Read Cuentos completos Online

Authors: Isaac Asimov

Tags: #Ciencia Ficción, Misterio, Fantástica, Cuentos

Cuentos completos (8 page)

BOOK: Cuentos completos
ads

El muchacho empezó a pasear por la habitación. En cierto modo, aquello explicaba la razón del irracional deseo de Potterley de alabar a los cartagineses, de deificarlos y de desmentir la historia de sus crueles sacrificios a Moloch. Liberándolos de la culpabilidad del infanticidio por el fuego, simbólicamente se liberaba también del mismo pecado.

Así, el mismo fuego que le había conducido al deseo de construir el cronoscopio, le estaba conduciendo ahora al de su destrucción.

Miró con melancolía al viejo.

—Me doy cuenta de su posición, doctor Potterley —dijo—, pero esto sobrepasa con mucho sus sentimientos personales. Tengo que liberar a la ciencia de su asfixia.

Potterley replicó furioso:

—Lo que quiere decir es que desea la fama y la riqueza que van aparejadas a tal descubrimiento.

—No sé nada de riqueza, pero supongo que eso cuenta. Al fin y al cabo, soy humano.

—¿No quiere pues callar sus conocimientos?

—No, bajo ninguna circunstancia.

—En ese caso…

El historiador se puso en pie y se quedó por un instante inmóvil, con feroz mirada. Foster sintió un raro escalofrío de terror. El hombre era más pequeño que él, más viejo y débil, y no parecía armado. Sin embargo…

—Si está pensando en matarme, o alguna locura por el estilo —dijo—, sepa que toda la información se halla a buen recaudo, donde la hallará la persona apropiada si yo desaparezco o muero.

—¡No diga sandeces! —exclamó Potterley, y abandonó la habitación.

Foster cerró la puerta con llave y se sentó a pensar. Le abrumaba la sensación de haberse portado como un estúpido. No tenía guardada información alguna en lugar seguro, desde luego. Tal acción melodramática no se le habría ocurrido de ordinario. Pero ahora lo llevaría a cabo.

Sintiéndose cada vez más majadero, pasó una hora anotando las ecuaciones de la aplicación de la óptica seudo gravitatoria al registro neutrínico, añadiendo algunos diagramas para los detalles mecánicos de la construcción. Y metiéndolo todo en un sobre, lo lacró y garabateó el nombre de Ralph Nimmo.

Pasó una noche más bien inquieta y, a la mañana siguiente, camino de la universidad, depositó el sobre en un banco, con las pertinentes instrucciones al empleado, quien le hizo firmar el correspondiente permiso de apertura de la caja que contendría el sobre, para ser entregado a la persona nombrada en caso de fallecimiento de su depositario.

Llamó luego a Nimmo para confiarle la existencia del sobre, negándose quisquillosamente a decir nada sobre su contenido.

Jamás se había sentido tan consciente del propio ridículo como en aquel momento.

Aquella noche y la siguiente, Foster durmió sólo a ratos, enfrentado al arduo problema práctico de la publicación de los datos obtenidos de manera contraria a la ética.

Desde luego, la revista Actas de la Sociedad de Seudo gravimetría, la mejor publicación entre las que conocía, no aceptaría nada que no incluyese el mágico pie: El trabajo expuesto ha sido posible gracias al permiso número tal de la Comisión Investigadora de las Naciones Unidas.

Ni tampoco —y con doble motivo— lo haría sin los debidos requisitos la Revista de Física.

Claro que había otras publicaciones de menor importancia, que pasarían por alto la naturaleza del artículo con miras sensacionalistas, mas ello requeriría una pequeña negociación financiera, en la cual vacilaba en embarcarse. En suma, tal vez fuese preferible subvenir al costo de publicación de un folleto para su general distribución entre los eruditos. En tal caso, incluso podría dispensarse de los servicios de un escritor científico, sacrificando la corrección a la velocidad. Pero primero necesitaba hallar un impresor de confianza. Tal vez tío Ralph conociera a alguno.

Recorrió el pasillo que conducía a su despacho. Se preguntaba ansiosamente si no estaría desperdiciando el tiempo, demorándose en la indecisión, y si debería correr el riesgo de llamar a Ralph desde su teléfono. Se hallaba tan absorto en sus profundos pensamientos que no se dio cuenta que su habitación estaba ocupada, hasta que, al volverse desde el ropero, se aproximó a su mesa.

