Authors: Orson Scott Card
—Bueno, pues habrá que ir preguntando en las posadas.
—Os deseo suerte. Recordad que los posaderos no viajan, así que no conocen nada más que sus pueblos —dijo el vendedor—. Además, si empezáis a preguntarle a la gente que conozcáis, nunca podréis saber cuáles os mandarán por caminos ciegos de los que no volverán más que vuestras pertenencias.
—Esto es una mala idea —dijo Hogaza.
—Pues entonces no vengas —dijo Rigg. Hogaza había entendido lo que estaba haciendo, de modo que podía seguirle el juego—. Eres tú el que decía que el Muro es la prueba definitiva de la fuerza de un hombre, así que si quieres retirarte ahora…
Hogaza puso los ojos en blanco.
—Estúpido muchacho… Llegaremos allí.
Salieron de la tienda. Rigg sabía que al decir la verdad sobre su destino, pero después de haber mostrado un comportamiento sospechoso, el hombre asumiría que estaban mintiendo, lo mismo que los soldados que lo interrogaran. Y si el general Ciudadano deducía alguna vez que su destino era realmente el Muro, éste era muy largo.
Poco después tenían todo lo que necesitaban. El día estaba ya muy avanzado, así que no podían comenzar el viaje. Pero tanto el vendedor como el cochero les recomendaron varias posadas a las afueras de la ciudad. Llegaron a una de ellas antes de que anocheciera y allí pernoctaron, Param en una habitación, con la puerta atrancada, y los cuatro varones en la otra, repartidos entre la cama y el suelo.
—Si alguien roza aunque sea tu puerta durante la noche —dijo Hogaza—, suelta un grito y estaremos aquí en menos que canta un gallo.
Param sacudió la cabeza.
—Si alguien trata de entrar, se encontrará con una habitación vacía —dijo.
Hogaza puso cara de sorpresa, pero entonces recordó lo que podía hacer la chica, suspiró y se encogió de hombros.
—Qué mundo tan extraño.
Cuanto más se adentraban en el campo, más insólita se tornaba la expedición. No viajaban por un camino entre dos ciudades importantes, sino por uno que se utilizaba principalmente para transportar mercancías o como simple pista para quienes iban de visita a un pueblo. A veces, el camino no era tal, sino un simple rebaje del terreno en medio de un prado o un campo. En otras ocasiones, Hogaza tenía que adelantarse con el quinto caballo para ver dónde reaparecía de nuevo el camino.
—Llamamos demasiado la atención —dijo Olivenko una mañana, tras partir de la casa de un próspero granjero que había dejado dormir a Param en una de las habitaciones de su casa y al resto en el granero—. Es posible que, durante los primeros días, los espías de Ciudadano estén buscando a los dos príncipes, o a los príncipes y a sus amigos privos, un muchacho y un veterano. Pero no tardarán en descubrir que habéis comprado un carromato y que somos cinco y no cuatro, y con el carromato será muy sencillo seguirnos la pista. No me sorprendería que les sacáramos sólo un día de ventaja, sobre todo si paramos todas las noches para dormir en posadas, tabernas o casas.
—Al menos no vamos por los caminos principales —dijo Umbo.
—Lo que hace que llamemos aún más la atención —dijo Hogaza—. Le estás dando la razón, muchacho.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Rigg—. Si vendemos o regalamos el carromato, se enterarán y sabrán que ya no tienen que seguir buscándolo.
—Podríamos esconderlo en alguna parte, ¿no? —preguntó Umbo.
—Es posible —dijo Olivenko.
—No —dijo Hogaza—. Yo sé lo que haría si fuese un soldado que tiene que seguir el rastro de alguien y no hay sitio donde podamos esconderlo en el que no pudiese encontrarlo.
—Es cierto —dijo Rigg—. Padre y yo podíamos seguir todos los rastros.
—Y dale con los rastros… —dijo Umbo.
Param habló entonces.
