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Authors: Adolfo Losada Garcia

Tags: #Intriga, #Aventuras, #Ciencia Ficción

El simbolo

BOOK: El simbolo
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Un descubrimiento desvela la posible conexión entre tres enigmáticas civilizaciones: la olmeca, la maya y la egipcia.

Todo comienza cuando la Tierra sufre el impacto de un objeto caído del cielo. Sesenta y cinco millones de años después de aquel acontecimiento, el protagonista, Thomas Mc.Grady, hallará en un antiguo asentamiento olmeca una misteriosa sala subterránea.

Desde ese mismo instante, se verá inmerso en numerosas aventuras y desventuras que le harán descubrir, junto a Natalie Duthij, una de las civilizaciones más buscadas y misteriosas de la Historia.

Los protagonistas recorren lugares tan diferentes como Honduras, Egipto, el océano Atlántico Sur y la Antártida. En el periplo, se irán incorporando extraños y pintorescos personajes poseedores de las claves del desenlace y todos ellos se adentrarán en el ritmo trepidante de la novela conduciéndonos hacia el inesperado hallazgo. Esta novela encierra en la ficción que desarrolla una propuesta lúcida pero atrevida sobre el origen de una civilización madre progenitora de las grandes y misteriosas civilizaciones.

Adolfo Losada

El símbolo

ePUB v1.0

NitoStrad
19.0.13

Título original:
El símbolo

Autor: Adolfo Losada

Fecha de publicación del original: enero 2010

Diseño/retoque portada: Olga Canals y Carlos Gutiérrez

Editor original: NitoStrad (v1.0)

ePub base v2.0

Este libro va dedicado a mis compañeros de trabajo,

a toda mi familia y, en especial, a mi madre.

Para todos ellos mi más profundo agradecimiento,

ya que sin su ayuda nunca hubiera sido posible.

LA EXTINCIÓN

La Tierra, hace 65 millones de años.

M
uchos millones de años atrás, tantos como sesenta y cinco, la Tierra era muy diferente a como hoy la conocemos. Era un lugar de incesantes cambios, pues los continentes estaban en continuo movimiento, separándose y colisionando entre sí, dándose forma y relieve. Los volcanes no cesaban de escupir toneladas de lava, provocando la formación, y a veces la destrucción, de islas, montañas, etc., y cambiando así todo lo que los rodeaba.

A pesar de los continuos cambios, la Tierra se hallaba cubierta de extensas selvas, bosques y praderas, surcadas por cristalinos ríos y pequeños arroyos. Entre tanta vegetación no podían faltar los animales, que reinaban por completo en mares, ríos, cielo y tierra. Vivían en completa armonía y se imponía la ley del más fuerte; no había lugar para los débiles y enfermos, lo que provocaba la fortaleza y la continuidad de las especies.

Una mañana, el carnívoro más temido por todos, el Tyrannosaurus Rex, se hallaba plácidamente bebiendo agua de un manantial cristalino después de haberse comido a un pobre Velociraptor. Mientras bebía, sus penetrantes ojos no cesaban de buscar una nueva víctima. De repente, comenzó a ponerse nervioso; alguna cosa lo hacía estar intranquilo. Cesó de beber y levantó su enorme cabeza para observar lo que le producía tal desasosiego. En la lejanía pudo ver que a un grupo de Iguanadones que se hallaba pastando le ocurría lo mismo.

Sin ningún motivo aparente, el cielo quedó mudo y exento de todos los animales que anteriormente lo surcaban con total tranquilidad, parecía que todos los seres vivos de la Tierra estaban sintiendo la misma sensación que al Tyrannosaurus Rex le producía aquella intranquilidad.

Todo quedó en una extraña calma. Las selvas, los bosques, los ríos y los mares quedaron mudos, como si el planeta estuviera falto de vida. El más profundo de los silencios se adueñó de aquel fantástico lugar.

El cielo, antes azul, comenzó a oscurecerse, volviéndose negro como el carbón y envolviéndolo todo en la más profunda oscuridad.