El doctor Potterley se encontraba allí, acompañado de un hombre a quien Foster no reconoció.

Se les quedó mirando.

—¿Qué significa esto? —dijo.

Potterley respondió:

—Lo siento, pero tenía que pararle los pies.

Foster continuó mirándole fijamente.

—¿De qué está hablando?

El desconocido tomó la palabra:

—Permítame que me presente. —Tenía unos dientes grandes, un tanto desiguales, que sobresalían mucho al sonreír—. Soy Thaddeus Araman, decano de la Facultad de Cronoscopía. Y he venido aquí por cierta información que el doctor Potterley me ha transmitido y que ha sido confirmada por nuestras propias fuentes…

Potterley añadió sin aliento:

—Yo cargo con toda la culpa, doctor Foster. Ya he explicado que fui yo quien le persuadió contra su voluntad a que empleara medios no éticos. Me he ofrecido a aceptar toda la responsabilidad y el castigo inherente. No deseo perjudicarle en ningún sentido. ¡Pero la cronoscopía no debe ser autorizada!

Araman asintió:

—En efecto, ha aceptado la reprimenda y cargado con la responsabilidad, pero este asunto no se encuentra ya en sus manos.

—¿Y bien? —replicó Foster—. ¿Qué van a hacer? ¿Retirarme todo apoyo para subvenciones de investigación?

—Está en mi mano —repuso Araman.

—¿Ordenar a la universidad que me destituya?

—También está en mi mano.

—Muy bien, entonces siga adelante. Considérelo hecho. Abandonaré ahora mismo mi despacho, al mismo tiempo que usted. Ya enviaré luego a buscar mis libros. Y si insiste, los dejo aquí. ¿Es eso todo?

—No, no es todo —manifestó Araman—. Debe comprometerse a no efectuar ninguna investigación ulterior en cronoscopía y, naturalmente, a no construir ningún cronoscopio. Permanecerá bajo vigilancia durante un tiempo indefinido, a fin de asegurarnos que cumple su promesa.

—¿Y si me niego a hacer tal promesa? ¿Qué recurso le queda? Efectuar una investigación al margen de mi terreno tal vez no sea ético, pero en todo caso no constituye un delito.

—Mi joven amigo —explicó pacientemente Araman—, en el caso de la cronoscopía, sí lo constituye. Y de ser necesario, se le metería en la cárcel y se le mantendría en ella.

—¿Y por qué? —barbotó Foster—. ¿Qué hay de mágico en la cronoscopía?

—Pues mire usted, la cosa es que no podemos permitirnos ulteriores desarrollos en ese terreno —contestó Araman—. En lo que a mí concierne, mi tarea consiste sobre todo en asegurarme de ello y naturalmente debo cumplir con mi misión. Por desgracia, yo no tenía conocimiento alguno, ni tampoco nadie en la facultad, que la óptica de los campos seudo gravitatorios tuviese tal inmediata aplicación a la cronoscopía. Nos adjudicaremos un cero por nuestra general ignorancia. Pero en adelante, la investigación será debidamente dirigida también en ese aspecto.

—No servirá de nada —replicó Foster—. Siempre habrá alguien para aplicar lo que ni usted ni yo hemos soñado. Todas las ciencias se eslabonan formando una única pieza. Si se detiene una parte, se detiene todo.

—No dudo que sea verdad…, en teoría. Sin embargo, desde el punto de vista práctico, nos las hemos arreglado muy bien para mantener la cronoscopía arrumbada durante cincuenta años al mismo nivel de Sterbinski. Y habiéndole capturado a usted a tiempo, doctor Foster, esperamos continuar haciéndolo así de modo indefinido. No habríamos llegado tan cerca del desastre de haber concedido yo al doctor Potterley algo más de consideración. —Se volvió hacia el historiador y alzó las cejas en señal de auto desprecio—. Temo, doctor, que le despaché como a un simple profesor de historia en nuestra primera entrevista. De haber cumplido con mi deber, le hubiese seguido la pista y esto no habría sucedido.

—¿Se permite a alguien el empleo del cronoscopio que es propiedad del gobierno? —preguntó bruscamente Foster.

