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Authors: David Pesci

Tags: #Drama, Histórico

Amistad

BOOK: Amistad
3.43Mb size Format: txt, pdf, ePub
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Tras una rigurosa y exhaustiva investigación, David Pesci logró una apasionante novela sobre la polémica participación o no de los españoles en el tráfico de esclavos, que dio un nuevo impulso a la lucha por los derechos civiles y que provocó un debate de gran trascendencia en la historia de Estados Unidos, llegando a la Suprema Corte de Justicia de ese país y, al mismo tiempo, en la de España, pues pone de relieve una parte de esta historia que a menudo se ha ocultado o minimizado.

Un navío portugués compra un cargamento de esclavos en Sierra Leona y los lleva a La Habana, donde son comprados por dos traficantes y embarcados en la goleta
Amistad
que los lleva a Puerto Príncipe. A mitad de camino se amotinan, matan a la tripulación y tratan de poner rumbo a África. Pero serán engañados y conducidos a la costa estadounidense, donde serán capturados nuevamente, pero esta vez, por los americanos…

La historia narrada en
Amistad
, es la misma que sirvió de inspiración para el filme homónimo dirigido por Steven Spielberg.

David Pesci

Amistad

ePUB v1.1

Perseo
16.09.12

Título original:
Amistad

David Pesci, 1997.

Traducción: Alberto Coscarelli Guaschino.

Diseño/retoque portada: Perseo.

Editor original: Perseo (v1.0 a v1.1)

Corrección de erratas: Perseo.

ePub base v2.0

A mis padres

AGRADECIMIENTOS

No habría podido escribir este libro sin el tiempo, el apoyo y la guía de numerosas personas, a quienes quiero expresar mi más sincera gratitud.

El personal de la biblioteca Homer Babbidge de la Universidad de Connecticut, en Storrs, me ayudó muchísimo al responder a mis numerosas preguntas, al tiempo que me facilitaba todos los recursos a su alcance.

Un agradecimiento especial a mis muy pacientes y doctos correctores de pruebas: Nancy Kelleran, Russ Malz y Susan Campbell por escoger la tipografía, ofrecer sugerencias y proveerme de todo el apoyo moral y el aliento desde el principio al fin. Muchísimas gracias al señor Carol Hobbs, que no sólo ha revisado varios capítulos de esta novela, sino que además me ha proporcionado sabios consejos para los pasajes de temas judiciales.

Gracias a mi tío Don Pesci, el mejor escritor que conozco. Sus sugerencias, apoyo moral y ayuda han sido valiosísimos e indispensables a lo largo de todo el proyecto.

Gracias a Keith Lashley por la introducción y por su fe en la importancia de este libro. También mi reconocimiento a Raúl da Silva por sugerirme el título, las introducciones y su entusiasmo.

Gracias a Roberta Flack por su interés y sus amables palabras.

John White, cuyo entusiasmo y empuje convirtieron en realidad la publicación de este libro. Una vez más, gracias.

Por último a mi familia; a mis padres, a quienes está dedicado este libro, a mis hermanas, a mi hermano y a su familia, a mis abuelos, tíos, tías y primos. Todos vosotros me habéis ayudado constantemente con vuestro aliento, con vuestras plegarias y vuestro orgullo. Es una deuda que nunca podré pagar. Muchas gracias.

D
AVID
P
ESCI

PRIMERA PARTE
EL ATLÁNTICO

ABRIL DE 1839

SINGBÉ

Un roce frío le despertó de un sueño plácido. Era la mano del chico tendido junto a él, que se movía al compás del balanceo de la nave en el mar nocturno. La palma de la mano, fría; los dedos, rígidos. El chico estaba muerto.

