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Authors: John Scalzi

La vieja guardia

Divertida, desenfadada y fresca. Combina magistralmente los motivos tradicionales de la academia militar y la guerra del espacio con un tratamiento del sexo abundante y absolutamente desinhibido. Tras haber vivido una vida relativamente tranquila en la Tierra y el mismo día en que cumplen setenta y cinco años, 1.022 ancianos se enrolan en las Fuerzas de Defensa Coloniales, el ejército que lucha por la supervivencia de la humanidad en el universo.

La vida en la Tierra transcurre sin demasiados contratiempos. Sin embargo, en el universo se está librando una guerra sin cuartel por los últimos planetas todavía deshabitados de la galaxia. El ejército que defiende la causa de la humanidad está formado por ancianos. Ancianos a los que se les da el cuerpo de un joven de veinte años.

John Scalzi

La vieja guardia

Fuerzas de Defensa Coloniales I

ePUB v1.2

Johan
05.07.11

PRIMERA PARTE
1

El día que cumplí setenta y cinco años, hice dos cosas. Visité la tumba de mi esposa y me enrolé en el ejército.

Visitar la tumba de Kathy fue lo menos dramático. Está enterrada en el cementerio de Harris Creek, a poco más de un kilómetro de donde yo vivo y donde juntos formamos nuestra familia. Hacer que la aceptaran en el cementerio fue más difícil de lo que quizá debería haber sido; ninguno de los dos esperaba necesitar un entierro, así que no habíamos hecho los preparativos. Es un poco mortificante, por usar la palabra adecuada, tener que discutir con el director de un cementerio sobre el entierro de tu esposa, que carece de reserva. Al final, mi hijo, Charlie, que casualmente es alcalde, tiró de unos cuantos hilos y consiguió el solar. Ser padre del alcalde tiene sus ventajas.

Bueno, respecto a la tumba. Normal y corriente, con uno de esos pequeños marcadores en vez de una lápida grande. Contrasta con la de Sandra Cain, justo al lado, cuya enorme lápida es de granito negro pulido, con una foto de cuando Sandy iba al instituto y una sentimental cita de Keats sobre la muerte de la juventud y la belleza allí grabada. Típico de Sandy. A Kathy le habría divertido saber que Sandra está junto a ella, con su grande y dramática lápida: durante toda la vida, Sandy albergó una rivalidad pasivo-agresiva hacia ella. Kathy acudía a la feria local con una tarta y Sandy llevaba tres, y se cabreaba, no demasiado sutilmente, si la tarta de Kathy se vendía primero. Kathy intentaba resolver el problema comprando una de las tartas de Sandy. Es difícil saber si esto empeoraba las cosas o las mejoraba, desde el punto de vista de Sandy.

Supongo que la lápida de Sandy podría considerarse la última palabra en el asunto, una muestra final que no puede discutirse, porque, después de todo, Kathy está ya muerta. Por otro lado, no recuerdo que nadie visitara a Sandy. Tres meses después de su fallecimiento, Steve Cain vendió la casa y se mudó a Arizona con una sonrisa pintada en la cara tan ancha como la Interestatal 10. Me envió una postal unos meses más tarde: se estaba tirando a una mujer que había sido actriz porno cincuenta años antes. Me sentí sucio durante una semana después de recibir esa información. Los hijos y nietos de Sandy viven en la ciudad de al lado, pero por lo mucho que visitan su tumba, podrían perfectamente vivir también en Arizona. La cita de Keats de la lápida de Sandy es probable que no la haya leído nadie más que yo desde el funeral. Y aun así de pasada, al acercarme a la tumba de mi esposa.

El marcador de Kathy muestra su nombre (Katherine Rebecca Perry), las fechas de su nacimiento y su muerte, y las palabras: amada esposa y madre. Leo esas palabras una y otra vez cuando voy a visitarla. No puedo evitarlo; son cuatro palabras que resumen tan inadecuada y a la vez perfectamente una vida… La frase no dice nada sobre ella, sobre cómo amanecía por las mañanas o cómo trabajaba, sobre cuáles eran sus intereses o dónde le gustaba viajar. Leyendo eso nunca podría adivinarse su color favorito, o cómo le gustaba llevar el pelo, o a quién votaba, o si tenía sentido del humor. No se sabría nada de ella excepto que era amada. Y lo era. Ella consideraría eso suficiente.