—Creo que Umbo tiene razón, hay que esconderlo.
—¿Y entonces qué harás tú, Param? —preguntó Rigg—. ¿Alguna vez has montado a caballo?
—De niña, una vez —respondió su hermana, y luego sonrió—. Sé que la culpa de que vayamos tan lentos y llamemos la atención es mía. El carromato es para mí porque no podía correr ni cien pasos sin empezar a jadear el día que nos escapamos.
Rigg asintió mientras se encogía de hombros.
—Cada uno es como es, Param. Nunca has tenido la oportunidad de adquirir resistencia.
—Pero lo haré —dijo ella—. Así que vamos a esconder el carromato.
—¿Dónde? —preguntó Olivenko.
—¿Cómo? —preguntó Hogaza casi al mismo tiempo.
—En el pasado —dijo Param.
Rigg estaba disgustado por no haberlo pensado él.
—Si lo llevamos lo suficientemente lejos en el tiempo, alguien lo encontrará y lo robará o se pudrirá bajo la lluvia, y los hombres de Ciudadano, al verlo, pensarán que no puede ser el que hemos estado usando.
Escogieron un lugar en el que el camino cruzaba la cima de una suave loma cuyas laderas descendían a lo largo de más de kilómetro y medio entre dos arroyos. Al poco, los caballos, libres del tiro, descansaban en un prado a la izquierda del camino, pastando apaciblemente, tres de ellos cargados con las provisiones que Hogaza había empaquetado con mano experta y les había atado a la grupa.
—Siento no poder ayudarte —dijo Olivenko—. En la guardia urbana no necesitamos aprender a cargar animales.
—Como ha dicho Rigg, cada uno es lo que es —respondió Hogaza.
—De acuerdo —dijo Rigg—. Nosotros cuatro iremos al pasado y dejaremos el carromato a cierta distancia del camino. Si conseguimos que ruede pendiente abajo hasta el arroyo, parecerá un accidente. Param puede quedarse con los caballos.
—Yo me quedo con ella —dijo Umbo.
—No eres muy grande, pero aun así puedes trabajar —dijo Hogaza.
—No puedo ir al pasado con vosotros —dijo Umbo—. Al menos si queremos volver al presente, donde Param nos estará esperando.
Rigg puso cara de sorpresa.
—¿Y por qué iba a ser eso un problema?
Umbo miró a Hogaza.
—¿Recuerdas lo que pasó cuando desenterramos las piedras? ¿En O?
Hogaza asintió.
—Es cierto. Cuando Umbo va en persona y cambia algo en el pasado, no regresa al mismo punto del que partió. Vuelve un día antes o un día después.
—Y eso cuando sólo nos remontamos unos meses —dijo Umbo—. Quién sabe dónde acabaré si retrocedemos cien años. O doscientos. ¿Y si me desvío un mes?
—Bueno, pues espera aquí con Param —dijo Rigg—. Pero eso plantea otra pregunta. Cuando llevé a Param al pasado, la dejé en manos de alguien para quien aquel momento era el presente. ¿A quién vamos a darle el carromato?
—¿No podemos llevarlo al pasado y dejarlo allí sin más? —preguntó Hogaza.
—Qué locura —dijo Olivenko—. Parece algo sacado de la Biblioteca de la Nada.
—No lo sé —dijo Rigg—. Ni siquiera tengo la certeza que podamos «llevarnos» algo más grande que nosotros. ¿Por qué no ponemos las manos sobre una montaña, vamos al pasado y la dejamos allí? ¿Por qué no viene con nosotros el suelo que pisamos cada vez que nos desplazamos en el tiempo?
—La ropa sí viene… cosa por la que, al menos yo, estoy agradecida —dijo Param.
—Creo que el suelo y las cosas que están unidas a él se quedan en el presente porque el tiempo está vinculado al mundo —dijo Umbo—. ¿Recuerdas, Rigg? De lo contrario, al viajar en el tiempo apareceríamos en medio del espacio, entre las estrellas, ¿no?
