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Authors: Jincy Willett

Tags: #Intriga

El taller de escritura

 

Amy Gallup conoció el éxito al publicar su primera novela, pero han pasado los años y su brillante carrera literaria, así como su amado marido, han pasado a mejor vida. Lo único que la hace feliz es el taller de escritura que imparte en la universidad. El alumnado del curso de este año parece de lo más corriente: el médico con ínfulas de gran autor, el vago, la guapa, el tímido de gran talento, la pija, el bromista, el listillo… Lo de siempre.

Pero un día Amy recibe una llamada amenazante en mitad de la noche y aparecen notas de mal gusto en los trabajos de sus alumnos. Parece que uno de sus estudiantes es un chico muy malo… y cuando un miembro del grupo aparece muerto, todos se convierten en sospechosos.

Jincy Willett

El taller de escritura

ePUB v1.0

Crubiera
23.04.13

Título original:
The writing class

Jincy Willett, 2012.

Traducción: Eva Sancho González

Diseño portada: La Factoría de Ideas

Editor original: Crubiera (v1.0)

ePub base v2.1

La mujer gorda

Entra en clase avanzando pesadamente cinco minutos tarde, arrastrándose con su enorme trasero y un andrajoso maletín de vinilo repleto de cuadernos viejos. Es obvio que, en algún momento, fue aspirante a escritora. Tiene un pelo estupendo, una espesa melena larga y ondulada de un color rubio canoso, pero ronda los sesenta y casi los noventa kilos. Lleva pantalones gruesos de poliéster y camisa masculina de manga larga de Big & Tall con las mangas remangadas a distinta altura. Es una mujer a la que todo le importa un bledo.

Se sienta tras un destartalado escritorio frente a la pizarra, tumba el maletín y dispone los cuadernos y papeles en una línea perfecta, como si fuera una fila de cartas de un mago.

Es la profesora. Ya lo sabía. ¿Cómo? Porque es la única persona en la clase que no está nerviosa.

Porque es el macho dominante.

Alza la mirada y nos cuenta con los ojos. Siete. Se levanta haciendo un gran esfuerzo y se dirige hacia la pizarra con un rotulador verde:

Taller de escritura creativa

Amy Gallup

Y continúa con los números de teléfono de su casa y su móvil, los cuales, si yo quisiera convertir esto en una novela o especialmente en un guión, tendría que poner que empiezan por 555, algo absurdo, una tontería; pero ahí está, este es el mundo en el que vivimos, débil, afeminado y merecedor de la más común de las calificaciones: insuficiente.

Yo, naturalmente, no tengo nervios. No. ¿Por qué? Porque ya he hecho este curso antes. Soy un veterano del taller con las condecoraciones Corazón Púrpura y Cruz de Plata. He mostrado mis relatos a imbéciles pretenciosos de costa a costa. He sido alentado por abuelas brillantes destrozadas por ginecólogos, tratadas en tono condescendiente por parte de agentes comerciales de seguros.

Escribe de lo que sabes.

Lo interesante acerca de las mujeres es que, cuando pasan de una cierta edad, bien podrían ser hombres. El macho dominante.

¿Título? ¿Ideas para un relato?

DESTROZADAS

POR BRILLANTES ABUELAS

TRATADAS CON CONDESCENDENCIA

POR LOS GINECÓLOGOS

Entran seis más. La mujer gorda alza la vista con estudiado desinterés. Sí, estudiado desinterés. No se trata de un cliché ya que a los profesores de este tipo de talleres no los pagan si no cubren un número mínimo de participantes. Aquí el mínimo es de diez. Si no se cubre esa cifra, el taller no se imparte, nos devuelven nuestros dólares y la mujer gorda se enfada, cosa que le haría mucho bien, pero no importa. Así que tras su cara agradable y expresión de miedo los engranajes están zumbando y chirriando. Tengo que mantener a diez de estas personas. No hay mucho espacio para respirar aquí. Es hora de que comience mi baile.

