El corazón de Tramórea (77 page)

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Authors: Javier Negrete

BOOK: El corazón de Tramórea
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Es otro canal.
Ulma Tor
decidió que era mejor mostrarse sumiso y añadió: Mi señor
.

Conozco ese canal. Perturbaba mi letargo en la roca
.

Pero te sirvió para liberarte, mi señor
.

¿Qué quieres?

Es peligroso que siga hablando así, mi señor. ¿Recuerdas a la mujer pelirroja que te liberó de la roca? Ahora ocupo su cuerpo. Se llama Ziyam
.

¿Quién eres?

Eso no importa. Si haces que lleven a esa mujer a tu presencia, te diré más cosas. Yo puedo ayudarte a conseguir lo que tu majestad se merece
.

¿A qué te refieres?

Al trono de las Moiras
.

Hubo un silencio prolongado.

Eres Ulma Tor
.

Se acordaba de él. Eso no era bueno. Pero ya no tenía remedio
.

Lo soy, mi señor. Y quiero servirte lealmente
.

Vendrás a mi presencia y hablaremos. Enviaré a alguien a buscarte. Ahora, guarda silencio. Tengo cálculos que hacer
.

Ulma Tor pidió a Ziyam que dejara la máscara en el suelo y volviera donde estaba antes. Ella lo hizo, pero en lugar de quedarse sentada se desplomó y perdió la conciencia. Su cuerpo ya no aguantaba más.

Poco después se oyeron ruidos de pelea, gritos y una fuerte explosión. Lo último hizo suponer a Ulma Tor que había dioses de por medio, pues ninguna arma humana podía producir un estruendo tan potente y repentino.

Pasaron unos minutos más, y se oyeron pasos que se acercaban.

Abre los ojos
, le ordenó al cuerpo de Ziyam.
Quiero ver
.

El cuerpo obedeció, pero la mente no volvió en sí. Tanto mejor para él.

Tres personas se acercaban. Desde su posición, Ulma Tor sólo podía verles las piernas. Dos de ellas las reconoció por las grebas y musleras de color obsidiana: eran de la armadura de Derguín. Las otras cuatro eran mucho más largas. Dos eran piernas de hombre, enfundadas en unas calzas negras. El andar, decidido y arrogante, como si cada pisada aplastara una cabeza, le resultaba familiar. Habría jurado que era Togul Barok. Las otras dos piernas estaban embutidas en algo que debía ser una armadura, pero que se ceñía a los muslos y las pantorrillas como una segunda piel. Pese a que eran musculosas, las curvas delataban que pertenecían a una mujer. Tan alta como Togul Barok o más, lo que implicaba que era una diosa.

Se dijo que debería estar emocionado. ¡Iba a ver a su primera divinidad del Bardaliut! Sabía mucho de la orgullosa estirpe de los Yúgaroi, pero el único al que había conocido en persona era Tarimán.

Hablaban en Arcano. Cuando conoció a Togul Barok, el que era entonces príncipe no dominaba esa lengua. Por lo visto, en los últimos tiempos todos habían aprendido mucho. Togul Barok, idiomas nuevos, y Derguín aceleraciones por encima de Urtahitéi.

Los pies se alejaron de Ziyam y dejó de verlos. Su panorama se reducía al cadáver de Bundaril, que parecía mirarla con los ojos cubiertos por una telaraña opaca, y al de Antea. ¡Ah, qué tiempos felices cuando podía trampear con la gravedad y aplastar cuerpos como quien pisa a una hormiga!

—Está inconsciente. ¿Puedes hacer algo por ella? —dijo Derguín. Por un instante pensó que se refería a Ziyam, pero enseguida comprendió que hablaba de Neerya.

—Tiene una fractura en el hueso occipital, y las esquirlas se le han introducido en el cerebro. Ha entrado en coma —dijo la mujer. Si podía ver eso, era obvio que tenía que ser una diosa.

—¿Qué quiere decir «en coma»?

—Un sueño del que sólo saldrá para morir.

—¿No hay solución? —La voz de Derguín sonaba angustiada.

—En el Bardaliut podría curarse, pero aquí...

—¡Tienes que llevarla!

—No puede ser.

Venga, estúpido
, pensó Ulma Tor.
Atrévete a atacar a la diosa para que te arranque la cabeza
.

—Entonces la llevaré a Tártara. Allí debe de haber buenos médicos y tantos medios como en el Bardaliut.

—Lo dudo mucho, pero puedes probar —respondió la diosa.

Derguín dio un silbido, y se oyó el golpeteo de los cascos de un caballo. Pero en lugar de relinchar, la bestia emitió un curioso gorjeo, como si fuera un pájaro gigante.

—¿Piensas transportarla en ese unicornio? —preguntó la diosa—. Sólo conseguirás agravar su lesión y matarla.

—Entonces llévame en tu nave. Yo me las arreglaré para entrar en la ciudad.