—Pero el carromato también está unido al suelo, ¿no? —preguntó Rigg—. ¿Tendremos que levantarlo al tiempo que saltamos?
—No creo que podamos —dijo Hogaza—, al menos si tenemos que darnos la mano, como la otra vez, cuando fuimos al pasado para encontrarnos con Olivenko.
—Basta de charla. Vamos a intentarlo —dijo Rigg.
Instantes después, Olivenko, Hogaza y Rigg agarraban el carromato en distintos puntos con la mano derecha, al tiempo que con la izquierda formaban un nudo de tres manos.
Rigg buscó un rastro útil de más de cien años de antigüedad. Encontró uno: una vaca que se había movido por el prado desde el que pretendían dejar caer el carromato.
—De acuerdo. Umbo —dijo.
Sintió el ya familiar cambio que se producía cuando comenzaban a transformarse en personas los rastros del camino, gente que caminaba y andaba a caballo. Pero no se dejó atraer por ninguno de ellos y mantuvo los ojos clavados en el rastro de la vaca. Se movía de una manera muy diferente y era más difícil de aprehender. Nunca había hecho aquello con un animal y de pronto se daba cuenta de lo difícil que era. Parecía como si la inteligencia superior de los cerebros humanos hiciera más fácil asirse a ellos. La vaca se le escapaba. La imagen era siempre clara, pero también un poco borrosa. Como algo visto con ojos soñolientos a las primeras luces del alba.
Pero finalmente logró concentrarse lo suficiente y vio que el mundo cambiaba a su alrededor. La vaca estaba detrás de una cerca. Había un murete a ambos lados del camino. La zona estaba más poblada por aquel entonces y lo que en su tiempo eran unos campos abandonados habían sido pastos entonces. Y el camino también parecía más transitado: en lugar de estar cubierto de hierba, era de piedras en su mayor parte.
—¿Veis los muretes? —preguntó Rigg.
—Sí —respondieron Hogaza y Olivenko a la vez.
—Pues entonces hemos llegado. No soltéis el carromato. Pero que uno de vosotros, por ejemplo Olivenko, me suelte la mano.
—¿Por qué?
—Para ver si vuelves al pasado con Umbo.
—Pero si Umbo está ahí —dijo Olivenko.
—Es así como funciona. Vemos a Umbo porque es él quien nos ha enviado hacia atrás en el tiempo. Ahora, vamos a comprobar si vuelves al pasado al soltarme.
Olivenko le soltó la mano, pero siguió agarrado al carromato. No desapareció
—Ahora dejadme que pruebe otra cosa —dijo Rigg. Soltó a Hogaza, se agachó para recoger unas piedras del camino y las arrojó contra el carromato. Emitieron un reconfortante ruido al chocar con el suelo del carromato y algunas de ellas rebotaron contra la puerta del otro lado.
—Estemos donde estemos —dijo Rigg—, el carromato está aquí con nosotros.
—Sí —dijo Hogaza—. Es un alivio saber que no me estoy agarrando al vacío.
—Si unas piedras del pasado chocan contra el carromato, es que el carromato está en el pasado.
—O que te has llevado las piedras contigo al futuro —dijo Hogaza.
—Probemos a moverlo —dijo Rigg.
—Es decir, que probemos Olivenko y yo a moverlo, porque tú, poco vas a poder hacer.
—Siento no haberme hecho más fuerte en la casa de Flacommo —replicó Rigg.
—Sí que lo has hecho —dijo Hogaza—. Y has crecido también. Aunque no demasiado.
—No soltéis el carromato en ningún momento —dijo Rigg.
Hogaza lo soltó al instante.
—Muchas gracias —dijo Rigg.