¿Y bailará ella conmigo? ¿Atravesará la clase, dejando a un lado a los perdedores y a los aspirantes, a los fanfarrones, a las abuelas, a las amas de casa con millones de historias en su haber, a los profesores de matemáticas cuyos personajes que, ¡por amor de Dios!, los despiertan en mitad de la noche? ¿Pasará de todos ellos y me escogerá a mí? ¿Será un baile divertido? ¿Me dirá que tengo talento y que soy brillante y que solo es cuestión de tiempo y perseverancia? ¿Y sabrá de qué demonios está hablando? ¿Tendrá idea de cuánto maldito tiempo y perseverancia he dedicado ya? ¿Me mirará y me mentirá, y, por Dios santo, me ayudará o…?

Dos más, hay más ruido en el pasillo, aquí llega otro, eso hacen dieciséis, tiene que estar tranquila, la muy puta.

¿O me tratará con condescendencia, abocándome a una jodida muerte, como aquel imbécil pedante en Irvine y ese gilipollas presuntuoso de Berkeley? ¿O quizá me mirará como la profesora más estúpida con cara de soplagaitas en Chi con su lista de lecturas recomendadas y su maldito manual de estilo Strunk & White?

ESCRIBE DE LO QUE SABES

ESCRIBE DE LO QUE SABES

ESCRIBE DE LO QUE SABES

ESCRIBE DE LO QUE SABES

ESCRIBE DE LO QUE SABES

ESCRIBE DE LO QUE…

La mujer gorda comienza a hablar.

Primera clase.
La lista

—Esto es un taller de escritura. Nos reuniremos una vez a la semana durante nueve semanas a partir de esta tarde, tras las cuales, cada uno de vosotros habrá escrito al menos un relato de ficción que habrá presentado al grupo para someter a crítica. —Amy hizo una pausa, como siempre hacía—. Así que será mejor que todo aquel que piense que esto es una clase de cómo hacer morapio casero deje a un lado su dignidad y salga pitando.

Alguien rió disimuladamente, pero el resto de la clase permaneció en silencio. Excepto el ruido del ventilador de pie barato en el fondo de la habitación, todo lo demás era silencio. Ya iba siendo hora de cambiar el discurso. El morapio casero solía desencadenar grandes carcajadas. Amy continuó:

—Sabéis cómo se fermenta vino de forma casera, ¿verdad?

Una mujer joven, a quien se podría considerar hermosa, levantó la mano.

—¿No se hace recorriendo los viñedos y comprobando las vides o algo así?

Amy suspiró.

—Lo de hacer vino en casa era algo de los sesenta. Mezclabas vino dentro de una botella, le pegabas un globo al cuello, y lo observabas fermentar.

—Sí —dijo un tipo en fila de atrás—, y después de un par de semanas lo veías explotar por todo tu garaje.

Carcajadas. Gracias a aquel hombrecito. A pesar de que no parecía lo suficientemente mayor como para poder tener recuerdos de los años sesenta. Solo la profesora era tan mayor como para tenerlos. Incluso mayor que ese tipo bajito, fornido y casi calvo, con la boca abierta como una rana. Quizá pudiera establecer con él una rutina y hacer de él un compañero que la ayudase a romper el hielo. Quizá él pudiera echarle una mano para hacer funcionar la clase.

Hizo algo de teatro al estudiar la lista de alumnos prematriculados que, antes de que la noche acabara, se convertiría en su propia lista de ayuda mnemotécnica. Escribiría a lápiz «Froggie» al lado del nombre de ese hombre. Amy tenía muy poca memoria para las caras, y menos aún para los nombres, así que necesitaba toda la ayuda que ella misma pudiera proporcionarse.

—¿Y tú eres…? —Mantuvo el contacto visual y dejó la boca abierta esperando la respuesta del alumno.

Froggie movió sus pobladas cejas y esbozó una sonrisa a medias.

Oh, mierda
.

—¿Quieres que lo adivine?

—No. Nunca lo harías. No estoy en tu lista.

