerte. Sin embargo, el odio que le profesaban era implacable.

Antes de entrar en el desierto, habían matado a uno de estos agentes de la muerte; no era un sacerdote, sino uno de los jefes del culto de Zaltec conocidos como los Muy Ancianos. Los sacerdotes del dios de la guerra aceptaban sin discusión el liderazgo y las órdenes de estos personajes vestidos de negro. Halloran le había dicho que. en otros lugares del mundo, se los conocía con el nombre de drows o elfos oscuros. En todas partes —en la Costa de la Espada, en Maztica, o debajo de la superficie de la tierra— se comportaban como seres malvados y odiosos.

No obstante, el drow no era más que uno de los tentáculos del enemigo. Los salvajes sacerdotes de Zaltec, el dios de la guerra, buscaban el corazón de Erix para sus altares manchados de sangre. Y, a diferencia de los elfos oscuros, a los clérigos de Zaltec se los podía encontrar en cada ciudad, en cada poblado del camino.

Otra de las razones para huir eran los antiguos compañeros de Hal, convertidos ahora en sus enemigos, que combatían bajo el estandarte del capitán general Cordell. Los mercenarios de la Legión Dorada habían navegado desde la Costa de la Espada, la región costera más poblada del continente de Faerun, en busca del oro y las especias de Kara—Tur. En cambio, habían llegado a Maztica, una nueva tierra rica en oro y muchos otros tesoros, indefensa a su expolio.

Pero ahora los ex camaradas buscaban a Halloran, acusado de desertor y de traidor. Traicionado por fray Domincus, el rudo clérigo que hablaba en nombre del dios de la legión, Hal había escapado hacia el interior de esta tierra extraña. Perseguido además por Darién, la maga elfa, Halloran sabía que tanto el fraile como la hechicera lo matarían a la primera oportunidad. Sólo contaba con la compañía de estos dos leales camaradas para no encontrarse en la soledad más total.

El trío había decidido que el único refugio era la gran ciudad de Nexal, el corazón del Mundo Verdadero. Allí buscarían la protección del gran Naltecona, canciller y gobernante de todo Nexal y —quizá lo más importante para ellos— tío del Caballero Águila Poshtli.

Hal y Poshtli contemplaron la extensión del desierto desde la cresta del risco. Ni una sola mancha de verde ofrecía la promesa de agua. La yegua mantenía la cabeza gacha; tenía los ojos vidriosos y los flancos cubiertos de polvo.

La desesperación flotó sobre el grupo como un manto oscuro. ¿Qué otra cosa podían esperar sino la muerte lenta y horrible por falta de agua? En un primer momento, el objetivo de Poshtli —buscar a los enanos que vivían en algún lugar de este inmenso desierto— les había parecido una alternativa aceptable ante el riesgo de morir por obra de la magia o ser sacrificados en algún altar. Pero ya no les quedaban esperanzas; no habían visto ninguna señal de seres vivos a lo largo de muchos días.

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