No soporto visitar ese lugar. No soporto que quien fue mi esposa durante cuarenta y dos años esté muerta, que en un minuto de un domingo por la mañana estuviera en la cocina mezclando la masa para los barquillos y hablándome de la reunión del consejo de la biblioteca de la noche anterior, y al minuto siguiente estuviera en el suelo retorciéndose con una embolia cerebral. No soporto que sus últimas palabras fueran: «¿Dónde demonios he puesto la vainilla?»

No soporto haberme convertido en uno de esos viejos que visitan los cementerios para estar con su esposa muerta. Cuando era (mucho) más joven, solía preguntarle a Kathy qué sentido tenía eso. Un montón de carne y huesos pudriéndose, algo que antes fue una persona pero que ya no lo es; sólo un montón de carne y huesos pudriéndose. La persona ya no está: se ha ido al cielo o al infierno o a donde sea o a ninguna parte. Lo mismo daría visitar una charcutería. Cuando te haces mayor te das cuenta de que aunque es precisamente así, no te importa. Es lo que tienes.

Por mucho que odie el cementerio, también agradezco que esté ahí. Echo de menos a mi esposa. Y es más fácil echarla de menos en el cementerio, donde nunca ha sido más que un cadáver, que echarla de menos en todos los sitios donde estuvo viva.

No me quedé mucho; nunca lo hago. Lo suficiente para sentir la puñalada aún reciente después de casi ocho años, que me recuerda también que tengo otras cosas que hacer en vez de estar perdiendo el tiempo en un cementerio como un viejo chocho. En cuanto la siento, me doy media vuelta y me marcho. Aquel día no me molesté en mirar atrás. Era la última vez que visitaría el cementerio o la tumba de mi esposa, pero no quería invertir luego demasiado esfuerzo tratando de recordar ese lugar. Como decía, ése es un sitio donde ella sólo ha estado muerta. No tiene mucho sentido recordar eso.

* * *

Bien pensado, enrolarme en el ejército tampoco fue demasiado dramático.

Mi ciudad es demasiado pequeña como para tener su propia oficina de reclutamiento, así que tuve que desplazarme hasta Greenville, la sede del condado, para enrolarme. La oficina de reclutamiento es un local pequeño en una calle corriente; tiene una licorería a un lado y un salón de tatuajes al otro. Según el orden en que entres en uno u otro sitio, puedes despertarte a la mañana siguiente metido en serios problemas.

El interior de la oficina es aún menos atractivo, si eso es posible. Consiste en una mesa con un ordenador y una impresora, un humano tras la mesa, dos sillas delante de la mesa y seis sillas contra una pared. Una mesita frente a las sillas contiene información sobre el reclutamiento y algunos números atrasados de
Time y Newsweek.
Kathy y yo habíamos estado ya allí una década antes; me pareció que no habían movido nada de sitio, y mucho menos cambiado, lo que incluía las revistas. El humano parecía nuevo. Al menos, no recuerdo que el reclutador anterior tuviera tanto pelo. Ni pechos.

Estaba muy ocupada tecleando en el ordenador y no se molestó en mirarme cuando me acerqué.

—Ahora mismo le atiendo —murmuró, algo así como una reacción pavloviana al haber oído abrirse la puerta.

—Tómese su tiempo —dije—. Ya veo que el lugar está repleto.

Mi intento de humor sarcástico fue ignorado y desatendido, como venía siendo costumbre en los últimos años; era bueno ver que pese a todo, yo no perdía la forma. Me senté delante de la mesa y esperé a que la reclutadora terminara lo que estaba haciendo.

—¿Viene o va? —preguntó, todavía sin mirarme.

—¿Cómo dice?