—A nadie que no pertenezca a nuestra división; bajo ningún pretexto. Lo confieso puesto que resulta evidente que usted ya lo sospechaba. Y le prevengo, en consecuencia, que cualquier repetición del hecho será considerada como delito criminal, y no como una simple falta de ética.

—¿Y su cronoscopio no alcanza más allá de ciento veinticinco años poco más o menos?

—En efecto.

—¿De modo que el boletín que publican con historias de perspectivas visuales de antiguas épocas no pasa de ser un engaño?

Araman respondió con gran frialdad:

—Dados sus actuales conocimientos al respecto, es evidente que posee la certidumbre de ello. Sin embargo, confirmo su observación. El boletín mensual es un engaño.

—En tal caso, no prometeré dejar a un lado mis conocimientos sobre la cronoscopía —decidió Foster—. Si quiere encarcelarme, adelante. Mi defensa en el juicio bastará para hacer tambalear el frágil castillo de naipes de la investigación dirigida y derrumbarlo. Dirigir la investigación es una cosa. Suprimirla y privar a la Humanidad de sus beneficios es algo muy distinto.

—¡Bah! Vayamos al grano, doctor Foster —se impacientó Araman—. Si no coopera usted, irá directamente a la cárcel desde aquí. No se le permitirá ver a ningún abogado, no será usted acusado, no tendrá un juicio. Sencillamente, permanecerá encarcelado.

—¡Vamos! —repuso Foster—. Exagera usted. No estamos en el siglo XX…

Se oyó un agitado movimiento fuera del despacho, una serie de taconeos y una estridente voz, que Foster estaba seguro de reconocer. Se abrió la puerta con violencia, y tres figuras entrelazadas se precipitaron al interior.

Una vez dentro, uno de los hombres alzó un fusil inyector y asestó un culatazo sobre la cabeza de otro, que dejó escapar ruidosamente el aire de sus pulmones y se tambaleó.

—¡Tío Ralph! —gritó Foster.

Araman frunció el entrecejo.

—Deje eso sobre la silla y vaya en busca de un poco de agua —ordenó.

Ralph Nimmo, frotándose la cabeza con cauteloso disgusto, dijo:

—No había necesidad de emplear la brutalidad, Araman.

—El guardián debió emplearla antes y sacarle de aquí, Nimmo —replicó Araman—. Habría estado usted mejor fuera.

—¿Se conocen? —preguntó Foster a su tío.

—He tenido algunos tratos con este hombre —respondió Nimmo, restregándose aún la cabeza—. Si está en tu despacho, sobrino, es que andas en dificultades.

—Y usted también —manifestó con enojo Araman—. Ya sé que el doctor Foster le consultó sobre literatura neutrínica.

Nimmo arrugó el entrecejo y lo distendió con un respingo, como si el fruncimiento le hubiese producido dolor.

—¿Ah, sí? —dijo—. ¿Y qué más sabe de mí?

—Lo sabremos todo muy pronto. Entretanto, esta cuestión basta para implicarle a usted. ¿Qué le trae por aquí?

—Mi querido doctor Araman —empezó Nimmo, recuperando algo de su desenvoltura—. Anteayer, el zascandil de mi sobrino me telefoneó. Había depositado cierta misteriosa información…

—¡No se lo digas! ¡No le digas nada! —gritó Foster.

Araman le lanzó una fría mirada.

—Lo sabemos todo al respecto, doctor Foster. La caja de depósito ha sido abierta y sacado su contenido.

—¿Pero cómo pudo usted saber…?

La voz de Foster se apagó en una especie de furioso desencanto. Nimmo dijo:

—De todos modos, pensé que la red debía estar cerrándose en torno a él y, después de tomar mis disposiciones, vine a decirle que dejara a un lado lo que se ha propuesto. No vale la pena jugarse la carrera por ello…

—¿Quiere decir que sabe lo que está haciendo? —preguntó Araman.

—No me lo ha dicho —contestó Nimmo—, pero soy un escritor científico, con una tremenda cantidad de experiencia. Sé qué parte de un átomo está formada por electrones. El muchacho, Foster, se especializa en óptica seudo gravitatoria y me inició también en la materia. Me encargó que le consiguiese un texto sobre los neutrinos, pero antes de entregárselo lo hojeé. Así fui atando cabos. Me pidió luego que le facilitase ciertas piezas de equipo físico, lo cual se añadió a la evidencia. Atájeme si me equivoco, pero creo que mi sobrino ha construido un cronoscopio semi-portátil de baja potencia. ¿Sí o no…?