—Si te llevo, Tubilok se enterará por las imágenes de la lanzadera. Está plagada de cámaras.

—¿A qué os referís? —preguntó Togul Barok.

—Ojos que ven a distancia —explicó Derguín—. Pero, aunque me vea, no sabrá que Neerya y yo estamos allí. Su mente es incapaz de captar nada que esté en contacto con
Zemal
.

—¿Es posible eso? —dijo Togul Barok.

—Por algún tipo de inducción magnética, sí —respondió la diosa.

—Vuestras explicaciones equivalen a nada.

—¡Basta ya! Coge a la mujer entonces y ven. Yo me encargo de Ziyam.

—También me llevo a la niña.

—Mi nave no es un barco de pasajeros.

—Es mi hija y vendrá conmigo. Si no, no cumpliré mi parte del plan.

La voz de Derguín sonaba terminante. Por desgracia, no siguieron discutiendo sobre aquel plan del que a Ulma Tor le habría encantado enterarse. Unas piernas enfundadas en rojo se acercaron a Ziyam, y unas manos la levantaron del suelo como si fuera una pluma. ¡Qué sorpresa! La diosa tenía la piel tan oscura como un T’andri.

Con el movimiento, Ziyam recuperó el sentido y empezó a parpadear. Sus ojos llevaban tanto rato abiertos que se le habían llenado de lágrimas.

Me da asco que me toque esa negra
, pensó.

No te recomiendo que se lo digas si quieres vivir
, contestó Ulma Tor.

—Está semiinconsciente, y a punto de deshidratarse —dijo la diosa—. Traed agua, rápido.

Por los ojos de Ziyam, Ulma Tor vio cómo el flamante emperador de Ainar apoyaba su propia cantimplora en los labios exangües de la Atagaira y la inclinaba para verter agua en ellos.

Traga, mujer, si quieres seguir viva
, le ordenó Ulma Tor.

—¿Crees que habrá oído algo? —preguntó Togul Barok.

—Si lo ha hecho, esperemos que no lo haya entendido —respondió la diosa—. ¿No decías que casi nadie habla el Arcano en Tramórea? Basta. Vamos a la nave.

Tenían razón en que Ziyam no se había enterado de nada, ni lo habría hecho aunque estuviera despierta. Pero Ulma Tor sí. Así que el herrero diseñó la espada para que Tubilok fuese incapaz de percibirla, pensó. «Inducción magnética» la había llamado la diosa.

Era una información muy valiosa. Gracias a ella, podría negociar con Tubilok. Con la tecnología del Bardaliut o sus propios poderes, esa inducción se podría revertir.

Ya se imaginaba a Derguín acercándose sigiloso a Tubilok con su maldita espada llameante, creyendo que el dios loco no lo veía. Esperaba tener la oportunidad de presenciarlo.

Los habitantes de aquel patético universo solían decir que quien ríe el último ríe mejor. Por una vez, estaban en lo cierto.

CIUDAD PROHIBIDA DE TÁRTARA

L
a nave se quedó suspendida a dos metros sobre el suelo. El anillo que rodeaba la ciudad de Tártara era de color gris, y de noche casi no se distinguía de la vasta negrura que los rodeaba. De no haber sido por las luces enfocadas por Taniar, habrían pensado que ahí abajo no había nada.

Derguín saltó desde la bodega del gran pájaro, y desde allí abrió los brazos para recoger a Ariel. Pero ella prefirió bajar por sus propios medios y cayó junto a Derguín con la flexibilidad de un gato.

—Muy bien, Ariel —dijo él, orgulloso.

La diosa descendió flotando con Neerya en los brazos y se posó con suavidad para no agravar su lesión. Antes de entregársela a Derguín, le echó una mirada a la cortesana. Sus iris verdes se iluminaron un segundo como dos luciérnagas.

—Está muy desmejorada, pero es muy guapa. Suerte, Derguín Gorión.

Sin añadir más, Taniar volvió a entrar en su nave levitando. Apenas un segundo después el gran pájaro se levantó sobre sus cabezas, viró hacia el oeste y empezó a ascender en una trayectoria cada vez más rápida y empinada. El zumbido que emitía al moverse se hizo más agudo, hasta que se oyó un trueno que retumbó sobre sus cabezas. Después, las luces de la nave se empequeñecieron hasta que pareció una estrella errante, y por fin se perdió de vista.

—¿Era una diosa de verdad, mi señor?

—¿Me llamarás padre algún día?

Ella debió sonreír, porque en la oscuridad a Derguín le pareció percibir el blanco de sus dientes.

—Claro que sí. Pero ¿era una diosa? —insistió Ariel.