Los animales, muy asustados al no saber qué ocurría, miraban al cielo esperando que volviera a ser como antes, pero en vez de eso, cada vez se volvía de un negro más profundo. De repente, comenzó a escucharse un leve silbido, como si procediera de las entrañas de la Tierra. Los inquietos animales no cesaban de mirar a un lado y a otro buscando la procedencia del misterioso ruido que les producía aquel miedo. Poco a poco, aquel leve silbido se iba transformando en un sonido más intenso y desagradable, hasta que se convirtió en un ruido atronador.

Ensordecidos, observaban incrédulos lo que estaba sucediendo, y comenzaron a correr despavoridos, asustados por no saber lo que ocurría. Cada uno de ellos presentía en su interior, como si de un sexto sentido se tratase, que algo malo iba a pasar, que alguna cosa sucedería en breve.

Todo el planeta comenzó a temblar, y el cielo, antes envuelto en tinieblas, comenzó a iluminarse. De entre las tinieblas se pudo ver como surgía una pequeña luz, que a medida que descendía se iba haciendo, poco a poco, más grande.

Centenares de animales, apoderados por el pánico, veían cómo una gran bola de fuego descendía del cielo, recorriéndolo de punta a punta, y provocando a su paso que todo se iluminara con una extraña luz, que al desaparecer dejaba un rastro de muerte; todo lo que tocaba lo envolvía en llamas y lo reducía a cenizas. El suelo, antes estable, comenzaba a desquebrajarse, como si de una cáscara de huevo se tratase, convirtiendo aquel lugar en un infierno.

La Tierra comenzó a convertirse en un caos: inmensas olas surgían del mar y avanzaban tierra adentro, había bosques enteros ardiendo y animales reducidos a cenizas por todas partes; centenares de grietas aparecían por el suelo, tragándoselo todo a su paso. Era el fin de aquella armonía que había existido durante millones de años.

La gran bola de fuego continuaba su recorrido mortal, arrasándolo todo a su paso, descendiendo cada vez más y acercándose peligrosamente a tierra, hasta que al fin cayó al suelo, en medio de una isla. En ese mismo momento todo quedó en calma, el ruido ensordecedor cesó, la tierra dejó de retorcerse, y el cielo comenzó a abrirse, dejando pasar los rayos del Sol nuevamente. Los animales, que huían aterrados, cesaron de correr, y una extraña tranquilidad se adueñó de todo. Tras unos instantes de desconcierto, una nueva luz, distinta a la anterior, cubrió de nuevo el cielo en su totalidad, y acompañándola llegó una muerte silenciosa para todo ser vivo de la Tierra.

Aquellos magníficos ejemplares que habían reinado la Tierra durante millones de años desaparecieron para siempre.

EL HALLAZGO

En la actualidad, excavación arqueológica en Honduras

La Venta (antigua capital olmeca).

E
n medio de la selva, en una pequeña tienda de tela blanca, se encontraba el profesor de Historia Thomas McGrady, especializado en antiguas civilizaciones extintas, estudiando con detenimiento, y posteriormente catalogando, unas pequeñas vasijas y huesos encontrados en la excavación que estaban realizando.

Thomas, de una complexión fuerte y no muy alto, era un hombre solitario. Por esa razón, con 31 años, todavía estaba soltero. Tenía el pelo corto, negro, y sus ojos de color marrón claro reflejaban el afán y el entusiasmo por encontrarle el significado a las cosas. Nunca estaba satisfecho con la primera impresión y siempre necesitaba saber otra, es decir, la suya. Como era un poco supersticioso, nunca dejaba su mochila impermeable y su chaleco lleno de bolsillos, en los que llevaba utensilios que le eran útiles en sus expediciones.

Después de seis meses de incursiones en las profundidades de la selva, alejado de cualquier urbanización y acompañado solamente por sus hombres y por los fascinantes ruidos de los animales que habitaban aquel lugar, había topado con un hallazgo asombroso.