—Sí.

Caviloso, Araman sacó un cigarrillo de su estuche, sin prestar la menor atención al doctor Potterley, que lo observaba todo en silencio, como sumido en un sueño. Potterley se echó hacia atrás, jadeante, apartándose del blanco cilindro.

—Otro error de mi parte —continuó Araman—. Debería dimitir… Tenía que haberme ocupado también de usted, Nimmo, en vez de concentrarme tanto en Potterley y Foster. Desde luego, no disponía de mucho tiempo y tarde o temprano usted habría acabado por presentarse, pero eso no me excusa. Bueno, Nimmo, queda arrestado.

—¿Y por qué? —preguntó el escritor científico.

—Por investigación no autorizada.

—No me he dedicado a ninguna investigación. No puedo, no siendo científico inscrito. Y hasta en el caso que la hiciera, no supone ningún delito criminal.

Foster intervino salvajemente:

—No te servirá de nada, tío Ralph. Este burócrata fabrica sus propias leyes.

—¿Cuál, por ejemplo? —preguntó Nimmo.

—Por ejemplo, el encarcelamiento sin juicio.

—¡Mentiras! —exclamó Nimmo—. No estamos en el siglo vein…

—Ya probé eso —le atajó Foster—. Le importa un comino.

—¡Mentiras, te digo! —vociferó Nimmo—. Mire usted, Araman, tanto mi sobrino como yo tenemos parientes y relaciones que no han perdido contacto con nosotros, debe saberlo. Y el profesor tendrá también a alguien, supongo. No puede usted hacernos desaparecer así como así. Habrá preguntas, y se originará un escándalo. No estamos en el siglo XX. Si lo que pretende es amedrentarnos, pierde el tiempo.

Araman retorció el cigarrillo entre sus dedos y lo arrojó violentamente al suelo.

—¡Maldita sea! —gritó—. ¡No sé qué hacer! Nunca había sucedido nada semejante… Miren, ustedes tres, estúpidos, no tienen idea de lo que intentan hacer. No comprenden nada. ¿Quieren escucharme?

—Está bien, escucharemos —dijo ceñudo Nimmo.

Foster se sentó en silencio, con los ojos coléricos y los labios apretados. Las manos de Potterley se enroscaban como dos serpientes entrelazadas.

—Para ustedes el pasado es el pasado muerto. Si han discutido alguna vez la cuestión, apuesto doble contra sencillo a que han empleado esta frase. El pasado muerto… Si hubieran oído tantas veces como yo estas palabras, se les atragantarían como a mí… Cuando la gente piensa en el pasado, lo hace como si estuviese muerto, muy lejos, desaparecido tiempo atrás. Y nosotros les incitamos a que piensen así. Cuando informamos sobre la visión del tiempo, siempre hablamos de siglos lejanos, a pesar que ustedes, caballeros, saben que es imposible ver más allá de un siglo o poco más. El pueblo lo acepta. El pasado significa Grecia, Roma, Cartago, Egipto, la Edad de Piedra. Cuanto más muerto, mejor… Ahora bien, ustedes tres saben que el límite es una centuria, poco más o menos. Por lo tanto, ¿qué significa el pasado para ustedes? Su juventud. Su primer amor. Su madre fallecida. Hace veinte años, treinta años, cincuenta… Cuanto más muertos estén, mejor… Pero, ¿cuándo comienza realmente el pasado?

ADS
15.4Mb size Format: txt, pdf, ePub
READ BOOK DOWNLOAD BOOK

Other books

Desert Winter by Michael Craft
Matters of the Heart by Rosemary Smith
Members of the Tribe by Zev Chafets
Sweet Dreams Boxed Set by Brenda Novak, Allison Brennan, Cynthia Eden, Jt Ellison, Heather Graham, Liliana Hart, Alex Kava, Cj Lyons, Carla Neggers, Theresa Ragan, Erica Spindler, Jo Robertson, Tiffany Snow, Lee Child
Wanderlove by Kirsten Hubbard
Legs by William Kennedy