En el vuelo desde las ruinas de Dhamara, que había durado menos que una carrera de cuádrigas, la niña había guardado silencio por orden expresa de Derguín. Sin embargo, era evidente que sentía curiosidad por todo lo que veía dentro de la nave. Cuando ésta se despegó del suelo, y sintieron cómo el estómago se les bajaba a los pies y vieron cómo los hombres de la Compañía Noche se encogían hasta parecer soldaditos de juguete, Ariel no había podido contener una exclamación de asombro.

—Sí, era una diosa. Al menos así llevan considerándola años.

—No parecía mala. ¿Por qué tenemos que hacer la guerra a los dioses, padre?

Padre
, repitió Derguín para sí. La palabra sonaba dulce en los labios de Ariel, y también pesaba como un sillar de granito. Derguín siempre se había sentido responsable de ella, pero antes lo consideraba como un acto gracioso por su parte, casi una muestra de altruismo. Ahora era su deber cuidar de Ariel. Un padre de veintiún años con una hija de doce. ¿Se habría visto en el mundo una cosa así? Cuando pasaran unos años más, la gente pensaría que eran hermanos.

—Hay dioses y dioses, Ariel. Tienes razón en que no parecía tan mala. Pero no hay que fiarse demasiado de aquellos que tienen tanto poder que nos miran a los demás desde arriba como si fuéramos hormigas. La experiencia me dicta que al final acaban tratándonos como hormigas.

—Tú también eres poderoso, padre. Mataste a Ulma Tor. Ahora conoces una Tahitéi que no conoce nadie más. Eres el Zemalnit, y el mayor Tahedorán del mundo.

Derguín no lo había considerado desde ese punto de vista, en parte porque últimamente casi no le había quedado demasiado tiempo para reflexionar. Ariel estaba en lo cierto. Ahora mismo no tenía rival con la espada en toda Tramórea, al menos entre los humanos. Pero ese gran poder dejaría de ser monopolio suyo en poco tiempo.

Antes de partir en la nave de Taniar, Derguín había conseguido que Togul Barok accediera a esperarle con sus hombres al borde del Abismo Negro. Además, le había asegurado que no haría ningún daño al Mazo, Aidé o Ahri, ni a los Invictos que venían con ellos. No sólo eso, sino que, cuando aparecieran en Dhamara, se había comprometido a informarles de todo lo que había ocurrido y del paradero de Derguín.

Por mucho que su medio hermano lo odiara, Derguín estaba convencido de que respetaría su palabra. Lo que le había prometido a cambio valía más que cualquier tesoro: iba a revelarles a él y a sus hombres el secreto de las dos nuevas aceleraciones.

De momento, Derguín no había decidido cómo se llamaría la cuarta aceleración, tan sólo la quinta. Ahri se lo merecía. Cuando lo despertó a mitad de la noche, el ex Numerista parecía tan emocionado como un niño en el festival de las Fogatas de Verano.

—¡Qué mente tan matemática y a la vez tan retorcida la de quien inventó este algoritmo! —le había dicho.

Derguín estaba aturdido, pues se encontraba en lo más profundo del sueño. Pero cuando vio a Ahri tan convencido de que había hallado la solución, se espabiló enseguida. Como él mismo le había dicho en más de una ocasión: «En este mundo existen pocas certezas. Las que hay son siempre matemáticas».

—¿Cuáles son los números?

—Aquí están. Te los he puesto por escrito para que los veas mejor y no los olvides.

—Ahri, ¿tan malo fui como alumno que crees que no puedo memorizar dos series de nueve números?

—¡No pretendía insinuar eso!

—Es broma, no seas tan literal. Enséñame lo que has escrito.

Ahri le tendió el papel. Derguín acercó el luznago para verlo mejor y se encontró un batallón de números dispuestos por pelotones.

—¿Qué significan todas estas cifras?

—Son los ciento noventa y siete primeros decimales del número pi. Los que ves subrayados son aquellos que ocupan posiciones correspondientes a números primos, salvo el uno. Compruébalo tú mismo. Los primeros nueve números primos son 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19 y 23. Ahora empieza a contar.

Derguín siguió con el dedo y comprobó que en las posiciones que correspondían a esos nueve números se veían subrayados, precisamente, los dígitos de Protahitéi.

—¡Es cierto! —exclamó, tan emocionado como Ahri.

Se fue directamente al final de la lista, contó nueve dígitos hacia atrás, y después los repitió en su orden correcto en voz alta.

—Cuatro, uno, cero. Dos, cinco, seis. Cinco, nueve... y ocho.

En el mismo instante en que pronunciaba el último número, Derguín sintió aquel pinchazo brutal y el calor que incendiaba sus venas. Desenvainó su espada a una velocidad que a él le parecía normal, pero que desde fuera debió verse tan sólo como un borrón en el aire de la noche. Al ver que lo habían conseguido, Ahri empezó a saltar y a dar brincos de alegría. Sus saltos eran tan lentos como si flotara en el agua, y sus gritos sonaban más graves que el mugido de un toro semental.

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