Estaban excavando a pocos metros de una gran cabeza de un antiguo guerrero, esculpida en piedra por una civilización anterior a los mayas, la olmeca, que habitó en aquel lugar desde el año 1200 a. C. hasta el 400 a. C. Habían encontrado muchos vestigios de aquella civilización: vasijas, collares, pequeñas esculturas y decenas de huesos, tanto de animales como de personas, en fin, habían hallado lo que tanto anhelaba, un lugar todavía no excavado por nadie.

Un día, sobre las diez de la noche, Thomas estaba enfaenado fotografiando, catalogando y tomando apuntes de todos los objetos que iban encontrando cuando, de repente, escuchó un fuerte ruido que parecía proceder de la excavación. Al oírlo, no le dio importancia, pues pensó que sería alguno de sus hombres haciendo de las suyas, pero un fuerte murmullo comenzó a sonar. Alarmado, se levantó rápidamente de la silla, haciéndola caer. Apartó con su mano la tela mosquitera que hacía de puerta y, al salir, se encontró de cara con Pancho, el capataz de la excavación.

Ya mayor y arrugado por el paso del tiempo, le dijo con voz cansada y temblorosa, pero a la vez llena de sorpresa y alegría:

—Venga, corra, tiene que ver lo que hemos hallado, es fantástico, maravilloso, sorprendente, no se lo va a creer.

—Pero ¿qué pasa? —le preguntó nervioso y desconcertado por su reacción.

—Sígame y lo verá. ¡Apresurémonos!

Sin más demora, Thomas cogió su mochila y comenzaron a correr como alma que lleva el diablo hacia la excavación.

Mientras corrían, no dejaba de preguntarle de dónde procedía aquel ruido, a lo que Pancho le respondía que no le explicaría nada hasta que lo viera él mismo con sus propios ojos, pero que al verlo, se daría cuenta de que lo que había ocurrido era algo increíble, inexplicable.

Tras estar corriendo cinco eternos minutos, llegaron al fin a la excavación. Thomas quedó paralizado delante de ella, sus ojos no daban crédito a lo que estaban viendo. Pancho, que se encontraba a su lado, le preguntó:

—¿Qué le parece? ¿Era sorprendente o no?

Thomas, que todavía se encontraba paralizado, se quedó sin palabras al ver lo que el capataz le estaba mostrando.

Un tumulto de hombres rodeaba la cabeza que se hallaba al lado de la excavación, que inexplicablemente se había derrumbado, dejando al descubierto un extraño bloque de piedra liso de pequeñas dimensiones adosado al suelo.

—¿Qué le dije, jefe? ¿Era o no era sorprendente? —le preguntó a Thomas, con una sonrisa en la cara.

—Sí, es fantástico. ¿Pero cómo lo habéis hallado? —quiso saber, mientras se acercaban sin dejar de mirar el extraño hallazgo.

—Los hombres estaban excavando al lado de la cabeza, con la intención de sacar una pequeña vasija con relieves que habían encontrado, cuando de repente, y sin previo aviso, el suelo que tenían bajo sus pies comenzó a temblar y seguidamente a desmoronarse, haciéndolos caer. Cuando todo quedó en calma y el susto ya había pasado, me acerqué para comprobar que los hombres estaban bien, y cuál fue nuestra sorpresa al ver que debido al corrimiento de tierra la cabeza se había derrumbado, dejando al descubierto esta losa tan extraña, que se hallaba debajo. Inmediatamente les ordené que lo dejaran todo como estaba hasta que usted llegara.

Thomas escuchaba con atención el fabuloso relato que Pancho le estaba contando, mientras observaba de cuclillas aquella losa de piedra. Con un gesto de su mano les indicó a los trabajadores que le acercaran los focos para poder verla mejor. Al acercárselos, comprobó con asombro que era completamente lisa; su tacto era muy agradable, parecido al del mármol. Tras medirla con un metro que sacó de su chaleco, observó que era un cuadrado perfecto de 90 × 90. Comenzó a excavar, con sus propias manos, un pequeño agujero en el suelo al lado de la losa, para comprobar si estaba enterrada a mucha profundidad.

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