—Eres cauto —dijo Hogaza— y eso está bien, pero pensé que debíamos averiguar si al soltar el carromato volveríamos al futuro. O al presente, o como quieras llamarlo. Y no es así, aún puedo ver la vaca y los muretes. Cuando estamos aquí, estamos aquí, al menos mientras Umbo nos mantenga aquí.
—De acuerdo —dijo Rigg—. Pero me preocupaba más que el carromato volviera al futuro.
—Pues vamos a soltarlo todos y volvamos al tiempo de Umbo y Param para ver si se queda aquí.
—Es que no quiero que se quede en mitad del camino.
—Si sucede eso, volvemos y lo movemos. Primero vamos a ver qué pasa —propuso Hogaza—. Antes de tomarnos las molestias de empujarlo colina abajo para descubrir al final que se queda en el presente, donde los espías del general Ciudadano lo verán al instante.
—Bien pensado —dijo Rigg.
—Lo dices como si el hecho de que se le haya ocurrido al sargento Hogaza y no a ti, significara que eres idiota —dijo Olivenko.
—Será mejor que te acostumbres a eso —dijo Hogaza—. Rigg siempre se sorprende cuando alguien es más listo que él.
—Hemos soltado todos el carromato —dijo Rigg, ignorando su conversación—. Umbo, devuélvenos al presente.
Los muretes desaparecieron. La vaca también. Y el carromato.
—Buen trabajo —les felicitó Umbo—. Os habéis librado de él.
—No lo hemos movido —dijo Olivenko— y ha desaparecido.
Rigg estudió los rastros que pasaban por allí y encontró la respuesta.
—Un día después de que lo dejáramos, más o menos, media docena de rastros se acercan a él… y se detienen. Con un par de caballos… No, son demasiado pequeños. Burros. No es el tiro ideal, pero pueden moverlo. Se lo llevaron… hasta aquel granero.
—¿Qué granero? —preguntó Olivenko.
—Esos restos de madera medio descompuesta de ahí —dijo Umbo, señalando—. Antes eran un granero.
Rigg echó a correr, seguido al instante por Umbo.
—¡Tú quédate ahí, Param!
Eso prácticamente garantizaba que bajara por la ladera con Olivenko y Hogaza, aunque tuviera que ir a paso de tortuga.
En el interior del rectángulo definido por los escasos restos conservados de las paredes y entre los escombros de un techo caído hacía cincuenta años, aún se podían identificar las ruedas del carromato. Así como las manchadas y oxidadas piezas de metal.
—Vaya, vaya —dijo Hogaza.
—Qué desperdicio. Un carromato tan bueno… —dijo Olivenko—. Esa gente lo sacó del camino y no volvió a utilizarlo.
—Pero es un buen escondite —dijo Umbo.
—Al principio lo sacaron algunas veces —dijo Rigg—. Con un tiro de cuatro caballos. Pero no siempre las mismas personas. Debía de ser algo así como el carromato del pueblo. Cuento hasta… cinco grupos que lo sacaron en distintos momentos. Pero siempre con los mismos caballos.
—¿Compraron cuatro caballos? —preguntó Umbo.
Rigg sabía lo que estaba pensando. En Vado Otoño, nadie habría podido costearse cuatro caballos.
—Debieron de comprarlos entre todos —dijo Hogaza.
—Bueno, pues nunca los reemplazaron —dijo Rigg tras estudiar los rastros—. Durante un tiempo, tiraron del carromato con tres caballos y luego con dos. Y después de eso, ya no volvieron a sacarlo. Así que lo utilizaron mientras vivieron los caballos.
—Probablemente los mataran a trabajar tirando del arado y la rastra, o del carromato en la época de la cosecha —dijo Hogaza.
—Pensarían que valía la pena hacer la inversión de comprarlos para poder utilizar el carromato de vez en cuando.
—Nuestro pequeño regalo les salió caro —dijo Rigg.
—Vamos, seguro que les encantaba —dijo Umbo—. ¿Te imaginas haber podido montar en un carromato cuando éramos niños, Rigg?