—¿Viene o va? —repitió—. ¿Viene para su Intento de Enrolarse o va a iniciar su estancia?

—Ah. Voy.

Esto hizo que por fin me mirara, entornando los ojos a través de un severo par de gafas.

—Usted es John Perry —dijo.

—Ese soy yo. ¿Cómo lo ha adivinado?

Ella volvió a mirar su ordenador.

—La mayoría de la gente que quiere alistarse viene el día de su cumpleaños, aunque pueden hacerlo formalmente durante los treinta días posteriores. Hoy sólo tenemos tres cumpleaños. Mary Valory ya ha llamado para decir que no irá. Y no parece que usted sea Cynthia Smith.

—Me alegra oír eso.

—Y como no viene para una solicitud inicial —continuó ella, ignorando un nuevo intento humorístico por mi parte—, es de lógica que sea usted John Perry.

—Podría ser un viejo solitario que va por ahí buscando conversación —dije.

—Por aquí no tenemos muchos de ésos —respondió ella—. Les asustan los chicos de la tienda de al lado, con todos esos tatuajes de demonios. —Finalmente apartó el teclado y me dedicó toda su atención—. Bien. Muéstreme su identificación, por favor.

—Pero si ya sabe quién soy —le recordé.

—Vamos a asegurarnos —respondió ella. No había ni el más leve atisbo de una sonrisa cuando lo dijo. Tratar con viejos carcamales cada día, al parecer se había cobrado su precio.

Le entregué mi carnet de conducir, el certificado de nacimiento y la tarjeta nacional de identidad. Ella los cogió, buscó en su mesa una manopad, la conectó al ordenador y me la entregó. Coloqué la palma sobre el aparato y esperé a que terminara el escaneo. La mujer volvió a cogerlo y deslizó la tarjeta de identidad por el lado para cotejar la información de las huellas.

—Es usted John Perry —dijo por fin.

—Ahora estamos donde empezamos.

Volvió a ignorarme.

—Hace diez años, durante la sesión de orientación de su Intento de Enrolarse, se le proporcionó información sobre las Fuerzas de Defensa Coloniales, y los deberes y obligaciones que asumiría al unirse a ellas —dijo ella, en un tono de voz que indicaba que decía eso al menos una vez al día, todos los días, durante la mayor parte de su vida laboral—. Adicionalmente, en el ínterin, se le han enviado materiales y actualizaciones para recordarle los deberes y obligaciones que asumirá.

»¿Necesita información adicional o una presentación más moderna, o declara que comprende completamente los deberes y obligaciones que está a punto de asumir? Sea consciente de que no hay ninguna penalización por pedir nuevos materiales u optar por no unirse a las FDC en este momento.

Yo recordaba bien la sesión de orientación. La primera parte había consistido en un puñado de viejos sentados en sillas plegables en el Centro Comunitario de Greenville, comiendo donuts, bebiendo café y escuchando a un funcionario del aparato de las FDC hablar sobre la historia de las colonias humanas. Luego, éste repartió folletos sobre la vida al servicio de las FDC, que se parecía bastante a la vida militar en cualquier otro sitio. Durante el turno de ruegos y preguntas descubrimos que él no había estado en las FDC: sólo lo habían contratado para hacer presentaciones en la zona del valle de Miami.

La segunda parte de la sesión de orientación fue un breve reconocimiento médico: llegó un doctor y nos sacó sangre, rascó el interior de mi mejilla para extraer algunas células, y me hizo un escaneo cerebral. Al parecer, aprobé. Desde entonces, el folleto que me dieron en la sesión de orientación me llegaba por correo una vez al año. Empecé a tirarlo a partir del segundo año. No lo había leído desde entonces.

—Comprendo —dije.

Ella asintió, buscó en su mesa, sacó un papel y un bolígrafo, y me los entregó. El papel tenía varios párrafos, cada uno con espacio para firmar debajo. Lo reconocí: había firmado otro, muy similar, diez años antes, para indicar que comprendía lo que iba a hacer una década mas adelante.

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