Singbé apartó suavemente la mano y se movió un poco para ponerse de cara al chico. No podía verle en la oscuridad de la bodega. A tientas, con la mano izquierda, encontró el pecho del joven, rígido e inmóvil por la frialdad de la muerte. La cadena que rodeaba las muñecas de Singbé se unía a otra que le trababa los tobillos, y no pudo levantar más la mano. Volvió a mover el cuerpo y repitió el tanteo con la mano derecha. El grillete le pellizcó la muñeca al estirar el brazo. Descubrió que el muchacho tenía los ojos abiertos. Singbé intentó bajarle los párpados con las puntas de los dedos, pero se hallaban ya tan contraídos que no se movieron. Rezó una plegaria y se volvió, dejando al chico que contemplara la oscuridad.

Singbé cerró sus propios ojos e intentó imaginarse a Stefa, a Gewaw, a Klee, a Baru y a su padre, a todos ellos felices. Vio su choza, su granja, el amplio campo que él, Stefa y su padre habían roturado con tanto trabajo. Lo sembraron. El tiempo había sido benigno, el sol cálido y las lluvias, suaves, habían caído en el momento oportuno. Además, mantuvieron alejados a los pájaros y a los pequeños animales dañinos. No padecieron plagas de langosta ni de pulgones. El arroz no tardaría en estar a punto para la cosecha. Después de la recolección, Singbé llevaría a Gewaw a su primera cacería.

Las imágenes eran nítidas y potentes. Sin embargo, desde hacía unas semanas, a Singbé le resultaba difícil retenerlas sin que se colaran otras. Al principio fue un león que atacaba a Stefa, a Klee y a Baru en el río mientras recogían agua. Al león le sucedió una jauría de hienas de dientes afilados, rápidas y sanguinarias que rodearon a Stefa, a su padre y a los niños que trabajaban en el campo. Ahora estas imágenes habían sido reemplazadas por otra nueva: un hombre.

No era un hombre que Singbé hubiese visto antes. Al principio, sus rasgos y sus movimientos eran tan borrosos que apenas eran algo más que una sombra en la lejanía, difícil de distinguir, incluso difícil de ver. No obstante, con el paso de las semanas el rostro y la figura resultaban cada vez más nítidos, más definidos, hasta convertirse en una persona conocida. Confiado y sonriente, acompañaba a Stefa y a los niños, miraba a Singbé con una sonrisa burlona y se acostaba con Stefa o iba de cacería con Gewaw. Vivía en la choza de Singbé, ocupaba su lugar en la mesa, caminaba por sus tierras. Su padre había desaparecido.

Cada vez que aparecía este hombre, Singbé veía cómo la luz de su propia presencia se difuminaba en las miradas de su esposa y de sus hijos. Había pasado mucho tiempo. ¿Cuánto tendría que pasar antes de que lo que quedaba de él en sus mentes se convirtiera en un recuerdo mezclado con los fantasmas de los muertos?

La nave se balanceaba de nuevo y la mano del chico volvió a tocarle. Singbé se la apartó furioso. Cerró los ojos e intentó pensar en cómo regresar a su casa.

Gemidos, gritos, entrechocar de maderas y el tintineo helado del roce de las cadenas despertó a Singbé. Un hombre blanco con un mosquete en una mano abrió las cuadradas escotillas de madera. La luz gris de la mañana se filtró por la abertura y el aire salobre se mezcló lentamente con el hedor rancio de la bodega. Otros dos hombres, uno blanco y otro mulato de piel cetrina, descalzos y con el pecho desnudo, recorrieron el pasillo gritando en su lengua. Quitaron las cadenas que unían los grilletes de las manos y los pies, y tiraron de ellos para que los prisioneros se pusieran de pie.

Otro hombre, blanco, de pelo rubio, les miraba desde la escala del escotillón. Era alto y delgado, con el cuello y los antebrazos nervudos, la nariz prominente y el largo pelo rubio recogido en una coleta, y la piel más blanca que la de los demás blancos de la nave. También su vestuario era más completo: llevaba una camisa blanca, pantalón a rayas y relucientes botas negras. En la mano izquierda sostenía un bastón negro de contera aguda y una cabeza de perro esculpida en la empuñadura de oro. Llevaba una pistola sujeta al cinturón. Singbé no se dignó mirar a los hombres. Eran los que iban todas las mañanas.