Eso es lo que tú te crees
. Amy cambió de postura en su silla chirriante y alzó la voz.

—Lo que me lleva a comprobar el listado que tengo aquí, en mis manos. —Agitó la hoja de prematriculados—. Una lista de conocidos… —Si no recordaban los años sesenta, bien claro estaba que no conocerían los cincuenta. No obstante, ahora que empezaba a observarlos individualmente, claramente había algunos que eran lo suficientemente mayores. De hecho, había una mujer que tenía edad de sobra.

»Y una de las primeras tareas aburridas que tenemos que abordar esta noche es comprobar vuestros nombres con esta lista. Dado que hay diez nombres en ella y dieciséis personas en la clase, mis asombrosos poderes de deducción me dicen que al menos seis de vosotros estáis mirando escaparates. —Algunas personas empezaron a levantar la mano—. Los compradores que decidan quedarse con nosotros se matricularán entre hoy y el próximo lunes.

—¿Y si estamos indecisos? —preguntó Froggie otra vez.

—Este taller se imparte cada trimestre. El invierno llegará antes de que te des cuenta —respondió dedicándole una sonrisa gélida, algo poco inteligente por su parte. Necesitaba el dinero. No podía permitirse ahuyentar a los alumnos potenciales (clientes, como los denominaban en los cursos de extensión universitaria) y Froggie realmente no se había pasado de la raya. Pero odiaba las primeras tardes, odiaba no saber si contaría con las suficientes personas para impartir las clases (en quince trimestres consecutivos, nunca se había dado el caso y no habían fallado, pero siempre había una primera vez), y lo que más odiaba de todo era tener que trabajar con una clase fría. En tan solo unas semanas se sentiría a gusto con esas personas y la mayoría de ellas le caerían bien. Pero ahora mismo, solo quería que todos se largasen.

Dos manos se alzaron al mismo tiempo. Amy sonrió vagamente en su dirección y sacudió la maldita lista.

—Cuando lea vuestro nombre, decidme por favor si lo he pronunciado correctamente. Entre el secretario y yo, tenéis un cincuenta por ciento de posibilidades de que eso ocurra. —Silencio total.

Amy se centró en el primer nombre, que era, por supuesto, surrealista.

—¿Tiny Arena? —Amy había aprendido hacía mucho tiempo de una estudiante llamada Mary Louise Poop, a no reflejar la incredulidad en el tono de voz ni en el rostro al leer la lista de alumnos.

Efectivamente, un hombre pálido y mórbidamente obeso de unos sesenta años alzó la mano. Incluso estando sentado, claramente se veía que medía más de un metro ochenta.

—¿Tiny Arena? —volvió a preguntar Amy con tacto, y el hombre asintió con gravedad. Ella se relajó—. Me he topado con tu nombre montones de veces en ficción, ¿sabes? Pero en todos mis años de enseñanza eres mi primer Tiny en la vida real.

—En realidad… —dijo el hombre mientras su voz se iba apagando hasta llegar al susurro. Tenía los ojos como el basset hound de Amy: lúgubres y con los párpados enrojecidos.

Tiny = Alphonse, escribió Amy.

—¿Perdón?

—Tony —dijo el hombre—, en realidad mi nombre es Tony.

—Pero ¿te llaman Tiny?

—No.

—Lo siento de veras. —¿
Entonces por qué demonios asentiste con la cabeza, pedazo de tarugo
? Alguien se rió, pero no Tony Arena. Amy empezó a sudar y prosiguió incluso al ver el siguiente nombre. Con expresión seria, miró al frente y dijo:

—Harold Blassbag.

Jesús
.

—Blass Ball —enunció un hombre visiblemente molesto de la primera fila.

—Lo siento. Blass Ball —dijo Amy.

¿
Blassball? ¿Qué clase de nombre es Blassball, por todos los diablos
?

—Blass Ball —repitió el hombre, aún más ofendido.

—Blass… —¡Oh, por el amor de Dios!—. Lo siento. ¿Podrías deletrearlo?

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