El mulato avanzó hacia él, y Singbé se sentó en la tarima. Cuando tuvo cerca al marinero, movió la cabeza hacia la izquierda.

—El chico está muerto. Está muerto.

Singbé sabía que los marineros no hablaban mende ni ninguna otra lengua de las tribus, pero quizá conseguiría que el marinero lo entendiera. El hombre llegó a su lado. Singbé repitió las palabras y volvió a señalar con la cabeza. El marinero quitó la cadena del medio, levantó a Singbé violentamente y de un empellón en la nuca le hizo avanzar.

—Deja de hablar esa jerigonza y muévete, Congo.

El empellón hizo que los pies de Singbé se enredaran con la cadena de los tobillos y cayó de bruces. Comenzó a levantarse y vio al marinero tirar de las cadenas del chico. El cadáver avanzó hacia delante, con los pies tocando el suelo, la cabeza rebotó en el pecho del marinero y los excrementos le salpicaron los pies. El marinero se apartó de un salto.

—¡Maldita sea!

Apartó de un empujón el cuerpo del chico y la cabeza se estrelló contra el mamparo. Los ojos, todavía abiertos, parecieron mirar al marinero con una mirada vidriosa y vacía.

Singbé se levantó de un salto y descargó un terrible golpe con los grilletes contra el marinero. La cadena le alcanzó en el cuello. El hombre cayó de lado, y uno de sus codos dio contra la cubierta. El otro marinero, ocupado en levantar a los prisioneros, soltó una carcajada.

—¿Tienes problemas, Paolo?

—¡Mierda!

El marinero se incorporó y sin detenerse propinó un tremendo revés a Singbé que le tumbó de bruces. Se dejó caer sobre la espalda de Singbé y le cogió del pelo. Le levantó la cabeza y se la dejó caer aplastándole la cara contra los tablones del suelo. Al intentar repetir la maniobra, Singbé giró sobre sí mismo y volvió a golpear al hombre con los grilletes, esta vez en pleno rostro. Intentó levantar una pierna para asestarle un puntapié, pero la cadena se lo impidió. Entonces se volvió y le dio un tremendo rodillazo en la ingle. El hombre soltó un aullido de dolor. Cogió el cuchillo que llevaba en la cintura, momento que Singbé aprovechó para darle un golpe con los grilletes en la mano y el cuchillo voló por los aires. El marinero le puso la palma de la mano debajo de la barbilla y empujó hacia arriba al tiempo que le aplastaba los brazos con las rodillas. Le rodeó el cuello con las dos manos y le hundió los pulgares en la garganta.

—¡Muere, negro de mierda! ¡Muere!

Singbé se sacudió con violencia, pero no consiguió librarse de los pulgares que le asfixiaban. No podía ver ni respirar. Sintió un crujido en la garganta. Entonces, de repente, el marinero dejó de apretar.

—No, Paolo.

El rubio tenía la pistola apuntando en la sien del marinero.

Paolo esbozó una sonrisa.

—Señor
[1]
Shaw, este negro…

Se oyó el chasquido metálico del percutor. El hombre apretó un poco más la pistola contra la sien del marinero.

—Vale un dinero. Más de lo que cobrarás tú en este viaje. Incluso diría que vale más que tú. Suéltalo y levántate. Ahora mismo.

—Pero, señor Shaw. Me tiró al suelo. No querrá que se salga con la suya, ¿verdad?

El marinero comenzó a levantarse. Shaw lo derribó de un puntapié.

—Lo que yo quiera o deje de querer o lo que yo haga con mi propiedad no es cosa tuya. Tu trabajo es hacer lo que te mande, y sanseacabó.

Shaw guardó la pistola y ayudó a Singbé, que todavía respiraba con dificultad, a levantarse, y le movió la cabeza de un lado a otro con suavidad para mirarle el cuello y la nariz ensangrentada. Singbé miró con fijeza a Paolo.

—Consígueme un trapo mojado, Paolo.

El marinero trajo un cubo de agua de mar y un trapo. Shaw lo mojó en el agua, lo escurrió y limpió la sangre del rostro de Singbé.

BOOK: Amistad
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